Con Antonio Álvarez de la Rosa

Presentación. Algunas traducciones. Con Antonio Álvarez de la Rosa (entrevista), por Nilo Palenzuela

Presentación

Antonio Álvarez de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1946). Catedrático de Filología Francesa, ha sido vicerrector de la Universidad de La Laguna y director de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santa Cruz de Tenerife; ha escrito libros como Arquetipos de lo imaginario en la obra de Gustave le Rouge (1987), Sin conclusiones (2002), Libros del paseante. París entre páginas (2015). En su trayectoria destaca su vocación traductora. Ya en 1973 traduce a Jean Lecerf y su Histoire de l’unité européenne cuando apenas se atisbaba en España la posibilidad de sobrepasar las fronteras nacionales.

Álvarez de la Rosa supo de inmediato que desde Canarias y desde España era imprescindible sortear los límites provincianos. Durante más de cuarenta años ha insistido en ello a través de la traducción: Louis Feuillée, Sabin Berthelot,Victor Hugo, Maupassant, Flaubert, George Sand, Gustave Le Rouge, J. Antoine Nau, Julien Gracq, Jean Cocteau, Dominique Fernandez, Manchette, Michel del Castillo, Echenoz, Abdellatif Laâbi, Alejandro Cioranescu…, y en fechas muy recientes, Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. En 2010 obtuvo el premio de traducción Rafael Cansinos Asséns.

Antonio Álvarez de la Rosa muestra un perfil del mundo intelectual que se aleja de tópicos y caminos trillados. Paseante a través de diversas expresiones literarias, siempre está dispuesto a la reflexión y a colaborar con unos y otros, de forma abierta y con escasos prejuicios. Esta revista de la Academia Canaria de la Lengua, que ha contado con su apoyo desde el primer número, quiere aquí llamar la atención sobre un fenómeno esencial en la creación y el desarrollo de las lenguas y sus literaturas; y quiere contar con un traductor que ha contribuido a ampliar los dominios expresivos del español. Quien lea hoy Vidas imaginarias, de Schwob, traducido para Alianza Editorial, podrá comprobar hasta qué punto un escritor puede formar parte activa de de un presente creador a través de la mediación de quien vierte en español palabras de otra lengua.

Incluimos en las páginas que siguen algunos fragmentos escritos por Gustave Flaubert, Guy de Maupassant, Abdellatif Laâbi y Marcel Schwob, traducidos por Antonio Álvarez de la Rosa.


Con Antonio Álvarez de la Rosa

Cuando pienso en Antonio Álvarez de la Rosa como traductor advierto que un rasgo muy visible es una curiosidad que gira en cualquier momento hacia obras a menudo imprevistas, de diferente orientación estética y de distintos espacios culturales, Julian Gracq y George Sand, Samlong y Jean Cocteau…

No había reparado, lo confieso, en el brujuleo cultural y estético que he practicado como traductor. Además de por razones de oportunidad editorial, supongo que mis incursiones por territorios diferentes tendrán mucho que ver con el abanico de mis búsquedas literarias. Aunque, como tú sabes, ser profesor de universidad exige una suerte de especialización, unas líneas de investigación, dicen ahora, -en mi caso yen el mundo de la literatura francesa, más el siglo XIX que el XX-, he procurado tener abiertas otras ventanas estéticas y culturales. A veces, bien es verdad, te acercas a esos nuevos paisajes a partir de los que consideras tuyos. Por ejemplo y ya que lo citas, llegué a Julien Gracq a partir de su conocimiento de Stendhal y de Flaubert, aunque él admirara más al primero que al segundo. Descubrí, sin embargo, a Jean-François Samlong y a Lyne-Marie Stanley, porque me invitaste a traducirlos para la edición de Horizontes insulares, que publicó el Gobierno de Canarias. Fue una estupenda ocasión para descubrir otros horizontes narrativos, “esos vasos comunicantes en el terreno poético e histórico de una sensibilidad contemporánea insular”, como resumiste en la Introducción de la colección.

La riqueza cultural de un traductor -como la de un escritor o la de un profesor- debe estar limitada por los mínimos muros. Un traductor -aunque solo lo sea a partir de una lengua, la francesa en mi caso- debe ser una especie de enciclopedista. Está obligado a saber muchas cosas o, al menos, a saber dónde encontrar la información correcta. Te cuento lo que me ocurrió cuando traduje La estrella rosa, una novela de Dominique Fernandez, premio Goncourt en 1982. Me topé con un problema bíblico… El texto estaba salpicado de versículos de la Biblia, pero no mencionaba su procedencia. Era de sentido común que yo no podía traducirlos del francés, sino transcribir la correspondiente versión española, es decir, copiarlos de la edición de Nácar-Colunga, la «clásica» en aquellos años. Por lo tanto y afortunadamente, tuve que leerme todo el Antiguo Testamento.

Acaso traducir sea una suerte de canibalización. Hace unos años tradujiste a Guy de Maupassant. No sé si será excesiva la referencia a ese proceso de hacer propias las palabras de los demás.

Visto desde la atalaya de la edad, cuando uno traduce, también ha ido recreandola historia contada en esas obras, además de ir moldeando la suya propia. Porque creo que el traductor es un escritor, yo también padecí, al igual que Victor Hugo, el calvario del protagonistade su novela El último día de un condenado; me convertí en el lúcido y gruñón Flaubert o en la inteligente y maternal George Sand. Hace poco, me metí en la piel del otro Maupassant, el de las crónicas periodísticas publicadas con el sabroso título Sobre el derecho del escritor a canibalizar la vida de los demás. Antes, fui, por ejemplo, un doble personaje en La Calle de los Archivos de Michel del Castillo, ese escritor tan francés y, por cierto, tan andaluz (Le conocí, por cierto, después de haberle traducido y el escaso eco de su obra en España me parece un misterio más propio del Vaticano que del mercado editorial). Hace muchos más años, me puse el uniforme de un general canadiense contra el que conspira la extrema derecha o acompañé al malvado Dr. Cornélius en sus aventuras rocambolescas, producto de la imaginación de Gustave Lerouge al que traduje después de escribir mi Tesis doctoral sobre su obra. Son algunos de los álter ego que, como un actor de la literatura, he representado. Cuando empecé a traducir —¡mon dieu, hace casi medio siglo!—, no sabía qué me empujaba a pasarme horas gozando en la pelea con textos, por lo general, periodísticos, con el objetivo de que algunos amigos conocieran lo que se cocía ideológicamente en algunas publicaciones francesas. Principios de la unidad europea, el primer libro que traduje, allá por 1973, para Inventarios Provisionales, una editorial de Gran Canaria ya desaparecida, fue poco más que un ejercicio práctico, además de mi primer conocimiento de los embriones de la Europa que nos aguardaba. Para la misma editorial y también gratis et amore me metí en el Cine de ayer, cine de hoy, de René Clair. Ese libro de memorias me infectó, creo, el virus de la traduccióndel queno me he curado. Pasé por editoriales como Bruguera o Argos Vergara, hace años ya desaparecidas, aunque espero no haber contribuido a su derribo con mis modestos trabajos. Poco a poco y una vez que me fui soltando el pelo de la traducción, empecé a preguntarme por las entrañas de esta profesión o vocación o dedicación, por esta extraña manera de buscarme la vida literaria a la sombra de un escritor. Y así, saltando de editoriales catalanas a una vasca y a un par de canarias o a una andaluza, con la que gané el Premio de Traducción de la Junta de Andalucía en 2010, he acabado recalando en una madrileña, nacional digamos, como Alianza Editorial. Aquí y por cierto, he tenido la suerte de encontrarme a Javier Setó, el responsable de su Colección de bolsillo, un editor de una raza ya en extinción, me temo.

Por supuesto, se aprende a traducir traduciendo, es decir, escribiendo y, como también sabes muy bien, para escribir hay que leer mucho.

Me parece casi indispensable que el traductor literario tenga una formación universitaria. Al igual que en el caso de los creadores, ha habido magníficos traductores autodidactas, pero en general es fundamental tener una buena base filológica, literaria y cultural. Además de un buen conocimiento de la lengua de partida, de la lengua, pero también de la historia, de la cultura, de la civilización, digamos, del país de cuya lengua se traduce, hay que tener mejor conocimiento aún de la lengua de llegada, en este caso, del español y sus circunstancias, digamos.

De particular relevancia me parece también tu vínculo con Abdellatif Laâbi. Tu trabajo llama la atención sobre los escritores francófonos de Marruecos, además de mostrar un camino de proximidad que a menudo se soslaya en Canarias o en España.

Siendo yo Vicerrector de Extensión Universitaria de la Universidad de La Laguna, ya conocía algo de su poesía. En 1994, le invité a participar en uno de los primeros Cursos de Verano de Adeje, titulado “Cultura y frontera”. Ahí nació mi amistad con él y con Jocelyne Laâbi, también escritora. Se sintió tan impactado en esa primera visita a Tenerife que una mañana, cuando pasé a recogerle por el hotel, me regaló un poema, escrito la noche anterior a mano y en el papel del hotel, titulado “Les îles éternelles” (“Las islas eternas”) que, años después, publicó y me dedicó. Nacido en Fez en 1942, Abdellatif Laâbi es, ante todo, un poeta, autor ya de una prolífica obra (una treintena de libros) en la que ha cultivado todos los géneros: poesía, novela, teatro, libros para niños, ensayos, artículos… Además de su compromiso político -llegó a ser condenado a muerte-, sobre toda ella planea el ansia de libertad, de amor, una mezcla de dolor y de alegría, de sufrimiento y de esperanza, de furor y de serenidad, un ejercicio de tolerancia, de cólera amaestrada y de ternura, de denuncia de la realidad y de confianza en el ser humano.

Ya lo creo que me extraña y decepciona el silencio, por no decir el desdén, con que en Canarias se ha soslayado la figura de Laâbi, no solo la literaria, sino el hecho de que sigue siendo un referente ético en ese país, tan cercano y tan lejano del nuestro, una figura de la cultura francófona que, en su momento, pudo haber sido para Canarias un magnífico puente cultural con Marruecos.

Capítulo especial tiene en tu obra Gustave Flaubert. No solo le has dedicado atención crítica durante décadas, sino que has intentado adentrarte en su mundo a través de la traducción. Pienso en las cartas de George Sand.

Me interesan, en general, los «grandes» de los siglos XIX y XX. Leer y releer a Balzac, Stendhal, Zola, Baudelaire, refrescar, más o menos al azar, páginas de Proust o de Gide o de Camus o de Tournier o de Pascal Quignard, etc.

La selección de cartas de Flaubert a George Sand y a Leroyer de Chantepie no es casual. Fueron estas dos, además de Louise Colet, cuya correspondencia está traducida al español, quienes actuaron como aguijones capaces de sacar mucha miel reflexiva de Flaubert. Los respetuosos debates epistolares con Sand, sobre todo, son, como señalo en el prólogo de Mi querida maestra,…, «el reflejo de su madurez como creador, de la coherencia ideológica y de la ternura escondida». De entre unas quinientas, seleccioné las cartas que me parecían más «actuales» o, mejor dicho, más de siempre, las que nos retratan, individual y socialmente, de cuerpo entero, imágenes de lo que somos y de quiénes somos, vitaminas reflexivas para conocernos mejor. Cuando uno se sumerge en la escritura de Flaubert, no puede olvidar lo que para él era esencial: la simbiosis entre la forma y el fondo, no existe la una sin el otro o el otro sin la una. Además de acompañar al lector español no especialista con una serie mínima de notas aclaratorias, procuré, sencillamente, que no se notara que esas cartas habían sido escritas en francés. Si uno consigue pasar desapercibido como traductor, habrá ayudado al lector a no sentir las fronteras lingüísticas. En el fondo, el traductor no debe perder de vista al lector que él mismo fue en el primer acercamiento a un texto.

Recientemente has traducido Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. El libro es extraordinario. Los personajes que ahí recrea Schwob y traslada imaginariamente (Empedocles, Lucrecio, Uccelo. Séptima, Clodia…) tienen una envidiable vitalidad, una presencia poética asombrosa. En cierto modo, entre Schwob y tu mediación se puede decir que hay una «traducción de la traducción» que se prolonga de manera incesante.

Cuando volví a leer esa obra de Schwob, pero ya con la escafandra del buzo, iba de deslumbramiento en deslumbramiento, de terror en terror. Casi de inmediato, me di cuenta de que me tenía que meter en la piel de un escritor que combina, como pocos, toneladas de sabiduría con la sensualidad de la civilización mediterránea, cultura anglosajona con la luz del sur y, por si fuera poco, una escritura que fabrica constantemente imágenes esclarecedoras. Todo un reto para el traductor del que espero haber salido airoso. Aprovecho esta ocasión para seguir machacando sobre el yunque de los tópicos. Con frecuencia, deberíamos recordar que España ocupa, en el panorama editorial, el segundo o tercer lugar por el número de traducciones publicadas y, al mismo tiempo, que un traductor -literario, insisto- es un escritor, es decir, creador cuyo material de trabajo, al final del viaje, es la lengua de llegada, el español en nuestro caso. Por supuesto, el traductor ha de conocer en profundidad la lengua extranjera y lo que podríamos llamar el alma de su civilización, la malla cultural y etnográfica que la conforma, el caldo histórico en el que hierve. Lo digo y lo reafirmo siempre: no todo el mundo puede traducir. Sigue enquistada, por desgracia, la idea de que con un buen conocimiento de la lengua de origen, pertrechado con la más moderna bibliografía lingüística, con un arsenal modernizado de diccionarios y con la tecnología informática más avanzada, todo es coser y traducir. Como en tantos otros aspectos, la incultura profunda de este país se nota por debajo de las lentejuelas de la modernidad. España es un país cuya literatura ha estado siempre umbilicada a la traducción y en permanente ósmosis con tantas otras. Sin embargo y aunque algo hemos mejorado, se sigue observando la ignorancia o el desdén hacia la importancia del traductor. ¿Cuántas veces, por poner un solo ejemplo, he abierto, en una librería o en un kiosco de periódicos, una obra que ya pertenece al dominio público y no figura el traductor? ¿Cuántas veces leemos reseñas en las que se alaba el estilo de un escritor y ni se menciona el nombre de quien lo ha hecho posible en español?

Te diré, para tratar de reflexionar sobre tu idea de la “traducción de la traducción”, que asusta un poco la responsabilidad que uno adquiere cuando actúa de pasador de fronteras lingüísticas y culturales. Con la perspectiva de la historia de la literatura, es fácil comprobar, por citar un par de casos, qué le debe la novela francesa a Cervantes o cuál es la deuda española con Victor Hugo. Sin embargo, apenas nos paramos a pensar qué representará la minúscula aportación de un traductor en el fermento de la literatura en su propia lengua.

De ahí, por ejemplo, que una escritora de la talla literaria de Marguerite Yourcenar se ocupara y preocupara mucho de saber quién iba a traducir sus obras a las demás lenguas. Era consciente de la importancia del traductor como coautor.Entre paréntesis y a modo de cotilleo político-cultural, lo curioso es que, a pesar de la autora y de Julio Cortázar como traductor, ambos excelentísimos escritores, Memorias de Adriano solo empezó a ser conocida en España después de que, siendo presidente del Gobierno de España, un gran crítico literario como Felipe González la alabara a finales de 1982.

Recuerdo por ejemplo tu experiencia con alguien tan próximo para ti como Nivaria Tejera, cuando te encontraste con un capítulo de El barranco (Le ravin), en la revista Europe. Traducción, traslación y azar en medio de la magia cotidiana. Puede parecer una «vida imaginaria» de Schwob.

En efecto, el episodio que evocas me pareció un ejemplo del “azar objetivo” de los surrealistas, de la Nivaria Tejera surrealista. Lo evoco, por cierto, en el prólogo que escribí para la edición de El barranco que acaba de hacer el Gobierno de Canarias en su colección Biblioteca Atlántica.

“Recuerdo un fin de semana del invierno de 2005. Residía yo, por aquel entonces, en París y había ido a visitar a Nivaria y a Hantón que pasaban unos días en un castillo cercano a Amiens. Ahora que lo evoco, me doy cuenta de que conocí los dos castillos cuyos propietarios les permitían alojarse durante cortas temporadas a lo largo del año. (En el cementerio de uno de ellos, propiedad de la familia Noailles, están enterrados ambos). En el primero, decía, recuerdo una coincidencia que emocionó a Nivaria. Tras instalarme, el vicio de la bibliofilia me llevó a la biblioteca del castillo. Apenas había empezado a ojear los lomos de los libros, al intentar coger uno de ellos, se me abalanzó desde lo alto un volumen de la revista Europe (fundada en 1923, bajo la sombra intelectual de Romain Rolland, fue y sigue siendo una revista literaria y cultural de referencia). Cuál no sería mi estupefacción cuando compruebo que ese número de enero-febrero de 1958 incluye, en francés, el primer capítulo de El barranco. Por supuesto, la autora no tenía ni idea de que esa revista estuviera en los anaqueles de tan grandiosa biblioteca. Cuando recorrí medio castillo para contárselo, conmovida, lo atribuyó a esas raíces del surrealismo que llevaba dentro, las fuerzas que operan en el subconsciente, el azar objetivo, que decía André Breton, el enigma de las coincidencias, el más allá de lo racional”.

Nivaria Tejera fue una desplazada. También tuviste estrecha relación con otro desplazado, conocedor del mundo de la literatura, de sus azares y laberintos interiores: Alejandro Cioranescu.

Más allá de los problemas materiales -demasiadas veces, excesivamente graves-, la condición del exiliado puede llegar a ser una losa de barranco en la vida de cualquier ciudadano. En la de un escritor, más porque ha de atrincherarse lingüísticamente para que la lengua extranjera no acabe encorsetando a la suya. Nivaria Tejera, por cierto, hablaba muy bien francés con acento español, una forma inconsciente de protegerse.

D. Alejandro Cioranescu, por su parte, otro exiliado, no debió de sufrir el mismo problema con su lengua materna, dada su condición, como mínimo, de trilingüe. De hecho, tradujo -trabajo suyo que siempre me pareció hercúleo- la Divina Comedia de Dante al francés, allá por los años 60. Era rumano, pero escribió en francés una novela, Le couteau vert (El cuchillo verde), una historia muy francesa en el Lanzarote de hace medio siglo, que traduje y publicó Cajacanarias. Durante sus últimos años, tuve una estrecha relación con él. Le recuerdo ahora en su postura preferida en la Bilioteca Nacional de Francia, en su vieja sede de la calle Richelieu: sentado ante una pequeña mesa, despojado de sus gafas de miope, con un libraco abierto, un par de folios y un bolígrafo como todo acompañamiento. Recuerdo también ahora, cuando se ha muerto recientemente, a otro de los grandes profesores que pasaron por esta isla. Paco Hernández escribió que la estructura administrativa de la universidad española consiguió que un sabio como Cioranescu ejerciera la docencia aquí durante casi treinta años como encargado de curso o categorías parecidas, mientras que Francia le hizo catedrático desde mediados de los 60. Dado que la desmemoria es una enfermedad de difícil desarraigo, también evocaba Paco Hernández a propósito de Cioranescu, “Flor de Romero”, la colección literaria que dirigió, llamada así porque la patrocinaba una empresa de litografía que se dedicaba, sobre todo, a la impresión de etiquetas para las cajas de tomate, colección en la que se publicaron traducciones del propio Paco Hernández o de Cioranescu. ¡Qué cosas!, piensa uno en esta Canarias tan moderna cuyas empresas, ahora, patrocinan el deporte y poco, muy poco más.

Siempre que he coincidido contigo surge alguna vez el nombre de Camus, su pensamiento lúcido o su resistencia intelectual ante los dogmatismos. Escribir y traducir es una suerte de resistencia.

El molesto radar de Camus lo mismo detectó la opresión franquista que el espanto de los campos de concentración en la Unión soviética. A comienzos de los años 50, ya empezó a sentirse cercado por la agresividad de quienes, desde la derecha o desde la izquierda, le enseñaban los colmillos de la intelligentsia parisina. Desde la enternecida memoria de la infancia, así lo contó su hija Catherine Camus en declaraciones a Le Nouvel Observateur (19-XI-09): «Un día, me encuentro a mi padre en el salón, sentado en un sillón y con la cabeza gacha. Le dije: “¿Estás triste, papá?”. Levanta la cabeza, me mira a los ojos y me contesta: “No, estoy solo”. Nunca lo he olvidado, de tanto cómo me sublevaba. No sabía cómo decirle que conmigo no podía estar solo».

Aunque le dolía en la intimidad, no pestañeaba ante las acusaciones, tan normales en la época, que le hacían desde el mesianismo comunista o desde la hipócrita derecha. En medio de tantos adoctrinamientos de nuestra rabiosa actualidad -aquella que nos hace rabiar, me refiero-, ¡cómo no recordar ahora la frescura de su pensamiento y el valor de su honestidad!

La permanente compañía de Camus, extranjero entre los extranjeros, me parece un recomendable ejercicio para la sanidad mental, además de una señal de que los problemas de siempre siguen pesando como losas de barranco sobre los seres humanos. Quizá no sea tanto el imán de su corpus ideológico lo que nos sigue atrayendo, sino la actitud del escritor.

La prolongada siesta que, desde hace demasiados años, parece estarse echando la sociedad occidental ha acabado embotando sus articulaciones y reflejos. Releer La Peste es como revacunarse periódicamente contra el virus del totalitarismo, de la intolerancia, de las mil formas de dictadura que pululan por la globalidad que respiramos. Esa inmensa y conmovedora alegoría es un relato de piel realista. Bajo ella, sin embargo, late el símbolo de la lucha solidaria contra toda clase de opresión, epidemia, intransigencia y cobardía.

Escribir y traducir es, en efecto, una forma de resistir. Hace ya unos cuantos que vengo pensando que sobran militantes y faltan resistentes. Como Camus o como los que, conscientes de nuestro papel menor, sabemos que ninguna colina, por pequeña que sea, está conquistada para siempre, que el ser humano es más propenso a levantar una piedra de veinte kilos que a pensar, que solo con la formación cultural, como ha estudiado Georges Steiner, no podemos desembarazarnos de la barbarie que llevamos dentro.

Hacerlo con amplitud de fronteras parece casi una obligación en un archipiélago que habla en español, que tiene cerca la costa africana y que ha vivido de sus relaciones con América, con Cuba…

En Canarias, lo de territorio tricontinental apenas ha superado el estadio de la retórica política. Salvo en algún cuarto de hora cultural, el resto del tiempo lo hemos pasado mirándonos el ombligo. Dónde, por cierto, ha quedado aquella idea, tan europea, alimentada por los componentes de Gaceta de Arte, para convertir Tenerife, por ejemplo, en una Sede permanente de encuentros para que pintores, escritores, músicos, cineastas, etc., revelaran la atmósfera de magia que circunda las islas, la búsqueda de un centro cósmico en el que converger,de manera periódica,sensorial y dialécticamente. Dónde otro Domingo Pérez Minik con su Entrada y salida de viajeros cuya primera edición ha cumplido ya 70 años…


Algunas traducciones

1. CARTA DE FLAUBERT A SAND

Croisset, 3 de agosto de 1870

¿También usted, querida Maestra, desmoralizada, triste? ¿Qué será entonces de los débiles?

Tengo el corazón en un puño, tanto que me sorprende. Arrastro una melancolía sin fondo, a pesar del trabajo, a pesar del buen San Antonio que debería distraerme. ¿Consecuencia de mis reiterados problemas? Es posible, aunque la guerra tiene mucho que ver. ¿Entramos en la negrura, me parece?

En suma, ¡el hombre natural! ¡Teorizad ahora! Alabad el Progreso, las luces, el sentido común de las masas y la suavidad del pueblo francés. Le aseguro que nos matarían si se nos ocurriera predicar la Paz.

Suceda lo que suceda, va para largo nuestro retroceso.

¿Vuelven quizá las guerras raciales? Antes de un siglo, ¿volveremos a ver cómo se matan, entre sí y de una sola vez, varios millones de hombres? ¡Todo Oriente contra toda Europa, el viejo mundo contra el nuevo! ¿Por qué no? De manera diferente, ¿acaso los grandes trabajos colectivos, como el istmo de Suez, son quizá esbozos y preparativos de esos conflictos monstruosos de los que no nos hacemos idea?

¿Es posible también que Prusia reciba un vapuleo que formaba parte de los designios de la providencia para reestablecer el equilibrio europeo? Ese país tendía a hipertrofiarse como Francia bajo Luis XIV y Napoleón. Los demás órganos se encuentran con dificultades. De ahí la perturbación universal. ¿Servirán de algo las enormes sangrías?

¡Ah, qué cultos somos! ¡La humanidad está lejos de nuestro ideal! Nuestro inmenso error, nuestro funesto error es creer que es semejante a nosotros, querer tratarla como tal.

El respeto, el fetichismo que tenemos por el Sufragio universal me indigna más que la infalibilidad del Papa (el cual, entre paréntesis, acaba de malograr su efecto[1]. ¡El pobre!). En resumen, ¿cree que nos encontraríamos en esta situación si, en lugar de estar gobernada por la multitud, fuesen Mandarines los que tuvieran el poder en Francia? Si en lugar de haber querido ilustrar a las clases bajas, se hubiesen dedicado a instruir a las altas, no veríamos a Kératry proponer el pillaje del ducado de Baden, medida que al público le parece muy justa.

¿Observa en estos días la necedad del burgués? ¡Es gigantesca! Le encanta el Rhin de Musset y se pregunta si Musset “ha hecho algo más”. ¡Musset se ha convertido en poeta nacional! ¡Ha desbancado a Béranger! ¡Qué inmensa payasada…todo! Una payasada poco alegre.

Señales claras de la miseria. Todo el mundo tiene problemas de dinero, ¡empezando por mí! Quizá estábamos demasiado acostumbrados a la comodidad y a la tranquilidad. ¿Nos entregábamos a lo material? Hay que volver a la gran tradición, no aferrarnos a la Vida, a la Felicidad, al dinero, a nada, ser lo que eran nuestros antepasados, personas ligeras, gaseosas.

Antaño, se pasaban la existencia muriendo de hambre. La misma perspectiva asoma por el horizonte. Es abominable lo que me cuenta del pobre Nohant. Aquí, el campo ha sufrido menos que el suyo.

Pasado mañana me voy a Dieppe, pues mi madre está en casa de su nieta. Envejece y se debilita de manera espantosa. En ese sentido tampoco es agradable mi futuro.

El lunes estaré en París. Escríbame a la calle Murillo, 4, donde me quedaré unos ocho días. Debo saber lo que pasará con Aissé y con el poemario de Bouilhet, lo que significa que tengo que volver a ver a ese excelente Michel Lévy.

¿Y cuándo nos veremos nosotros?

Saludos a todo el mundo y mi cariño para usted.

[De Querida maestra…, Gustave Flaubert, Ed. El Olivo Azul, 2009]

2. DE GUY MAUPASSANT

Releamos la admirable farsa de Rabelais: “Sin decir palabra, Panurgo lanza al mar su oveja que gritaba y balaba. Todas las demás ovejas, gritando y balando con parecida entonación, empezaron a saltar y a lanzarse al mar en fila, se apretujaban por ser la primera y saltar detrás de su compañera. Era imposible detenerlas, pues como sabéis para las ovejas es natural seguir a la primera, vaya donde vaya”[2].

Siempre podríamos decir en esta última frase: “Como sabéis, para el francés es natural, etc.”.

En efecto, en estos momentos cosas muy sorprendentes provocan un gran alboroto.

Un innumerable rebaño de corderos bípedos, llamados hombres de negocios, acaba de desaparecer en medio de la ola de la especulación. Se han ahogado todos. El pastor (llámese Bontoux o Dindenault[3]) ha intentado agarrarles. ¡Inútil! Le arrastraron al fondo del lago. Se acabó.

Francia tiene la exclusiva en la representación de estas prodigiosas comedias.

El presente caso es particularmente instructivo. (…) Confieso que, para mi inteligencia, hay un impenetrable misterio en esas palabras de negocios de Bolsa, especulación. Cuando se compran acciones de ferrocarril o del Estado, todo está claro. La prosperidad de la empresa o la de los asuntos públicos regulan los beneficios. Así de sencillo.

Uno se vuelve loco cuando pretende imaginarse cómo una empresa desconocida, que pide dinero al público para inconfesadas especulaciones, disimuladas tras un honrado pretexto, una empresa que representa un capital conocido y limitado, beneficios problemáticos e indudables riesgos de pérdida, cómo puede, tras una locura de los agiotistas, alcanzar tasas fabulosas.

Las operaciones son ficticias, los beneficios son ficticios, el valor es ficticio. Se trata de una simple convención. Todo es ficticio y el recién llegado se vuelve, ficticiamente, multimillonario y, pocos días después, se topa con la dura realidad de no tener un céntimo.

Sin embargo, el desastre de estos últimos tiempos estaba previsto, anunciado desde hacía meses. Se veía, se sentía venir, era inevitable como el invierno tras el verano. Lo que no impidió que atrapara a todo el mundo. ¡Corderos de Panurge!

La farsa se vuelve inenarrablemente graciosa respecto a la cuestión del pago. Los enriquecidos de ayer, que son los arruinados de hoy, puesto que solo eran millonarios de pega, es decir, gracias al papelito que tanto valía y nada vale, se ven también ficticiamente arruinados, o sea, que no pueden pagar. Qué espectáculo de magia: ¡El reino de lo Ficticio! Podríamos contemplar cómo la sombra de un accionista a la sombra del Premio Gordo devuelve la sombra de un multimillonario a la sombra de un banquero israelí.

Pronto, oiremos conversaciones como esta: “Acabo de ganar cuarenta millones en la Bolsa. ¿Me presta cuarenta céntimos para ir a cenar?”. O quizá: “¡Oh! querido, qué desastre, acabo de perder en dos horas ochocientos millones”. El amigo confidente se derrumbará sin pensar que, a partir del momento en que no se paga, es absolutamente indiferente perder ochocientos millones o doscientos francos.

Lo que en absoluto comprendo es, por ejemplo, el resultado de ese desastre para la prosperidad general, como se ha dicho con altisonancia. Miles de millones perdidos. O bien están en otros bolsillos -¿qué nos importa?- o eran ficticios. En ese caso, ¿a qué viene todo este griterío?

¿Qué decir de esa invocación al Gobierno al que los especuladores de Lyon llaman “papá”, mientras se sientan sobre sus rodillas?

-Papá, paga mis deudas. No lo volveré a hacer, te lo prometo, te lo juro, paga mis deudas, me portaré bien.

¿Qué tiene que ver el Gobierno con la locura de esa gente? Están arruinados, ¡peor para ellos! Ya vendrán otros a reemplazarles.

[De Sobre el derecho del escritor a canibalizar la vida de los demás, Guy de Maupassant, Ed. El Olivo Azul, 2010]

3. DE ABDELLATIF LAÂBI

El amor es una facultad que veo debilitarse a nuestro alrededor. Las palabras del amor palidecen cada día mientras no dejan de atropellarse en los altavoces y en las cajas de imágenes. Solo son borborigmos que impiden que las palabras aún vivas se sumerjan en sus raíces, que recuperen la memoria, suspiren a gusto, se llenen de un sentido nuevo antes de ir al encuentro. Pienso, sobre todo, en los jóvenes, que cada vez menos poseen esas palabras, porque la lengua que les echan como pasto solo es la dosis mínima. Con ello no quiero decir que los jóvenes ya no se amen o se amen mal. Con lo que tienen, a veces, lo hacen maravillosamente. Sin embargo, su experiencia amorosa ya no se articula o se articula poco en qué sentido dar a la vida, a un ideal (término poco usado, envejecido) que sería el motor carnal, la energía constitutiva, el principio estético. No se ama de la misma manera en un túnel sin una lucecita al final que a la luz del día, frente a un horizonte despejado. Estos jóvenes también son nuestros hijos. Compartimos sus inquietudes y, a veces, nos vemos obligados a ocultarles las nuestras para no abrumarles en demasía. Le confieso con franqueza que, cuando a los míos les doy mis libros para que los lean (ahora, los tres son mayores), no lo hago sin cierta aprensión. Tengo miedo de que mis desgarros les dañen, les desestabilicen o de que ignoren lo que en mis textos puede reforzar la esperanza, la pasión por otra vida, diferente a la mediocre con la que les amenaza la sociedad. De hecho, discutimos poco al respecto. Pienso que no me corresponde a mí provocar esa discusión. Se producirá cuando la necesiten. ¡A buen entendedor…!

Dejando a un lado el plano personal, creo que, por más vigilantes que estemos, nos acecha la usura. La violencia y el odio con que nos codeamos, los horrores que miramos fascinados o de los que apartamos la vista, el poco caso que hacemos de la vida y de la dignidad humana, el triunfo de la apariencia y de la mentira, lo borroso del futuro de los individuos y de los pueblos, todos esos ingredientes acaban por sacudir nuestro meollo vital, pues las relaciones humanas se ven afectadas. Aunque aún se nos ofrezcan ocasiones y momentos de un hermoso compartir, se vuelven furtivos y su porvenir es incierto.

[De Un continente humano, Abdellatif Laâbi, Ed. Idea, 2010]

4. DE MARCEL SCHWOB

LUCRECIO
Poeta

Lucrecio surgió en el seno de una gran familia, ya retirada lejos de la vida civil. Sus primeros días recibieron la sombra del porche negro de una casa alta y erguida en la montaña. El atrio era sobrio y los esclavos mudos. Desde la infancia, se habituó a despreciar la política y a los hombres. El noble Memmius, coetáneo suyo, padeció en el bosque los juegos impuestos por Lucrecio. Juntos, se sorprendieron ante las arrugas de los viejos árboles y espiaron el temblor de las hojas bajo el sol, como un velo verdeante de luz alfombrado de manchas doradas. Observaron a menudo el lomo rayado de los cerdos salvajes que olfateaban la tierra. Atravesaron agitados cohetes de abejas y bandas móviles de hormigas en marcha. Un día, al salir de un matorral, llegaron a un claro rodeado de viejos alcornoques, plantados tan juntos que su círculo abría en el cielo un pozo azul. La tranquilidad en ese refugio era infinita. Lucrecio se sintió bendecido por los espacios en calma.

Junto a Memmius, abandonó la serenidad del templo forestal para estudiar elocuencia en Roma. El anciano caballero que regentaba la gran morada le proporcionó un profesor de griego y le conminó a no volver mientras no dominase el arte de despreciar las acciones humanas. Lucrecio no volvió a verle, el viejo murió solo, detestando el tumulto de la sociedad. Al regresar, Lucrecio se presentó en la gran morada, en el severo atrio y entre los esclavos mudos, con una mujer africana, hermosa, bárbara y malvada. Memmius había vuelto con sus padres. Lucrecio había visto las facciones sanguinarias, las guerras de los partidos y la corrupción política. Estaba enamorado.

Al principio, su vida fue maravillosa. La mujer africana apoyaba la masa rizada de su cabellera sobre las colgaduras de las paredes. Todo su cuerpo se acomodaba a la perfección en el triclinio. Rodeaba con sus brazos, cargados de esmeraldas translúcidas, las cráteras llenas de vino espumoso. Era extraña su forma de levantar un dedo y de sacudir la cabeza. Su sonrisa provenía de una fuente profunda y tenebrosa, como los ríos de África. En lugar de hilar la lana, la desmenuzaba con paciencia en pequeños copos que revoloteaban a su alrededor.

Lucrecio ardía en deseos de fundirse en ese hermoso cuerpo. Estrechaba sus senos metálicos y pegaba la boca a sus labios de un violeta oscuro. Las palabras de amor fueron y vinieron entre ellos, las suspiraron, les hicieron reír y se desgastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a los amantes. Su voluptuosidad se volvió más furiosa en su deseo de cambiar de persona. Alcanzó la máxima agudeza desde la que se expande en torno a la carne, sin penetrar hasta las entrañas. La africana regresó a la concha de su corazón extranjero. Lucrecio se desesperó por no poder realizar el amor. La mujer se volvió altiva, taciturna y silenciosa, similar al atrio y a los esclavos. Lucrecio vagaba por el salón de los libros.

Allí desplegó el rollo en el que un escriba había copiado el tratado de Epicuro.

Comprendió de inmediato la variedad de las cosas de este mundo y la inutilidad de esforzarse en entenderlas. El universo le pareció semejante a los pequeños copos de lana que los dedos de la africana esparcían por las habitaciones. Los racimos de abejas, las columnas de hormigas y la tela moviente de las hojas le parecieron grupos de grupos de átomos. En todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discordante, ávido de emancipación. Las miradas le parecieron rayos sutilmente carnosos, la imagen de la hermosa bárbara un mosaico agradable y colorido, y sintió que el final del recorrido de esa infinitud era de una vana tristeza. Además de las facciones sanguinarias de Roma y sus tropas de clientes armados e injuriosos, contempló el torbellino de rebaños de átomos teñidos con la misma sangre en la disputa de una oscura supremacía. Supo que la disolución de la muerte solo era la liberación de esa turba turbulenta que se lanza hacia mil otros movimientos inútiles.

Lucrecio, instruido de este modo por el rollo de papiro, en el que las palabras griegas y los átomos del mundo estaban entretejidos, se dirigió al bosque a través del porche negro de la alta casa de sus ancestros. Observó el lomo rayado de los puercos que seguían con el hocico vuelto hacia la tierra. Luego, una vez atravesado el monte bajo, se encontró de repente en medio de la serenidad del templo forestal y sus ojos se sumieron en el pozo azul del cielo. Fue allí donde ubicó su descanso.

Contempló entonces la hormigueante inmensidad del universo. Piedras, plantas, árboles, animales, hombres, todos con sus colores, pasiones, instrumentos, y la historia de las cosas diversas y su nacimiento y enfermedades. Entre la muerte total y necesaria, vio nítidamente la muerte única de la africana y lloró.

Sabía que el llanto procede del movimiento particular de unas pequeñas glándulas, situadas bajo los párpados, agitadas por una procesión de átomos procedente del corazón, cuando el corazón mismo ha sido percutido por una sucesión de imágenes brillantes que emite la superficie del cuerpo de una mujer amada. Sabía que la única causa del amor se debe a la hinchazón de los átomos que desean unirse a otros átomos. Sabía que la tristeza causada por la muerte solo es la peor de las ilusiones terrenales, pues la muerta ya no era desgraciada ni sufría, mientras la lloraba quien andaba afligido por sus propios males y pensaba tenebrosamente en su propia muerte. Sabía que de nosotros no queda ningún doble simulacro para derramar lágrimas sobre su propio cadáver, tendido a los pies. Sin embargo, puesto que conocía de verdad la tristeza y el amor y la muerte -vanas imágenes cuando las contemplamos desde el espacio en calma donde debemos encerrarnos-, siguió llorando, deseando el amor y temiendo la muerte.

Por ello, al regresar a la alta y sombría casa de los ancestros, se acercó a la hermosa africana, que había puesto a cocer un brebaje en una olla metálica. Ella, por su parte, también había reflexionado y sus pensamientos se remontaron a la misteriosa fuente de su sonrisa. Lucrecio observó el brebaje que seguía hirviendo y que, poco a poco, se aclaraba y se asemejaba a un cielo turbio y verde. La hermosa africana sacudió la cabeza y levantó un dedo. Lucrecio, entonces, se bebió el filtro. De inmediato, perdió la razón y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Al volverse loco, conoció el amor por primera vez. Por la noche y tras ser envenenado, conoció la muerte.

[De Marcel Schwob, Vidas imaginarias, Alianza Editorial, 2017]


Notas

[1] El concilio Vaticano comenzó el 8 de diciembre de 1869 y el dogma de la infalibilidad del Papa se proclamó el 18 de julio de 1870.


[2] Cf. François Rabelais, Pantagruel, Libro IV, cap. VIII.


[3] Se refiere a Eugène Bontoux, fundador de la Union Générale en 1878. Se especializó en captar una clientela monárquica y católica que, por razones políticas y religiosas, no confiaba sus ahorros a los bancos judíos y protestantes. Dindenault, por su parte, es un personaje de Rabelais. En francés, “los corderos de Panurge” designa a personas que se pliegan a una regla sin saber si están o no bien fundamentadas.