El Poema en Prosa en Canarias (I)

Por Benigno León Felipe · Insulario

Resumen


La referencia expresa más antigua al poema en prosa en Canarias que hemos podido localizar se encuentra al frente de una colaboración de Félix Duarte (La Palma, 1899-1990) en 1928 en la revista tinerfeña Hespérides: bajo el rótulo «Poemas en prosa» aparecen unos fragmentos descriptivos e idílicos, titulados «Nardos», que no cabe, en rigor, considerar como poemas en prosa: es sabido que, según señala Aullón de Haro (1979: 113), desde el siglo pasado existía en España la costumbre de llamar «poema en prosa» a cualquier texto de caracteres vagamente poéticos. Por otra parte, el primer acercamiento crítico a nuestro género en las Islas es aún más reciente: se debe al poeta y ensayista Manuel González Sosa (1983). Su «muestra» titulada «El poema en prosa en Canarias», integrada por una docena de textos y, según sus propias palabras, «arbitraria, reunida casi al azar y condicionada además por las limitaciones de una biblioteca no especializada ni pletórica», incluye poemas de Alonso Quesada, Claudio de la Torre, Josefina de la Torre, Agustín Espinosa, Juan Manuel Trujillo, Andrés de Lorenzo-Cáceres, Luis García de Vegueta, Pedro Lezcano, Luis Feria, Arturo Maccanti, Eugenio Padorno y Andrés Sánchez Robayna[i].

Las antologías poéticas regionales, en general, no se han hecho eco de la poesía en prosa escrita en las Islas. No la hay en Antología cercada (1947), ni en la de Domingo Pérez Minik Antología de la poesía canaria. 1, Tenerife (1952), ni tampoco en la de Lázaro Santana Poesía canaria. Antología (1969). Sí se recoge, en cambio, en la antología de Andrés Sánchez Robayna Museo atlántico. Antología de la poesía canaria (1983), así como en la recopilación de Lázaro Santana Modernismo y vanguardia en la literatura canaria (1987). Por otro lado, Guillermo Díaz-Plaja, autor del único estudio general y de la primera antología sobre el poema en prosa español, trabajo publicado en 1956, incluye solo dos autores canarios: Josefina de la Torre y Agustín Espinosa.

Con el fin de ordenar mínimamente nuestro acercamiento a la poesía en prosa en Canarias conviene establecer los siguientes períodos −que se corresponderán con las sucesivas entregas−: 1. Del modernismo a las vanguardias históricas (1900-1940); 2. 1940-1990; y 3. 1990-2010.

1. Del modernismo a las vanguardias históricas (1900-1940)

Una primera aportación al género es la de Ángel Guerra (José Betancort Cabrera, Lanzarote, 1874-1950), que representa el caso especial del narrador que ocasionalmente compone poemas en prosa. En su novela La lapa (1908) aparecen dos fragmentos, «Paréntesis» e «Intermezzo», que, como sus propios títulos denuncian, son dos incisos en el desarrollo normal de la historia, y pueden ser leídos de manera independiente; cabe, por ello, considerarlos poemas en prosa. Estos textos, tanto por su extensión como por su tono, nos recuerdan los conocidos poemas de Pío Baroja incluidos en Fantasías vascas, «Elogio sentimental del acordeón» y «Elogio de los viejos caballos del tiovivo», interpolados a su vez en Paradox rey (1906). Las similitudes son perceptibles en estos dos fragmentos:

¡Las noches de la luna! ¿Quién ha visto algo más bello y hondamente sugestivo? La blanca claridad cae sobre el haz revuelto de las ondas, de las ondas que se agitan con un latir de corazón oprimido, y la blanda reverberación de las aguas deja en nosotros un sedimento de melancolía, un deseo de abandono, como si nos sintiéramos en destierro, pobres seres entregados a la dureza de la tierra, y el alma quisiera escaparse para vivir en el misterio infinito, en el seno majestuoso de la luz (La lapa).

¿No habéis visto, algún domingo al caer la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón?

Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne (Paradox rey).

Dentro del panorama del poema en prosa en Canarias, estos textos de Ángel Guerra representan la fase inicial de génesis y primeros intentos de formalización del género.

Más importante es el caso de Alonso Quesada (Gran Canaria, 1886-1925). Aunque no escribió en sentido estricto poemas en prosa, algunas de sus «crónicas» recogidas en Crónicas de la ciudad y de la noche (1919), sobre todo las incluidas en el apartado «Crónicas de la noche», adoptan, como señala Andrés Sánchez Robayna (1981a: 35), la forma de poema en prosa. Si bien es cierto que estos textos no pierden totalmente su carácter originario de crónica periodística, el tono intimista y la intencionalidad poética hacen que se conviertan en auténticos poemas en prosa descriptivos.

Este carácter poético no es ajeno al resto de la obra en prosa de Quesada; también se puede rastrear en algunos textos de Smoking-Room[ii], como «Balada de las tarjetas de Pascua», o en Memoranda (1982) [iii].

En Claudio de la Torre (Gran Canaria, 1891 – Madrid, 1973) también podemos rastrear intentos de componer poemas en prosa en algunos textos de La huella perdida (1920). Menos evidente, pero también reseñable, es el caso de Miguel Sarmiento (Gran Canaria, 1876-1926). En su obra narrativa, sobre todo en Lo que fui (1927), compuesto por recuerdos e impresiones de su infancia y juventud, se acerca bastante a la modalidad de poema en prosa descriptivo y al retrato en la línea de Españoles de tres mundos de Juan Ramón Jiménez o Imagen primera de… de Rafael Alberti. Extraño y curioso resulta, por otra parte, el texto titulado «El último caballo. Poema fósil», del que es autor Eduardo Westerdahl (Tenerife, 1902-1983), publicado en el número 70 (1927) de la revista Hespérides.

Más decisiva, sin duda, es la contribución de Agustín Espinosa (Tenerife, 1897-1939). Díaz-Plaja lo incorpora en el grupo de los «superrealistas», junto a José María de Hinojosa y Vicente Aleixandre. De él dice el antólogo en el libro citado:

Mayor interés ofrece un escritor malogrado por la muerte: El fino, sensitivo, poético Agustín Espinosa, de cuyo olvido conviene curar a los que no le conocieron. Canario de origen, Agustín Espinosa paseó por España y Europa su melancolía de desterrado, que plasmó en un delicioso libro poemático (1929) sobre la isla de Lanzarote, que tituló Lancelot, 28°-7º, del que damos unas muestras aquí. Pero su auténtica posición superrealista la encontramos en su libro posterior Media hora jugando a los dados (1933) que nos da la medida de su fantasía poética.

Efectivamente, de Espinosa incluye Díaz-Plaja tres textos de Lancelot, 28°-7º (Guía integral de una isla atlántica) (1929) y otros tres de Media hora jugando a los dados (1933) [iv]. El primero está compuesto casi en su totalidad por poemas en prosa de muy diversa extensión y tono. El origen y la intencionalidad de este libro aparecen perfectamente señalados por el propio autor en «Lancelot y Lanzarote», texto con el que se inicia el libro:

Lo que yo he buscado realizar, sobre todo, ha sido esto: un mundo poético; una mitología conductora. Mi intento es el de crear un Lanzarote nuevo. Un Lanzarote inventado por mí. Siguiendo la tradición más ancha de la literatura universal. Por eso sustituyo un Lanzarote que hoy ya nada dice, que ha perdido su sentimiento efectivo, por Lancelot: (…) Sustituyo lo concreto por lo abstracto. El molde, por el módulo. Lo entero por lo íntegro. El objeto, por su esquema. El sujeto por su esencia. La Isla, por su mapa poético. Culto. Construyo la geografía integral de Lanzarote.

Aunque algunos textos, como el anterior, adoptan un tono y una escritura que se acercan al ensayo, no debemos perder de vista que todo el libro comparte, como apunta Nilo Palenzuela (1988a: xxii), «el proyecto universalista en lo que hemos llamado lectura diferencial del creacionismo».

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Doctor en Filología Hispánica y profesor de la Universidad de La Laguna