Introducción

Si tuviésemos que hacer un breve y sucinto resumen de las características definitorias del tiempo en El color de los sueños, no dudaríamos en decir que el tiempo “psicológico”, como ninguna de las demás dimensiones temporales, es de una profundidad innegable. A Manuel Villar Raso no parece importarle el tiempo cronológico, sino más bien el tiempo interior de sus personajes, como si lo único que valiese fueran sus emociones, sus sentimientos, sus meditaciones y sus sueños.

Conscientes de lo efímero de su existencia, y de estar sumergidos en un tiempo sinónimo de muerte, los entes occidentales de El color de los sueños manifiestan abiertamente su aversión por el fluir del tiempo cronológico. En efecto, el fuerte tono de pre-determinismo, de fatalidad que les caracteriza, hace que tengamos frecuentemente la impresión de estar ante entes literarios con un destino prefijado que, por consiguiente, les impide acertar en sus proyectos.

En efecto, el argumento de la citada obra villariana gira, pues, casi siempre en torno a un mismo problema: a la historia de unos individuos atrapados por su circunstancia, a personajes que luchan continua e irremediablemente entre lo que ya vivieron y lo que viven, entre el pasado y el presente, esto es, entre un tiempo “clausurado” y otro relacionado con el nuevo espacio en el que se desenvuelve su vida.

La experiencia africana de los personajes europeos de El color de los sueños es relevante por permitir discernir importantes significados espacio-temporales. Así que, las frecuentes e interminables alusiones a las introspecciones de dichos personajes villarianos desvelan la disparidad existente entre el tiempo cronológico de los hechos (externo) y el tiempo psíquico (interior).

Ahora bien, vamos a proceder en este trabajo a un acercamiento teórico tocante al término de “tiempo” antes de analizar las ansias manifiestas de eternidad de las criaturas villarianos que protagonizan El color de los sueños.

I. Acercamiento definitorio al tiempo narrativo

Antes de sumergirnos de lleno en el análisis que nos proponemos hacer en este apartado, convendría dedicar unas líneas a reflexionar sobre el concepto de tiempo y sobre algunas de las teorías vehiculadas en lo que se refiere a su definición, tipología y, más particularmente, a sus dimensiones dentro de la narración. Esto nos ayudará a proporcionar un tratamiento metodológico del tiempo y de sus vertientes en El color de los sueños. También será de una gran utilidad a la hora de aportar ilustraciones a nuestro acercamiento a las vivencias temporales de los personajes viajeros de la novela de Villar Raso que estudiamos.

Es conveniente subrayar de antemano el carácter pluri-dimensional del tiempo en cualquier obra narrativa. Emile Benveniste, por ejemplo, es uno de los primeros lingüistas en haber establecido la destacada e importante diferencia existente entre enunciación, enunciado y sus respectivos tiempos. En su Problemas de lingüística general II (1974), el referido narratólogo destaca el tiempo físico como el primer tipo y fundamento de su propuesta[1]. El tiempo físico es, en su opinión, un “continuo uniforme infinito y lineal exterior al hombre” que equivale más o menos al denominado tiempo de la experiencia, es decir, aquel que se concibe como resultado de la observación de los mismísimos fenómenos naturales. Sobre esta primera tipología se asienta el tiempo cronológico, el de los relojes y calendarios. Este último corresponde al tiempo de los acontecimientos y posibilita relevantes vínculos de simultaneidad, anterioridad o posterioridad entre los hechos. Más importante desde el punto de vista narrativo es el tiempo psicológico. Su concepción se fundamenta sobre “la creencia en que la medida del tiempo reside en la conciencia, ya que la vivencia de éste varía de un individuo a otro en función de su estado anímico o de la huella que determinados actos suyos o ajenos hayan dejado en su conciencia.”[2]

El siguiente tipo de tiempo propuesto por Benveniste y que tiene una relevancia particular en los textos narrativos es el tiempo lingüístico. Es una modalidad esencialmente relacionada con el discurso. Su existencia y devenir dependen inevitablemente del narrador, por ser éste el que lo maneja a su antojo. Por otra parte, el tiempo lingüístico dista mucho del tiempo cronológico. El tiempo cronológico es irreversible, estático mientras que el lingüístico es bidireccional. Cada acto lingüístico conlleva su propio centro de referencia temporal con respecto al cual los acontecimientos pueden ser anteriores, simultáneos o posteriores.

Gerard Genette, por su parte, se refiere al tiempo de la historia, es decir, al significado o material, al del relato que corresponde al significante o historia configurada en forma de texto y al de la narración que pone de realce el proceso que posibilita el paso de la historia al relato.

Pero, antes de emprender nuestra lectura del tiempo y de su relación con el espacio africano narrado en El color de los sueños, hablemos por motivos de claridad, breve y nítidamente de las ideas expuestas por Gerard Genette tocante a las dimensiones temporales dentro de la ficción literaria.

En Figures III, Gerard Genette destaca dimensiones temporales que consisten en medir el grado de manipulación del tiempo subrayando el contraste entre la disposición del material tanto en la historia como en el relato. En opinión de Genette, el acercamiento al orden temporal consiste, casi siempre, en confrontar el orden de disposición de los acontecimientos o segmentos temporales en el discurso narrativo con el orden de sucesión de esos mismos acontecimientos o segmentos temporales en la historia.

En la citada obra, el narratólogo francés pone de realce la presencia de tres tipos de alteraciones en el tiempo a la luz de la dualidad historia/ relato: son distorsiones que afectan el orden, la velocidad y la frecuencia. En opinión de Gerard Genette, las distorsiones en el nivel del orden se producen cuando el narrador decide alterar la cronología de la historia adelantando acontecimientos que tendrán lugar más tarde en la historia (prolepsis) o relatando sucesos que transcurrieron en un tiempo anterior (analepsis).Tocante a la velocidad, sus alteraciones conciernen la cantidad de espacio (renglones, páginas…) que el narrador (en el relato) concede a la duración temporal de los hechos en el nivel de la historia. Dichas distorsiones son de cuatro tipos y Gerard Genette las denomina respectivamente escena, pausa, resumen y elipsis. Hablamos de escena cada vez que el tiempo del relato sea casi igual al tiempo de la historia. Las pausas consisten esencialmente en detener el tiempo de la historia. Mientras que el resumen implica condensación, la elipsis consiste en una ausencia total de relato.

Por otra parte, el narratólogo francés estudia las alteraciones de frecuencia destacando el relato singulativo, repetitivo e iterativo. Son distorsiones que permiten ver la cantidad de veces que un hecho aparece en el relato y las veces que se cuenta en la historia.

El filósofo francés, Paul Ricoeur, muestra por su parte, las limitaciones metodológicas genettianas apostando por una nueva manera de pensar el tiempo. En efecto, aboga el teórico por un estudio del tiempo que vaya más allá de la relación entre historia y discurso. A Ricoeur no le interesa, en principio, el tiempo inmanente, textual. Lo que sí se propone es rescatar los vínculos existentes entre el tiempo literario y el tiempo existencial, imprescindibles para su interpretación. Así que, para llevar a cabo su propuesta, Paul Ricoeur parte de la noción de tiempo vivo para luego considerar la narración como un conjunto de operaciones dinámicas que culminan en el lector, instancia a quien corresponde completar la trama atribuyéndole el sentido que merece.

En Tiempo y narración, Paul Ricoeur propone un análisis del tiempo que vaya más allá de la relación entre historia y discurso. La siguiente pregunta suya que insertamos a continuación nos parece ilustrativa al respecto: “¿No es necesario, finalmente, invertir este cambio y considerar el estudio formal de las técnicas narrativas que muestran el tiempo como pervertido, como un rodeo con vistas a recuperar una inteligencia más aguda de la experiencia del tiempo perdido y recobrado?”[3]

Para poner de realce su teoría, Ricoeur recupera la noción de Mimesis desarrollada en La Poética de Aristóteles destacando, de este modo, la articulación entre los tres estadios de la mimesis: desde la idea de mimesis como instancia creadora no como mera copia. El primer estadio mimesis I es el relativo al tiempo de la experiencia, a la vida vivida. El segundo estadio, mimesis II, se refiere a la construcción de la trama, a la articulación de un tiempo no cronológico con otro cronológico y el tercero, mimesis III, consiste en el regreso a la experiencia a través de la apropiación, por parte del lector, de lo narrado y de la narración de esa experiencia vivida.

Nuestra meta no consiste en establecer un esquema temporal que ayuda a esclarecer las técnicas narrativas adoptadas en El color de los sueños, sino únicamente en mostrar de qué manera esta obra, considerada desde los más relevantes puntos de vista, remite a peculiares percepciones por parte de los personajes occidentales del continente africano recreado en El color de los sueños. Es por lo que nos proponemos destacar, en las páginas que siguen, las vivencias temporales de los personajes europeos en los espacios africanos y más precisamente su anhelo por lo eterno.

II. El anhelo de eternidad de los personajes europeos

Los personajes occidentales que desfilan por los renglones de El color de los sueños parecen optar, desde el principio, por una existencia en vilo. Angustiadamente, se muestran como seres aprisionados entre las redes de un tiempo del que se quieren apartar. Son, asimismo, protagonistas que experimentan una soledad irremediable que les incita a buscar algo que llene su vacío, lo que resulta muy difícil de conseguir pese a los esfuerzos que hacen a lo largo de la novela. Como criaturas aisladas, aparecen descritas en la mayoría de los casos en El color de los sueños con una soledad que lleva a cuestas y que se concretiza en su afán de superar el tiempo cotidiano. Quieren algo perpetuo que les colme de goce y que les ayude a romper la rutina que siempre ha caracterizado su existencia. El deseo más íntimo que experimentan los personajes villarianos consiste evidentemente en intentar vencer a la muerte y al tiempo, dos nociones que consideran iguales.

Ahora bien, los personajes de El color de los sueños, para evitar ser engullidos por los obstáculos y dificultades de la vida moderna que siempre les ha aquejado, prefieren ponerse al margen del devenir temporal cotidiano. Pero, ¿cómo logran escapar del fluir lineal de las cosas?

Los viajes que realizan por espacios exóticos, inhóspitos (desérticos, marítimos, montañosos en la mayoría de los casos) del universo africano parecen ser, a priori, la primera estrategia que ponen a su alcance para intentar eternizar el tiempo:

La primera vez que vi al doctor, tan alto, enjuto, pálido y chupado, mirándome
desde unos ojos azules penetrantes, sentí lástima y una ternura indescriptible.
Me lo habían descrito como espagueti aguado, de esos que quitas del fregadero
después de lavar los platos, y primero sentí lástima y luego una ternura tranquila
que pensé que me nacía del convencimiento de no correr con él peligro alguno de
enamoramiento, lo que me parecía ideal para vivir sin ansiedad y disfrutar de este
país a mi antojo y sin tiempo […][4]

La misteriosa atracción que los personajes villarianos en general manifiestan por el continente negro-africano está al origen del desvío de la rutina que caracterizaba su vida en Occidente:

Mientras caminaba de vuelta al hotel, mis pies levantando una nube de tierra
caliente y roja, con el sol cayendo, tuve la certeza de que no me iría de aquel
país y de que nunca más volvería a la rutina de mi pequeña vida burguesa,
conmovida por esta revelación inesperada y esta presencia mágica. Acababa de
apostar por la vida y sus riesgos, por no dar marcha atrás, por afrontar un
destino que intuía cargado de emociones y peligros, que iba a jugármela en
definitiva como él.[5]

Es conveniente puntualizar que el hombre es, por naturaleza, un ser contingente a quien le gusta inconscientemente alcanzar la eternidad. Son muchos los escritores, los artistas, los filósofos, etc. que adoptan posturas concretas ante la impotencia del ser humano frente a este devenir inevitable. A continuación, esbozaremos la postura del escritor, que aquí y ahora nos interesa, es decir, la actitud que Villar Raso adopta ante el fluir irreversible del tiempo que lleva, irremediablemente, hacia la muerte. Este acercamiento a la postura del narrador español frente a la muerte nos permitirá entender mejor a sus personajes occidentales y, por ende, su vivencia del tiempo en el espacio africano en el que se desenvuelve su existencia.

Empezamos aseverando que los viajes que nuestro escritor ha realizado por innumerables y distintos ámbitos africanos han tenido una relevancia particular en nuestro análisis del tiempo en El color de los sueños. Intentando buscar, en efecto, la seguridad interior a través de sus viajes por espacios lejanos, angustiado por el enigma del fluir implacable e irreversible de la vida que anuncia la muerte, nuestro escritor ve en los desplazamientos que realiza, sobre todo los que hace por el continente africano, como una manera de intentar domesticar el tiempo, como una estrategia eficaz para aniquilar, aunque sea por algún tiempo, este enigma de la vida. A este respecto, el mismo escritor asevera lo siguiente: “A veces me preguntan, especialmente tras mi último viaje a Sudán, uno de los países más duros e inhóspitos de la tierra, por qué me gusta África, y mi respuesta es quizás, porque los escritores guardamos en el corazón un niño aventurero y un ser insatisfecho, o porque nuestros personajes, triunfantes o derrotados, son ese hombre que hubiéramos querido ser o que hemos lamentado no haber sido. Detrás de cada vida hay una aventura, real o imaginaria; al fin y al cabo un escritor no es otra cosa que un perseguidor de sueños, un tipo que quisiera detener el tiempo a caballo de una gran aventura. Conrad la tuvo en el Congo, Livinsgtone por tierras del Alto Nilo, la misionera Mary Slessor por Nigeria, Manuel Iradier por la Guinea Ecuatorial, Samuel Baker por Sudan, Ry Cooder por las orillas del río Niger de la mano de un músico genial, Ali Farka Touré, igual que Martín Scorsese, buceando en lo más profundo de su cinematografía Historia del blues, y yo también la he tenido en Malí y en los países del Sahel, donde he comprobado que viajar es pasear un sueño. Manuel Leguineche lo dice de la siguiente manera: “La naturaleza alegre del hombre está en el viaje y no porque piensa que se va a encontrar con algo mejor más allá, lejos del sitio en el que vive, sino huir del tedio de los días repetidos y, osado, por huir del miedo, de esta carrera alocada hacia la vejez en la que todos andamos inmersos.” También lo escribió Moravia y lo piensa cualquier viajero cuando duerme a cielo abierto en el desierto y descubre que todas las constelaciones han decidido asomarse para echarle un vistazo a nuestra tierra. Una sensación de vacío crea en ti una sensación de eternidad.”[6]

Como acaba de ilustrar Villar Raso, la conciencia del hombre contemporáneo se halla sumergida en el fluir irreversible del tiempo que le arrastra innegablemente hacia la muerte. La muerte, siendo, en efecto, una de las realidades con las que nos enfrentamos a diario, aparece, asimismo, como uno de los fenómenos naturales que acarrean interminables preguntas. La presencia de la muerte en la biografía[7] de nuestro escritores es, quizás, el motivo por el cual este fenómeno misterioso va cobrando un protagonismo ejemplar en sus novelas y escritos: “Todos los cementerios de África ofrecen un paisaje semejante: leves protuberancias en el suelo, silencio y soledad. No sé la razón por la que siempre me crean una mayor emoción los sepulcros de la gente anónima que la de aquellos cuyos nombres están escritos en los libros de la historia, tal vez porque son los hombres ignorados, al igual que las plantas del desierto, quienes escriben el argumento más tierno de esa cosa sencilla y quebradiza que llamamos vida.”[8]

Los viajes que el novelista español realiza por el continente africano, tal y como ilustran las palabras suyas mencionadas con anterioridad, aparecen como una manera de desvelar su postura ante la muerte y sus atributos: la fugacidad del tiempo, la extinción del ser, la vejez, etc. Por lo tanto, el ansia de prolongación de la vida y el deseo de alcanzar la eternidad son, como ilustraremos con ejemplos concretos, elementos recurrentes e importantes en las novelas de temática africana escritas por el novelista soriano.

Puede que la vulnerabilidad del ser humano ante la muerte sea una de las razones por las que escritores como Villar Raso que parten de la vida y de las preocupaciones existenciales del ser humano a la hora de elaborar sus libros vayan creando obras literarias con personajes que ansían vivir eternamente, con criaturas que intentan detener este fluir temporal de la vida que desemboca inevitablemente hacia la vejez y la muerte: “Por experiencia, sé finalmente que el mejor plan es viajar solo, sin una idea concreta o preconcebida, en taxi brousse o un todoterreno, en busca de lo misterioso e imprevisto. Cuando lo haces así, por paisajes nuevos y gentes extrañas, eres un hombre abierto a todo y los viajes resultan inolvidables, a pesar de la penuria e incomodidades. Viajar solo tiene sus ventajas.”[9]

Es menester aseverar que el escritor francés Michel Leiris,[10] a semejanza de nuestro novelista, concibe sus aventuras por tierras africanas como una especie de escapatoria al tiempo y a la muerte. Al respecto, el mismo Michel Leiris puntualiza lo siguiente: “Dans le voyage, il semblerait que, se livrant à l’espace et s’y jetant à corps perdu, on échappe par la même occasion à la marche du temps, qu’on le remonte en quelque sorte à mesure qu’elle progresse, et qu’on parvient à annuler tous ses rivages, si terribles quand on reste immobiles et voués à leurs mâchoires, ainsi qu’un minéral friable rongé par l’érosion. Cette lutte qui consiste à lutter contre l’obsession du temps en lui opposant celle de l’espace […] [inachevé].”[11]

En suma existen diferencias en la vivencia temporales no sólo entre las culturas, sino también en el ámbito rural y en el urbano, e incluso, en entornos sociales opuestos.

El concepto de tiempo, ubicado en el marco tradicional africano, dista mucho de la manera cómo las sociedades contemporáneas lo van percibiendo. El tiempo, en los espacios modernos, se define como un fenómeno abstracto que transcurre continua e inexorablemente. En las sociedades animistas africanas, por el contrario, el futuro casi no tiene sentido. De hecho, se adivina clara y nítidamente en dichos ámbitos la superposición de fenómenos naturales (pertenecientes al presente) con elementos sobrenaturales. Los espíritus de los antepasados se hacen patentes por pertenecer a la cotidianeidad del individuo. Interceden los dioses a diario para salvar, proteger, sanar o castigar a los seres vivos.

El color de los sueños, como ilustraremos a lo largo de nuestro trabajo, es una de las novelas villarianas en las que nos beneficiamos con un tratamiento rico del tiempo narrativo. Es asimismo una obra en la que aparecen peculiares maneras de concebir y de vivir el tiempo humano y social.

Los personajes occidentales de El color de los sueños, siendo además criaturas literarias ubicadas en ámbitos tradicionales del África subsahariana, su vivencia del tiempo nos va a servir, en seguida, para destacar su ansia de lo eterno.

Nadie sabe tanto de ella como los dogón, para quienes los vivos
son los muertos -, siguió con ácida ironía. – Hazme caso y quédate
con él. En ningún otro cuadro encontrarías una filosofía más
contundente y profética. Aquí la vida es una mezcla de aroma de
convento y de hospital venéreo, y todo es pecado y muerte, hasta
el sexo.[12]

El ámbito africano donde se halla recluido, por ejemplo, Miguel, el pintor europeo de El color de los sueños, está estructurada vitalmente a través de un calendario ritual basado en una repetición temporal constante y en la renovación de la naturaleza. Cada sesenta años, los dogón[13] celebran las fiestas del Sigui que consagran especialmente a la fertilidad y a la vida. Los disfraces que usan durante esas ceremonias tienen un interés particular por poner de realce el lenguaje de las máscaras. Son, asimismo, disfraces mediante los cuales el espíritu creador transmite la fuerza vital al pueblo asegurando la perpetuidad de la estirpe.

Por lo tanto, las ceremoniales, que los dogón celebran periódicamente, constituyen por sí solas la prueba irrefutable de la manera cómo esta etnia concibe la muerte. La muerte, en opinión de los dogón, no deriva de algo fisiológico, sino que obedece a fenómenos espirituales. Se concibe como paso de una vida a otro tipo de vida, tránsito mediante el cual el fallecido actúa generalmente como mediador entre los vivos y el espíritu de los ancestros.

En suma, el tiempo, entre los dogón, consiste en un ciclo vital en el que la fuerza y el deseo de vivir se convierten en el motor de su existencia. Destacando el significado del Sigui en el mundo dogón, Paul Stoller asevera lo siguiente: “En efecto, si uno lee las transcripciones de las canciones dogón y sus refranes, se hace evidente que ellos han meditado durante mucho tiempo acerca de los misterios de la vida y la muerte. Pero es por medio de sus ceremonias Sigui, llevadas a cabo cada sesenta años, que los dogón dramatizan sus pensamientos más profundos acerca de los imponderables sobre la vida y la naturaleza de la muerte.[…] Los sesenta años entre los ciclos ceremoniales representaban los sesenta años de vida del primer ser humano, Diounou Serou. El Sigui, de hecho, celebra durante siete años la reencarnación del alma inmortal de Diounou Serou en una gran serpiente. La serpiente, simbolizada por la línea serpentina de bailarines descrita arriba, vuela en las alas del viento. El Sigui despega en Yougou. Después de un viaje de siete años a lo largo de las principales villas dogón, el Sigui regresa de Songo a Yougou, el lugar de su muerte y renacimiento. Allí, luego de sesenta años más, el ciclo se repite de nuevo y el mundo renacerá, en 2027.”[14]

Tal y como los dogón que viven entre los ciclos de sesenta años del Sigui, entre la muerte y el renacimiento, el destino de los personajes occidentales de El color de los sueños se presenta de la misma manera. En efecto, el narrador español parece adoptar la concepción temporal dogón en el referido libro. Explicada por ejemplo la citada noción desde la perspectiva de los entes exiliados en África, el tiempo se vuelve asimismo eterno.

Hubo un tiempo en el que me pesaba tanto la soledad que pensé montar un falansterio
de artistas en mi casa de Sanga, pero me di cuenta de que había huido de Occidente para
encontrarme conmigo mismo y deseché la idea de meter a ese occidente podrido en mi
cama. Tenía lo que quería y todos los modelos a mi alcance por una sencilla comida o
un cadeau sin valor, y la mayor colección de obras de arte. Cada poblado dogón es un
museo de máscaras, estatuillas, ídolos, mitos, y leyendas, todas a mi disposición; y las
Evas más hermosas e ingenuas o, en cualquier caso, allí estaba yo para fijar el canon de
una belleza irrepetible, porque su mundo también se está desmoronando. Mi lema, como
el de Gauguin y el de Poe, era y es “huir lejos”, huir hacia lo sencillo, primitivo y sin
influencia exterior, ésa es mi filosofía: describir el mundo desde lo primitivo; huir hacia
el enigma que ocultan esas estatuillas y también hacia la muerte, que es la razón última
de cualquier creación que se precie.[15]

Los acantilados, espacio de reclusión de Miguel, el pintor de la novela, son lugares que reflejan, en efecto, un pueblo replegado sobre sí sin interés por el exterior. Basta con referirnos al pasaje citado con anterioridad para ver que los nativos aparecen descritos sociológica y minuciosamente en la novela como personas que viven al margen de la modernidad. Los dogón constituyen una etnia muy orgullosa de sus orígenes. Como grupo, los habitantes de las rocas desempeñan el papel de defensores de ciertos valores heredados de sus antepasados y su desprecio por la modernidad explica, de algún modo, su interés por defender con ahínco sus tradiciones. Este espacio en el que moran individuos replegados sobre sí, le sirve al pintor occidental de El color de los sueños olvidarse de sí mismo y de los demás.

Es importante y detalle de singular interés puntualizar, pues, que los entes occidentales villarianos no se exilian con la esperanza de encontrar algún bienestar en África. Lo que parece evidente es que, como burgueses aburridos, llevan en sus genes una pasión enfermiza por la aventura: se sienten fatalmente atraídos por espacios desconocidos que descubren fortuitamente y con los que se identifican en la medida de lo posible:

Se le había abierto un apetito voraz y cualquier poblado insignificante le parecía
la tierra prometida: una sencilla jaima agazapada en una hondonada seca, la
presencia dura y despiadada del Sáhara que se abría amedrentadora, las pistas
invisibles en la hamada, las llanuras interminables, las dunas y la enervante
monotonía del paisaje. La soledad que a todos les cortaba el aliento a
él le emocionaba: la acacia solitaria y espinosa que a duras penas daba sombra,
los matojos secos de los wadis, el polvo que los envolvía, el camello y la
camella con su cría, los mirages desparramados por el paisaje y siempre
huidizos. Entraba en una vasta soledad, indiferente y ajena a la presencia del
hombre como el que camina bajo la reconfortante frescura de una arboleda.[16]

El deseo más ardiente de los protagonistas occidentales de El color de los sueños consiste irremediablemente en ir más allá de las apariencias externas para así darse con lo ajeno, con lo misterioso, con lo infinito. Miguel y Marina, personajes europeos muy importantes de El color de los sueños, exploran entre otros espacios determinados paisajes naturales del África subsahariana. Sus desplazamientos erráticos por dichos ambientes vienen motivados por su empeño en ir en busca de lugares aislados (en donde reina una soledad absoluta) para así ponerse al unísono con la naturaleza.

La identificación entre espacio y el estado de ánimo de los personajes es muy notable en El color de los sueños. A la mirada aparentemente inocente de los personajes viajeros de la novela ya citada tenemos que agregar la del lirismo, casi místico, que éstos proyectan desde su interior, de modo que la mayoría de los ambientes africanos quedan detenidos intemporalmente, estáticos. De esta manera algo aparentemente objetivo –el recorrido físico de los entes occidentales por ámbitos geográficos africanos – se transforma en algo subjetivo –“en una topografía espiritual”-, merced a los pensamientos y recuerdos de éstos.

Cabe señalar, por otra parte, que los paisajes desérticos nos pueden permitir espigar ejemplos ilustrativos. Las extensas planicies de piedras pulimentadas de Mauritania que finalizan en planicies y hamadas de piedras interminables ejercen en Marina, la protagonista principal de El color de los sueños, una sensación doble de temor y de verdadera fascinación. El carácter distante e infinito del espacio, el vacío grandísimo que se ofrece de lejos, el silencio que reina en dichos paisajes desérticos hacen que los espacios subsaharianos cobren un significado especial, permitiendo, también, adivinar las experiencias espacio-temporales de los personajes villarianos:

Su tema favorito era el Sáhara, perderse en las dunas de Mersuga
y buscar, Dios sabe el qué, tal vez desaparecer del mapa y de lo
que para él era una vida excéntrica que nunca había previsto,
pegado a las faldas de dos mujeres.[17]

Como ilustra el párrafo ya citado, la tensión, que deriva de la conciencia de los personajes de El color de los sueños de sentirse dentro de los límites temporales, adquiere todo su sentido cuando éstos, llevados por un deseo irrefrenable de perduración, se dirigen a lugares desérticos y míticos del mundo africano que cuadran muy bien con su alma atormentada para intentar olvidarse del tiempo y encontrarse consigo mismos:

Nada importante sucede ni entre las paredes ni en las librerías ni en
las iglesias, son palabras de mi padre, ni mirando por las puertas o
por las ventanas. Un viaje en el espacio es un viaje en el tiempo;
sin viaje no hay búsqueda; sin salir al cosmos, el cosmos no existe;
sin experiencias no hay vida; la experiencia es más amplia que la
realidad, por eso son tan interesantes los marinos y los borrachos.
Hay que salir en busca de caracolas marinas como ellos y trabajar
lo exótico, que es donde están los colores de la imaginación.[18]

La puesta en escena del tiempo es notable en los fragmentos hasta aquí mencionados. En efecto, el espacio africano aparece como el ámbito que contribuye notablemente a la aprehensión del tiempo y a la narración de las vivencias temporales de los personajes occidentales villarianos. Los paisajes africanos descritos en El color de los sueños cobran un protagonismo ejemplar por permitir destacar la predominancia de rutas interminables, de paisajes inmensos e ilimitados que propician la reflexión y la ensoñación de los personajes de la obra.

Cada vez tenemos más evidente que el espacio subsahariano, sobre todo por su exotismo, por la monotonía y soledad de sus paisajes, por las inconmensurables dimensiones de sus desiertos, ríos, montañas etc. ejerce una verdadera fascinación en los personajes villarianos. Es asimismo fuente de juventud permanente por permitir a entes literarios como Miguel, Marina, etc. alejar su pensamiento de la materialidad de la existencia.

En resumidas cuentas, los paisajes africanos por su extensión e inmensidad, constituyen metáforas de lo eterno. No tenemos que olvidar que los personajes occidentales villarianos tienen en común, sobre todo, cuando se hallan en espacios ventosos, montañosos, la obligación de tener que esperar allí sin remedio alguno. Y el mero hecho de llevar días o meses aguantando en un mismo lugar hace que tengan la impresión de vivir un presente eterno. Casi la mayoría de los entes literarios que emprenden viajes por espacios desérticos (por espacios como el Sahara o los desiertos de Mauritania) tienen que permanecer estáticos algún tiempo allí, lo que hace que la espera se vuelva interminable y que el tiempo se experimente como algo muy lento y eterno. En el caso de la travesía desértica de Marina, el personaje principal de El color de los sueños, casi nunca se precisa el tiempo que ella lleva esperando. Lo que sí se menciona es la posición estática de ésta en aquellos paisajes desérticos (en las dunas y hamaga de Mauritania), estatismo de Marina que reviste una doble importancia en la novela: el mero hecho de hallarse en este tipo de paisaje implica una vida exenta de actividades diurnas. La noche y el sueño constituyen los únicos compañeros de viaje de la protagonista europea de El color de los sueños, quien se aferra desesperadamente al recuerdo y a los ensueños, viajes espirituales que refuerzan su tristeza y que tienen tremendas repercusiones en la presentación del espacio subsahariano.

Puede que la estructura cíclica de El color de los sueños sea otro de los pretextos villarianos para desvelar las peculiares percepciones temporales de sus personajes: son las mismas criaturas las que vuelven casi siempre en El color de los sueños: (tema del doble: Marina y su madre, Miguel y Salvador, Marinita y Marina comparten el mismo destino). El tratamiento del espacio y del tiempo en El color de los sueños sugiere también la idea de lo eterno: los paisajes que recorren los entes son casi idénticos. Los espacios que recorre Marina, por ejemplo, tras recibir los cuadernos pictóricos en los que Miguel había captado los paisajes africanos atravesados durante su viaje de huida siguen siendo los mismos. Nada ha cambiado o, al menos, es lo que Marina hace creer al lector a través de las interminables equiparaciones entre los dibujos de Miguel, su padre, y los paisajes africanos que ella va observando con la distancia requerida.

En suma, los viajes que los entes occidentales de El color de los sueños han realizado por el continente africano corresponden metafóricamente con la búsqueda del centro de sí mismos, con la atracción por la eternidad de las civilizaciones negro-africanas frente al paso del tiempo y la muerte que son dos nociones que tanto miedo infunden a los entes villarianos. La idea de espacio que se proyecta hasta la eternidad se ha sustentado en una de las líneas de razonamiento de este trabajo. En El color de los sueños, la sensación de extrañeza reflejada en la técnica de presentación espacial (la perspectiva visual adoptada: mirada distante de Marina, la vuelta de los personajes captados diez años antes en los cuadernos de Miguel, las formas, los colores, las luces, las sombras, los idiomas y demás costumbres africanos percibidos o descritos, etc.) refleja un verdadero conflicto entre lo perecedero y lo imperecedero, entre lo fugaz y lo permanente.

Conclusión

Llegados al final de nuestro recorrido nos parece relevante destacar que Villar Raso ha
sabido aprovechar unos materiales sacados de la realidad africana para construir un espacio narrativo con ricas potencialidades sintácticas y semánticas. El resultado es la elaboración de
un espacio geográfico proyectado hacia la metáfora y hacia el símbolo, una temporalidad que concede prioridad a las experiencias pasadas y presentes de las criaturas, el protagonismo de unos extranjeros que huyen del tedio presente en sus países de origen para así refugiarse en
África, el continente que les permite escapar de su condición de sujetos históricos a través de
un anhelo utópico y nostálgico.

Bibliografía

BAJTIN, M.M. Teoría y estética de la novela. Madrid: Taurus, 1989.

——————-Estética de la creación verbal. Madrid: Siglo XXI, 1982.

BAL, M. Teoría de la narrativa. Una introducción a la Narratología. Madrid: Cátedra, 1985.

BENVENISTE, É. Problemas de lingüística general II (trad. Juan Almela). México: Siglo XXI, 1981.

BOBES NAVES, M del C. Teoría general de la novela. Madrid: Gredos, 1993.

——————————.Comentarios de textos literarios, método semiológico. Madrid: Cupsa Editorial, 1978.

BOUVET, R. Pages de sable. Essai sur l’imaginaire du désert. Montréal: XYZ Editeur, 2006.

DUGAS, Guy, BAUDRY, Robert. Les Carnets de L’Exotisme: Afriques imaginées. Poitiers: Le Tori Editions, 2001.

GENETTE, G. Figures III. Tunis: Editions Cérès, 1996.

GONSETH, F. Le problème du temps. Essai sur la méthodologie de la recherche. Neuchatel: Editions du Griffon, 1964.

GRANEL, G. Le sens du temps et la perception chez E. Hussel. Paris: Gallimard, 1980.

GRIAULE, M. Dieu d’eau. Paris: Fayard, 1966.

——————. Masque dogons. Paris: Institut d’Ethnologie, 1983.

—————–. Dios de agua. Barcelona: Editorial Alta Fulla (Segunda edición), 2000.

NGAMBA, M. N. “El tiempo, los temas y las formas en la novela negro africana postcolonial en lenguas europeas.” (Escuela Normal Superior. Universidad de Yaoundé I. Camerún). En Tonos, 9 (Junio, 2005). pp. 39 y 40.

VILLAR RASO, M. Donde ríen las arenas. Sevilla: Algaida, 1994.

————————–. El color de los sueños. Madrid: Planeta Editorial, 1998.

————————. La mujer de Burkina. Oviedo: KRK Ediciones, 2001.

————————. África en silencio. Madrid: Alianza Editorial, 2005.

NOTAS

[1] BENVENISTE, Émile. Problemas de lingüística general II (trad. Juan Almela). México: Siglo XXI, 1981. pp.70-81
[2] Es preciso subrayar que el tiempo psicológico o tiempo de la conciencia ha sido una de las preocupaciones
filosóficas de Henri Bergson, Edmund Husserl y Martín Heidegger.
[3] RICOEUR, Paul. Tiempo y narración II. Configuración del tiempo en el relato de ficción. (trad. Agustín Neira). Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987, p. 156.
[4] VILLAR RASO, Manuel. La mujer de Burkina. Oviedo: KRK Ediciones, 2001, p.12.
[5] VILLAR RASO, Manuel. Op. cit., p.15.
[6] VILLAR RASO, Manuel. África en silencio. Madrid: Alianza Editorial, 2005, p. 19.
[7] Villar Raso se refiere a la muerte de su hermano en un accidente de minas
[8] VILLAR RASO, Manuel. África en silencio. Ibídem.
[9] Ibídem, p.45.
[10] DUGAS, Guy, BAUDRY, Robert. Les Carnets de L’Exotisme: Afriques imaginées. Poitiers : Le Tori Editions, 2001: « Avant même de s’embarquer pour l’expédition ethnologique à laquelle il participera, de 1931 à 1933 et qui consistera en une traversée de l’ Afrique d’ouest en est, nommément de Dakar à Djibouti, Leiris, âgé au moment du départ de 30 ans, a déjà largement eu le temps de se forger une mythologie personnelle du continent noir et de ses habitants. », p. 193.
[11] Esta última página del Journal (diario en español) sin acabar escrito en 1929 por Michel Leiris, justo antes de emprender su viaje a África, revela por su carácter inacabado el miedo a la vejez y a la muerte que éste refleja en sus obras con imágenes de petrificación, de erosión, de destrucción del yo que tiende a convertirse en minera
[12] VILLAR RASO, Manuel. Op. cit., p. 130.
[13] Al sur de Tombuctú-uno de los emblemas de la lejanía más extrema para la imaginación occidental-, profundo Sahel, en el actual Malí, se extiende a lo largo de doscientos kilómetros el acantilado de Bandiagara, que en algunos puntos llega a los seiscientos metros de altura. Este
acantilado divide tres zonas, una de meseta, otra de llanura y, mínimo hinterland, los escombros que durante milenios han ido cayendo de las abruptas paredes. Aquí en una estrecha faja en la que se unen las tres zonas, hace cuatro cinco siglos se establecieron los dogón, provenientes del Mandé legendario. También la razón del éxodo varía según la fuente; tal vez la presión islamizante, tal vez un conflicto entre linajes.
[14] STOLLER, Paul. “Reconfigurar la cultura.” Antípoda 8 (Enero-junio) (Traducción de Juan Manuel Espinosa), p. 26.
[15] Ibídem, p. 272.
[16] VILLAR RASO, M. Donde ríen las arenas. Sevilla: Algaida, 1994, p.17.
[17] VILLAR RASO, M. Op. cit., p.152.
[18] Ibidem, p.117

*La dra. Ndèye Khady DIOP es docente-investigadora en la Universidad Gaston Berger de Saint-Louis (Senegal)

Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico y periodista nacido en Santa Cruz de Tenerife