Maryse Renaud (Martinica, Antillas francesas, 1947) vive en Francia. Ha sido catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Poitiers y responsable del Seminario de Literatura Latinoamericana del C.R.L.A. (Centre de Recherches Latino-Américaines).

Maryse Renaud es corresponsal del montevideano Laboratorio de Artes, donde han aparecido numerosos artículos críticos dedicados a autores latinoamericanos de diferentes generaciones, como Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández, Gabriel García Márquez, Jorge Enrique Adoum, Mempo Giardinelli, Pablo Urbanyi y Hugo Giovanetti Viola.

En 1993 publicó A la búsqueda de una identidad, uno de los más destacados y profundos estudios de la obra de Juan Carlos Onetti.

Entre sus relatos y novelas se encuentran En abril, infancias mil (2007), El cuaderno granate (2009) y La mano en el canal (2012) y Junglas (2015).

ACL Revista Literaria publica aquí una entrevista y dos breves textos narrativos de la escritora de Martinica; el último pertenece a la novela inédita Relato de ceniza o la vida zarandeada de Cyparis el superviviente. De Martinica a Panamá, donde se recrea la vida del superviviente de la devastadora erupción de 1902 de la Montagne Pelée.

CON MARYSE RENAUD*

En un artículo Emiliano Coello Gutiérrez sugería la persistente presencia en su narrativa de personajes expatriados. Desde la época de Suzanne Césaire a la actualidad numerosos martiniqueses parecen estar marcados por esta condición. Más que la expatriación en el caso Maryse Renaud, ¿habría que hablar de la nostalgia de la isla vivida en su casa durante la juventud?

M.R. En un artículo, efectivamente, Emiliano Coello sugiere la persistente presencia en mi narrativa de personajes expatriados, y tiene toda la razón. Pero pongámonos de acuerdo sobre lo que entendemos por “personajes expatriados”, ya que la noción de expatriación, con frecuentes connotaciones políticas o jurídicas, va generalmente de la mano con la idea de desarraigo, de desposeimiento, de una dolorosa sensación de ruptura y fracaso personal. En mis textos pasa toda clase de personajes y si bien no escasean los que objetivamente se encuentran fuera de su patria, el que sean unos “expatriados” no reviste necesariamente en todos los casos connotaciones trágicas ni dolorosas. En Junglas, por ejemplo, mi última novela, se cruzan los destinos de un senegalés, un iraquí, un argentino (un exmontonero), un boliviano, dos ecuatorianos y dos jóvenes estudiantes franceses, uno de los cuales es martiniqués. Lo cual nada tiene de extraño ya que el marco de la acción es la babélica ciudad de Nueva York, un crisol de etnias y culturas. Entre ellos se encuentran gentes realmente desarraigadas, desvalidas, que se están buscando mal que bien la vida en los Estados Unidos, pero éste no es el caso de los dos franceses que sólo están de paso por Nueva York, descubriendo la ciudad. En cuanto a mis personajes antillanos propiamente dichos proceden generalmente de la clase media superior, o sea, la burguesía acomodada, sin mayores problemas económicos, que vive en Francia, en la metrópoli, más por gusto, por elección, que por obligación (véanse El cuaderno granate, La mano en el canal, Junglas). De modo que las tintas sombrías, violentas, que acompañan a menudo a la noción de expatriación, exilio, destierro, van reservadas más bien a otro tipo de personajes de condición modesta, acorralados por la miseria o por contextos políticos adversos. Con una excepción, sin embargo: la confrontación brutal con el racismo, desestabilizadora, humillante, vivida en el colegio por una niña antillana, en el cuento “Cara de ladrillo”, pero que viene tratada con humor y humanismo. Lo que sí sienten, en cambio, mis personajes antillanos es cierta nostalgia de la isla, de intensidad variada, según los textos… Una nostalgia idealizadora ligada a emociones, sensaciones, paisajes amados, sabores, a vivencias de la niñez (véanse los cuentos de En abril infancias mil).

ACL Maryse Renaud

El hecho de haber sido catedrática en la Universidad de Poitiers le ha permitido ver el espacio latinoamericano desde una perspectiva amplia. ¿Ve la literatura francófona integrada en ese panorama o aislada por las específicas condiciones de la francofonía?

Para mí que son escasos desafortunadamente los puentes tendidos entre el espacio literario latinoamericano y la literatura francófona en general. De hecho, al privilegiarse el idioma se infravalora el peso de la historia que nos une a francófonos e hispanohablantes, de la geografía en común, de los modelos económicos que amoldaron durante siglos nuestras sociedades (la economía de plantación, por ejemplo); se olvidan las costumbres, la música y demás manifestaciones culturales que bien revelan el parentesco existente, por ejemplo, entre todos los caribeños, que hablen español, inglés o francés.

Ahora bien, no seamos excesivos: entre la literatura francófona de las Antillas o de África y cierta parte de la literatura latinoamericana —la caribeña, la colombiana— noto a veces cierta porosidad, extrañas semejanzas en la temática, en la escritura, en la forma de aprehender el mundo; cierta coincidencia en el barroquismo de la prosa, por ejemplo. Similitudes que se deben, creo, sin que lo busquen necesariamente los autores a nuestras raíces comunes, a una sensibilidad común forjada por la historia.

Ya mi amigo Vincent Placoly, en su tiempo, reivindicaba abiertamente su condición de “americano”, admirador de Borges, entre otras cosas.

En mi narrativa intento, por mi parte, sugerir esta unidad soterrada que nos hermana más allá de la lengua, más allá del color, reuniendo mediante la trama a francófonos e hispanohablantes, involucrándolos en aventuras comunes. Y en el nuevo texto en el que estoy trabajando actualmente —una novela sobre un tal Cyparis, único superviviente de la erupción del Monte Pelado en 1902—, se ven muy bien los lazos estrechos, y hasta determinantes, que existieron en la época de la construcción del canal de Panamá, a comienzos del siglo XX, entre Martinica, los Estados Unidos y Panamá. Sin los antillanos francófonos y anglófonos sobre todo, y algunos centroamericanos, esta empresa prometeica no hubiera podido llevarse a cabo. Más que el idioma los hermanó la geografía, la tierra, el clima cálido y húmedo al que todos estaban acostumbrados y que eran los únicos en poder aguantar.

Ante su novela Junglas surge enseguida el título del famoso cuadro de Wifredo Lam, de 1943. El cuadro tenía que ver con un contexto preciso donde se aunaba surrealismo y vindicación de las raíces africanas del Caribe; aquel lienzo tenía que ver con las posiciones de la revista Tropiques, con el Cahier d’un retour au pays natal, de Aimé Césaire, con los Contes nègres, de Lydia Cabrera, o con los poemas de Nicolás Guillén. ¿Le parece que aquellos procesos de fundación de una identidad tienen que ver con su universo literario y personal?

Claro que comparto la postura militante de un Wifredo Lam, si las raíces africanas del Caribe son lo que le presta a la zona gran parte de su identidad cultural, lo cual no significa limitar el Caribe a la negritud, desde luego, negando las demás aportaciones étnicas puestas de relieve por los adeptos a la “créolité” o al “Tout-Monde” de Glissant, por ejemplo. En mi narrativa, en El cuaderno granate en particular, se oponen abiertamente dos personajes en torno justamente al tema de la negritud, puesta en un altar por el marido y denigrada, en cambio, por la mujer, reacia en admitir a esta África que alimenta discretamente la cultura antillana y que corre por sus venas (es esta mujer un típico ejemplo de la alienación de la burguesía martiniquesa de los decenios anteriores, analizada, como bien se sabe, por Frantz Fanon).

Visto desde el español, sorprende el amplio discurso que se ha desplegado sobre la identidad en diversas generaciones de escritores e intelectuales martiniqueses, desde la época de los animadores de Tropiques o de Édouard Glissant a Chamoiseau, Confiant y Bernabé, los autores de Éloge de la créolité? Las referencias a Martinique y a los “expatriados” ¿surgen más de una necesidad que de una voluntad teórica y estética?

Puede sorprender, efectivamente, desde una perspectiva hispánica el amplio discurso identitario desarrollado por los intelectuales y escritores martiniqueses. Ahora bien, no son ellos, sin embargo, los únicos antillanos en demostrar interés por esta cuestión. Cuba, Puerto Rico, República Dominicana también cuentan con grandes textos ensayísticos sobre la identidad nacional (cf. entre otros El país de cuatro pisos del puertorriqueño José Luis González, o Al filo de la dominicanidad, de Andrés L. Mateo, o Los letrados y la nación dominicana, de Miguel Ángel Fornerín). Nuestra especificidad quizás radique en la reiteración y continuidad de dicho discurso, en las nuevas inflexiones y modulaciones que cada nueva generación pretende aportar a la reflexión colectiva. De alguna manera se explica, creo, por razones políticas, por el estatuto fluctuante de Martinica: primero colonia francesa desde 1635, luego “departamento francés de América” a partir de 1945 (con su correlato ideológico, la asimilación), departamento atravesado, sin embargo, por un fuerte afán independentista en los años 60 particularmente, situación incierta, siempre en cuestión, que no puede sino fomentar reflexiones sobre la identidad y el destino político del hombre martiniqués, sobre las relaciones entre metrópoli y departamentos de ultramar, sobre el lugar de Martinica en su espacio propio —el caribeño—, en el espacio latinoamericano y mundializado. De ahí, creo, el paso de la poética de la Negritud de Césaire (un momento fundamental de aclaración de la situación, de lucidez, para los antillanos) a la exaltación de la “créolité” , y de ésta al Tout-Monde de Édouard Glissant, fase de apertura máxima al vasto mundo en el que nos toca vivir hoy.

También podría hablarse de emulación constante entre unos y otros en la misma isla, de la necesidad de superar la palabra del Padre (Césaire), de ir afirmando nuevos valores tanto desde el punto de vista político como artístico. La noción de “expatriación” —con la carga dolorosa que implica—, tratándose de los intelectuales martiniqueses me parece muy relativa, porque van y vienen constantemente a su antojo de la isla a Francia, y de Francia a los demás países europeos, o a los Estados Unidos (véase el caso emblemático de Glissant). Expatriarse por algún tiempo hasta puede significar enriquecerse, entrar en contacto con lo otro, escapar de la clausura de la isla. Los únicos en sufrir realmente de dicha expatriación fueron los trabajadores que salieron masivamente a Francia en los años 60 a buscar un empleo que la isla no les podía ofrecer y que se colocaron mal que bien en la metrópoli en determinados sectores (hospitales, correos).

Ahora bien, estéticamente el tema del expatriado abre posibilidades casi infinitas que no va a rechazar ningún escritor. Raphaël Confiant, por ejemplo, acaba de publicar la biografía (novelada) de una martiniquesa expatriada a los EEUU (por razones económicas y también por el afán de descubrir el vasto mundo y de afirmarse fuera de la isla): la mujer apagada y dócil de Martinica se convierte entonces en este nuevo contexto en un gángster al frente de una organización de apuestas clandestinas y reina literalmente sobre Harlem (Título: Madame St-Clair. Reine de Harlem, Mercure de France, 2015).

El créole es la lengua vindicada por las últimas generaciones de escritores de Guadalupe, Martinica o La Réunion. Advierto la presencia del créole entre los haitianos y martiniqueses de su narrativa última.

En mi última narrativa, efectivamente, he acudido al créole, vindicado por las últimas generaciones de escritores de mi tierra, así como de Guadalupe y de La Réunion, en el marco de la política francesa de descentralización y del fomento de las lenguas regionales. (Se enseña el créole y se escribe también en créole para el teatro en particular.) Aunque no soy “criollófona” ni mucho menos y solo he vivido tres años seguidos en Martinica —la burguesía martiniquesa siempre se esforzó por distanciarse lo más posible de ese idioma popular, denigrado y tildado por mucho tiempo de “patois”—, siempre me ha interesado el créole. Por pura curiosidad, por saber que era parte de mis raíces y por amor a todas estas palabras misteriosas y esas cadencias que oía sonar de adolescente, en París, en los discos de mis padres. Mi madre fue quien me sirvió de iniciadora, me explicó las letras de las canciones y la cultura ancestral de la isla, y pronto aprendí a volar sola. Hasta puedo ahora hablar créole… con un acento no muy castizo, pero todos me entienden. Y he terminado por animarme a escribirlo. Por placer.

Ahí vienen dos pasajes de Junglas, bastante significativos, creo:

PRIMER PASAJE

Bastien penetró en la habitación con ánimo conversador. Cuando estaba de buen humor se entretenía en mechar su discurso con palabritas en «criollo básico», que le venía enseñando a trancas y barrancas su amigo martiniqués, ansioso de vindicar, según decía, esta lengua largo tiempo considerada un dialecto y despreciada por la burguesía de su tierra. Pocas cosas diferenciaban, de hecho, al alumno del maestro. Cyril, que había vivido poco tiempo en Martinica, distaba mucho de dominar este idioma que sólo usaba de vez en cuando, nostálgico, con algunos amigotes para bromas y chistes, y casi nunca en su familia, acérrima defensora de la lengua francesa. Pero le tenía al criollo un cariño particular por haber sido una lingua franca, llena de colores, ritmos e imágenes sabrosas, chapurreada sin complejos desde los primeros tiempos de la conquista de Martinica por todos sin excepción : blancos, negros y también sus queridos caribes, unidos por un idioma campechano que hasta había acogido en su seno palabritas del español y del inglés.

—¿Ki nov?, tío. ¿Estás sordo? Oye, conocí a una espléndida pelirroja irlandesa. Indiana… Original el nombre de la dama, ¿no ? Es por una vajilla de loza francesa con floripondios rosados que su madre vio en una tienda de antigüedades de Dublín. Y que no alcanzó a comprar…, pero se encariñó con estas tres sílabas.

SEGUNDO PASAJE

De repente Bastien se puso de pie y empezó a pasear por la habitación con aire jovial.

—Pero todos pensábamos que ese plan era historia antigua, un capricho suyo (de Vincent y René), como otros tantos. Que sólo hablaban por hablar. O como me dijiste tú que dicen tus viejos martiniqueses de monte adentro, en criollo, « para impedir que se les críe mal aliento» —Bastien soltó una enorme carcajada.

Le encantaba constatar cómo se iba redondeando con el tiempo su stock de palabras exóticas. Algún día terminaría por ser todo un doctor en criollo.

Cuando presentó su libro Junglas escuché que para escribir había elegido el español por su tono musical. ¿A la precisión conceptual de la tradición escrita en su lengua prefiere la variación tonal y la ambigüedad de la lengua española? ¿Será también porque en esta lengua se hallan escritores próximos, Onetti o Felisberto Hernández?

Primero no creo que la precisión conceptual sea privativa de la lengua francesa, también la posee la lengua española. Y le veo más flexibilidad, más posibilidades poéticas, sonoras, al español, que nos brinda generosamente palabras llanas, agudas y esdrújulas, cuando el francés se contenta con una melodía monótona basada únicamente en oxítonos. Tiene su encanto, no lo niego, una indiscutible elegancia (envarada, digo yo), como suelen comentar los extranjeros. Pero la lengua española lo tiene todo: la garra, la truculencia que le falta al francés, y la mesura, si hace falta, la emoción discreta y fugaz. Leo a Rubén Darío y me quedo totalmente satisfecha, o a Valle-Inclán. O a Felisberto Hernández que tan bien sabe captar la voz de los cuchillos, los tenedores, los balcones. Leo, claro, al gran Onetti y a otros muchos amados escritores de mi biblioteca.

Shirley Rufin

Shirley Rufin (Martinica)

Entre escritores a los que usted ha conocido se encuentra, según me ha dicho, Adalberto Ortiz. Salvadas las distancias históricas y las inclinaciones políticas del ecuatoriano, ¿sus novelas no merodean los paisajes vitales de supervivencia de un Juyungo?

Conocí efectivamente a Adalberto Ortiz, por pura casualidad, durante un viaje que hicimos mi esposo y yo a Ecuador, desde Martinica donde nos encontrábamos veraneando. Tenía 26 años y no sabía quién era él. Mucho más tarde, en Poitiers, leí Juyungo y me impactó bastante esta novela por su realismo lírico y su construcción desflecada, heterogénea, muy innovadora en aquel año 1942. Pero no creo compartir gran cosa con él, primero porque pertenecemos a generaciones y contextos históricos totalmente diferentes. La cuestión racial, centrada en la explotación del negro en Juyungo, no constituye el eje de mis textos, aunque el racismo y la xenofobia afloran en múltiples ocasiones en ellos, en marcos urbanos y contemporáneos. Creo, sobre todo, que lo que nos diferencia radicalmente es una cuestión de tónica: el arma del humor, de la parodia, que uso frecuentemente para canalizar o desinflar situaciones álgidas, no la maneja él, si mal no recuerdo. La tónica dominante de Juyungo es la tragedia desgarradora.

Pero algunos atisbos de violencia telúrica atraviesan efectivamente mis textos, cuando me pongo a pensarlo. Específicamente en el texto que estoy preparando actualmente, y debo reconocer que a Adalberto Ortiz y a mí nos atraen poderosamente las potencialidades violentas, los recovecos oscuros de las selvas de nuestra América.

Siempre sorprenden los escritores que escriben en lenguas que no son maternas. En francés hay muchos que lo hacen y que tienen como idiomas de partida el inglés, el rumano o el ruso. Latinoamericanos como Vicente Huidobro o Alfredo Gangotena escribieron en francés, también el español Juan Larrea. ¿Escribir en otra lengua significa una renuncia y una crítica al universo más familiar?

Beckett, Ionesco, Bianciotti, Kundera, Huidobro, Gangotena, efectivamente, escribieron en lenguas que no eran las maternas. Muy bien. Y supongo que no lo vieron como una renuncia, al contrario, sino como una apertura hacia otro mundo de signos, sonidos, sensaciones y valores. Por mi parte, opté por el español, después de una larga carrera de profesora de literatura hispanoamericana y de un doctorado sobre la obra del uruguayo Juan Carlos Onetti. El español es un idioma que amé desde el mismo momento en que me lo enseñaron en el Lycée Fénelon, en París, a través de la literatura picaresca, de los romances, de las comedias de Lope de Vega, del loco de Don Quijote, evidentemente. Pronto fui armando una pequeña biblioteca de textos queridos con el dinero que pedía a mis padres, para gastos menudos, y recuerdo que entre ellos se encontraba La barraca de Blasco Ibáñez. ¡Qué deslumbramiento ante tanta potencia! Y este entusiasmo nunca se desmintió, al contrario, fue creciendo con el descubrimiento de la literatura latinoamericana, con la cual estoy muy compenetrada por razones objetivas. Martinica: departamento francés de América. Tengo por tanto un pie en la metrópoli y otro bien afincado en América. Me gusta manejar este idioma español, hacerlo lo mejor posible, perderme en los recovecos de los diccionarios, averiguar matices, en fin, entretenerme con los signos, aprovechar las posibilidades léxicas y los giros específicos que ofrece América Latina, que siempre late en mis textos a favor de un diálogo o de una descripción, por ejemplo. Y también intento imprimir al español que escribo una cadencia mía, sacudirlo con frases secas, precipitadas, tajantes, en ocasiones, o envolventes, proliferantes y sinuosas como la maleza tropical. Escribir en español para mí es una fiesta.

A expresarme en francés he renunciado de momento porque me avergüenza, me apena, me entristece ver el poco interés que demuestran actualmente en Francia los intelectuales, las supuestas élites, por su lengua y su cultura. A diario, tanto en la radio como en la televisión (un poco menos, es cierto) se pisotean las reglas más elementales de la sintaxis (interrogaciones, negaciones, afirmaciones) y se habla una lengua de “patio de escuela”, pueril, esquemática, desestructurada. Y nadie rechista, ya que son doctos profesores, ministros, especialistas en esto y lo otro, y hasta el mismo presidente de la República, los que profieren las burradas en cuestión. Es tal el deterioro actual de la lengua, invadida, en cambio, por un montón de inútiles anglicismos, que a veces dan ganas de bajar los brazos.

Ahí tiene un pasaje sugerente sacado de Junglas (directamente inspirado en lo que se puede oír actualmente en la radio o la televisión. De la calle, no hablemos, pero con la calle seamos indulgentes.)

—Aprender a desaprender el francés… ¡Parece mentira! Si aquí los nativos ni siquiera saben formular correctamente una interrogación directa, ni pasar del singular al plural! De las conjugaciones más elementales ni hablemos. ¡Para qué habré venido yo a Francia! Para escuchar a cada rato: «Debemos reunirse sin tardar en el despacho directorial», o «algo en la cual pienso noche y día», cuando no nos rompen el coco con «¿Es qué el lugar dónde vives ?», «¿Es qué la intención del novelista?», o «¿Es qué cómo te llamas?» ¡Como si les fuera imposible zafarse de ese engrudo y decir sencillamente, como Dios manda, «cómo te llamas, macho» y «dónde vives, mi niño». En cuanto a la intención del mentado novelista…, para mí que es dirigirse a lectores que no sean totalmente analfabetos. Menos mal que estás tú, amorcito, día y noche, noche y día para hacerme olvidar esos horrores!

Susana pasaba de la rabia a la risa. Le echaba los brazos al cuello, lo acariciaba, le arremolinaba el pelo, lo tumbaba en la cama, apretaba sus labios carnosos contra los suyos hasta hacerle daño, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, le alisaba las pestañas con su saliva, artísticamente. De todas estas ternezas vertiginosas ya no quedaba nada.

Cyril, abatido, sufría en silencio. No servía argumentar. Aprender a desprenderse de ella… ¿No era ésta acaso la única solución atinada?

En Francia Maryse Renaud ha sido una gran difusora de los escritores latinoamericanos. ¿A qué escritores ha apreciado más desde el dominio del diálogo intelectual y de la amistad? ¿Y en el ámbito francés?

Son bastantes los escritores latinoamericanos que he recibido y alojado en mi casa, todo un hotel, y con quienes mantengo relaciones amistosas, pero he de reconocer que algunos resultan particularmente entrañables y fieles, como el novelista costarricense Rodrigo Soto, el argentino Mempo Giardinelli (Premio Rómulo Gallegos 1973) y el poeta y ensayista dominicano Miguel Ángel Fornerín. Todos, reconocidos en sus países respectivos y fuera de las fronteras nacionales, tienen don de gentes, saben escuchar las interrogaciones ajenas, participar con llaneza y precisión en los debates, aportar respuestas, sugerir sus dudas, dialogar; en resumen, integrarse fructuosamente en una reflexión colectiva para mayor provecho de todos. También tengo que mencionar a Roa Bastos, un gran amigo del Centro de Estudios Latinoamericanos de Poitiers (C.R.L.A.), una figura incomparable de las letras latinoamericanas hoy fallecida, cuya modestia y actitud cooperativa siempre me llamaron la atención. Otros buenos amigos han muerto, desafortunadamente, como Rubén Bareiro Saguier, Juan José Saer, Saúl Yurkievich, y los vivos, como Mario Goloboff, Cristina Rivera Garza, Luisa Futoranski, Pablo Urbany, viven bien lejos o solo se llegan hasta Poitiers de vez en cuando, para coloquios internacionales o seminarios. Pero la amistad y la admiración que les profeso se mantienen intactas.

*Entrevista realizada por ACL Revista Literaria.

Archeologie de Shirley Rufin (Martinica)

Archeologie, de Shirley Rufin (Martinica)

DOS TEXTOS DE MARYSE RENAUD

I

19. Notas. Pluma de colibrí

Desde el parque de bomberos
Upper East Side
Agosto de 2010

Arlet, por supuesto, nunca había visto a un español. Sabía de oídas que los franceses rubios que se habían instalado en su isla estaban dispuestos a borrar para siempre la muy efímera huella de esos otros conquistadores velludos y oscuros que pretendían adueñarse del mundo entero. Descubrir no significaba necesariamente poseer. Ahora Martinica sería sólo de ellos, de esa horda ávida de normandos traída por de Esnambuc y Duparquet. En ella cultivarían desenfrenadamente, en beneficio propio, el tabaco sagrado de anchas hojas verdes cuyos efluvios embriagadores proyectaban comercializar.

Apenas si se había acercado a cinco o seis representantes de ese nuevo y maléfico poder blanco del que sus padres intentaban preservarlo desesperadamente. Era hijo de cacique, pero por ser muy joven no tenía derecho a participar en los conciliábulos de los guerreros y los ancianos en el Bohío grande. Asistía impotente a la lenta destrucción de los caribes. Pese a su feroz resistencia, el invasor iba ganando terreno. Su gente lo había probado todo: las guerrillas incesantes en la costa, que como picaduras de mosquito exasperaban la paciencia europea; los repliegues tácticos en lo más hondo de la selva, las emboscadas en los desfiladeros, los pactos de paz que siempre terminaban violados ; el veneno que corría por los arroyos y mataba a perros y caballos ; y hasta los suicidios colectivos desde los altos cantiles del norte que privarían definitivamente al blanco de mano de obra esclava.

Por todas partes yacían cadáveres de animales y de hombres despanzurrados, hediondos, largando sus entrañas agusanadas.

Arlet se estremecía al oír sonar lúgubremente las caracolas en la noche apelmazada. Los hachones de ocote echaban un humo triste. La guerra era en adelante la única perspectiva que les quedaba a los caribes. La guerra sin cuartel o el exilio. Arlet, abatido, hasta había pensado fugazmente en su propia extinción. Una muerte discreta, al lado de Van, su amada. No podía soportar la idea de que algún día ella cayera en manos de los blancos lascivos o que saliera malherida en una emboscada. Ni que los perros rojizos del amo normando se cebaran en su carne delicada tras una despiadada persecución. Una muerte de manos fervorosamente enlazadas, de rostros y labios apaciguados, en medio de las lomas del sur o al fondo de alguna segura cueva marina, esto había visto él en sueños el día anterior durante su siesta al pie del papayo cimarrón.

Pronto había vencido, sin embargo, este acceso de desesperación. No se abandonaría tampoco a la melancolía de su raza. Contempló la cara lánguida de Van, su cintura menuda ceñida de una doble hilera de conchitas tornasoladas, sus pantorrillas salientes fajadas con apretadas tiras de algodón, sus suaves muslos escurridizos como el pez. No podía atentarse contra la vida de semejante beldad. Arlet experimentaba por Van un sentimiento que no conseguía definir. En su idioma sonaban comúnmente palabras como acción, fornicación, reproducción, obediencia, sumisión. Ninguna le parecía corresponder a esta fuerza generosa y tierna que precipitaba su respiración y lo dejaba sin aliento al verla bajar por la calle principal del pueblo, contoneándose levemente en medio del tintineo de las conchitas.

Entre los blancos circulaba desde hacía algún tiempo una palabra enigmática cuyo sentido decidió un buen día desentrañar, a escondidas de los suyos. Al caer la noche se apartaba cada vez más a menudo, con mil pretextos, del bohío familiar, cuando se encendían adentro los primeros fuegos de hojas verdes contra la arremetida de los mosquitos y todos se disponían a recostarse en sus hamacas.

Se fue acostumbrando a acercarse a las viviendas achaparradas de los blancos. Se pegaba al pie de sus paredes de mampostería como la lapa a las rocas marinas, disimulándose tras las grandes hojas moradas de yautía que las rodeaban. Esperaba un ratito, alzaba prudentemente la cabeza y daba comienzo a su acecho. Vislumbraba sombras móviles a la luz de los quinqués, detrás de las persianas, perfiles confusos, captaba voces perentorias de hombres mezcladas con tímidos murmullos de mujeres. Hasta que se percató de que las damas comentaban emocionadas, con un indolente abrir y cerrar de abanico, no bien se alejaban los varones, episodios surgidos de curiosos bloques de fibras vegetales y cuero posados devotamente sobre repisas.

Crepitaban las voces. Galantería era el vocablo con el que las señoras de la colonia se llenaban la boca, acompañándolo de tonadas dulces como la miel de la caña. Hasta las esclavas domésticas parecían contaminadas. Canturreaban con ritmo africano, a escondidas de sus amos, las nuevas melodías traídas por los barcos de los blancos. Sobre el fragor de la guerra que devastaba las Islas de Barlovento parecía andar con ganas de posarse un delicado velo de dulzura y amor. Todos soñaban secretamente con una tregua, con un imposible entendimiento.

Arlet era más curioso que un niño. Aguzó el oído. Quería escapar de los tristes areitos de los de su raza. A veces le llegaban incomprensibles exclamaciones, risitas pícaras, suspiros de mujer, comentarios llenos de audacia, crujidos de organdí. ¿Era esto el amor: una lánguida sensualidad, esta alegre efervescencia, esa insolente libertad?

No todo se resumía entonces a alianzas entre tribus y familias, a enlaces pactados, al sacrificio del individuo. No todo se medía por el rasero del interés clánico.

El amor tenía la transparencia luminosa de la cascada donde cada mañana se bañaba, la ardiente belleza de la flor de hibisco que llevaba Van en el pelo, el color de canela de su amada.

Van no era la muchacha que estaba destinada a Arlet. Él no tenía prima hermana. Así escaparía de la obligación de casarse con su parienta, como mandaba la tradición, pero no por eso podría elegir libremente a su esposa. Las dos familias estaban en pésimos términos. Hasta se rumoreaba que la joven tenía una ascendencia en parte arahuaca, que su padre ocultaba un inconfesable secreto, que había preñado a una cautiva de raza inferior. Su hija era indigna de unirse con el descendiente de una larga estirpe de jefes caribes. La carne vil del enemigo arahuaco sólo podía ser destruida en el combate, devorada o reducida a esclavitud.

Por las buenas nada tendría arreglo. Aunque Arlet desconocía las pautas cabales de esa extraña vibración que había husmeado en el aire acre de la isla, sintió que no estaba lejos de compartirlas. Supo bruscamente que nunca cedería, que todo lo empujaba hacia Van. Van que ya era su mujer. Más que su mujer, su soplo vital, su suntuosa pluma de colibrí. Van de ojos alagartados, de la que nadie conseguiría separarlo en adelante, a quien trataría con la delicadeza y el cariño que nunca él y su madre habían recibido de los hombres duros de su raza.

Y su mano, indócil, se cerró como una garra celosa sobre la muñeca de Van asustada. Avergonzado de su atávica violencia, la soltó desesperado.

[Fragmento de Junglas, 2015]

 

II

Todos los derechos reservados por The Caribbean Photo Archive

Saint-Pierre, Martinica, 1902 – © Todos los derechos reservados por The Caribbean Photo Archive

La montaña, desde su primera erupción del ocho de mayo, no había cesado de retumbar como un cañón rabioso en guerra abierta contra el género humano. Saint-Pierre había tenido que afrontar una segunda nube ardiente, el veinte del mismo mes, que signó definitivamente su aniquilamiento. Pero de las escaleras de piedra ennegrecida, de los tamarindos desbaratados de la plaza Bertin, de las trituradas magnolias del Jardín botánico, del orgulloso Fuerte de los filibusteros franceses, subía la voz guasona de la ciudad del Norte. Reaccionó como solía hacerlo: con cínico desenfado. La nueva mortaja de cenizas, que impidió la propagación de epidemias, no suscitó quejas, improperios, ni llanto. Desde lo que restaba de tabernas, comercios, garitos, lupanares, casas particulares, almacenes, los habitantes que habían vuelto a ocupar imprudentemente el terreno no hablaban más que de « erupción sanitaria », una verdadera bendición, retomando el frío lenguaje de los científicos. Casi parecían agradecerle a este pelado, a ese viejo monte calvo e impiadoso, su intempestiva intervención. No se resignaban a morir. Habría otros soles resplandecientes, otros carnavales, sonaría de nuevo el agua de las fuentes y la voz recia de las vendedoras del gran mercado. Pero los sueños sueños eran : la vida se había retirado definitivamente de Saint-Pierre. No servían baladronadas. Era preciso replegarse en otras tierras.

Y ahora, poco tiempo después, le había tocado a Morne-Rouge pagar su tributo al monstruo. Cyparis ya estaba listo para la partida. Que no le hablaran más del Norte. Sintió que lo iban invadiendo de nuevo el miedo y el odio. Crispaba los puños. Su tierra brava, con sus cañacoros de flores encendidas, su bambú tupido, sus aguas abundantes y claras que el sur de la isla envidiaba en secreto, lo traicionaba otra vez. Pugnaba por no abandonarse a la desesperación. El padre Henry tenía seriamente quemados los antebrazos y el cuello, igual que su protegido. Fue a recoger sus objetos personales, los colocó en una pequeña maleta junto con un crucifijo y un misal, movido más por el deber que por la convicción. En su rostro se leía la incomprensión y una ira creciente contra el Creador por su injusto encarnizamiento. Cyparis evitaba todo comentario. No podía creer al ver su cuerpo de nuevo martirizado, por más que se esforzara, en el dios necesario y bondadoso del padre Henry, pero no le quería causar pena en semejante trance con inútiles recriminaciones. El argumento ontológico de su protector que, a decir verdad, nunca le había entrado, lo dejó más escéptico que nunca.

Los dos hombres comenzaban a salir de Morne-Rouge. Se planteaban ir caminando hasta Saint-Pierre y de ahí tomar el barco de vapor que dos veces al día comunicaba el emporio comercial del Norte con la capital administrativa de la isla, ese Fort-de France que hasta entonces no había suscitado en ellos sino indiferencia. E incluso cierta condescendencia. Andaban los dos en medio de la calle, agobiados, arrastrando el paso. Y héteme aquí que algo chocaba contra su espalda. Suavemente.

Algo húmedo y tibio, oloroso a sudor y tierra, que pasaba de un cuerpo a otro, parecía andar con ganas de divertirse, de empujarlos como fichas en un tablero, de ayudarlos a bajar más rápido la calle en pendiente, a salir definitivamente del pueblo. Se dieron la vuelta, sobrecogidos. Sintieron en las manos un hocicazo, seguido de varios lengüetazos amorosos. El cura y Cyparis empalidecieron. Buscaron espontáneamente con la mirada a los trillizos. Iban a aparecer ellos de un momento a otro a la vuelta del camino, saldrían por fin de su refugio, alelados, desgreñados, harapientos, pero en vida ; sonarían de nuevo sus voces juveniles, se acabaría por fin la pesadilla.

Los dos hombres esperaron al borde del camino, inmóviles, conteniendo la respiración, rodeados de un silencio espinoso. Transcurrían los minutos, implacables. Enfrente de ellos se erguía ella, confiada. Únicamente ella. Era la yegua Pauline, de pelaje moteado, que pasaba por tener tan buen olfato. Enseguida los había reconocido y se les había ido acercando a buen paso, buscando la protección de nuevos amos, con una chispita traviesa que se resistía a extinguirse en sus ojos enrojecidos.

El padre Henry y Cyparis se miraron azarados. Apenas reunidos los tres, tenían que separarse. No había cómo llevar a Pauline a la capital. No se admitían animales en la lancha, sólo mercancías y pasajeros, y era evidente que no podían alimentar otra boca con el poco dinero que poseían. ¿Qué sería de ella, además, en ese Fort-de-France en plena urbanización, según tenían entendido, preocupado ante todo por la suerte de los damnificados del Norte ? Cyparis, emocionado, se le acercó. Le palpó los ijares con caricias profundas e insistentes, le alisó las crines chamuscadas, le habló al oído, como solía hacerlo Damien para calmarla cuando tenía ella que caminar por parajes escabrosos, le estampó un beso en los morros trémulos.

Procuraba mal que bien hacerse perdonar su inevitable huida. El animal lo contemplaba, expectante, plantado firmemente en sus remos. Cyparis le dio una última palmadita, secamente, apartó la vista y se fue alejando en silencio, seguido por el padre Henry. Pauline, húmedos los grandes ojos alcoholados, agachó la cabeza, fija la vista en sus pezuñas polvorientas que ya no tardarían en tomar la dirección de la finca. Penetró lenta en la cuadra vacía, abierta a los vientos malos del presente, sin ningún amigo que celebrara su regreso.

Los dos hombres se eclipsaron de Morne-Rouge, esforzándose por disimularse mutuamente su turbación. Un relincho prolongado, bronco, pero desprovisto de resentimiento, los fue acompañando hasta la salida del pueblo.

Detrás suyo, las hojas desflecadas de los bananos colgaban lúgubres, cubiertas de ceniza.

[Fragmento de Relato de ceniza o la vida zarandeada de Cyparis el superviviente. De Martinica a Panamá]

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