El Poema en Prosa en Canarias (III)

Por Benigno León Felipe

PANORAMA: 1990-2010

El cultivo del poema en prosa en Canarias en estas dos últimas décadas confirma la vitalidad e importancia que este género posee en la escritura poética de las islas. Prueba de ello es la presencia notable de poetas en prosa canarios incluidos en varias antologías: de los 34 poetas, nacidos entre 1961 y 1980, incluidos en Poesía canaria actual (A partir de 1980) (2010), de Miguel Martinón, 23 han escrito poemas en prosa; en La otra joven poesía española (2003), de A. Kravietz y F. León, de los 14 poetas que incluye nacidos entre 1962 y 1975, 12 son poetas en prosa, de los que 5 canarios; y en Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005) (2005), de Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas, que incluye a 30 autores, incorpora también 4 poetas canarios.

La relación de poetas que han utilizado la prosa como forma de expresión poética, nacidos a partir de 1960, son los siguientes: Bernardo Chevilly, Antonio Puente, Fermín Higuera, Ernesto Suárez, Yolanda Soler Onís, Melchor López, Coriolano González Montañez, Oswaldo Guerra Sánchez, Verónica García, Pedro Ángel Martín, María José Alemán, Víctor Álamo de la Rosa, Francisco León, Alejandro Kravietz, Rafael-José Díaz, Goretti Ramírez, Alejandro Rodríguez-Refojo, Roberto García de Mesa, Miguel Ángel Galindo, Maiki Martín Francisco, Isidro Hernández Gutiérrez, Bruno Mesa e Iván Cabrera Cartaya. A esta nómina habría que añadir aquellos poetas de promociones anteriores que continúan publicando poesía en prosa, como Eugenio Padorno, Juan Pedro Castañeda, Juan José Delgado, Andrés Sánchez Robayna, Bernd Dietz, José Carlos Cataño, Anelio Rodríguez Concepción, Francisco-Javier Hernández Adrián o Sabas Martín, así como otros autores que inician su andadura poética y aún no han sido incluidos en antologías, como Alfonso Domínguez Quintero, entre otros.

Esta eclosión del género en los noventa se justifica, en gran parte, por la irrupción en el panorama poético de unos planteamientos estéticos más proclives a la experimentación y a la poesía de la experiencia. La prosa como vehículo de expresión poética pasa a ser habitual en la escritura poética contemporánea, ya no se ve como una rareza vanguardista, sino como otra posibilidad expresiva. Es una tendencia que afecta a la poesía española en general, pero que en Canarias se observa una vitalidad que supera la media nacional.

Los textos seleccionados nos indican una gran diversidad temática y formal. Nos encontramos textos oníricos, metafísicos y metaliterarios, paisajísticos, cotidianos; referentes a los que en ocasiones se les aplica una visión impresionista, a veces descriptiva, otras intimista. Hay predominio del poema en prosa breve, desde un par de líneas a media página, aunque también están presentes textos de mayor recorrido, e incluso series de textos interconectados.


ANTOLOGÍA

BERNARDO CHEVILLY
(Santa Cruz de Tenerife, 1961)

[HE ABIERTO DE PAR EN PAR…]

HE ABIERTO de par en par las ventanas, para que entre el frío de la noche. Empecé a escribir porque somos de barro; ahora no podría vivir sin imaginar el primer verso. He llorado en la víspera de la ausencia. A mi compañero de lluvias y mareas le regalé las doce lunas de Eras. He esperado la llegada de mi amante, fumando, lentamente, un Coronas con filtro. A veces sólo el mar me acompaña; o el otoño, con sus dáctiles velos. Algún día no volveré a poner mi sombra en las aceras.

[De Galería de retratos, Valencia: Pre-Textos, 2009]


ANTONIO PUENTE
(Las Palmas de Gran Canaria, 1961)

ESTA ORILLA

Recobrar, tras enésimo oleaje, esta orilla que nos mide. Orgánico hogar a la intemperie, de larguísima azotea en las entrañas. Esta húmeda franja, que sólo familiarmente se recorre, con todos los miembros (de uno solo) en el arrobo. Abarcar su cuerpo, engañosamente informe y arenal (piadosa ocultación, por mantener la compostura de que tampoco ella seguirá cuando nos hayamos ido); torso que se extiende y enjuga el agua: que se anega y resucita, para enseñarnos, en su pizarra de desechos y fruta renovada, lo mucho que dan de sí la provisión y el vacío.

Hundir los pies en su piel undosa: por sus ubres y estrías maternales, que fueron tibia carpa de todas nuestras horas. Desde la inminencia del viejo domador de arena seca (cuya jaula se extiende a la Avenida) a la acuática y circense algarabía de la infancia, con las pequeñas plantas inmersas en sus grumos nutritivos, de plátano es cachada con galletas y limón; en la vendimia absorta de sus hoyos, con texturas de suspiro roto y bienmesabe; de onomatopeyas de, millo y de cebada; en el gánigo que cuece el fogón azul de la bahía, en un tempo líquido, untoso, fraguado por el mojo semafórico (amarillo paso de cebra) entre las algas y el ocaso…

Ajetreado e inmóvil bodegón criollo, con los membrillos mordidos en las madrigueras de las peñas; y la escudilla derramada de olas mansas: rumor coral de atávicas canciones y leyendas («sopita y pon», y «ratón sin cola», y «pájaro copión no tiene gracia»… ), encaramados al más dulce regazo, chapoteando, con los bracitos muelles, los dedos arrugados y los labios alegremente lilas… , para salir del agua ya crecidos, en vueltas de carnero, y púberes catapultas con bolas de arena, a donde no se hace pie; y, todo en uno, atajando con signos de forzudo las mareas, saltar a piola sus mojados lomos y hacer majestuosamente el pino, y correr a zambullirnos: hasta la raya transparente, donde alcanzar la placidez de hacerse el muerto, mecidos bocarriba por las suaves areolas de las crestas…

Orilla en que vuelve a espumear, oxidado pero en marcha, el serpentín de la cerveza retraída. Intactas las argollas de los primeros humos, al romper la ola bajo el polvo de la luz: la cabeza recostada en la juntura del agua con el cielo (centelleantes ondas malvas del sol en las pupilas), y los ojos inyectos en sangre, con el yodo, la arena y el cannabis pulidos en la cachimba de los lagrimales, junto al congo de las sebas. Cálido pasillo que se abre (bajo la arconada) entre las barras del convite: el ron que se destila en la primera franja azul celeste y la arena dorada en que se comban los trigales del whisky…

Somier con los muelles rumbientos: en silencio chasqueábamos, una a una, rauda pero morosamente, a manos llenas, las esféricas semillas de las algas (como anticipo de las uvas rajadas en diciembre; de las cometas que sólo duraron un estío, y el reguero de los forros de cuantos globos terráqueos habitamos); racimos expoliados por nosotros, cuyos restos ella conserva, como pelucas calvas del primer carnaval desnudos (por si aún quisiéramos tocarnos)… En las sienes francas de esta orilla sin orillas; que nada nos pide, sino saber sumarnos, pese a todo, a sus risas epicúreas al estallar la espuma; aprender a andar sin rubor con lo puesto, en su trasiego semejante a después de las batallas, y recoger del musgo aquellas que fueron nuestras íntimas promesas horadantes, y que ahora son sólo conchas de caracolas u osamentas de estrella de mar en los charcos: sentir cómo reverberan, por la cripta de su olor y su sonido (sin auto compasión ni indiferencia), en el picor caliente del salitre a las espaldas…

Sortear, sin saña y sin olvido, la senda escatológica de las algas podridas, donde anidan los amores que se arrumban, con su remedo inmóvil de hongos bélicos, en las varadas medusas; y se insinúa el holocausto de baldes y rastrillos (y zapatillas perdidas, y pelo amontonado), por las brisas que nos recuerdan niños conducidos en septiembre adentro de una ola: que, de pronto, nos vuelca en seco por la nuca entre ahogaduras, adheridos al manojo inasible de su sauce llorón que se desploma, en una espiral de espuma, por dentro de la alambrada de las sebas…

Altar de la mar vacía en que renace el desnucado: el único retorno era al sosiego de esta orilla, que ahora nos acoge y nos devuelve la indulgencia con que ella misma nos hornea, mientras dispensa de las veces que abjuramos… (El beso pródigo que nos rinde al escuchamos, tantas veces, la proclama hueca de aquel preciso deseo de embarcarnos hacia un lugar impreciso. O el humor estoico con que se toma nuestro perpetuo orín en sus zaguanes. Y la vista cariñosamente gorda por nuestro despilfarro de lámparas autistas luciendo a pleno sol en las sombrillas. Y el perdón sonriente de que, al llegar súbita la ola, corrimos a salvar sólo nuestros bártulos, ajenos a su ahogo…).

Oh, sí, orilla de justa promisión, que nos lleva siempre en la preñez de su yodo. Único espacio en que coagula el tiempo que nos tocó vivir. Porque sólo ella ha dado cuerpo a nuestro prófugo afán, chorreando a nuestra vera; cobijo en el exilio de todo atributo. Sólo desde su puente de arena luminosa, con su fija melodía de acordeón sin nadie, no eran para huir del mar nuestros baños de mar. Y tras el frío de cada ola que vino quitándose la esclava (desabrochando su coturno, impetuosa, con el pie en la cintura de la ola anterior), sólo encontramos el amor de nadadores fatigados en la arpillera de sus rocas domésticas: en la colcha púbica de sus cálidos bermellones al baño María…

Límite centro, que germina sólo en el costado de esta playa. Orgánico hogar a la intemperie, de cuya arcilla es, sin duda, nuestro barro, y la primera mano del bronce que cíclicamente nos recobre… Por más que en apariencia nos movimos, jamás ni un palmo hemos salido (ni por asomo) de las lindes de esta orilla.

[De Sofá de arena, Santa Cruz de Tenerife: CajaCanarias, 2008]


FERMÍN HIGUERA
(Tenerife, 1961)

[POCOS INSTANTES SE ENCUMBRAN…]

Pocos instantes se encumbran en materia del paraíso. El grueso de las cosas es un relato que solapa insectos, élitros y teléfonos móviles. Organismos solidarios en sus guaridas de alas, trinos mecánicos y crujientes máscaras de queratina con las que construyen ciudades las cucarachas.

El sentido de la selva es el peligro. Todo el sustento de sus suelos se expone en una voluptuosidad de troncos erectos y hojas tersas, una exhibición jactanciosa del poder ensimismado de la flora y el olvido del otro.

Separados de nuestra respiración sobre los delfines de las lianas profusas, acallamos nuestro silencio con la música maquinal de los insectos.

[DI MI SANGRE A LAS QUIMERAS DE UN PRÍNCIPE…]

Di mi sangre a las quimeras de un príncipe inepto. Sirvió para cristalizar los rubíes de su corona y para nutrir escaramuzas en los frentes de la guerra perdida. Fue un sacrificio inútil que traicionó a mi cuerpo. En la corte la reina comentaba con orgullo mi inmolación. Su primogénito cifraba sus anhelos de lanzas gentiles y le otorgó a él el don de la palabra, el privilegio de ser oído en todo el reino aunque no dijera nada. A mí me estaba impedido hablar y no pude pedir ayuda. Sin embargo, en la noche interminable de la postración, mi corazón susurraba: ¡Quiero amanecer! ¡Quiero amanecer! Gota a gota recuperé la sangre de mi cuerpo, volví a andar e hice mía la palabra. Entonces juré no atentar nunca más en contra de nada mío.
Mi presencia fue desterrada del reino, mi palabra borrada de los anales y las escrituras, pero mi sombra perduró como un signo de un linaje fracasado y de una ganancia que me vuelca hacia la vida. Desde entonces atesoro mis días en la mirada hacia otros horizontes.

[De Roto está el cordón de plata, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2007]


ERNESTO SUÁREZ
(Santa Cruz de Tenerife, 1963)

[ABRIR EL CUADERNO…]

Abrir el cuaderno por cualquiera de sus páginas y leer. Azaroso el encuentro con el que alguna vez fui, con palabras que dejé escritas. Escribía para aquél que un día sería. Escribía ante la inminencia de la muerte de ése –y éste– que ahora levanta la mano del papel. Quien regrese será el extraño.

[DEL POEMA…]

A Arturo Maccanti

Del poema, saber que está aquí, ante nosotros, mas no dar con él: tan fugaz la visión, tan súbita su realidad, que apenas nos queda la estela difusa de una imagen que se pierde y ya nunca fue. Como la de aquel naranjero y Arturo –en su mirada el fulgor–, cuando acercaba sus manos al árbol solitario eligiendo hasta arrancar, uno a uno, cinco frutos, sólo cinco, mientras se llevaba el leve aroma dulce de sus palmas hacia el rostro. Aquella tarde de sol en invierno.

[De La casa transparente, Santa Cruz de Tenerife: CajaCanarias, 2007]


YOLANDA SOLER ONÍS
(Cantabria, 1964)

[LOS RÍOS DE MI INFANCIA…]

Los ríos de mi infancia son ríos humildes como el Gandaria, que hace ya más de cien años fluye bajo tierra. Algunos dieron nombre a lo poblado –Ruiloba, Ruiseñada– y capricho a las cuevas.
Supe después de los barrancos y sus secretos: Azuaje, Ajuy, Guiniguada, y junto a ellos de otros ríos ocultos: el Verde o Río de los Ojos, el Futaleufú, hoy sumergido bajo las cenizas del volcán Chaitén… Escuché historias sobre aquellos que fueron numerados como las escuelas chilenas o los que, según cuentan, fluyen libres bajo la piel del Sahara Occidental.

He visto atardecer en el Orinoco, el Moldava, el Hudson y en los canales del Mersey y el Irwell, pero si se trata de elegir, prefiero, de entre todos los ríos, los de la memoria.

[De De los ríos oscuros, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2010]


MELCHOR LÓPEZ
(Tenerife, 1965)

BÍBLICA

Esta isla es erial, sertón, pampa, camino de llagados disciplinantes, sedienta Judea, asolada provincia sometida a la ley del viento y de su fusta salvaje. Esta isla es túmulo a la deriva, perorata de tolvanera, abandonado hospital de incurables, polvoriento Sinaí por el
que desfila la herrumbrosa soldadesca de las cabras.

Pero también es la isla de los cielos orientales, del sol dador, de las montañas en alianza, de la luz más hermosa. Y puede que además llegue a ser el lugar donde un día se rompan las antiguas tablas y se nos entreguen las nuevas.

[De Oriental. Cuaderno de Fuerteventura, Guía de Isora: La Fragua de Vulcano, 2003]

PARA UNA COSMOGONÍA DE FUERTEVENTURA

¿Quién golpeó con el canto de la mano en el centro del corazón del sol, este sol de abrasadora piedra?

¿Quién hincó su bastón en las vetas de lo profundo y liberó a las aguas en su oleaje perpetuo?

¿Quién desató a la bestia famélica del viento, este viento taciturno?

¿Qué hacedor concedió a estas tierras la más escogida luz y la confinó es esta isla anclada en el océano de los atlantes?

¿Qué lucha, qué combate, qué irresoluble duelo comenzó entonces entre tales contrarios, qué drama incesante?

¿Quién amasó –y con qué pobre materia– al hombre que aquí vive con la sola esperanza de la luz garante y las alentadas promesas del horizonte? ¿Quién lo destinó a ser mero figurante en un teatro devastado? ¿Y qué mano compasiva lo ha de salvar de las ruinas que dejen esos antagónicos gigantes?

[De Fama del día seguido de Escrito en Arrieta, La Laguna: Artemisa, 2006]

[RECUERDAS EL DÍA…]

¿Recuerdas el día en que te detuviste para mirar el salto de agua en el vacío? ¡Cuánto tiempo transcurrió hasta que una mano se posó en tu hombro para liberarte de tu abstraimiento absoluto! Ese día, contemplando aquel salto –bravo, fresco, obstinado, obcecado, ciego–, acaso hallaste los signos con los que cifrarías la imagen de tu vida a lo largo de tu muerte.

[De De la tiniebla, La Esperanza (Tenerife): Asphodel, 2013]

[YO SOY…]

Yo soy ahora el sol. Y tú una palmera. O el agua de un riachuelo. O la sombra cimbreada de esa palmera. O el cauce de ese riachuelo. Yo soy el sol para quemarte en tus alzadas palmas, para sorberte en los hilos de tus aguas. Yo soy el sol ahora y estoy entero sobre ti, sulamita. Rayo a rayo te ardo.

[De Dos danzas (1996-2002), Tenerife: La espera Ediciones, 2014]


CORIOLANO GONZÁLEZ MONTAÑEZ
(Santa Cruz de Tenerife, 1965)

AMANECER EN LISBOA

Mi alma es un muchacho que no se cansa de mirar los muelles
Pere Gimferrer

Debo parecer un intruso, fumando cigarro americano en un balcón de esta ciudad que se resiste a morir.

Soy demasiado joven para estas calles, para estas casas que me acusan de un antiguo esplendor.

Pero yo paseo entre pobres y negros y muchachas de ojos tristes.

Camino entre sábanas, cabalgo en tranvías y subo escaleras, en busca de una estrella tan alta como la colina de Alfama.

No soy tan joven.

Mi tristeza y mi amor son tan viejos como la primera piedra fenicia de esta ciudad, decadente y nostálgica. Como mi espíritu, que pasea por tu recuerdo.

Ulises, tú y yo vimos los ojos del amor en el horizonte donde yace el mar.

[De El largo camino de regreso al sur, en El viaje (Poemas 1984-2000), Tegueste: Baile del Sol, 2002]

[AQUÉL FUE UN VERANO…]

Aquél fue un verano excepcionalmente caluroso. La madre se había quedado en casa. El padre y el niño habían bajado a la playa.
En la arena la habilidad del niño tumbó a la seguridad y a la fortaleza del padre.
Fue un verano caluroso, lleno de días blancos y risas abiertas a la marea.

[De El tiempo detenido, Tegueste: Baile del Sol, 2006]


OSWALDO GUERRA SÁNCHEZ
(Gran Canaria, 1966)

LA VEREDA

Enfrente estaba la vereda recta, la que me llevaría hasta la zafra, en un bordear de barranquillos repletos de nopales, cañas y zarzamoras.

Al final, ocultos entre la maleza, se adivinaban los restos del pozo donde antes había un reloj antiguo y ahora sólo una música oscura.

[De De camino a casa, Madrid: Ediciones La Palma, 2000]

EL VIENTO DE BALOS

El sitio extraña a la mirada: torcedura que se levanta a cielo en un centro de barranco.

Por cientos de años peregrinan los hombres hasta allí, a poner la palma en el lomo, a rodear sus lados de monolito: cuentan su sentir en la tierra a los que vendrán, del primer artista al último.

A escuchar cada grito.

Al principio todo estaba quieto. No era lo esperado. Hasta que en medio del día (cuando los signos quedan ciegos bajo el sol recto), algunas grietas empiezan a decir… Y lo que en un principio era murmullo, poco a poco se eleva por las paredes curvas y ya es lamento, sollozo, grito.

Fuimos a ver los Letreros del Lomo y a escuchar cada grito enredado en su propio viento.

Entonces lo vimos, estaba clavado contra el cielo, giraba como dureza hasta llegar a ser. Afuera, adentro. Como espiral que huye el derretido.

[De Montaña de Tauro, Las Palmas de Gran Canaria: Archipliego, 2004]

[NO ES VERDAD QUE DETESTE A OTROS POETAS…]

(No es verdad que deteste a otros poetas más que a mí. Pero sí es verdad que los otros me detestan a más que yo a ellos, como si creyeran, ah necios, que poseo algún secretillo.

Por Theuth: mientras sólo lo crean estaré a salvo.)

[De Muerte del ibis, Madrid: Ediciones Vitruvio, 2013]


VERÓNICA GARCÍA
(Las Palmas de Gran Canaria, 1967)

LA PUERTA DEL PENSAMIENTO

El pensamiento se estira y sin un fin preciso alarga su distancia. El camino se pierde, y al borde encontramos otras bifurcaciones principales, en apariencia inocentes o ajenas al primer paso, sin saber si son nuestras o de otros que también vagan construyendo el universo sin forma… [La madeja se enreda, pierdo el rastro y, de pronto, surge bajo la sombra una señal oscura como parte de un quicio o palos de madera por los que intuyo la entrada. Los perros la conocen, y la huelen, mas no traspasan su linde invisible, y se alejan. Veo el aire que bordea la vieja puerta, cómo se adueña del terreno; y las sendas de tantos pensamientos olvidados son hoy un desierto o campo de fertilidad neutra donde abundan recodos apacibles que antes constituían el foco de alguna proyección caótica y humana, las angustias que crean el paisaje, y luego abandonamos a su suerte, creciendo las semillas].

… Donde él pensó que caía al abismo, y ella en recoger su cuerpo, mientras la madre, en una noche infiel, vio llevarse los muebles del salón a sus hijos ladrones, y el párroco creyó cerrar la puerta para siempre. Ella, sin levantarse de la cama, supo del día y de aquella exterior angustia, y más, y todos ellos, poniendo piedras, comenzaron la estructura de un templo abandonado a medias por cansancio u olvido. Metas sin importancia, que constituyen la ruina, y son el único rastro que nos dice que por aquí pasamos todos, y cada uno en soledad vivió una vida más real que la otra otorgada, más entera, más consciente del atajo que lleva el claro del bosque.

[De El universo de los náufragos, Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario, 2000]

ÁNGEL

¿Habías volado antes o es la primera vez que tu piel siente el frío ascenso?

No es azar sin causa que las alas nos crezcan en la planta del pie o tras la nuca, cada uno ha de equilibrar su propio vuelo.

Sucede tras una puesta de sol, al pisar un erizo o prolongar el orgasmo: liberados del peso, alejándonos de los que no gravitan. Conservamos lo humano pero ya no compartimos el exceso de luz cuando rompe en amarillo (la visión es aquí un poro abierto al blanco, faro en mar de espuma sola).

No se mueven los planetas ni se suceden las horas, sin aire nacemos al diluvio atonal de los eternos.
Estamos en el vapor que antes fue hielo, en la noche de la duna y el libro en blanco. Atravesamos el corazón de la jungla y caemos, lluvia salada en la herida.

Somos tigres, guerreros del hambre, gargantas cósmicas, amígdalas en Venus, escalofrío de niña que descubre a Dios en su ombligo.

[De Atonal, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2008]


PEDRO ÁNGEL MARTÍN RODRÍGUEZ
(La Palma, 1967)

[ESPERAR TUS PALABRAS…]

Morir es no oír más esta música cálida
que está sonando ahora.
Juan Ramón Jiménez

Esperar tus palabras es esperar esa voz de hojas mojadas, de sabor casi doloroso, de vida temprana y ventanas encendidas que no está hablándome ahora. Es no oír ahora la voz que me inquieta por no oírla, que me apaga por no oírla. Es oírla de la mano del callar, de la mano del silencio, de la mano sola y cierta de la distancia infinita. Es no oír ahora la alegría ausente, la nostalgia corpórea, las palabras que busco debajo de la almohada y quiero acariciar quietas entre mis labios. Es esperar tus palabras mientras vuela la pluma y comprendo que nada hay que comprender, más que 10 que yo sólo sé, el ansia despierta y única de abrirte mi puerta y oír volar y volver las palabras limpias que acaricien mi rostro y vuelvan a posarse en mis manos siempre abiertas.

[De Las cenizas de Irina, Santa Cruz de Tenerife: OAC-Ayuntamiento de S/C de Tenerife, 2000]

[ME GUSTA GUARDAR TUS PALABRAS…]

Me gusta guardar tus palabras… Las tristes, las ajenas, las que te duelen, las perplejas, las llenas de melancolía, las soplo y las vuelo, las borro, las entierro, las regalo a las sombras, las piso, las pierdo en el laberinto del olvido, las muerdo, las escribo en poemas que no entiendo, las cambio de color, las duermo… Me gusta tanto guardar tus palabras, las rojas palabras amapola, las palabras frescas como tu risa, las vertiginosas y húmedas como tu cuerpo, las palabras que me empapan, me embeben, las que salpican mis labios, las que amordazan la tregua, las que respiran ternura, inventan pasiones y sublevan voluntades, las que permanecen en mí, pacientes, perfectas, las palabras que pones en mi café por la mañana, las que me mecen después del abrazo, las que dejas dobladas al lado de la ropa sin planchar, las que besan mis ojos cuando miran, las que andan con tus pies que me acompañan, las que dibujan la vida que vuelve a ser verdad cuando te robo rojas palabras amapola que dices para mí y guardo en las esquinas secretas donde se inventa el calor…

[De Compañera, Tegueste: Baile del Sol, 2005]

DOMINGO

Y, si es posible, perderme en la totalidad… Volar de nuevo y hallarme desnudo de azules; no hay viento, no hay dudas ni orillas que me lleven a lo que ya no soy. La belleza achica el mar y anuncia el lugar perfecto para la plenitud, para la tranquilidad precisa que disfruta de tanto horizonte inevitable… Aquí, ante este cielo rojo, vacío de aves, de palabras, de árboles… He debido estar muy ciego, amor, para no volar y andar tan lejos de todo… Yo, ante este abismo plenitud de luz, de luz, de la luz…

[De Retales y otras contradicciones, Tegueste: Baile del Sol, 2006]

[EL PEQUEÑO MURO…]

El pequeño muro es blanco y rodea el faro a la espalda del mar. Cada día, muy temprano, me siento en él a esperar el calor del sol en mis hombros desnudos. El viento descansa en la sombra apenas insinuada a mis pies. Y todo empieza a suceder por primera vez en un tiempo vacío de tiempo, en la pureza de la serenidad en mí mismo, en este silencio que sostiene el aire que me alimenta y acrecienta la paz esta mañana.

Luego la luz habla a mi costado con frases pequeñas y traza imágenes queridas donde no hay más realidad que una mar y tus paredes, y la memoria se vuelve habitable, sin ventanas que se cierren al olor húmedo de este primer día de febrero.

[De Barcos de papel, Tegueste: Baile del sol, 2012]


MARÍA JOSÉ ALEMÁN
(La Laguna, 1967)

EL ENCUENTRO

La noche era fría como todas las noches de su ciudad, como las noches de su cuerpo. Caminó hasta un antiguo convento para ser espectadora de un concierto. Pero era la música quien la llevaba hasta allí. Sabía que era mejor escuchar unas pocas notas, que permanecer sola en la esquina de la mesa de la cocina, una noche más.
En el patio del convento el jardín le estaba revelando su tranquilo misterio, su secular silencio.
Los músicos esperaban en el escenario. Entre ellos encontró una mirada, que era ajena y suya el mismo tiempo. Se vio en él como quien se descubre en un espejo imprevisto. Había un dolor compartido y no dicho. Reconoció al hombre cuya existencia intuía desde siempre. No hizo nada, ni se movió, siquiera intentó acercarse a él al final del concierto. Sólo se prometió recordarlo, como quien teme olvidarse de sí mismo.

[De Una familia completa, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2009]


VÍCTOR ÁLAMO DE LA ROSA
(Santa Cruz de Tenerife, 1969)

PRIMER EJERCICIO DEL ACRÓBATA

Las piernas largas.
Muy.
Tensas. Tersas.
Abiertas por el justo lugar del misterio. En el aire, trazado invisible, la cuerda que va de izquierda a derecha, de tobillo a tobillo. El funambulista, claro que sonámbulo, transita ese aire surcado de perfumes. La intuición lo guía y por eso no tiemble.
Las plantas de los pies de ella buscando complicidades en la luna y él, desde arriba, abre los ojos para ver abajo la rutilación del hervor. Se hunde en la gruta untadora y vuelve del paraíso sabiendo que encontró el medio, la justa mitad, el lugar, su sitio. El acróbata sonríe desde el espacio entre las piernas y su alegría vivaracha rebota en los ojos de ella, en los ojos habladores, en los ojos recompensa, en los ojos también jardineros. El descubrimiento ha sido.
Ha sido.

[De El equilibrista y los jardines, Madrid, La Palma Ediciones, 2013]


FRANCISCO LEÓN
(Icod de los Vinos, 1970)

[HUERTAS VACÍAS…]

Huertas vacías, desventradas, surcos blancos antes de la ignición de la noche. Tosca ardiente bajo el pie desnudo. Sed de la rama al sol. Silencio invisible custodiando la tierra, claridad sin vida de la tierra mortuoria junto al mar, inmóvil duración antes de todo sacrificio.

[De Tiempo entero, Palma de Mallorca: Calima, 2002]

[PEQUEÑO HOMENAJE A JOAN BROSSA]

Al llegar a aquel pueblo de extraño nombre, comprendí que me hallaba solo y perdido en el valle de los muertos. No había nadie paseando por las calles, nadie en las altas murallas de mi encierro, nadie en las almenas de los cipreses transparentes. Aburrido, recuerdo que bajé por una judería, y al desembocar en la plaza solitaria, vi junto a una fuente a un grupo de muchachas que hablaban entre risas la lengua de los griegos. Al acercarme a ellas y destocarme el sombrero con gracia de cortesano, vi que no eran muchachas, sino estatuas de rígido senos, y vi que en sus ojos vacíos se acumulaba la sombra y el tiempo igual que se agolpa en las ruecas de las Parcas. Quise, decepcionado por mi encuentro, enjugar el sudor de mis sienes en el agua de la fuente. Pero tampoco era agua lo que había, sino polvo, polvo, polvo y fragmentos de un libro escrito con versos de poetas venerables.

[De Terraria, Barcelona: La Garúa, 2006]

[YO QUERÍA SACIAR MI SED…]

Yo quería saciar mi sed, la sed de la boca y del ojo. La sed interior del cuerpo. El libro de la tierra es el libro sagrado, pero también es el libro del cuerpo, y el cuerpo, indescifrable lo mismo que una flor, es una fibra más de la gran red, forma extrema del nudo divino, escritura del mundo. Y este red de fuego es el pensamiento generador del dios. El pintor lo sabía. Sus pinturas aún lo dicen bajo el calor extinto del atardecer. La ventana está abierta. Oigo las cigarras, el rumor de sus cantos que se elevan hacia el cielo nocturno.

[De Dos mundos, Madrid: Huerga y Fierro, 2006]

HERACLES LOCO

Cada pueblo se forja su destino, y sus
enemigos no le hacen cuanto le hace
su locura.
MÁXIMA CRETENSE

Me acuerdo de ti muchas veces. A menudo paseo frente a un atienda próxima mi casa, y contemplo las máscaras talladas en ébano, que tanto te gustaban: el Rey Papú, la faz de Tu-Tu, y la fiera ganchuda de colmillos curvados. Y entonces con vergüenza, recuerdo que le adeudo a tu madre una carta y un regalo, y que tú seguirás ocupada en tus trasiegos por las Cícladas brillantes, perdiendo poco a poco la memoria. A veces he soñado que sigo navegando en el Anna Marú hacia mares sensibles, oyendo la agonía de los émbolos marinos y, arriba, las poleas rechinantes del calor, que me volvieron loco aquel verano. Veo entonces que la claridad se levanta como en una visión formidable y que tú me persigues de isla en isla, a lomos de un delfín con sonrisa de koré. Después, justo a mediodía, armas tu arco con una hebra del sol, y ya eres la Artemisa partena, de brazos longuilíneos, y me lanzas un dardo directo a mi talón. Y entonces me despierto de nuevo en el tumulto de este mundo. Sigo soñando con Grecia, como ves. A los pocos días después de regresar, me sentí herido como un pájaro y me quedé ovillado en el tablero del postigo, aguardando la narcosis de otro invierno. Pero tuve suerte y cayó en mis manaos El coloso de Marusi, de Henri Miller, de quien tanto te hablé. Me bebí sus locuras a borbotones, como se sorbe en el cuello rebanado la sangre tibia del cordero. Creo que así bebía el gran Katsimbalis el jugo de la vida, trepando por los muros de la Acrópolis para cantar un misterio. Hubiera dado cualquier cosa para escuchar contigo, en el amanecer de Atenas, su kikirikí blasfemo. Dicen que todos los gallos del Ática le contestaban un eleison metafísico que desbordaba las fronteras más allá de Tesalónica. Sigo soñando con Grecia, como ves. Pero era un vino demasiado negro tu patria, como un anoche a la deriva por las constelaciones infinitas donde vagan los mitos olvidados, los muertos y sus huesos. Y ningún hombre puede vivir tanto tiempo dejado de sí mismo, alimentado tan sólo por visiones, en perpetua deriva por todo ese espacio vacante de videncia y dolor salvajes. Me acuerdo de ti, y muchas veces, paseando con sentido en mi pecho la zozobra de saber que jamás volveremos a vernos. Ya sabes la leyenda del buen Heracles, al que volvió loco el capricho de tus dioses. Yo creo que fue castigado para salvarlo de sí mismo y sus potencias, pues no había final en sus delirios. Quiero pensar que tal vez, muy pronto, me concedan a mí también el don de la locura y acaso juntamente la dicha del olvido, porque así habrá un día en que ya no recuerde haber amado a Grecia unos instantes, ni haber bebido en tu hombro joven la linfa de las vírgenes de Kíos. Nada habrá existido cuando llegue esa hora, ni nada habré perdido entonces, y poco importará que luego me consuman las furias de mis nervios.

[De Heracles loco y otros poemas, Madrid: Ediciones La Palma, 2012]


ALEJANDRO KRAWIETZ
(Santa Cruz de Tenerife, 1970)

[HACES, EN EL AIRE ABIERTO…]

Haces, en el aire abierto del balcón, en la claridad del aire, en el alba, un gesto, un trazo, un signo, con la mano blanca. Abajo, allá, más allá de la costa, sobre el mar tan profundo de la noche, las últimas trenzas de la oscuridad liberan ligeros ramos de luz rosada. En la soledad de la hora presientes, en las habitaciones, en las casas vecinas, el susurro de las sábanas, el crepitar primero del fuego y el café, el lento, ceremonioso, pero tan leve, deslizarse de las mujeres por pasillos y corredores. Ese silencio que habitabas, quebrado sólo por el poder de una quietud sin límites, se separa ahora, sigue las órdenes de tu mano blanca, de tu signo del despertar. Miras hacia el horizonte donde la noche se disipa: árboles, ruinas, oscuras brumas presientes, tan lejos, allá en el norte, en el horizonte del día y de la memoria. El límite seguro en que las diferencias se disipan y el mundo es el buscado ensueño, la indistinción sin fisuras de las cosas que habitan en el tiempo y no en el tiempo. Hacia ese abismo miras en una mañana que pudiera ser, otra vez, la primera del mundo. Agradablemente, el cuerpo, ajeno a ti, ajeno al laberinto al que el pensamiento y la memoria se entregan, respira la brisa salina, el aire que la noche inflamó en yodos y frescores proscritos en el interior de las habitaciones. Acodado, sobre la baranda, tentando el abismo y las flores de geranio, miras, miras siempre, hacia el oriente en que la noche desaparece. La mañana mueve las ramas de los laureles, y silba, en las esquinas de las casas, en los picos puntiagudos de las pitas. Se agitan, también, las camisas blancas tendidas en la azotea cercana, los cables de la luz. Miras. Miras siempre en esta hora en que el olor, el sabor, el tacto, el silencio, todo se vuelve mirada, todo se torna una determinada gradación de la luz. Sobre la mesa blanca reposan ahora los libros del insomnio, la taza, ya fatigada, de un té lejano, oscuro, secreto en la madrugada. Sobre las sillas, oreadas, las toallas rojas, verdes, amarillas. Nada, así se te revela, te ata al lugar. Ni la oscuridad que se disipa, ni el cordón umbilical de una mirada capaz de detenerse para siempre en el mundo, ni la memoria brumosa de un norte de luz oblicua, de luz pegada al suelo como el tronco leproso de la sabina. La profundidad de la visión, aquí donde lo visible se ve hasta el fin, se reúne, a esta hora, para devolverte a las brumas, a la lluvia leve y ligera sobre otro mar, y a la velada oscuridad en que las cosas lanzan, al centro del día, su pesadumbre, su voluntad de permanencia. En este mismo balcón en el que la claridad no permite dudar de la continuidad de las cosas, la luz del alba añade a los planos superpuestos de los árboles y las montañas su porción de profundidad e interrogación. Con el gesto blanco de tu mano detienes el tiempo, separas el recuerdo, quiebras para siempre el hilo de la palabra que te arroja, otra vez, hacia las rocas inmarcesibles del tiempo.

[RESTABLECE LA ALIANZA…]

Restablece la alianza entre el mundo y el tamaño de tu cuerpo y de tus manos. Ni uno sólo de los dardos que horadan tus ojos y tus brazos ha logrado que pronuncies palabras verdaderas.
Velas, cirios encendidos, en la ermita desierta. Respiras, aguda llama, para qué hombres, con qué ofrendas. Toca, la llama, en la luz de la llama, una oscuridad más secreta que la propia luz. Las velas encendidas hace días, respirando, bebiendo el aire, sin que ningún peregrino se acerque al lugar para buscar la paz del espíritu.

[De Memoria de la luz (1996-1999), Santa Cruz de Tenerife: Servicio de publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias, 2003]

[PRIMERO, APENAS NADA…]

Primero, apenas nada. Una oscuridad, sí, pero muy leve. Aérea. Un vacío respirante que va tomando el espacio sin saturarlo. Unas migajas de sombra. Apenas un rumor. Emergencia del mundo ante el mundo. Un nacimiento oscuro que anuncia la posibilidad de la luz.

[ESTA ES LA TIERRA FÉRTIL…]

Esta es la tierra fértil. La tierra de las imágenes. La tierra abierta a lo visible hasta su fin. Y en las montañas los hombres esculpieron, en claras terrazas por las que gira el grito del sol, los surcos de un lenguaje hecho de hebras de luz y tótems. Escrituras de los hombres sobre la pátina del mundo. Renglones secretos, ofrecidos a los dioses tutelares, para que no se alejen, para que sigan ofreciendo a la tierra el regalo de su epifanía.

[En la orilla del aire seguido de Ascensión, Las Palmas de Gran Canaria: Ultramarino, 2006]


RAFAEL-JOSÉ DÍAZ
(Santa Cruz de Tenerife, 1971)

[YO TE ESPERARÉ DENTRO DE LAS AGUAS…]

yo te esperaré dentro de las aguas. tú no vendrás. los árboles dirán muy juntos tu nombre. tú no vendrás. las hojas formarán al caer una alfombra con tu rostro en el aire. tú no vendrás. llamaré a los pájaros que aunque no te conocen aprendieron tu nombre anterior a los tiempos. tú no vendrás. se callarán las aguas para que pueda oírse el ruido de tus pasos. tú no vendrás. yo te esperaré hasta que vengas. tú no vendrás.

[LAS CENIZAS DE MI HERMANO…]

Las cenizas de mi hermano muerto en este reloj. Cómo tocar con el soplo lo que está protegido por el cristal. Y, sin embargo, en las horas sin sombra, se diría que el cuerpo de ceniza de mi hermano gira, experimenta una tensa agitación en el interior del reloj. En realidad es sólo un puñado de cenizas que responde, tal vez, a una imperceptible vibración de mi mesa. Pero en ellas veo a mi hermano, y deseo soplar sobre su cuerpo, entrar de algún modo en ese lugar cerrado que ahora ocupa. Las cenizas se deslizan lentamente por el orificio minúsculo que une y desune las dos cavidades idénticas. No dejo nunca que se acumulen todas en el fondo, giro el reloj para que su movimiento de trasvase se perpetúe. A veces, al final de la noche, creo que mi soplo logra traspasar el cristal.

[1991-1994]

[De Detrás de tu nombre, Santa Cruz de Tenerife: Cajacanarias, 2009]

[REGRESABA, PERO NO RECUERDO…]

Regresaba, pero no recuerdo de dónde. Fue ayer, pero podría haber ocurrido hace años, tan imborrable me parece la imagen. Fui testigo de una conjunción azarosa, pero el azar (lo han dicho otros, y mejor) es solo el nombre que damos a un destino enigmático. Me detuve en plena calle a mirar el cielo, pero no sentía ser yo, ni sentía haber calle ni ojo ni piernas ni cielo. Vi el resplandor de una luna rozar el borde de unas nubes, y cómo las nubes se desplazaban y la luna brillaba entera rodeada de nubes, y cómo luego las nubes la cubrían de nuevo en su deriva nocturna.

Pero tal vez no he visto nada y es solo la palabra que sueña.

[EN CÍRCULOS, INQUIETAS, EN TORNO A UN ÁRBOL…]

En círculos, inquietas, en torno a un árbol, por delante de mi rostro, entre el árbol y el rostro, atrevidas, incautas, a veces invisibles de tan rápidas, en el silencio de la naciente oscuridad, sólo interrumpido por el ruidos atenuado de los coches al dar la curva entre los dos lados del barranco, proyectadas como pequeños bumerangs negros, pájaros del atardecer, pájaros oscuros que se enfrentan, atemorizados, con la oscuridad de su pequeño cuerpo a la oscuridad indetenible, lenta, voraz.

Golondrinas. Golondrinas que vuelan alrededor de un árbol cuando empieza la noche, y que he venido hoy a ver por segundo día consecutivo. ¿Ocurrirá también mañana? ¿He descubierto un ritual diario con el que estos pequeños pájaros buscan aplacar el hambre inmensa de la noche por devorarlos, por devorarnos? O tal vez se trate solo de un juego, de una gimnasia sin trasfondo, de un hábito instintivo, de una exhibición previa a los apareamientos. Ignorarlo todo, en este caso, no es saberlo todo, pero tampoco es no saber nada. Sé, para empezar, oscuramente, que cuando las golondrinas se abalanzan hacia el árbol que rodean en un parpadeo saben también que yo estoy ahí. Qué saben al saber esto no lo sé, pero sé que lo saben. Algunas pasan muy cerca de mi cara, y luego tienen que dar un giro más amplio para alcanzar el otro lado del árbol que las devuelve a su punto de partida (¿algún nido colectivo?). No siento ningún temor de que me rocen, pero llego a pensar en las consecuencias de su impacto, en la sangre de su cuerpo aún tibio chorreando por mis mejillas, por mis párpados. Pienso –pero siempre fríamente, sin miedo– en la diferencia entre el dolor que yo sentiría y el que sentiría ella, más frágil, en el momento del impacto. Pero sobre este pensamiento pasan enseguida los gritos insistentes y tranquilizadores de unos seres que, aunque parezca imposible, están ahí para salvarnos. No será fácil que lo consigan, pues es inmenso el peso que soportan, la losa inconmensurable del tiempo que pende oscura sobre nuestras cabezas, pero ellos, esos pájaros acróbatas, han salido con toda su pureza, con su agilidad casi milagrosa y con el reclamo de sus voces infantiles en busca de lo imposible.

Yo me he detenido hoy a verlos, como ayer, mientras las últimas nubes aún visibles empiezan a diluirse en la oscuridad.

[De Antes del eclipse, Valencia: Pre-Textos, 2007]


GORETTI RAMÍREZ
(Santa Cruz de Tenerife, 1971)

[EN MI HABITACIÓN…]

En mi habitación tema una caja llena de anillos. Todos los días los sacaba uno a uno, los contaba y los guardaba de nuevo. Luego daba vueltas por la habitación inmensa, donde vivía recluida. Otras veces, para distraer el hastío, jugaba al juego de las letras de agua o encendía incienso de sándalo o me multiplicaba, o contaba los anillos otra vez.

Un día perdí un anillo. Lo busqué por toda la habitación, pero no pude encontrarlo. A partir de ese día, siempre añadía mentalmente un anillo más a la cuenta. Pasó mucho tiempo y olvidé el anillo que faltaba, aunque seguía contándolo siempre. Otro día, poco después, olvidé el anillo mismo y la razón por la cual siempre añadía uno más a la cuenta. Luego olvidé el nombre de los objetos de la casa. Tuve que idear un sistema de tarjetas que grapaba a cada objeto con su nombre: libro, pecera, melocotón. Finalmente olvidé mi nombre. Nunca más supe cuántos anillos tema realmente la caja.

[De El lugar, Tenerife: Paradiso Ediciones, 2000]

LAS GEMELAS

Éramos, las gemelas, idénticas incluso en lo que soñábamos. Si una soñaba con la muerte, la otra veía una casa cercada por el hielo. Si una alzaba el pie, con las uñas aún en formación, la otra giraba tres veces sobre sí misma y después volvía a la quietud. No sabía yo cuál era mi cuerpo, ni sabía ella cuál era el suyo. Como aún no teníamos nombre, era imposible distinguirnos.

Nunca supimos quiénes éramos. Pasábamos los días nadando en la sangre, cogidas de la mano. La estancia era oscura, espesa. Al nacer vimos una luz, y una de nosotras se ahogó. No sé si fue ella o fui yo misma quien murió ese día.

A veces sueño que ella flota en mi vientre. Entonces salgo afuera, a la helada.

[ELLA VIGILA DESDE…]

Ella vigila desde algún repliegue de mi útero, la gemela. No sé cómo sucedió: yo logré salir afuera, pero ella se ahogó en mi cuerpo. Desde entonces quedamos separadas, aunque estamos siempre juntas. A veces la siento respirar o moverse apenas en su reclusión. Entonces ideo enigmas irresolubles: si ha de nacer, si yo he de ahogarme en ella ese día.

La casa es fría y oscura, y vivo sola. También ella vive sola, y en lo oscuro. Ahora duermo. Sueño que nado a través de una extensión sin fin de sangre, con la esperanza de volver a encontrarme algún día con ella, la gemela.

[De La llamada, Tenerife: col. La playa del ojo, 2004]


ALEJANDRO RODRÍGUEZ-REFOJO
(La Laguna, 1972)

[EL MUELLE NEGRO…]

El muelle negro, las aguas azuladas y verdosas del mar, el día despejado y limpio, cuyo vigor anuncia la llegada del verano, la nube quieta y solitaria, en el centro del cielo. Tras el baño balsámico, la palabra justa del sol, el sello blanco de la sal sobre la piel, los pescadores que calafatean sus barcas en la cala, y la conversación de las muchachas que «corren alegres entre las columnas». (Qué lejano e incomprensible me parece ahora el dolor reciente, como si fuera otro el que descansa aquí tendido en la toalla.)

Pero es la nube, que luce arriba su blancura casi al alcance de mis manos, entre la noche oscura del espacio y la noche del cuerpo y la materia, la que pulsa el sentido de lo visible radical. Me complace escucharla largamente, seguir su lenta evolución, los cambios en su forma y su volumen. La calma de la esfera en que se mueve permite su demora, su serena deriva sobre una línea imperceptible del cielo. ¿Estoy mirándola porque ya la he visto? Pudiera ser la nube blanca del pintor o del poeta; pero ésta no: ésta parece haberse concebido sólo para este instante. Su soledad en el espacio azul del mediodía luminoso de junio.

[LA RESOLUCIÓN DE UN PROBLEMA…]

La resolución de un problema implica siempre, debido a la dinámica propia del intelecto, la aparición de uno nuevo.

[De Cuaderno de apuntes, Canarias: Léucade, 2011]


ROBERTO GARCÍA DE MESA
(Santa Cruz de Tenerife, 1973)

[MI OBJETO…]

Mi objeto, prisionero amordazado, repliega sus alas en busca de un hueco sin color. Mi objeto es una gran máquina que carga su combustible de ojos. Mi objeto rota sobre sí mismo, formando una antagónica elipsis. Soy ese giro, pues, una estampa sin deseo.

[De Memorias de un objeto, en Poesía 2, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2006]

[LAS VIDRIERAS DIVIDEN…]

Las vidrieras dividen la sala entre dos pasados. El maestro de la biblioteca respira las palabras de la antigüedad.

El discípulo construye la sombra de su maestro.

[De Los pájaros invisibles, en Poesía 3, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2006]

[VERÁS LOS JUEGOS POLÍTICOS…]

Verás los juegos políticos desde tu seguro rincón de tela. Verás el teatrillo de los buenos modales desde un lugar secreto, lleno de dicha por ser alguien maduro y perverso a la vez. Verás tu cadáver pasearse delante de tu casa. Le saludarás y mañana será otro día.

Conozco una enfermedad que oprime los ojos, que irrita las órbitas mentales. Esta enfermedad se llama silencio y oculta en su interior la crisis que honra a todo hombre.

Quien huye de sí mismo, trata de buscar desesperadamente algo que le sustente la vida: Un aire, una gloria efímera. Pero no. Es el recuerdo fugaz que se mantiene invicto. El recuerdo inalcanzable y el futuro incierto. Es justo. La existencia es para los perdedores.

[De Los cuerpos remotos, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2012]


MIGUEL ÁNGEL GALINDO
(Adeje, 1973)

[EL ESCRIBIENTE REMEMORA…]

El escribiente rememora las sombras de la loriga, el bullicio del agua que es motor principal, las sucesiones que secan al mismo árbol. Su confabulación constante.

El poeta es el filmador. Una larva de ensayadas voliciones.

Amante o convidado, escucha las rozaduras de la ribera, el buen cauce orillado por las llameantes ruinas, los desarmes del corazón. Presiente la iluminaria de la encendida muerte, ansía la pabilosa hacienda. En ella dormitará el amor imposible, la palabra del insomne. La tribulación de los adoradores que cumplieron su parte.

Poeta o asesino, nota el sagrado auto que entera las tintas, las causas de esta respiración, vida rebrotada.
Silencio.

El poema jamás comienza. Sólo se disipa.

[REESCRIBE, CALÍGRAFO NORDESTAL…]

Rescribe, calígrafo nordestal, el poema que suena como la muerte. Úntalo a tus leches maquilladoras, al cuerpo destapado del hijo.

Irrespirable ausencia.

Quizás logres detener las orgiásticas nomenclaturas, la causa que convierte en reliquia a los vermes de la memoria.

[Proemio de la inmundicia].

[De La carne & los lirios, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2007]


MAIKI MARTÍN FRANCISCO
(Santa Cruz de la Palma, 1974)

[TAL VEZ SÓLO PATALETAS DE NIÑA…]

Tal vez sólo pataletas de niña mimosa, o una profunda soledad, un silencio inaudito en medio del ruido cotidiano. O tal vez es lo que necesito, y estos cambios de tiempo en el carácter no son más que una manifestación de las formas del ser. Pero todo exaspera, conduce a querer desaparecer, a cortar el guante blanco que aprieta, cuando en el fondo sólo es un día más, acumulado, un agobio tan mío, tan humano, que no me permito, O simplemente es que no quiero avanzar por donde lo he hecho, porque no quiero comenzar. Pero ¿y volver? Todo el pasado ahora me parece encharcado, lleno de tinta.

[SUCEDE TAMBIÉN…]

Sucede también que a veces hay mujeres que lloran en los taxis o una niña se desespera de la mano de su madre y yo ando sonriéndole a la vida para no sentido, para tratar de impedir el miedo a perderlo todo, a que esta vez sea yo la que llore en el taxi pidiendo a gritos que cambie un poquito algo, que no todo sea tan seco.

[De Y si me declaro inconveniente, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2008]


ISIDRO HERNÁNDEZ
(Santa Cruz de Tenerife, 1975)

BAHÍA DE MORLAIX

Tus márgenes recorro de memoria –como tantas veces–, por donde bordeamos la bahía inmóvil en la mañana aterida. Grisáceas: el espesor salobre de las dársenas, el agua mansa tras un lienzo limpio y el salitre escociéndonos los labios.

No te inquietes; no eres tú quien corre, aunque cada paso que das deshoje para ti las támaras de un sueño.

Recuerdas el sendero; los niños galopando sus cercadas. La bahía es inmensa y pende como un nido de paz para las aves. Risas y festejos nos preceden hasta la Isla Negra y sus almenas de estandartes replegados a lo lejos.

Antigua fortaleza –alguien explica–, prisión para los prófugos, muralla

Pero no escuchas más que esas voces llamándote con una voz que reconoces tuya, aunque sólo sea el eco de otra voz, como tuyo es este resto de ti que te obsesiona, y que ya casi olvidabas allí, en la bahía inmóvil, junto a aquellos que se confunden con los árboles caídos de tu infancia.

[NI SIQUIERA LAS MAREAS…]

Ni siquiera las mareas que jamás han llegado hasta tus puertas tomarían la ciudad en que te sueño.

Ni siquiera el silbido de esta noche podría deletrearme, una a una, las cifras diminutas de tus manos.

[PÁRAMO DE SOLEDAD…]

Páramo de soledad sin huestes.

Cada noche desciendo al corazón en que yaces y rocío contigo tu silencio.

Todo es allí distinto a este letargo lento, aunque otras muchas crisálidas de ti me hablen y me enreden en un lino de sueños, en tus días innumerables, venideros.

[De El ciego del alba, Valencia: Pre-Textos, 2007]


BRUNO MESA
(Santa Cruz de Tenerife, 1975)

LA ESCALERA

Dentro de un inmenso ojo ciego duerme un hombre que vive cada noche el mismo sueño. Un día, al despertar, toma un papel y escribe ese sueño, quizá para librarse de esa absurda repetición.
Hasta mis manos ha llegado ese extraño papel después de vencer épocas y a la burocracia, a la hoguera de los siglos y al hielo del olvido, y a través de otras manos no menos irreales. El texto, que yo juzgo trivial, dice así:

«Dentro de aquel extraño ojo –que recuerdo haber entrevisto en el invierno de 1492 y que sin embargo nunca existió– duerme un ojo ciego. Ninguno de los dos es real, ninguno imaginario.
Hay un desierto infinito que esconde otro desierto no menos dilatado, y hay una calle en Santa Cruz, en el barrio de Miramar, que esconde un abismo donde quizá aún se escuche el eco de las últimas palabras de una madre.

Hay una isla que no existe y que sin embargo señalan los mapas, y una mente que busca in descanso entre los libros preguntas y respuestas, todas absurdas y todas aceptables, y que esconde otra mente en su interior no menos insaciable y paradójica. Hay un marinero que esconde un océano, y una bailarina que oculta un teatro incendiado, y un desierto que cultiva la sed y un grito que invita al silencio.

Yo, el último de los hombres, bajaré la escalera que me separa de la nada, y encada peldaño veré el rostro de cada hombre. Yo sé que los peldaños son infinitos, como la noche, y por tanto que el final no existe, y que realmente no desciendo sino que estoy inmóvil, contemplando mi rostro reflejado en un espejo, soñando un ojo y una calle y un desierto, y quizá soñando estas palabras que nunca existieron.

[De El laboratorio, Madrid: Visor, 2000]

SIN RECOMPENSA

Trabaja con firmeza, día y noche, sin esperar recompensa. Aprende las leyes de la tierra, el dibujo de las constelaciones, y olvida mañana lo aprendido. Abre tu boca hacia el milagroso pan, hacia el agua renacida en el vaso, pero no esperes nunca estar saciado.

Vivir es aprender a desaparecer.

[NUNCA NIEVA EN MI CALLE…]

Nunca nieva en mi calle. Solo en los libros. Voy a la biblioteca a coger un trineo.

[NO HAY OTRA FELICIDAD…]

No hay otra felicidad que no creer en la felicidad. No la busques, porque no está escondida, nadie la tiene, no se posee ni se vende. Marcha lejos de esa idea, tan lejos que la idea misma te resulta absurda. Demórate en ese lugar lejano y olvida todo lo que sabes de ella.
Luego respira, olvida lo que eres, desiste.

Cuando tengas sed, bebe un poco. No hay otro prodigio ni otra felicidad que ese vaso de agua que te espera en silencio.

[De El libro de Fabio Montes, Madrid: Ediciones La Palma, 2010]


IVÁN CABRERA CARTAYA
(Tenerife, 1980)

ESTABA DENTRO

Estaba dentro de la noche, como un sueño se halla en el interior de otro: Sin hacerse notar.

Expuesto a ser reflejado en otra imagen, leía, ante el insomnio de los dioses, páginas invulnerables, inaccesibles como una duplicación de la espesura.

Yesca de no sé qué fuego, ardía en mi cabeza la llama de una fiebre milenaria.

Demasiado crédulo, como un sueño dentro de otro: Estaba dentro de la noche.

[UNA MANO ESCRIBE…]

Una mano escribe y la otra se adhiere a ello. Imaginar un lenguaje es como encontrar un camino nuevo que nadie se atreve a hacer contigo. Será como nadar, ya para siempre, en la playa más difícil y más limpia: La playa que se gana bordeando los acantilados, hiriéndonos las rodillas, sorteando la sed del precipicio, la humedad del límite.

Una mano dibuja y la otra contempla, y en el centro de lo negro hay un trazo equivocado, indócil, que nos lleva a otra parte. Una mano se abisma y la otra retrocede, temerosa: Es la mano instruida.

[De Fragmentos de sentido, Icod (Tenerife): Casa-Museo Emeterio Gutiérrez Albelo, 2006]

PASEO POR LA NOCHE DE VERANO

El encuentro casual. El balanceo de unas ramas ente el balcón. La casa sobre la que espejean, como en un sueño, las sombras que proyecta el ojo de la luna. La luna mira los árboles, cuyas sombras se imprimen sobre el muro blanco de la casa, con la luz recibida por su son que no está. La danza de las hojas que se contonean, custodian los bordes invisibles de unas palabras pronunciadas para celebrar el verano. La conversación inaugura un espacio de perfumes confundidos. El contorno de las montañas limita la mirada que se eleva hasta la Osa. Los animales, que miraron de frente a los dioses que no están, dejaron de temer su sombra construida por los dioses presentes. La música que se escuchaba, hermosa y oscura, parecía una forma de mirar que permite la incógnita, no ser vista. Los laureles, de ramas espesas, desvelaban la densidad sensitiva de la materia, el calor de la noche insular. Los cuerpos alimentaban un paseo demorado y los pies desnudos, hermosos, cumplían un fin incierto.

LA PRESUNCIÓN

Espero. Ahora soy la espera de una llegada. Soy un anhelo y una presunción. Un presentimiento no es una costumbre, y la emoción que siento no es como los afluentes y los ríos negros, que se cruzan y se unen en un delta solo. Soy como el mar a donde regresa la nube sencilla; pero espero otro mar, que es ajeno y parte mía. Va a llegar en cualquier momento y no es la luna; pero como un animal egipcio, hecho de mar y carne luminosa.

[De Bajo el cielo innumerable, Las Palmas de Gran Canaria, Casa-Museo Tomás Morales: 2007]

[EL POEMA NO TIENE TÍTULO…]

El poema no tiene título. Tampoco, como Yeats, le he encontrado un tema –quizás nunca lo tuvo–. El poema avanza tanteando un terreno que no es suyo, y avanza de noche, como un prófugo o un perseguido. El poema, como un mar nocturno, es donde nado, expuesto a los monstruos medievales –‘mare tenebrarum’–, a ser devorado por los animales del fondo, bestias sutiles, de afilado apetito, que se mueven eléctricos en pos de la sangre. El poema no tiene título, quizás ninguno tuvo nunca tema; aunque fuera forzado por los fantasmas ridículos de la interpretación a querer decir cosas que nunca quiso decir. El poema tuvo, si acaso, alguna vez sentido y ahora, muchas veces, lo pierde porque se embriaga, febril, de botellas desconocidas, de licores extraños que saben a fuego y suspensión, a libertad y olvido: el poema se transforma, opera entonces con palabras que no son suyas, que nunca había dicho, que suenan a riesgo y se enfrentan al fracaso. Andan, como los trapecistas, sobre un hilo tendido sobre la caída o la muerte; pero andan sin arrepentimiento, seguras, porque si no se cae y se mantiene, la poesía lo habrá ganado todo, habrá encontrado más de lo que espera. Y si cae, mejor, querrá decir que le aguardaba, todavía, un significado mayor, un destino más alto.

[De Cariátides, Huelva: Diputación Provincial de Huelva, 2007]

Doctor en Filología Hispánica y profesor de la Universidad de La Laguna