LA VIDA EN OTRA PARTE

La muerte nunca es oportuna. Nunca lo es. Nunca. Como nunca es oportuno el fuego que quema la mano cuando la mano se tiende. O como nunca es oportuno el vacío que ahueca y escarba en lo adentro y proclama una ausencia. O como nunca lo es el silencio en que se derrumban las palabras cuando las palabras te alcanzan y te señalan y te revelan aquello que eres por más que lo ocultes o desconozcas.

Cierto: la muerte nunca es oportuna. Y no solo para quienes confirman en carne propia la finitud del tiempo. Sobre todo es inoportuna para aquellos que aún permanecen en la vida y constatan la pérdida y, en la pérdida, se saben más solos y desvalidos, huérfanos de aquella humana calidez que ha dejado de ser presencia sentida y prójima compañía.

Pero para el escritor que vive y se vive en las palabras, la muerte propia es una incidencia circunstancial, un devenir con el que se prolonga la existencia por otros medios y transcurre distinta en otro espacio, en otro ámbito diferente.

Lo dejé escrito hace tiempo: Llegar a donde la muerte/ arguye/ no es ocupar el silencio/ que vela la apariencia,/ ni siquiera un cúmulo o una hondura/ crecida tras una súbita violencia,/ ni ofrecer la desnudez/ para que se deshaga insistentemente/ sosegada.// Llegar a la muerte sería/ permanecer/ entre las formas diferentes,/ tal vez un estupor parecido a la inocencia, una inmóvil feracidad/ o el reverso del vacío,/ acceder/ a otros nombres que la destrucción/ no sospecha. (De Peligro intacto, Premio Tomás Morales 1989, Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de G.C., 1991 y ed. francesa Péril intact, Autres Temps, Marsella, 2001).

Así, pues, para el escritor que lo es de cepa y raíz, como Juan José Delgado, “la vida está en otra parte”, según afirmó Rimbaud. Y esa otra parte es la palabra. Ya nos previno Heidegger de que el lenguaje es la morada del ser y el lugar primero de la verdad. El lenguaje, la palabra, es la casa donde habita el ser humano y la verdad que lo define. Y en esa casa, que también puede ser el valle de una isla atlántica, se es, se sigue siendo. Para un escritor, sobre todo para un escritor que se cumple por entero en lo escrito, la palabra es vida al otro lado de la muerte. Así permanece. Así prevalece.

LOS CIELOS HONDOS DE LA POESÍA

He dicho lo que he dicho teniendo muy en cuenta el último poemario de Juan José Delgado, Los cielos que escalamos (Ed. KA, La Laguna, 2016), un libro en el que está presente la finitud del tiempo. “Todo es tiempo”, escribe el poeta. Y puntualiza: “El lugar que por circunstancias ocupamos es el tiempo:/ de suyo es consumir la ración estricta de lo que vive”. No hay duda, entonces. El argumento poético que se nos ofrece gira en torno a la caducidad, a la vulnerable y perecedera naturaleza de la condición humana.

Hay, evidentemente, otros motivos que recorren el libro. Al pulso del dolor, a la conciencia de la pérdida, a la soledad y al sueño mortal de vivir siendo “animal de superficie” que desemboca en “puro hueso/ a los adentros de la tierra”, Juan José Delgado contrapone la celebración amorosa con acentos sutilmente eróticos, la exaltación de la naturaleza cuando la naturaleza se impregna de lo que vive, la ternura de las imágenes vívidas de la infancia, la cotidianeidad doméstica, la ironía o la sutileza paródica al abordar sucesos, personajes o situaciones… Todo un repertorio en el que la palabra se empeña para crear un espacio lírico sin asechanzas ni amenazas, un tiempo que no es extinción o pérdida, sino íntimo fluir de los recuerdos. Un tiempo intacto, estrenándose en sí mismo. Tiempo para desplegar la vida. Tiempo hondo, de cielos sin límites, que fluye hacia lo más interno de sí buscando la más íntima esencia. “Un paso más,/ y alcanzaré/ el alma”, se afirma en los versos que cierran el libro.

Pero, más allá del norte que orienta todo el poemario, al cabo de las múltiples tensiones dialécticas que en él se desarrollan –tensiones que van de lo prehistórico a lo mitológico, de la mirada exterior a la introspección subjetiva, de la individualidad a lo colectivo, e, incluso, entre las dos partes en que se divide el volumen-, más allá de ello, digo, Juan José Delgado le pide al tiempo que “lo hospedé una noche más en el poema”. O lo que es lo mismo: quiere permanecer hospedado, amparado, alojado en la palabra que construye la poesía. Hay aquí, sí, una contraposición entre la cesación del existir y la voluntad de permanencia, entre el tiempo como caducidad y el tiempo que se abre al existir en la memoria. Ese existir en la evocación de la memoria justifica al poeta, lo cumple en su destino.

Los cielos que escalamos, sin duda, es un libro excepcional: por la hondura de su calado, por su estremecedora verdad, por la sabiduría de sus recursos verbales… Un libro que culmina una intensa y singular trayectoria poética.

Varios ámbitos particulares configuran el ámbito general de la obra de Juan José Delgado. Al hacer recuento, en el principio fue la poesía. Y en la poesía, una idea del mundo.

En la “Poética” que abre El libro de la intemperie (Idea, Tenerife, 2005), el poeta dice: “mi poesía es la idea de mi mundo”. Y en seguida se pregunta: “Y mi mundo, ¿qué es?”. Pues es, nada más y nada menos, que el intento de atrapar esa ancha, ajena y a la vez íntima realidad que llamamos mundo, para que pase a ser “botín de la palabra”. En ese empeño declarado coinciden todo aquello que lo rodea y percibe desde una ineludible dimensión histórica y social, y, además, el yo que es el yo con sus circunstancias “amables, domésticas o metafísicas” a donde acude un raudal de imágenes, de imprecisa procedencia, en las que asoman los rostros de la incertidumbre.

De esa imbricación dual –el mundo y el yo que soy- se alimenta la poesía de Juan José Delgado para hacernos partícipes del “botín de la palabra”. Y, en los límites abarcadores de su discurso lírico, la isla ocupa un lugar cardinal, muchas veces como transfiguración del mundo. Una isla que en el poema, al decir del escritor, “es una incógnita que guarda para sí e imperturbablemente las respuestas”. No podía ser menos para alguien que tiene plena conciencia de su condición insular y, desde esa condición, afianzándose en la palabra, pretende descubrirse y reconocerse a sí mismo reflejando el mundo circundante a través de su identificación, tantas veces dramática, con la isla y su intrarrealidad.

Cierto que para Juan José Delgado los poemas surgen de un sentimiento, pero ese sentimiento aparece indisolublemente asociado a una idea. Cierto, también, que para él el poema no es “una decisión”, sino “una revelación”. Así lo ha dicho. Y en esa revelación caben todos los motivos que conforman su imaginario: la vida, la muerte, el amor, el tiempo, los sueños, los deseos… A fin de cuentas, ya explicó Borges que la historia de la poesía se reduce a repetir una y otra vez unas cuantas metáforas referidas a esos temas esenciales que nos acucian por nuestra propia naturaleza humana. Lo que importa es la manera de expresarlos. Y en esa formulación: la idea en que se sustenta, el concepto que la alienta. No otra cosa se cumple en la poesía de Juan José Delgado.

Ya desde su primer poemario, Tres gritos favorables bajo las nubes (Añil, HA/Editor, Tenerife, 1985), podemos constatarlo. El libro se abre con una cita de Teócrito que empieza diciendo: “Así habló la Isla”… Y ¿de qué habló la Isla en estos poemas? Habló de la isla misma y de la condición existencial de quien la vive, de la violencia resumida en “paisajes en una guerra”, de las máscaras de la mujer y su sexualidad… Pero aquí los temas, los motivos poéticos, pasan a segundo plano. Porque lo que trasciende es el lenguaje, la construcción de un enorme, arriesgado, atrevido e insólito festín verbal que constituye toda una fiesta de la palabra, todo un inédito vértigo de imágenes para metaforizar la realidad y abrir caminos inéditos para nuestras referencias habituales. Aquí el poeta comienza ya a marcar su territorio fundamentando un original y privativo discurso lírico que ha de caracterizarlo en adelante.

Y, junto a esa celebración, recreación y renovación deslumbradoras del lenguaje, aparece otra constante que lo identifica y singulariza. No solo en el decir lírico, sino que recorre y alimenta igualmente su narrativa, como veremos más adelante. Hablo de la ironía, del sarcasmo, del humor inteligente como sistema crítico. En Juan José Delgado, poeta y narrador, se cumple la afirmación de Caballero Bonald de que “la literatura sin humor es un sermón”.

Comensales del cuervo (Libertarias, Madrid, 1989) acentúa y desarrolla lo iniciado en Tres gritos…, incidiendo más en el sentido moral de la escritura. El poeta se metamorfosea en múltiples ecos para descifrar la contemporaneidad de un individuo aislado, marcado por una geografía maldita, que lucha contra el olvido. Y, en esa lucha, se subvierte la razón para desvelar lo que la razón no alcanza o vislumbra entre nieblas.

El paisaje insular y la indagación sobre los elementos hostiles y mágicos que configuran a quienes lo pueblan aparecen nuevamente en Un espacio bajo el día (La Caja Literaria, Ed. La Palma, Tenerife, 1996). Y se prolonga en El libro de la intemperie, en el que esa indagación existencial se vincula críticamente a referentes sociales. Y, así, hasta llegar a la plenitud creadora de Los cielos que escalamos.

Toda la poesía de Juan José Delgado, en suma, puede entenderse como el empeño de cartografiar un territorio verbal en el que se recurre a la ironía como sistema de conjugación entre sentido ético y la ambición estética en un marco de referencias abierto a gestos múltiples, a metamorfosis que potencian la intención –la idea, el concepto- en torno a la que se vertebra la palabra poética. La voluntad de lenguaje, la potenciación de recursos y procedimientos que afianzan las dimensiones líricas de la dicción, son las propuestas y las evidencias verbales que nutren su escritura. De ahí los neologismos, los coloquialismos, los diminutivos, los contraritmos, el efecto distanciador de las distintas voces que adopta el poeta, la reinterpretación de las formas clásicas que cobran una más intensa y sarcástica significación al ser incorporadas a la contemporaneidad… Ese es su mundo. Original. Insólito. Un mundo que es su mundo, su idea del mundo. Un mundo que, a través de una inédita palabra poética, propone explicar los abismos y los cielos del nuestro.

LAS MANOS QUE VUELAN HACIA LOS ESPEJISMOS

Dejemos ahora al Juan José Delgado poeta y aproximémonos al narrador.

Estantigua (Premio de Cuentos Ciudad de Santa Cruz 1987, Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 1988) abre la trayectoria narrativa de Juan José Delgado. En los cuentos que lo componen se da una manifiesta voluntad de superar los cauces conocidos del cuento moderno. El mismo Juan José Delgado ha dicho que es en el cuento donde se puede hallar un género apropiado para considerar los procesos de la escritura narrativa. Desde este postulado, el libro se abre como una invitación caleidoscópica al juego literario donde el asombro, las reverberaciones de la palabra, lo absurdo, o la ausencia de la anécdota como sostén de la historia narrada, se funden con la ensoñación, el delirio, la imprevista digresión, o el mero divertimento. No hay servidumbres apegadas a lo que entendemos tradicionalmente por realidad. Hay un cúmulo de sugerencias que incitan al lector a construir su propia visión del mundo y de su existencia en él. La voluntad de ruptura y de exploración de los elementos narrativos marcan la escritura y proponen espacios inexplorados. En suma: la literatura, con sus propias encrucijadas y contradicciones, se basta a sí misma. O lo que es lo mismo: la realidad queda subvertida por la literatura. Esa propuesta inicial será desarrollada ampliamente, con diversas derivaciones, en las tres novelas que la han de seguir.

Pero antes de abordar la novelística de Juan José Delgado quiero señalar que su última entrega narrativa es Cáscaras (Baile del Sol, Tenerife, 2017), otro volumen de cuentos. Libro póstumo del autor, apenas he tenido la oportunidad de conocerlo fragmentariamente antes de ser editado. Aún desconozco su contenido completo. Sin embargo, no dudo en pronosticar que, leído lo leído, y viniendo de quien viene, el conjunto del volumen no defraudará, que en él se ratifica la calidad y el riesgo de su escritura.

Hecha esta puntualización, veamos qué nos aguarda en sus novelas.

En Canto de verdugos y ajusticiados (Premio Novela Corta Ciudad de La Laguna 1988, Libertarias, Madrid, 1992 y ed. italiana Il canto del boia, Infinito Edizioni, Roma, 2011) Juan José Delgado se adentra en las múltiples implicaciones, existenciales y literarias, que irradian de la afirmación puesta en boca de uno de los protagonistas de la novela: “La escritura es un desierto, y el escritor un hombre perdido que se deja guiar por los espejismos”.
Con una escritura de amalgama o serie de relatos entrelazados, que se contemplan y reflejan, que se complementan y, en ocasiones, se contradicen deliberadamente, el escritor canario puebla ese desierto de la escritura con una parábola irónica de la literatura y su supuesta condición de espejo cierto que retrata la realidad. Su propuesta es una mantenida indagación en la que se cuestiona no solo la labilidad de las fronteras entre lo verdadero y lo verosímil, entre lo experimentado y lo imaginado, entre la imagen y sus espejismos, sino que, aún más allá, a través de un complejo y sabio entramado, el autor se interroga desde la misma escritura y la relación que en ella y con ella establecen sus personajes, sobre el propio proceso de la creación literaria.

Todo ello, llevado a cabo con una esencializada concepción del clima, el tiempo y la densidad narrativos, cuya más inmediata exigencia se traduce en un intenso tratamiento del lenguaje. Y con un plano de implicación añadida a la escritura al utilizar la ironía, ya sea caricaturesca, paródica o grotesca, como instrumento de un sistema de valores crítico.

En buena medida, visto en perspectiva, Canto de verdugo y ajusticiados puede entenderse como una declaración estética, como una afirmación programática de intenciones y objetivos novelísticos que se continúa en las siguientes novelas de Juan José Delgado, con mayor repercusión y liberada de pretensiones fundacionales de la poética de un universo estilístico.

En La fiesta de los infiernos (El Toro de Barro, Cuenca, 2002) constatamos que la novelística de Juan José Delgado es el resultado de la confrontación de las varias tensiones originadas por la propia disposición de la escritura y por las distintas ensoñaciones a que nos remite su visión del ser humano, del tiempo y el espacio insulares, de los signos que inciden y califican la sociedad y la historia contemporánea, y de la misma literatura.

De nuevo, en esta ocasión, en el mismo texto de la novela encontramos en el decir de uno de sus protagonistas una esclarecedora afirmación sobre la concepción literaria del autor: “Pero, damas y caballeros, la escritura, por su propia naturaleza, tiende a falsear la realidad. Todo aquel que escribe queda convertido en un fingidor. La escritura ata al oficiante, lo ata de mente y, a partir de ahí, las manos vuelan como plumas hacia los espejismos. ¿Quién se siente capaz de separar la paja del trigo?

Ese convencimiento, expresado con una inquisitiva y desafiante interrogación final, es el que lleva a Juan José Delgado a reclamar del lector un diálogo consigo mismo. El novelista actúa como el oficiante de una incierta ceremonia tendente a incitar a los lectores para que cada uno saque de su interior el argumento que la narración no certifica. El novelista es aquí un medio, una herramienta mediadora para reconstruir una realidad que tal vez solo pueda ser aprehendida desde la perspectiva del individuo y en cuya captación también intervienen sus asociaciones e impresiones fragmentarias y, muchas veces, inconexas.

Pero no se piense que La fiesta de los infiernos es una novela metaliteraria. No lo es exclusivamente. Tiene otras sugerentes proyecciones. Quizás la más significativa de ellas sea la de convertirse en una reflexión poliédrica en cuyos planos y aristas inciden la violencia y la locura, la identidad y el enmascaramiento.

La mascarada carnavalesca que propone el escritor en el relato le sirve igualmente a Juan José Delgado para exorcizar y conjurar la realidad, dando origen a otra en donde los sueños y las visiones prolongan la realidad irreal que viven sus personajes. Vivir se transforma en un grotesco carnaval donde la apariencia se falsea, se oculta, se trastoca. Es en ese ámbito donde las suplantaciones o el asumir la existencia como la interpretación de diferentes papeles llegan a adquirir proyección simbólica. Despojados de la identidad que los afirme o singularice en el tiempo, tal vez sea la impostura lo único que otorga sentido al ocurrir de sus criaturas. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa sino una gigantesca impostura es la historia de la humanidad?

Juan José Delgado funde las fronteras entre la realidad y la ficción, entre certeza e incertidumbre, entre cordura y locura para dar cuerpo a un neoesperpento en el que la ironía, transformada en ocasiones en caricatura o farsa grotesca, se establece como un instrumento literario mayor.

En La trama del arquitecto (Tropo Editores, Zaragoza, 2011) la ironía que la recorre eleva a una categoría superior ese mundo kafkiano que la identifica. Porque esa ironía actúa como sistema crítico y ético de validez universal a partir de un universo ficcional surgido de una suma de ideas que remiten a una realidad deformada pero reconocible más allá de ese tratamiento tan singular que el escritor da a tiempo y espacio.

La trama del arquitecto es una novela que remite a una triple realidad: la que se cumple en el propio texto y las leyes de su coherencia interna; otra realidad que está llena de guiños cómplices y espejos metaliterarios, con sus paráfrasis, parodias y alusiones procedentes del mundo literario-cultural; y otra realidad que responde a planteamientos universales válidos en todo tiempo y lugar. Las reflexiones que ahí se hacen sobre el estado, el poder, la religión, los medios de comunicación, la violencia, etc., son de una vigencia que va más allá de la inmediatez.

Y todo ello con el humor, en diferentes grados y matizaciones, que hacen que se cumpla aquello que dijo Cortázar de que “la risa es la más peligrosa de las armas”.

Además hay que añadir el despliegue de recursos técnicos, y no solo los meramente expresivos de las modulaciones del lenguaje, sino también el cambio de narrador(es), la mezcla de géneros (teatro, diarios), la fusión de lo vivido con lo soñado o imaginado, los comentarios del propio narrador sobre lo narrado, o la recreación (irónica) de situaciones y frases conocidas, heredadas de la tradición literaria.

A partir de un universo de ideas, la novela crea una realidad -reconocible por sobre la transfiguración esperpéntica- de múltiples implicaciones y derivaciones para proponer y provocar la reflexión crítica de un tiempo histórico complejo y en crisis. Nada que ver, pues, con ese realismo chato y simplón al uso. De ahí su mérito y, también, el riesgo de la apuesta. Porque se aparta de lo previsible y lo sabido.

Para resumir, digamos que la novelística de Juan José Delgado no trata de repetir, sino de recrear la realidad (subvertirla) para que germine otra realidad más verdadera, más rica, más compleja y profunda que la conocida. No es nuevo el empeño. Participa de ciertos ecos del nouveau roman, sobre todo en la renuncia a la causalidad en la acción, en su fragmentarismo o en la minuciosa captación del mundo objetual. Pero antes de Claude Simon, estuvo Faulkner. Y también Kafka y, después, Peter Handke e, incluso, Canetti. A esa estirpe, tan lamentable y empobrecedoramente olvidada por la narrativa española de nuestros días, pertenece el ámbito novelesco de Juan José Delgado.

Y pertenece, igualmente, a la relectura de la tradición literaria canaria. El surrealismo, por supuesto, con Agustín Espinosa y su novela Crimen como uno de sus reflejos especulares. Como también lo está el universo original e inclasificable de los fetasianos Rafael Arozarena, Isaac de Vega , José Antonio Padrón, Antonio Bermejo y Francisco Pimentel..

De ese bagaje se nutre el espejo neoesperpético ante el que nos coloca Juan José Delgado. Y de entre la niebla que lo empaña y de los perfiles deformados que en él destellan surge la imagen vulnerable de la condición humana, su limitado destino, las imposturas y máscaras bárbaras de la Historia.

Juan José Delgado nos recuerda de forma contundente y absoluta que la escritura no es juego o fuego fatuo, sino una actitud vital y necesaria. Una actitud desde la que interpretar o reconstruir los oscuros resquicios por los que se diluye y se cumple el mundo. Y como los planteamientos realistas no le bastan, como la lógica no ofrece todas las respuestas necesarias, acude al lenguaje literario que sí le permite abrir, ver, diseccionar lo que se oculta o entrevera en el otro lado de lo aparente.

Aquí, en las novelas de Juan José Delgado, se subvierte la disposición tradicional del discurso narrativo.
Aquí, en suma, la literatura proclama que es ella la auténtica realidad.

Una consideración aparte, por las características específicas del género en que se inscribe, merece su novela juvenil Viaje a las tierras perdidas (Anaya, Madrid, 2002). En ella, un grupo de jóvenes emprende la misión de ver la tierra desde lo alto y en el desarrollo de las peripecias de su propósito se envuelven en un halo de misterio. El relato pone de manifiesto la solvencia de Juan José Delgado abordando los territorios de la novela de aventuras.

EMPEÑOS DE UN BUCEADOR ATLÁNTICO

Y como la aventura de un buceador atlántico puede entenderse la totalidad de la propuesta de la escritura de Juan José Delgado. Él mismo declaró en una entrevista (vid. Escritores en su tinta, Idea, Tenerife, 1995) que entendía su mundo literario como equivalencia de una aventura por mares y fondos poco cartografiados, no contentándose con tratar de las consabidas aguas de la superficie. Su empeño es ir más allá de la visión diaria e histórica de las cosas, de aquello de lo que somos testigos y partícipes. Su empeño es ahondar en las sombras, sumergirse, casi hasta el ahogo, en otra vertiente. Una vertiente “atlántica”, “oceánica”, diferente a la “mediterránea” que –según recuerda el propio Juan José Delgado que afirmaba García Cabrera- solo cuenta con dos dimensiones: largo y ancho. El resultado, a través de la imaginación creadora, podrá ser más o menos interesante, pero siempre será distinto.

Distinto porque mediante la palabra literaria se pretende desvelar el sustrato de una realidad que a veces se manifiesta incomprensible, inasible, confusa o incoherente, y en la que confluyen la dimensión histórica, social y cultural del ser contemporáneo. Al escritor, y al individuo, le corresponde desentrañar esa realidad, bucear en ella, para, al cabo, descubrir sus entrañas mediante una multiplicidad de proposiciones verbales cuya significación última corresponde a quien lee.

Esa es la tentativa de la obra de Juan José Delgado: subvertir la realidad, ensanchar sus límites para intentar aprehenderla por completo. Y bucea y escarba en las nieblas de la vulnerable condición de lo insular que se refleja en el destino metafísico de sus personajes. Un destino en el que lo mítico y la crítica social se impregnan de un ineludible existencialismo. No es asunto menor, no, tamaña tarea.

Y a esa tentativa se aplica también Juan José Delgado en su deriva crítica y ensayística. No voy a extenderme en su decisiva tarea desarrollada a lo largo numerosos trabajos sobre literatura canaria, española o universal; o en sus reflexiones sobre la periferia, los nuevos lenguajes estéticos y las nuevas expresiones literarias en los comienzos del siglo XXI; o en sus estudios sobre el cuento del siglo XX en Canarias; o en sus antologías y en sus ediciones críticas de los fetasianos… Y, como el cordel que acompaña y prolonga el vuelo de la cometa, aquí cabría añadir complementariamente la actividad de Juan José Delgado al frente de revistas y suplementos literarios, su tesón animando celebraciones de encuentros y congresos, su dedicación a la docencia universitaria, su papel fundamental al frente del Ateneo de La Laguna o en la Academia Canaria de la Lengua… Todos, en fin, somos conscientes de su inestimable labor.

En la misma estela que críticos como Pérez Minik, Rodríguez Padrón o María Rosa Alonso, baste decir que Juan José Delgado ha contribuido decisivamente a descifrar nuestro ser literario e insular, abriendo horizontes que nos relacionan con lo universal y la contemporaneidad. Como los grandes humanistas, también él creía en la cultura y en la educación como motor de salvación de la humanidad. No en vano su discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua lleva por título Literatura, Humanismo, Educación (Academia Canaria de la Lengua, Islas Canarias, 2004).

Llegados a este punto, no es superfluo afirmar que Juan José Delgado es de esos escritores que ya no hay. Por el legado de su escritura y por su calidad humana. Ejemplar en todos los sentidos, sin duda. Por eso nos hace tanta falta.

CODA

Quiero concluir repitiendo aquí el artículo que publiqué en la Revista de la Academia Canaria de la Lengua (nº 11, 2017) en su último número publicado, homenaje a nuestro escritor. El texto fue escrito a partir de la recreación de diversos correos electrónicos que Juan José y yo intercambiamos. Y quiero dedicar aquí y ahora esas palabras a Celia Montesdeoca y Daniel Delgado, la presencia familiar y viva de Juan José, y a Cecilia Domínguez Luis, por los días y los empeños que ella, Juan José y yo, hemos compartido juntos.

UNA TELARAÑA DE PLATA EN EL CENTRO DE UNA PIRÁMIDE
(Diálogo en Juan José Delgado)

Me dices:
Ya sabes que los poemas no aceptan a nadie por dueño. Te llegan y te dicen: ¿lo coges?, ¿lo dejas? Quiero decir con esto que, como a veces los versos me vienen en correntera, no hay modo de razonar, en principio, con ellos. Después, el primero va y te dice: como sabes muy bien, no es bueno que nadie esté solo: dame un compañero. Y durante una larga temporada, todo lo que estaba en mí, sale como un meteoro. Me siento culpable o inocente de lo que escribí; pero soy el último que puede poner algo de razón en lo escrito. Si me pidieras una poética, tendría que repasar la trayectoria dada y proponer un posible marco de actuación: proponer mi actitud ante la poesía, que es mi actitud ante mí mismo, ante los demás y ante el mundo. Por esa razón agradezco y confío en quienes me aportan unas referencias que, al ser leídas, me digo: ¡Vaya! Pues tiene razón… Y esas referencias, ese trabajo que es una labor de mina, me permiten ver algo no perceptible. O como diría un escritor de nuestra mutua complacencia: me ha sido dado ver una telaraña de plata en el centro de una pirámide.

Te digo:
No olvides, amigo, que la telaraña que es la obra escrita solo es posible gracias al empeño trabajoso de quien la teje, sea de plata o de hilo la telaraña. Y que el escritor teje y teje sin saber cuándo estará terminada la tarea hasta que se queda sin hilo hasta una próxima urdimbre. La araña que es el escritor solo hace lo que sabe (¿necesita?) hacer. Cierto que la poesía acude a la mano que escribe desde ¡vete tú a saber qué hondas, presentidas, adivinadas oscuridades! Pero la mano se cumple en la escritura. Y escrito queda. Después vendrán las interpretaciones, ese trabajo de mina, cuando el paseante o el que lee descubra la telaraña en medio del paisaje o en el centro de una pirámide, y la contemple y admire su perfección. Y ya solo al que mira o lee le resta intentar descifrar y entrar en la urdimbre y seguir la disposición de los hilos. Y, así, no hará otra cosa más que ver lo que ha quedado tejido con las palabras, y sospechar, intuir, conjeturar lo que calla en las palabras.

Me dices:
Bien sabes hasta qué punto embarga la incertidumbre cuando uno se da un “salto al abismo”, ya sea en poesía y lo mismo en narrativa, sin capricho alguno, con absoluta gravedad (por cuya ley todo lo que sube tiende a caer). Y, en verdad, he de confesarte que aún estoy desconcertado con mi propia obra. (¡Habrase visto!). A fin de cuentas, como ya he dejado escrito, la escritura es un desierto, y el escritor un hombre perdido que se deja guiar por los espejismos.

Te digo:
Te recuerdo lo que tú mismo ya has dicho: todo aquel que escribe queda convertido en un fingidor. Cierto. La escritura ata al oficiante (sigo citándote), lo ata de mente y, a partir de ahí, las manos vuelan como plumas hacia los espejismos… Pero, más allá, de los espejismos y de los fingimientos a que, por su propia naturaleza, tiende el oficio de la palabra (¿quién revela y sistematiza con exactitud y precisión incuestionables los elementos que intervienen en el proceso creador?), sabemos, sabes, que la escritura no es juego o fuego fatuo, sino una actitud vital y necesaria. Una actitud desde la que interpretar o reconstruir los oscuros resquicios de la realidad por los que se diluye y se cumple el mundo. Y, en el mundo, el ser y el existir.

Y más te digo, a modo de parábola final:
Un hombre sabio contempló una vez la magnificencia de las pirámides. Convencido de que jamás podría hacer algo semejante, decidió retirarse a una cueva. Creía que sería incapaz de crear una obra que, como las pirámides, perdurara a través de los siglos. Allí, en la cueva, vivió y escribió sin descanso durante años y años. Al cabo del dilatado suceder de los días se dio cuenta de que todos sus escritos acumulados tenían la forma de una pirámide.
Así tu obra, tu vida, Juan José: una pirámide.
Y esa pirámide, en medio del desierto, no es sueño o espejismo, sino la viva arquitectura de los íntimos cielos que has escalado.

Ahora, a nosotros, desde la intemperie en que nos deja tu ausencia, nos es dado contemplar en el centro de la pirámide la telaraña de plata que destella contra la caducidad del tiempo.

Conferencia dada en el Ateneo de La Laguna el 9-3-2018 en el “Homenaje a Juan José Delgado”.

Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico y periodista nacido en Santa Cruz de Tenerife