El cuento

Por Nicolás Melini

Hay un nuevo cuento que es cuento viejo, y viceversa. Lo que no se aguanta en el cuento es el mal cuento. Ese es imperdonable y lo hay de toda clase y angostura. El bueno, si bueno, dos veces nuevo. La verdadera novedad no suele notarse. La novedad es indolora, pilla al lector desprevenido y fascinado. Extrañado. Lo marciano ni extraña, y nada conmueve; lo marciano es desconexión y, por lo tanto, vacío sin hilo, náusea (o no, si aún en lo marciano queda algo de hilazón, que es la antigüedad de toda literatura).

Podríamos encontrarnos en “la era del postcuento”, pero dice uno que habría de ser, más que post, post post –doblemente o al cuadrado, o sea post²–, porque con un solo post aujourd’hui no basta. El cuento soporta mal nuestro dogma. Esa es su ambivalencia fuerte de género grande. Uno puede decantarse por un cuento último, futuro, pero el mero decantamiento resultará dogmático. Y todo dogma llama al dogma. Se multiplicarán acólitos y contrarios como en un milagro de panes y peces: total, para mantener el dogma a raya, para deshacerlo, licuarlo y hacerlo fluir hacia los ríos que van a dar a la mar. Toda religión crea sus propios ateos. El cuento español es uno, grande y libre en su provincianismo, que se pretende ajeno (sin decirlo y disimulando) a la amplitud del cuento en español. No es endogámico el cuento español, sino endogmático. A mí me gustan Jon Bilbao (que no es amigo ni “amigo” mío), Juan Bonilla y el Eloy Tizón de Parpadeos. Ricardo Menéndez Salmón y lo que tengo leído de Eduardo Halfon y Antonio Ortuño, por ejemplo. Sáez de Ibarra es una autoridad en esto del cuento español, porque en lo que dice del cuento no se confunde autoridad con autoritarismo.

En España se ha hecho mucho un cuento que es de taller. Y el taller del cuento es al cuento lo que la iglesia a su religión. Está bien, ha sido un buen apostolado el de la última década. El cura no tiene por qué ser un virtuoso en lo amatorio para aconsejar a los novios no planificar su familia y el tallereador no tiene por qué ser un gran escritor para propalar su buena nueva del cuento libre. Pero parece que esto ha dado en un cuento de libertad o liberación prescrita, formularia, que Cristian Crusat denuncia cuento de mera “plantilla”. Lo cierto es que el cuento es libre; el cuento en español, más; y parece que cierto cuento español, muy a nuestro pesar, no.
Artículo publicado en el suplemento El Papel Literario de El Nacional de Venezuela.
Fotografía de portada: “Mi hermana. Rio Miño, al fondo Portugal (Galicia, 1998)”, de Nicolás Melini.

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