El Poema en Prosa en Canarias (II)

Por Benigno León Felipe

2. 1940-1990

En la postguerra se produce un general empobrecimiento de la vida cultural y literaria al que no es ajeno el poema en prosa. Ni en los muy escasos libros de poesía que se publicaban, ni en las revistas que surgían poco a poco con muchas dificultades (Mensaje, Gánigo, etc.) encontramos poemas en prosa. Veamos a continuación diferentes autores que comienzan a publicar en estos años, aunque sólo divulguen poemas en prosa en fecha tardía con respecto a aquella en que se dieron a conocer literariamente.

Extraña, tanto por su lenguaje claramente poético como por su estructura, resulta la obra de María Dolores de la Fe (Gran Canaria, 1921) Tiempo en sepia (1989), título ganador del V Premio de novela Ángel Guerra. Aunque no puede hablarse estrictamente de poema en prosa, algunos fragmentos se acercan bastante al género. Poemas en prosa, sin duda, son los dos textos suyos incluidos en El mirador (1995), publicado en colaboración con Manuel González Sosa (Gran Canaria, 1921), quien también incluye dos poemas en prosa. En ambos casos constituyen testimonios poéticos de recuerdos juveniles tamizados por el paso del tiempo.

Un caso similar a Tiempo en sepia, pero más claramente decantado hacia el género, es el libro de Antonio de la Nuez (Gran Canaria, 1915) Las gaviotas o Una nueva ecuación de Atlantis (1984), publicado también bajo el rótulo editorial de «Narrativa», pero que difícilmente admite tal consideración; más bien constituye un conjunto de poemas en prosa y ensayos poéticos, algunos de los cuales vieron la luz previamente como colaboraciones periodísticas en la prensa de Las Palmas de Gran Canaria. Sólo algunos, sin embargo, son catalogables como poemas en prosa.

Félix Casanova de Ayala (La Gomera, 1915-Tenerife, 1990), a pesar de su inicial adscripción vanguardista, no se sintió inclinado nunca hacia el poema en prosa; muchos de sus poemas en verso libre, sin embargo, están construidos sobre un ritmo prosístico. En Los botones de la piel (1986), escrito en colaboración con su hijo Félix Francisco Casanova, hay intentos parciales de componer «cajas de prosa», como «Polinomio español»:

[ … ] Si en la noche comienzas a soñar
deja correr tus alucinaciones
hijo mío arlequín, no puedes levitar
porque tu cabeza sigue siendo conservadora
asquerosamente conservadora

de sensatez, de hipocresía, de objetivi-
dad, de vejez prematura, de papelera ca-
tólica, de mujer española, de palabra
culta, de pizarra de colegio de curas,
de sotana progre, de sotana integérrima,
de sepulcro, de orden, de español decen-
te, de moral ortodoxa y buenas costum-
bres …

Entre otros autores que también han cultivado el poema en prosa, pero cuya obra no ha tenido, en distintas épocas, la trascendencia de los autores citados, cabe citar a Ángel Acosta (Fuerteventura, 1900-1971). En su Obra escogida, que reúne su poesía, narrativa y teatro, nos encontramos una curiosa serie de textos agrupados en el apartado «Urdimbre (cartas, prosas líricas, crónicas)», publicados previamente en el desaparecido La Tarde, del que fue redactor jefe. Aunque en algunos es perceptible el estilo periodístico de «crónica», la mayoría son poemas en prosa claramente definidos. Veamos, por ejemplo este desazonante poema, «Una mujer muerta»:

En mi casa (tú, mansión ensordecida, como tapiadas las puertas, definitivamente ciegas las ventanas), falleció esta mujer.
Cuidad no os alucine, máquina de coser, flores, espejo. Resistidla y no os cuidéis de si el forcejeo ha de ser violento para desasiros. Siempre haréis bien. Tendréis mi aplauso.

Tan muerta está, que ni sus palabras me suenan ni sus pasos me alcanzan. ¿Por qué la entienden los vecinos? ¿Cómo se dejan engañar con risas de ultratumba? ¿No es inútil estrechar su mano muerta, hablar con ella de trapos y cuidados? ¿Pero es que no saben? Ella misma se suicidó despacio, hora por hora, en sus ojos, en su ademán, en su corazón. Llegará la hora del sepelio y todos se sorprenderán de lo que está diáfano. Una sombra, una rigidez. Nada. Una inexistencia, aunque sepa reír, loquear, besar muy fuerte.

Nadie me niegue mi viudedad indiscutible.

Luis Feria (Tenerife, 1927-1998) es autor de dos libros compuestos íntegramente por poemas en prosa: en 1983 publica en Barcelona Dinde, y en 1986 Más que el mar. A estas dos colecciones hay que añadir algunos incluidos en la «Selección de inéditos» que se incorporan en la antología No menor que el vacío, publicada en 1988. Los poemas de Dinde giran sobre aspectos anecdóticos, sacados de su memoria; tienden a ser descriptivos y con cierto tono irónico. Están escritos con un lenguaje directo y sencillo, casi coloquial, sin alardes retóricas. En general, adoptan los textos de Dinde la forma de poema-cuento, con una extensión media de una página. En «La Pianola» se pueden observar todos estos rasgos:

La Pianola era rubita, desmedrada, escasa de pelo, poltrona y tirando a malfamada. Eso sí, tenía pocas carnes pero complacientes.

En las fiestas de San Miguel siempre estaba la primera, con un geranio en la cabeza, muy apersonada, bien peripuesta y con ganas de bailoteo. En cuanto empezaba el tachunda [Nota del autor: «Orquesta mala, desafinada, chirriante. Murga»] se le alegraban las pajaritas, salía disparada a la pista. A la luz tiznosa de los candiles se la veía macilenta, pilonga, feliz entre el humazo del carburo. Bajo las cadenetas de moñas de papel, su piel de cartón se asemejaba a las muñecas de la tómbola, y cuando la noche se espesaba, propicia y consentidora, La Pianola se iba poniendo lánguida, dengosa, arrulladora, se abandonaba rendida y jadeante.

Las buganvilias la veían pasar bajo sus flores rojas, que incendiaban las noches de verano, las yerbas sin nombre mullían su almohada, volcaban en la sombra su mínima fragancia bajo el cuerpo de La Pianola y el de algún hombre recio, de huesos duros y áspero amor urgente.
La Pianola desapareció un buen día. Hasta años más tarde no comprendimos su corazón fugaz, que se desquitaba de aquellas pupilas desteñidas y de aquellas carnes trefes, ni su corazón erróneo, que no echaba raíz como no la echa el viento.

luis feria y manuel padorno

Luis Feria y Manuel Padorno

En Más que el mar y en los inéditos de No menor que el vacío, Feria utiliza un tratamiento de la materia poética y un proceso de composición diferentes. El lenguaje se aquilata y depura al máximo, son frecuentes las aliteraciones y las metáforas, la frase se condensa y yuxtapone y los textos se acortan hasta el párrafo de tres o cuatro líneas.

Por su parte, Manuel Padorno (Tenerife, 1933-Madrid, 2002) recoge en su obra El náufrago sale, 1980-1988 (1989) dos grupos de poemas en prosa, uno de diez poemas en El animal perdido todavía (1989), bajo el título genérico de «Nocturno», y otro compuesto por nueve poemas, en la serie En absoluta desobediencia (1989). En ambos casos estamos ante el mismo tipo de poema: los contenidos giran sobre aspectos relacionados con el ámbito urbano, adoptando un aire de crónica cuasiperiodística (de hecho, muchos de estos textos se publicaron como artículos en la prensa diaria de Las Palmas de Gran Canaria), pero desde una visión más bien impresionista. Utiliza indefectiblemente la primera persona que, en algunos casos, se desdobla y adopta la figura de un náufrago. Denota una especial predilección por el período corto, lo que provoca un ritmo muy entrecortado, como podemos comprobar −es sólo un ejemplo− en «La noche pintada», de El animal perdido todavía. Otro poeta surgido, como Padorno, en los años 50, Arturo Maccanti (Gran Canaria, 1934), publicó un conjunto de siete poemas en prosa en De una fiesta oscura (1977), a los que hay que añadir otros inéditos y algunos aparecidos en otras publicaciones, incluidos todos ellos en El eco de un eco de un eco del resplandor (1989) . Con la excepción de «Diciembre, adiós», «Lluvia Mahler» y «En la distancia», más extensos, discursivos y de temática más dispersa, el resto gravita sobre un motivo fundamental que vertebra gran parte de la poesía de Maccanti: la negación de la individualidad del yo poético, convertido en una superposición de cuerpos que constituyen una muchedumbre que lucha contra el paso del tiempo:

Somos una infinidad de cuerpos moribundos, una serie sin término aparente de cuerpos en un cuerpo. Múltiples y únicos, sucesivos y simultáneos. [ … ]

Me agrupo con la muchedumbre que soy. Me dirijo palabras, me aliento. Mi gentío es un mar de cabezas de niños míos, es un ululante océano de jóvenes con mi nombre, una multitud de hombres arturos; andan los primeros descamisados y con palomas y mares entre las manos, cerca de un mar antiguo, sobre una playa tersa; los adolescentes, ensimismados en un estanque abierto entre las nubes; los últimos piden no sé qué claridades. [ … ]

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Doctor en Filología Hispánica y profesor de la Universidad de La Laguna