El Poema en Prosa en Canarias (I)

Por Benigno León Felipe · Insulario


Antología

 

ALONSO QUESADA

(Las Palmas de Gran Canaria, 1886-1925)

LOS EMIGRANTES DE LA NOCHE

Un vapor se aleja. Ha sonado la sirena en la madrugada, como un desesperado lamento de agonía, según el admirable decir de Tomás Morales. Un lamento largo, desesperado, triste… Es un barco trasatlántico que marcha a Cuba. Por la tarde todos esos humildes soñadores viajeros que lleva el barco en la noche vagaban por las vías de la ciudad. El lamento de la sirena es el lamento del alma de los viajeros… Ellos se alejan llenos de dolor. Un sueño los guía, pero aunque es espléndido, está lejano aún…

¿Volverán?…

Sí; volverán con unos sombreros de palma y unas enormes cadenas de oro y unos trajes azules de marinero y unos zapatos amarillentos, chillones, como el pico del mirlo. Volverán, y tomarán a marcharse otra noche en que la sirena vuelva a gemir… Y los veremos por las calles vagando desorientados, absortos del tranvía, de los carros, ellos que vienen de la montaña, de los barrancos hondos, de los valles ocultos… Sobre la cubierta del barco contemplarán los horizontes amigos… ¿Cómo verán sus almas la tierra prometida? ¿Cómo guardarán sus memorias las veredas de la tierra natal…? Ellos son humildes, sencillos, no quieren sino labrar la tierra… El mar hace más amplios los sueños. Pero el sueño de estos viajeros es una llanura inmensa, solitaria, como el mar, que ha de brotar al término del viaje, ante sus ojos, para que sus brazos la acaricien. El gemido se diluirá en las sombras… Habrá estrellas todas las noches. Pero cuando retornen a la patria serán solamente unos hombres pintorescos…

[De Crónicas de la ciudad y de la noche,
Las Palmas de Gran Canaria, 1919]

AGUSTÍN ESPINOSA

(Santa Cruz de Tenerife, 1897-1939)

[YO BUSCO UNA MANO … ]

Yo busco una mano desesperanzadamente. Imitada sin fortuna en mármoles, ceras y bronces. Una mano lívida, fría, yerta. Que descorra las cortinas de mi alcoba, que guíe mis deslucidos pasos, que quiebre en el aire, entre sus dedos dulces, saetas enemigas, que se apoye en mis horas peores sobre mis desvelados hombros.

Una mano pálida, fina y trágica. Una mano recién mutilada. Aún anillados sus dedos y rojas aún y espejeantes sus uñas. Una mano de novia que se ha querido hace ya mucho tiempo. Una mano que ha olvidado ya la caricia del guante. La que me cierre un día los ojos que no podrá la muerte cerrarme. Ni mis amigos más fieles, ni mis padres, ni mis hijos, ni mis hermanos. Sino sólo tú, mano de muerta, errante, mano de mis sueños del alba, mano que espera, como una estrella de mi alma, mi cuerpo.

Yo conozco una mano, pero no es esa.

Yo conozco una tibia mano, una mano rosada y blanda. Para mis labios, para mis manos y para mi cuello. Para mis noches de amor, en tomo a mi cabeza o sobre mi espalda.

Pero no es esa.

Yo busco otra mano. Ala de mis pies. Ahuyentadora de mis ansias. La que se apoye sobre mi hombro sólo y deshaga mis postreros quebrantos.

La que cierre mis ojos y vista mi cuerpo muerto y preceda mi entierro.

Una mano mutilada y única. Pálida, fría.

Una mano olvidada ya de que fue mano de amante.

Una mano angustiosamente blanca.

[De Gaceta de Arte, núm. 8 (septiembre de 1932); en Crimen,

Las Palmas de Gran Canaria, 1934]

RAMÓN FERIA

(Santa Cruz de Tenerife, 1909-Madrid, 1942)

UN CUADRO NATURALÍSIMO

Imaginad un paisaje vivo; sobre el paisaje vivo un río claro, y más claro aún el día. Imaginad un caballo ni doméstico, por demasiado ágil, ni salvaje, por demasiado lento, trazando en su galopar la vereda, atravesar el río y aun perderse en el bosque. Imaginad en lo alto un hombre, inmóvil, apoyado sobre el ramaje de un castaño, que nada le importa el caballo ni el fuego del bosque, por donde el caballo, si no me traicionan los ojos, irrumpe su galope.

Imaginad, por último, un viajero solitario, o un pintor, o un mendigo, o quién sabe…, detenerse ante el paisaje vivo y extender la mirada, en tanto le sorprende la noche.

Imaginad, imaginad, que yo nada más puedo decir.

[De Libro de las figuraciones. Poemas en prosa, Madrid, 1941]

 

DOMINGO LÓPEZ TORRES

(Santa Cruz de Tenerife, 1910-1937)

[LLUVIA, SOL, LLUVIA…]

Lluvia, sol, lluvia, sol. Y giraba la ruleta de las horas. Y nadie sabía a qué carta quedarse en aquel día de tiempo caprichoso, tornadizo. Y las gotas caían y manchaban, y yo limpiaba, y manchaba, y limpiaba; y todo era indeciso. El mar gris sucio, impersonal. Pero yo limpiaba, limpiaba; y fueron desapareciendo los obscuros y la tierra se llenó de animalillos, y el mar de reflejos. Y la ruleta de las horas que giraba y giraba se paró poco a poco en las doce.

[De Diario de un sol de verano, (1929), La Laguna]

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Doctor en Filología Hispánica y profesor de la Universidad de La Laguna