Con el mar al fondo

Por Cecilia Domínguez Luis

Recuerdo una tertulia en un bar de la Avenida de Anaga, con el mar al fondo apenas visible entre contenedores y grúas; el olor al puerto, a la ciudad nocturna.

Allí, en el centro – sea cual fuere el lugar que ocuparan en las mesas, siempre era el centro- Isaac y Rafael. El uno a veces distante, a veces con una sonrisa de supuesta aquiescencia que, lejos de tranquilizarme, me mantenía alerta; el otro jugando con las palabras y nuestros miedos; haciendo un guiño a los que, por entonces, empezábamos a mirar a nuestro alrededor de “otra manera”, o al menos eso creíamos.

A Isaac lo vemos llegar despacio, como quien llega por primera vez y, cuando se acerca, parece venir de algún lugar muy lejano que sólo él conoce. Rafael está allí, en su guardia nocturna como ATS en una clínica de la Junta de Obras del Puerto, de la que se escapa, con la mirada del muchacho que acaba de hacer una travesura.

La magia aparece cada noche y es Rafael quien la atrapa para trastocarlo todo. Y una noche se le ocurre hacer una torre de cristal con nuestras copas y derramar sobre ellas un vino espumoso. Mientras el líquido cae en cascadas, Rafael recita o salmodia un canto inventado sobre la marcha, e Isaac lo mira un instante y sonríe cuando dice: “Bueno, las cosas del Rafa ¿oíste?”

Son noches de entusiasmo y deslumbramiento en las que Rafael pacta con dioses y demonios en el gozo de vivir transformando las cosas y a sí mismo con la palabra.

Nosotros escuchamos entre divertidos y asombrados. Algunos entramos en el juego donde Rafael es árbitro e inventor de las reglas. Única condición: la imaginación para seguir completando sus historias, para dibujar en servilletas signos propicios o interpretar la caída de una adelfa.

Poco a poco aparecen las preguntas, formuladas en alto, a media voz o en silencio. Ellos también preguntan, lo habían hecho ya y lo seguirían haciendo.

Eran, plagiando el título de un poema de Rafael, “tiempos de amistad bajo un solo cerezo.”

Vida y poesía fueron siempre para Rafael una sola cosa. Incluso cuando a veces lo veía pintar – en esa época lo hacía con acuarelas y tinta china- me parecía estar viendo a un gran brujo que dibujaba signos de colores para atraer palomas, barcos, sirenas o la estatua de un dios griego sumergida en el Mediterráneo, mientras recitaba poemas que le llegaban de no sé donde y que me llevaban más allá de las cosas.

Y, de esta manera, fueron pasando los días entre literatura, sus meriendas regadas con vino y las historias de su niñez y, por supuesto, las de su amistad a toda prueba con Isaac. De tal manera que no me costaba nada imaginarlos caminando por los senderos de la isla.

Así, en sus grandes caminatas, los dos amigos apenas sienten la necesidad de hablar. Se saben fuertemente unidos por el paisaje, por la tierra que pisan y por el ruido del mar que los acerca al misterio. De pronto a Isaac le llama la atención unas campánulas amarillo-naranja que crecen al borde del camino mientras Rafael atrapa en su memoria el vuelo de una libélula rubicunda.
Se impone un alto y cada uno se sumerge en su mundo particular en donde, a pesar de los vericuetos, terminan por encontrarse.

Cerca hay una taberna. El vaso de vino y el queso preparan a Rafael para la pirueta, para desafiar al lenguaje hasta que éste se rinde a sus trucos y a sus juegos al escondite. Isaac lo contempla en silencio y sonríe. Después lo invita a continuar el camino con un gesto o tal vez con un “anda, muchachito, que se hace tarde.”

En la soledad escriben- dicen que obligados por un extraño y poderoso daimon- unas historias que, como afirma el más viejo de ellos, “se desenvuelven muy allá adentro.” Y en el mundo de Isaac aparecen unos personajes que caminan los mismos senderos recorridos por estos dos compañeros de viaje, mientras se preguntan, conscientes de lo limitado e incompleto de la naturaleza humana, del porqué de la existencia; si es la muerte un tránsito hacia otro lugar, quizá infinito.

Rafael elige el poema, y el vitalismo con el que se une a todo lo que le rodea, ese jubiloso encuentro del hombre con la naturaleza, nos acerca, desde lo más íntimo de nuestro yo, al renacer de una isla en la que, nuevamente, perdernos.

Porque también nos han enseñado que la escritura- una forma de vida, necesaria y sin concesiones- es indagación constante en lo invisible y en lo oscuro; una incansable búsqueda de espacios en los que extraviar nuestros pasos.

Pero el tiempo ha seguido su camino y nos ha traído muchas ausencias, entre ellas la de Rafael y la de Isaac a los que, desde que se marcharon, venimos conjurando con el recuerdo, con la memoria de su amistad y de su literatura y con la fortuna de saber que, sin pretenderlo, tanto Rafael como Isaac, nos han llenado de paisajes y tiempos levantados con palabras y silencios; de ideas que ellos han hecho y deshecho en nuestras mentes, en nuestros, muchas veces, olvidados espíritus.

Y hemos comprendido ese estado de entusiasmo poético de Rafael, sus consejos sobre la práctica de la ignorancia; la necesidad de ser independiente y el “anómalo calor de humanidad” de Isaac.
Se acaba la tertulia y, los que hemos resistido, vamos a contemplar el amanecer aún más cerca del mar, en una playa cercana. Alguien, no sé quién, pronuncia la palabra “almácigo” y Rafael escribe un poema en una servilleta. Y, de pronto oímos la puerta de un coche que se cierra y nos damos cuenta de que Isaac se ha marchado, probablemente sonriendo, con las manos en los bolsillos.

Por todo eso y mucho más, como dice Rafael: “Esta noche no me importa/ que la fiesta se celebre en otra parte”.