La difusión del género a partir de los años ochenta

Hasta bien entrados los años ochenta, podemos afirmar que los autores de microrrelatos del mundo hispánico no disponían de una teoría que apoyase su práctica del género y que, entre otras cosas, fundamentase críticamente las diferencias entre, por ejemplo, un poema en prosa de corte narrativo y un microrrelato, o entre este último y un cuento. Aunque algunos de nuestros microrrelatistas fueron conscientes tempranamente de estar innovando en el ámbito de la narrativa ―como el propio Juan Ramón Jiménez (18)―, no será, como indicamos, hasta dichos años, cuando comience a profundizarse en la investigación al respecto ―con pioneros estudios como los de la hispanoamericana Dolores Koch (19)― y, por tanto, tal y como ha explicado Fernando Valls, se de

un periodo en que los narradores empiezan a tomar conciencia de la existencia de un género distinto e independiente respecto del cuento, del poema en prosa, así como del aforismo. Aquí [en épocas anteriores], por tanto, conviven lo que podríamos denominar textos narrativos breves, con microrrelatos, que sería la denominación otorgada, con precisión terminológica, a aquellas piezas que aparecen tras reconocer y distinguir esta nueva distancia narrativa(20).

Entre los microrrelatistas españoles nacidos con anterioridad a 1960 y que comenzaron a cultivar el género a partir de los años ochenta podemos destacar a los siguientes autores: José Jiménez Lozano, con El cogedor de acianos (Anthropos, Barcelona, 1993) o Un dedo en los labios (Espasa-Calpe, Madrid, 1996); Javier Tomeo, con Historias mínimas (Mondadori, Barcelona, 1988), Cuentos perversos (Anagrama, Barcelona, 2002) o su antología Los nuevos inquisidores (Alpha Decay, Barcelona, 2004); Rafael Pérez Estrada, con La sombra del Obelisco (Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1993), El ladrón de atardeceres (Plaza & Janés, Barcelona, 1998) o El levitador y su vértigo (Calambur, Madrid, 1999); la hispano-uruguaya Cristina Peri Rossi, con Indicios pánicos (Bruguera, Barcelona, 1981) o Una pasión prohibida (Seix Barral, Barcelona, 1986); Juan Pedro Aparicio, con La mitad del diablo (Páginas de Espuma, Madrid, 2006) o El juego del diábolo (Páginas de Espuma, Madrid, 2008); José María Merino, con Días imaginarios (Seix Barral, Barcelona, 2002), Cuentos del libro de la noche (Alfaguara, Madrid, 2005) o su antología La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, Madrid, 2007); Luis Mateo Díez, con Los males menores (Alfaguara, Madrid, 1993; con una importante reedición de Fernando Valls en Espasa, 2001); Alberto Escudero, con La piedra Simpson (Alfaguara, Madrid, 1987); Juan José Millás, con Cuentos a la intemperie (Acento, Madrid, 1997), Articuentos (Alba, Barcelona, 2001; obra ampliada en Seix Barral, Barcelona, 2011) o Números pares, impares e idiotas (Alba, Barcelona, 2001); Alberto Tugues, con Historias breves de este mundo (Debolsillo, Barcelona, 2002); Gustavo Martín Garzo (1948), con El amigo de las mujeres (Ediciones de Caja España, León, 1992); Ángel Guache, con Sopa nocturna (Pre-Textos, Valencia, 1994) o Me muerden los relojes (Pre-Textos, Valencia, 2002); Julia Otxoa, con Kískili-káskala (Vosa, Madrid, 1994), Un león en la cocina (Prames, Zaragoza, 1999), Variaciones sobre un cuadro de Paul Klee (Hiru, Gipúzcoa, 2002), La sombra del espantapájaros (El Toro de Barro, Cuenca, 2004) o su libro recopilatorio Un extraño envío (Menoscuarto, Palencia, 2006); o Agustín Cerezales, con Escaleras en el limbo (Lumen, Barcelona, 1991). La lista, sin duda, podría extenderse mucho más, como demuestra la ya citada Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, donde encontramos a más autores españoles cuyos microrrelatos se circunscriben a este periodo histórico que tratamos.

Un espacio independiente merece que le dediquemos a los escritores que nacieron con posterioridad a 1960 y que, por tanto, han cultivado y publicado su producción micronarrativa en un escenario completamente distinto al que se encontraron los autores anteriores. Como consecuencia de diversos factores, no sólo los cronológicos, puede decirse que constituyen un nuevo grupo o generación de microrrelatistas. Circunstancias de tipo social y económico ―como los avances tecnológicos que se han aplicado a la difusión de la literatura― y otras de orden propiamente estético ―como el desarrollo académico de las teorías minificcionales y la definición del microrrelato como género literario― han condicionado el panorama en el que los nuevos autores han elaborado y dado a conocer sus microrrelatos. Así lo debió entender también Fernando Valls al confeccionar su antología titulada Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español (Menoscuarto, Palencia, 2012), en cuya Introducción comentaba cosas como la siguiente:

Creo que va siendo hora de empezar a poner cierto orden en el cambalache en que se ha convertido la red, donde todo parece valer lo mismo. Varios de los narradores que aparecen aquí ni siquiera han publicado un libro, aunque algunos hayan sacado a la luz textos con anterioridad en diversas bitácoras sobre todo, y hayan dado a conocer piezas de suficiente entidad como para poder componer con ellas un volumen(21).

En Mar de pirañas se incluyen microrrelatos de sesenta y nueve autores, todos ellos nacidos con posterioridad a 1960 y que Valls divide en dos grupos: «En el primero estarían aquellos que escriben de forma habitual microrrelatos, mientras que en el segundo figurarían los que solo lo han cultivado en alguna rara ocasión. […] Aunque, al fin y a la postre, no sé si es necesario recordarlo, lo único importante sean los resultados» (22). Estos sesenta y nueve microrrelatistas de los que hablamos son los siguientes: los andaluces Ricardo Álamo, Antonio Báez, María José Barrios, Felipe Benítez Reyes, Miguel Ángel Cáliz, Antonio Dafos, Federico Fuentes Guzmán, José Alberto García Avilés, Nuria Mendoza, Lara Moreno, Manuel Moya, Manuel Moyano, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Elvira Navarro, Hipólito G. Navarro, Ángel Olgoso, Antonio Pomet, Ángeles Prieto Barba, Javier Puche, Antonio Serrano Cueto, Francisco Silvera, Miguel Á. Zapata, Fernando Iwasaki, residente en Sevilla pero originario de Perú, o Isabel Mellado y Andrés Neuman, ambos radicados en Granada pero nacidos respectivamente en Chile y Argentina; los aragoneses Isabel González e Ignacio Martínez de Pisón; los asturianos Alberto Corujo y Carmela Greciet; el cántabro Miguel Ibáñez; los castellanoleoneses Rubén Abella, Manuel Espada, Óscar Esquivias y Fermín López Costero; los catalanes Javier Bermúdez López, Susana Camps, Carlos Castán, Arceli Esteves, Agustín Martínez Valderrama, Paz Moserrat Revillo, Gemma Pellicer, Loli Rivas, Iván Teruel y Flavia Company, que vive en Barcelona pero es de origen argentino; los madrileños Pilar Adón, Rosana Alonso, Beatriz Alonso Aranzábal, Matías Candeira, Almudena Grandes, Andrés Ibáñez, Eloy Tizón, Ángel Zapata o Eduardo Berti, Inés Mendoza y María Paz Ruiz Gil, residentes en Madrid pero de origen argentino, venezolano y colombiano respectivamente; los valencianos Carlos Almira y Ginés S. Cutillas; la gallega Luisa Castro; la riojana Cristina Grande; los navarros Gabriel de Biurrun y Juan Gracia Armendáriz; los vascos Jesús Esnaola, Álex Oviedo, Rocío Romero, Javier Sáez de Ibarra, Pedro Ugarte e Iban Zaldua; y los canarios Anelio Rodríguez Concepción y Raúl Sánchez Quiles.

Como es lógico y suele decirse cuando de antologías se trata: son todos los que están, pero no están todos los que son. Sin ir más lejos, el editor podría haber añadido a bastantes más microrrelatistas canarios, aunque es cierto que debemos valorar positivamente que haya integrado al menos a dos de ellos, como son el palmero Anelio Rodríguez Concepción, con cuatro microrrelatos extraídos de Relación de seres imprescindibles (Del Oeste Ediciones, Badajoz, 1998), y el tinerfeño Raúl Sánchez Quiles, con tres microrrelatos procedentes de Hiperbreves S. A. (Baile del Sol, Tenerife, 2010). En cualquier caso, y llegados a este punto, conviene recordar una colección que no ha tenido ni dentro ni fuera de nuestras islas la repercusión que merece: la Antología del microrrelato en Canarias (Anroart, Las Palmas de Gran Canaria), editada por Carlos de la Fe en 2009, donde encontrará el lector a un total de veintitrés microrrelatistas de nuestras islas.

Muchos son los hechos que aseguran el futuro del género del microrrelato en nuestro país. Las editoriales siguen apostando por la publicación de colecciones y antologías de microrrelatos, incluso en esta época de crisis económica. Se han multiplicado las instituciones que convocan regularmente certámenes y que gestionan talleres y cursos de micronarrativa. Cada vez son más los investigadores que elaboran tesis doctorales y otros trabajos en torno a la minificción literaria en general y sobre el microrrelato en particular. Y lo más importante, sigue creciendo el número de microrrelatistas ―que, como hemos visto, es en la actualidad inmenso― y de sus lectores.

Bibliografía

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―: «Pirañas de agua salada», en Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, Menoscuarto, Palencia, 2012, pp. 9-25.

Notas


1.Irene Andres-Suárez, Introducción, en Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, Cátedra, Madrid, 2012, pp. 31-32. Véase Teresa Gómez Trueba, ed., Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, Menoscuarto, Palencia, 2008.

2.Véase Ramón Gómez de la Serna, Disparates y otros caprichos, Luis López Molina, ed., Menoscuarto, Palencia, 2005.

3.Encarna Alonso Valero, «Un árbol de sorpresas: la prosa narrativa lorquiana», en Federico García Lorca, Pez astro y gafas. Prosa narrativa breve, Menoscuarto, Palencia, 2007, p. 15.

4.Domingo Ródenas de Moya, «El microrrelato en la estética de la brevedad del Arte Nuevo», en Irene Andres-Suárez y Antonio Rivas, eds., La era de la brevedad. El microrrelato hispánico, Menoscuarto, Palencia, 2008, pp. 77-121.
5.José Carlos Mainer, Modernidad y nacionalismo (1900-1939), en Historia de la literatura española, vol. 6, José Carlos Mainer, ed., Crítica, Barcelona, 2010, p. 540. Tal y como ha señalado Ródenas de Moya, «algunas [de estas prosas] como “Aire, aura”, deberían figurar sin duda en cualquier antología del poema en prosa en español, pero otras encierran una potencialidad narrativa demasiado obvia como para endosarlas sin mayores prevenciones a ese apartado genérico» (Domingo Ródenas de Moya, op. cit., p. 114). Véase Jorge Guillén, Hacia «Cántico». Escritos de los años 20, K. M. Sibbald, ed., Ariel, Barcelona, 1980.

6.Los cinco primeros fueron agrupados bajo el epígrafe de Primeros escritos por Agustín Sánchez Vidal, editor de la obra literaria del cineasta y escritor aragonés. Los tres últimos, sin embargo, fueron incluidos por este mismo editor en la lista de textos que fueron proyectados para «un libro de “narraciones”, Polismos (es decir, múltiples ismos), que luego mudaría su título en Un perro andaluz para, finalmente, transformarse en proyecto fílmico. No obstante, Buñuel pretendió que el libro viera la luz, por lo menos hasta febrero de 1929, cuando anuncia a Pepín Bello que “está en prensa”. Pero en esas fechas el escándalo de Un chien andalou ha estallado y Buñuel ve impulsada súbitamente su carrera cinematográfica» (Domingo Ródenas de Moya, Prosa del 27. Antología, Espasa-Calpe, Madrid, 2000, p. 254). Véase Luis Buñuel, Obra literaria, Agustín Sánchez Vidal, ed., Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1982.

7.Domingo Ródenas de Moya, Introducción, en Prosa del 27. Antología, ed. cit., p. 92.

8.Véase Fernando Valls, «Soplando vidrio. Sobre dieciocho narradores españoles cultivadores ocasionales del microrrelato (1942-2005)», en Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español, Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 53-110.

9.Domingo Ródenas de Moya, «Consideraciones sobre la estética de lo mínimo», en Teresa Gómez Trueba, ed., Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, Llibros del Pexe, Gijón, 2007, p. 84.

10.Teresa Gómez Trueba, «Procedencia de los textos seleccionados», en Juan Ramón Jiménez, Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, ed. cit., p. 45.

11.Antonio Rivas, «Ramón Gómez de la Serna: una lectura de sus “géneros nuevos”», Aula de español, 7, 2006, p. 40.

12.Varios de los microrrelatos que posteriormente integrarían el libro Crímenes ejemplares habían aparecido antes, entre 1948 y 1950, en la sección titulada «Zarzuela» de la revista Sala de espera, editada en México y fundada por el propio Aub.

13.Cabe decir que, ya en 1928, en el segundo número de la revista Gallo, Francisco Ayala había publicado un primer microrrelato, aunque de tono lírico, titulado «Susana saliendo del baño». Por otra parte, varios de los textos contenidos luego en El jardín de las delicias los había dado a conocer previamente en sus Obras completas de 1969 (Aguilar, México).

14.La pierre de la folie no se publicó traducida en España hasta 1984 (Destino, Barcelona). No obstante, pese a haber sido publicada por primera vez en francés, parece ser que, tal y como indica Francisco Torres Monreal, fue inicialmente escrita en español. He aquí que la situemos en este apartado del artículo y no en el siguiente. Véase Francisco Torres Monreal, Prólogo, en Fernando Arrabal, La piedra de la locura, Libros del Innombrable, Zaragoza 2000, pp. 9-10 y 21.

15.Darío Hernández, «Microrrelatos de autores españoles en el exilio (1936-1975): Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, Francisco Ayala y Fernando Arrabal», en El viento espira desencanto. Estudios de Literatura Española Contemporánea, Miguel Soler Gallo y María Teresa Navarrete, eds., Aracne, Roma, 2013, pp. 171-176.

16.Camilo José Cela, «Un breve librillo ejemplar», Papeles de Son Armadans, 16, 1957, p. 108.

17.Editorial, por cierto, de cuya colección La Esquina fue director Antonio Beneyto, también relevante en la historia del microrrelato español, pues compuso «relatos hiperbreves de factura surrealista, como, por ejemplo, Textos para leer dentro de un espejo morado ([Seix Barral, Barcelona], 1975), muchos de los cuales reformulan libremente motivos procedentes de la tradición bíblica, de la mitología grecolatina y de la cultura, y otros giran en torno al dilema del artista en la sociedad actual» (Irene Andres-Suárez, El microrrelato español. Una estética de la elipsis, Menoscuarto, Palencia, 2010, p. 46).

18.Prueba de ello es, sin ir más lejos, su microensayo «Cuentos largos», perteneciente a su libro póstumo también titulado con ironía Cuentos largos. Lo reproduzco a continuación: «¡Cuentos largos! ¡Tan largos! ¡De una pájina! ¡Ay, el día en que los hombres sepamos todos agrandar una chispa hasta el sol, que un hombre les dé concentrado en una chispa, el día en que nos demos cuenta que nada tiene tamaño y que, por lo tanto, basta lo suficiente; el día en que comprendamos que nada vale por sus dimensiones ―y así acaba el ridículo que vio Micromegas y que yo veo cada día¬―; y que un libro puede reducirse a la mano de una hormiga porque puede amplificarlo la idea y hacerlo el universo.» (Cito por Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, ed. cit., p. 49).

19.Véase Darío Hernández, «La investigación del microrrelato en España», ACL Revista Literaria, 1, 2014, s. pp.

20.Fernando Valls, «Soplando vidrio. Sobre dieciocho narradores españoles cultivadores ocasionales del microrrelato (1942-2005)», p. 54.

21.Fernando Valls, «Pirañas de agua salada», en Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, Menoscuarto, Palencia, 2012, p. 20.

22.Ib., pp. 19-20.

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