Escribo estas líneas desde el desconcierto por la repentina partida de Juan José Delgado y su recuerdo, del hombre amable y silencioso y del letraheridomaridado con la literatura tanto como profesor, crítico o autor. He de reconocer que nuestra amistad fue corta; por supuesto, sabía de su prestigio, pero nos conocimos tardíamente en encuentros universitarios de lecturas de tesis. Sin embargo, ello bastó para cincelar a una persona entusiasta por las letras, un sabio que gustaba más de callar y de escuchar que de decir. Para esto ya tenía sus escritos. En este homenaje que se le brinda he elegido una de sus novelas, La fiesta de los infiernos (2002), que testimonia el extremado cuidado estilístico que se extiende, como fundamento estético, a toda su obra.

En una isla innombrada da comienzo su fiesta principal, la fiesta que todos los años congrega a miles de personas, naturales y foráneas, en un acto lúdico de entretenimiento sin parangón que contagia de alegría y de humor a todo aquel que se halle en ese contorno isleño. Desde que entramos en este carnaval al que nos invita a participar el autor experimentamos una doble proyección: por un lado, nos viene la imagen real de ese carnaval que, de un modo u otro pues forma parte esencial de nuestra cultura, hemos vivido. La algarabía, el mayor o menor grado de participación, esa realidad gozosa, se va a enfrentar, de manera impactante, con este carnaval de la novela cuyo motivo es el nazismo: “El nazismo se había elegido como el motivo atrayente del carnaval de este año. Toda su parafernalia e imaginario se desplegarían en calles, plazas y disfraces. Algunas banderas alardean ya en mástiles y balcones. Se ultiman los muros de un monumental campo de concentración defendido con alambres de espino” (p. 14)[1]. Exige un gran esfuerzo para el lector derivar el incontenible jolgorio del carnaval verídico a este macabro juego creativo. ¿Y si la ficción dejara de ser ficción? En este punto entra la segunda proyección que percibimos, la entrada en un mundo simbólico en el que cada frase, cada espacio, cada personaje, están impulsados por los principios básicos de la novela, que son también de la existencia: la razón y la barbarie.

Juan José Delgado ha elegido una escritura comprometida, reflexiva, de alto contenido filosófico, que se sitúa en las antípodas de la literatura clónica y cómoda que alimentan, por lo general, los estantes de títulos más vendidos en las librerías en las últimas décadas. El escritor tinerfeño apuesta por una novela ensayística que, valiéndose del leitmotiv del carnaval, expone sobre la mesa los síntomas de desnorte de las sociedades modernas: “El mal se adquiere por culpa de una realidad que no encuentra el norte” (p. 129). Asumiendo su papel de intelectual, necesario más que nunca en el inicio de este nuevo milenio que está poniendo a prueba las capacidades de actuación de los individuos, lanza a través de La fiesta de los infiernos un duro alegato contra la maquinación social o cómo los poderes pueden encauzar los pensamientos y las querencias de las gentes hasta hacerlas masa, una masa dúctil, maleable: “La masa tiene ya inyectada un virus que la conduce por un camino que no tiene más vuelta. Son largas las filas hipnotizadas que pasan por un puente. Una vez en marcha, los de atrás presionan, empujan. Los de cabeza ni pueden volver la cabeza” (p. 156).

Para ejercer esa crítica social Juan José Delgado se vale del carnaval, de la fiesta de la máscara, en la que ya de por sí los hombres se plantean su propia identidad, sus verdades internas y externas. En esta ocasión se extiende esa escarbadura al conjunto, a esa masa que, enfundada, en otros trajes y pintadas con otras pinturas de las habituales, va a pisotear la razón y a exaltar la barbarie. Muy lejos de rechazar el carnaval nazi, el pueblo se entusiasma con la idea, el mundo se entusiasma con la idea, se llenan los hoteles, no dejan de recibirse llamadas internacionales para buscar alojamientos que se hacen escasos para recibir a tal avalancha, la irracionalidad llega al punto álgido y ahí surge el surrealismo: “Garantizamos unas vacaciones inolvidables. El establecimiento es auténticamente sobrecogedor. Un complejo turístico de primera. Provisto de todo. Nada le falta. Sí. Enclave secreto. Evidentemente. Vivirá cada momento como si en efecto sucediera en cualquier campo nazi de exterminio” (p. 24).

Ante la sinrazón irrumpe, fiel a la esencia vanguardista, la asunción de lo irracional como punto de fuga. Si los estados convencionales, forjados bajo la emanación de leyes y normas de obligado cumplimiento para subsistir en convivencia, no han sido capaces de eliminar la violencia y los enfrentamientos, hay que subvertir esas leyes y esas normas con una creación antinorma, rupturista, que muestre a los ojos de aquellos defensores de la normalidad a qué grado de tragedia puede llegar el sinsentido. Juan José Delgado se inscribe en la línea de escritores canarios, concretamente tinerfeños, que se han formado bajo la estela del surrealismo que en esa isla tuvo un especial significado con la II Exposición Internacional Surrealista que allí se celebró en 1935, organizada por Gaceta de Arte y fomentada por Óscar Domínguez y Eduardo Westerdahl. Es La fiesta de los infiernos un manifiesto novelesco surrealista en el que el humor, punteado siempre con el tono cultural de la novela —“Tras el acto, la Coral Polifónica del Manicomio interpretará el Concierto del Huevo, pieza del maestro Jeroen Van Aken” (p. 82)—, se alía con un afilado escalpelo de condena social que registra el basamento ideológico del surrealismo, como señala Morris: “Con su afirmación en 1933 de que «el surrealismo se ha puesto al servicio de la revolución», Westerdahl repitió el grito de guerra que resonó en La RévolutionSurréaliste: «La Révolutiond’abord et toujours!»”[2].

Si Juan José Delgado hizo una elección idónea con el ámbito del carnaval para dar cabida a su crónica de la razón y la barbarie conjugadas y enfrentadas, no hace menos con el plano de la locura, otro leitmotiv de la obra. Si los carnavaleros disfrazados son extensiones de una cordura por un tiempo secuestrada, los locos se muestran como otra extensión iluminada de los seres racionales. Al hablar de locos iluminados en la literatura, obviamente, emerge la figura del Quijote. El novelista utiliza con destreza determinados sellos quijotescos que adquieren una particular dimensión en la novela, ofreciendo goznes con el personaje cervantino y con el aparato crítico que a través de los orates se lleva a cabo. Uno de los interesantes recursos que vemos en Delgado en esta línea es el mecanismo de la gruta de Montesinos: “En la gruta de Montesinos, los tonos obscuros se llevaron a los niveles bajos de las tablas. El color va paulatinamente clareando y agrupándose según se aproxima a la línea del horizonte” (p. 77). Descontextualizado podríamos observar que es un fragmento del Quijote enmarcado en la famosa cueva de Montesinos, en las Lagunas de Ruidera, donde el caballero andante sufre un especial encantamiento bajo tierra; pero esta referencia que a todos se nos presenta de inmediato se cruza con Ricardo Montesinos, uno de los personajes que componen el mosaico protagónico de La fiesta de los infiernos. Esta novela colectiva se sujeta fuertemente gracias a este personaje y a otros que conforman una estructura marginal en torno a la locura, al manicomio; el doctor Bencomo confía en que esos locos no solo son recuperables sino que en ellos está la salvación —el mundo se ha vuelto loco y los locos son los que no han sido contagiados por esa locura de la barbarie en forma de carnaval dantesco—. De ahí surge la nave de los locos, el mar se convierte, en el entorno cercado de la isla, en vía de huida.

A estas alturas, la isla innombrada se ha hecho presente y nadie duda que esa isla de los infiernos es Tenerife, como fue designada por documentos geográficos. Su afamado carnaval es esa fiesta que Juan José Delgado ha forjado hasta convertir en una diatriba hacia el horror que insufla un mundo desorientado, o bien arrumbado hacia la sinrazón que empuja al abismo. El autor entiende la creación literaria como un producto de alto valor estético con dimensión social, una lente limpia para ver la nebulosa estructura de las cosas. Y lo hace con un estilo que es poesía derramada a lo largo de todas las páginas. Juan José Delgado es un maestro del arte poético y la prosa de esta novela se reviste de ese gusto —“Una bombilla apagada recuerda a una reina que huyera en su hilo ante el acoso de la silenciosa penumbra” (p. 31)—. La fiesta de los infiernos es, como las grandes obras críticas con la condición humana, un gran canto de exaltación a la vida pura, sin máscaras, desnudos de todo menos de la poesía redentora.

NOTAS

[1] Todas las citas de la novela están extraídas de la siguiente edición: Delgado, Juan José, La fiesta de los infiernos, Cuenca, El Toro de Barro, 2002.
[2] Morris, C. B., “El Surrealismo en Tenerife”, en Revista Iberoamericana, vol. XLV,núms. 106-107, enero-junio 1979, 343-349.