El mar, la mar

Cuento de Cecilia Domínguez Luis

Presentación

CECILIA DOMÍNGUEZ LUIS nace en La Orotava (Tenerife) el 17 de octubre de 1948. Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado poemas, artículos y cuentos en periódicos y revistas de las Islas y de la Península. Además: dieciocho libros de poemas, ocho novelas, cinco libros de cuentos, tres de ellos para niños y otro para adolescentes y un relato corto juvenil. En junio del año 2011, es elegida miembro de la Academia Canaria de la Lengua, y en junio de 2013 es elegida miembro del Instituto de Estudios Canarios. En 2015 se le concede el Premio Canarias de Literatura.

EL mar, la mar.

page-1-image-1En su discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua, dice estar «totalmente de acuerdo con esa literatura que da cuenta de nuestra situación actual y sus problemas, de la emigración, de la intolerancia, de la comunicación, de la violencia etc…. Estos temas pueden dar lugar, y lo han hecho, a buenos libros.» Para, más adelante afirmar que «el afán muy loable de entretener, no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria.»

Y El mar, la mar, un relato incluido en el libro Días de abril, con ilustraciones de Patricia Delgado de la Rosa, participa de estas dos premisas: por un lado, nos habla de la necesidad de la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. Y, por otro, con un lenguaje sencillo, en el que no faltan palabras que pertenecen al ámbito del mar y de la pesca, así como imágenes y giros lingüísticos que proporcionan belleza al texto, nos cuenta una historia en la que nos hace partícipes de la aventura en el mar de Gabriela, una muchacha que quiere ser pescadora, como lo fue su padre, y que, a pesar de los prejuicios y el miedo que siente su madre, por la pérdida de su marido, consigue que esta la deje ir a pescar con su tío. Mientras la muchacha, ya en la barca, espera la llegada de su primer pez, recuerda el libro que la hizo acercarse y amar aún más el mar, y la pesca: El viejo y el mar.

Además, el hecho de hacer alusión al libro de Hemingway, nos despierta la curiosidad de acercarnos, de nuevo o, por primera vez, a su novela.

El mar, el mar

Cuando notó el tirón del sedal entre los dedos, Gabriela sintió como un bullir de alas en el estómago. Ni siquiera tuvo voz para decírselo a su tío que, a su espalda, en la popa de la barca, fumaba una vieja pipa mientras esperaba pacientemente a que algún pez despistado, curioso o hambriento, mordiese su anzuelo.

Se preguntó si Santiago, el protagonista de “El viejo y el mar”, una novela que había leído el curso pasado en el Instituto, habría sentido la misma sensación cuando pescó su primer pez. Él también decía la mar, como su tío. Recordó entonces, casi punto por punto, las palabras que aquel viejo pescador se decía a sí mismo mientras esperaba su gran pez:”…Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser preciso. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto”.-

Ella también lo estaba. Además, le había costado mucho convencer a su familia, sobre todo a su madre, de que lo que ella quería ser era pescadora. Pero no de orilla, como su abuela, ni tampoco de las que venden pescado en el mercado. No. Ella quería salir a pescar en un barco, como lo había hecho su padre y ahora su tío.

No pudo evitar cierto remordimiento cuando vio que la preocupación y la tristeza afloraba a los ojos de su madre.

– El mar es muy traicionero. Cuando menos te lo esperes te tragará. No quiero que vayas y te pase como a tu padre. Además, eres una…

– Sí, ya sé que me vas a decir que soy una chica y que la mar es cosa de hombres. Pero todo cambia, mamá, y ya las mujeres tenemos más oportunidades para hacer lo que creemos que somos capaces. Tú sabes que hay mujeres albañiles, cirujanas, físicas, toreras… Y, por ahora, sólo voy a ir con el tío. Él me enseñará todo lo que conoce del mar y de la pesca y tú sabes que, después de lo de papá, no se aleja mucho de la costa.

– Sí, claro… Pero yo sé que te entrará el “veneno del mar” y ya nada podrá quitártelo de la cabeza.

El mar. Paulina, la madre de Gabriela, dejó de llamarlo la mar desde que naufragó su marido. Era como si con el cambio le quisiera dar a entender su rechazo, su odio por haberle arrebatado al hombre que quería. Y ahora pensaba que ese mismo y odioso mar se vengaba y quería arrebatarle también a su hija. Pero ella no iba a permitirlo.

-Y, además- continuó Gabriela, interrumpiendo los pensamientos de su madre- Quico está estudiando para ser capitán de barco o algo así y tú no has dicho nada.

-Pero lo de tu hermano es diferente. El no va a ir nunca en un barcucho de esos de pesca, sino en un carguero que es mucho más seguro. Allí no se lucha tan abiertamente con el mar. La pesca es una lucha cuerpo a cuerpo con las olas, con los peces, con el viento y la fatiga. Y el mar siempre vence. No lo dudes.

– Sí, pero también recompensa nuestra lucha y nos regala parte de sus habitantes. Es como si nos condecorara por nuestro valor que pone a prueba cada vez que salimos a su encuentro. Nos regala muchas cosas, mamá. Nos regala vida, misterio…

– Esta niña me va a volver loca. A ver, Nicolás, convéncela tú.

– ¿Qué quieres que le diga, mujer? Yo soy pescador y no sabría ser otra cosa. La mar es mi vida. Además, la chica va a seguir estudiando y se va a aplicar ¿verdad Gabriela? A la mar saldremos sólo durante el verano. Así irá aprendiendo lo duro que es este oficio. Más adelante ya se verá. Quién sabe…

Al final, Paulina cedió y aquella noche, víspera de su primera salida a la mar, Gabriela apenas pudo dormir, a pesar de las recomendaciones de su tío.

– Primera lección: Un buen pescador tiene que dormir lo suficiente para estar descansado y tener energía.

Gabriela volvió a recordar al viejo Santiago que, cuando después de una jornada de lucha con el pez grande, permanecía en su barca, decía: “Estoy tan claro como las estrellas, que son mis hermanas. Con todo, debo dormir. Ellas duermen, y la luna y el sol también duermen, y hasta el océano duerme a veces, en ciertos días, cuando no hay corriente y se produce una calma chicha.”

Calma chicha. Siempre le hizo mucha gracia esta expresión y, pensando en ella, se adormeció. En su sueño, se vio en una barca en alta mar; a su alrededor saltaban cientos de toninas llenando el aire de destellos plateados y de espuma y la invitaban a seguirlas. El sol empezó a ocultarse y, entonces, miles de peces voladores coronaron el horizonte de reflejos dorados. Ella estaba tan entusiasmada que empezó a saltar sobre la barca. De pronto perdió el equilibrio y cayó al mar, que no era el mar sino un vacío azul muy profundo.

Fue en ese momento cuando sintió la mano de su tío en el hombro.

– Despierta, Gabriela. Es la hora.

Aún era de noche, pero su madre ya se había levantado e iba hacia ella con un tazón de leche caliente. Los despidió en la puerta y Gabriela no quiso mirar hacia atrás por temor a que el encuentro con la mirada de su madre la hiciese flaquear y desistir de su empeño.

Mientras se dirigían al muelle, Gabriela miró hacia el macizo cuya sombra negra se recortaba frente a ella. De pronto una luz blanca que a Gabriela se le antojó de forma de pez, asomó por el horizonte. “Es el pez blanco del alba”, dijo su tío como adivinando sus pensamientos. Luego fue una especie de incandescencia naranja que tornasoló el cielo mientras el sol empezaba a elevarse sobre el mar.

La pequeña barca se va alejando de la cala y pone rumbo al horizonte naranja. Mientras se alejan de la costa, Gabriela queda absorta contemplando la estela de espuma que la barca va dejando atrás, como huella de su paso, la isla que se va empequeñeciendo poco a poco, el azul cada vez más limpio del cielo y el misterio también azul que le ofrece la mar. En ese momento pensó que, pasara lo que pasara, esta primera salida a la mar la iba a recordar toda su vida.

No llegaron a perder de vista la isla, pero desde donde estaban era apenas un punto aún oscuro. Sobre ellos suenan unos chirridos estridentes. Son gaviotas.

-¡Gaviotas! Creo que tendremos suerte hoy, pequeña.

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En ese momento una pareja de toninas surge de las olas, detrás de ellos. Se sumergen, pasan por debajo de la quilla de la barca y vuelven a salir, saltando en graciosas curvas, relucientes sus cuerpos oscuros, adelantándose a la barca ante el entusiasmo de Gabriela. “¡Igual que mi sueño!” pensó.

– Vaya! – exclamó su tío- parece que hoy tienen ganas de jugar. Bueno, ya hemos llegado. Ahora atenta. Voy a echar la carnada. Prepara tu caña y recuerda: pasa entre tus dedos el sedal y está muy atenta a la boya y a cualquier sensación distinta que sientas en tus dedos. Y calladita. A los peces no les gusta el chillón lenguaje de los hombres.

Y ahora estaba allí, con el sedal casi hundiéndose en la piel. Sabía que no podía dar un tirón brusco, porque entonces su movimiento podía provocar que el pez se librara del anzuelo. Todo consistía en un juego de tira y afloja hasta vencer la resistencia del pez.

En ese momento su tío se dio cuenta y se acercó en su ayuda. El sol iba ascendiendo y el mar estaba ahora de un azul intenso.

– No lo dejes escapar. Esos es. ¡Tira ahora!

Un hermoso sargo luchaba por zafarse del anzuelo, pero ya Gabriela lo había izado a bordo y allí estaba, en el fondo de la barca, con su cuerpo brillante y vencido.

-¡Buena pieza, señorita pescadora!- bromeó su tío- La suerte de la primeriza, ¿eh?

Se echaron a reír. Luego siguieron lanzando hasta que llenaron un par de cubos con sargos, zalemas, fulas y alguna cabrilla.

Regresaron cuando el sol estaba en lo más alto. La silueta del gran macizo que flanqueaba la isla y que destacaba en la lejanía, se fue haciendo cada vez mayor y a Gabriela le pareció el espectáculo más hermoso del mundo. Pronto pudo oír el chasquido de las olas en los rompientes mientras la barca se deslizaba suavemente, tomando rumbo a la pequeña cala donde, estaba segura, le aguardaba su madre.

Al darle una última mirada a la isla desde el mar, ya muy cerca, Gabriela sintió que amaba aquella tierra y aquel gran océano que desde hoy sería, para ella y para siempre, la mar.

NOTA: Ilustraciones de Patricia Delgado de la Rosa