Cariño eterno

Cuento juvenil de Ángel Guerra

Presentación

Ángel Guerra (1874-1950) es el seudónimo de José Betancor Cabrera. Nace en Lanzarote y en 1900 se traslada a Madrid. Con motivo de un viaje a Santander, junto a Benito Pérez Galdós, publicará en 1901 la novela A bordo. Tiene también varios libros de relatos, pero es La lapa, publicada en 1908, su novela más emblemática.

Gran parte de su escritura trata de asuntos regionales canarios, sobre una base geoculturalista: influencia del paisaje en el alma.

Su intención principal es mostrar la dependencia de la humanidad desvalida, en un medio tan empobrecido como es el rural. En “Cariño eterno”, un joven rico llega de vacaciones a su pueblo y se encuentra con una anciana mendiga que resulta ser la persona que lo cuidó de pequeño…

Esta situación de clara injusticia, solo se resuelve a través de los sentimientos, sin una solución de carácter social, ya que la intención del autor es una denuncia moral.

Cariño eterno

¡Pobre vieja! Me llamaba su niño. Yo tendría entonces seis años; estaba en la edad de las alegrías infantiles, que tan pronto se van, y no vuelven. No aseguro si había servido en mi casa; solamente recuerdo que me estrujaba, estrechándome entre sus brazos secos, y que siempre me tuvo un cariño inmenso.

Cuando salía de la escuela, siempre iba a verla. Mientras ella sentada en la silla de nogal, a la puerta de su casa, con su traje negro y sus cabellos blancos hilaba los copos de lino con una actividad incansable, yo revolvía por el patio, husmeando con curiosidad inocente entre aquellos tiestos de albahaca que llenaban de perfumes el aire; cortaba las flores de la madreselva, que trepaba por las grietas de la vieja pared, o me entretenía en azuzar al gato que dormitaba sobre las cenizas del apagado hogar en la cocina sin techo.

Los primeros frutos de la higuera que abría en el huertecillo sus brazos escuálidos eran para mí, yo sólo los saboreaba, y ella me miraba regocijada comerlos, con delectación, como si fuese mi madre. Y cuando la vid que sombreaba la entrada de la casa dejaba colgar los frescos racimos, y la uva se doraba, como la mies al sol, yo los desgranaba, picando como pájaro hambriento. ¡Con qué alegría me miraba corretear entre las plantas, niño inquieto, como una mariposa enamorada! Algunas veces creí verla llorar. Sin duda pensaba que yo algún día sería himbre, la travesura infantil se convertiría con las primeras aventuras de la juventud, otras mujeres y otros afectos le robarían el mío, y ella, la pobre vieja, olvidada y miserable, ya no podría llamarme su niño.

***

Algunos años después me alejé del pueblo. La tarde antes de la marcha fui a despedirme de la pobre vieja. Estaba como siempre, con el vestido negro y los cabellos blancos, hilando a la puerta, bajo el parral ya seco, cuyas hojas caían y volaban por la tierra con rumor melancólico de almas muertas.

No sé lo que le dije, ni qué hablamos. Sé que lloró, que al traspasar yo la portada del ancho patio volví la vista atrás para despedirme de todo aquello, cuna y nido de mi niñez, y vi la higuera amarillenta, rígida, triste, como si también me despidiera, las madreselvas sin flores, la cocina sin techo, el gato roncando sobre las frías cenizas, y la vieja, la infeliz mujer, restregándose los ojos, donde las lágrimas se agolpaban ruidosamente.
La vi y me llené de tristeza. Ella se quedaba sola, pensando quizá que volverían las flores y en los tiestos se secarían; que las uvas habrían de podrirse en los pámpanos, sin que nadie las hurtara y que ella, vieja, enferma, huérfana en el mundo, no había de volverme a ver. Y allí la dejé, sentada en la silla de nogal, quizá esperando mi retorno, tal vez aguardando la muerte.

***

Regresé. Ya era hombre. Mis sentimientos habían cambiado, y sobre el labio sombreaba el bozo. Era domingo, y a la puerta de la iglesia esperábamos ver salir en tropel de la misa de alba, al rayar la mañana fresca con reflejos suaves de una luz indecisa, las muchachas relampagueándoles los ojos negros bajo los pliegues airosos de la clásica mantilla.

Y allí cerca, una mendiga extendía su mano flaca implorando una limosna. Noté que me miraba; mas al fijar mis ojos enella volvía el resotro como huyendo de mi mirada.

Terminó el desfile. Volvíamos los muchachos bromeando y, al pasar junto a la mendiga, por más que envolvió precipitadamente el rostro bajo el mugriento pañolón, reconocíla al punto. Era la pobre vieja. En aquel momento más que eso: mi niñez, mis alegrías, todo lo que había amado. Abrí mis brazos y la abracé estrechamente. Oí entonces sollozos roncos, creo que mis ojos se humedecieron, y hasta, débilmente, como un grito de agonía ahogado, a mis oídos llegó aquella voz dulcísima de la infancia: ¡mi niño!

[En Aires de Lanzarote, Ángel Guerra, Anaya (Biblioteca Infatil Canaria), Madrid, 1992.]