Ancor

Cuento infantil de Guillermo A. Cabrera Moya

Presentación

Guillermo A. Cabrera Moya nace en Tenerife en 1969. Es maestro desde 1995 y, entre otras actividades, forma parte del equipo directivo del Fomento Europeo de Administradores de Educación.

Ha dedicado gran parte de su tiempo a fomentar la lectura, como una forma de profundizar en los propios sentimientos y ponerse en lugar del otro.

Ha publicado las novelas: El tesoro del abuelo (2009), Arángatur (2011), Mukhtar, el elegido (2012) y La legión de los bosques (2016).

El fragmento que ofrecemos pertenece a su libro Ancor, publicado por Diego Pun Ediciones en 2017.

En este relato trata de dar, a través de la mirada de Ancor, el niño protagonista, una visión de la civilización guanche antes de la conquista, con su forma de gobierno, sus costumbre, rituales, guerras, juegos etc.

Ancor

Él era un niño como los otros de su tribu: activo, juguetón e inquieto, al que le gustaba estar todo el día correteando por los barrancos en busca de frutas, lagartos y otros animales con los que practicar su puntería en el lanzamiento de piedras.

Sus padres le habían puesto de nombre Ancor, esperando que le diera fuerza y la inteligencia necesarias para que, algún día, se convirtiera en un poderoso guerrero capaz de defender a su familia y a su gente de los enemigos que los acechaban.

Su casa estaba situada en la cara derecha de un gran barranco por el que corría agua todo el año, perteneciente al Menceyato de Taoro, que estaba situado en la vertiente norte de la isla de Tenerife.

Desde la entrada de la cueva de su familia podía verse el Teide con todo su esplendor, ya que al ser la montaña más alta del archipiélago dominaba el paisaje. Se decía que el Echeide era la puerta de entrada al infierno, lugar en el que residía el todopoderoso dios Guayota, que en ciertas ocasiones los castigaba y demostraba su poder, haciendo temblar la tierra, o soltando una espesa capa de humo maloliente y asfixiante, o , en el peor de los casos, soltando fuego por su boca y destruyendo todo lo que se interponía en su camino.

La vista desde él era absolutamente espectacular.

Aunque los mayores habían prohibido a Ancor salir de aquel barranco solo, él estaba convencido de que debía hacerlo y de que su futuro estaría ligado a aquella mágica montaña.

Como todos, iba vesito con tu tamarco, un vestido hecho con piel de cabra que su madre había confeccionado para él hacía ya algún tiempo.

Sus pies iban protegidos por unos xercos, especie de sandalias hechas también de piel que se ajustaban perfectamente a los mismos, facilitándole así la ascención por las rocosas montañas, los árboles…

Como a todos los niños y niñas, le gustaba llevar colgando un pequeño bolso peludo que había confeccionado él mismo siguiendo las instrucciones que su madre le había dado. En él iba guardando piedras, pequeños huesos… y todo aquello que le llamara la atención, tuviera o no utilidad. Al fin y al cabo, era un niño.

[Ancor, Guillermo A. Cabrera Moya, ilustrado por Nareme Melián, Diego Pun Edciones, S/C de Tenerife, 2017, pp. 9-11]