Enseñar literatura desde Canarias

Por José Miguel Perera Santana

Presentación

Los días 20 y 21 del pasado mes de enero tuvieron lugar las II Jornadas sobre la enseñanza de la Lengua y la Literatura en Canarias, que organizó la Academia Canaria de la Lengua en Las Palmas de Gran Canaria con la colaboración de la consejería de Educación y Universidades y la viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Los resultados fueron muy satisfactorios. A partir de los planteamientos de los profesores invitados en las mesas, se generó un interesante debate que permitió exponer las principales dificultades con las que se encuentra el profesorado en su labor diaria y plantear posibles soluciones para superarlas. Les ofrecemos a continuación la intervención del profesor José Miguel Perera Santana sobre la enseñanza de la literatura en Canarias.


Los trazos que hoy queremos compartir en este foro en torno a la enseñanza de la literatura desde Canarias parten de una declarada frustración. La misma es resultado de una experiencia y una reflexión continuadas desde hace ya unas dos décadas, y más concretamente desde el momento en el que mi actividad diaria en las aulas comienza, hace ahora quince años. Esta posición en principio alicaída no ha generado en mí, al menos hasta hoy, una actitud pesimista en el día a día de mis acciones docentes, pues en ningún caso mis ansias y esfuerzos se han hundido en la apatía o la desgana. Nuestra disposición no es la misma a la del brío de los comienzos, aunque acaso se torne algo más cabal. Y fíjense que no he dicho realista, pues creo que todo acto humano –y la enseñanza no es de los menos importantes– ha de tener siempre un pie creativo que se superponga más allá de lo estrictamente real, que siempre puede llegar a ser mejor a través de nuestras acciones. Me declaro, en este sentido, consciente y reiteradamente –si así permitieran expresarme– inconformista. Claro que si uno no se conforma es precisamente porque lo que percibe y analiza se contrapone de modo más o menos frontal con lo que cree o piensa; y esto es lo que a mí me pasa histórica y globalmente con los sistemas educativos canarios, incluidos aquellos en los que he participado como engranaje de su comunidad de agentes. Así es que –por mucho optimismo que se posea– sería un autoengaño desde mi perspectiva no malhumorarse y oponerse frente a los más que contradictorios planteamientos que desde las diversas estancias educativas (particularmente formales, pero también no formales) se defienden y difunden. Desde esta losa cotidiana que se opone a algunas de mis convicciones, lógico resultará entonces mi íntimo testimonio perfilado de frustración.

Para entender las raíces del ademán personal al que hago mención habremos de remontarnos a la historia de la enseñanza en Canarias, a partir de la que descubriremos –por poco que uno indague– que la presencia de nuestras circunstancias socioculturales en las aulas solo recientemente ha tomado cuerpo en los planes educativos. Antes de dos o tres escasas décadas lo canario tenía entrada en la enseñanza-aprendizaje si el docente de turno, por conciencia y cuenta propias, lo creía oportuno y necesario. Las realidades socioculturales isleñas como parte de este proceso tenían carta de naturaleza –literalmente– desde la clandestinidad. Esta situación fue cambiando poco a poco con la llegada de la democracia y las autonomías. Progresivamente se explicitaron en los programas de las diversas asignaturas lo que se dio en llamar Contenidos Canarios y que –así decía la legalidad pertinente en determinado periodo no lejano– debían tener una presencia en el currículo del 33% de las materias en cuestión, incluida la de Lengua y Literatura. Las sucesivas legalidades no han hecho más que redundar en este último enfoque que favorece la inclusión de unos determinados puntos del programa que versan sobre precisos aspectos de nuestra realidad inmediata; aunque cierto es –asimismo– que el exigido porcentaje demandado ha descendido.

En la época de la LOGSE se configuró una serie significativa de programas desde la Consejería de Educación entre los que se encontraba el protagonizado por los subrayados Contenidos Canarios, que sostenía como una de sus columnas de existencia el apoyo a la actividad diaria de los docentes. En resumen, intentaba paliar en cierto modo una deficiencia estructural del sistema total educativo canario: la evidente falta de formación del profesorado sobre aspectos que no estaban insertos con claridad, y según las carreras, en las planificaciones de la instrucción universitaria. Esta unidad de programa, que habría que valorar hasta qué nivel contribuyó en sus pretensiones primeras, fue suprimida con la excusa de la famosa crisis económica[1]. No obstante, la problemática que se planteó en su momento se nos muestra de tipo estructural, sistémica, y –con todos los matices que se quieran– sigue siendo el pan de cada día de las circunstancias educativas insulares actuales. Quiero decir con ello que la formación canaria (digámoslo así) de los enseñantes, si bien ha mejorado en algo, deja bastante que desear todavía, a lo que se une una legalidad educativa que en sus propios planteamientos teóricos promueve y fomenta que nuestras particularidades como grupo humano queden siempre en último lugar en los programas, como elementos adjuntos a los bloques principales de los temarios o, acaso, como una parte más de la optatividad que de la obligatoriedad.

Pero todo lo anterior no sería tan complicado de solucionar si las dificultades no fueran, como decía, realmente estructurales, esto es: sociales, colectivas, identitarias. Me refiero al hecho de que en la sociedad canaria, de la que formamos parte los docentes, las familias y nuestros representantes políticos, no se palpa una preocupación profusa que lleve a exigir como indeclinable una impartición de determinados contenidos (por seguir llamándolos de esta reductora manera) que ayuden a conocer y a reflexionar, críticamente, sobre nuestra existencia más cercana. De hecho, para más inri y frustración mía, lo normal es que en la cotidianidad, también en las jornadas consuetudinarias de nuestros centros de enseñanza, entre compañeros, lo canario se perciba como algo secundario o terciario, sin la menor importancia, como hecho exótico o raro, a veces incluso como parte de la gracia, los chistes y hasta del ridículo. A tal extremo puede llegar esta percepción que se torna reincidentemente palpable la paradójica opinión que proclama que, por lo visto, nosotros mismos ni hablamos bien, ni hemos creado arte de valía ni siquiera nuestros acontecimientos pasados pueden llegar a tener el sello de lo histórico; lo que viene a ser, en síntesis, una autopercepción denigrante para con nosotros mismos. Imagínense, si esto sucede con un buen número de docentes, qué pasará en el día a día de las familias de nuestro alumnado, de las televisiones y las redes sociales, etc.

Sé que a estas alturas de mi discurso más de uno se preguntará, con lógica, qué hay del tema del que aquí hemos venido a hablar, el propiamente literario. Mas es imposible, desde mi particular foco de visión, entender las singularidades de la literatura insular dentro del sistema educativo canario al margen del escenario temible y abrumador que se impone desde esta nuestra –consciente o inconsciente– indeseable organización sociocultural. Y, sobre todo, me parecería desenfocar y abstraer el asunto si es tratado solo como una cuestión exclusiva del ámbito de la literatura, pues la puesta en práctica de la misma por nosotros no está exenta de los globales análisis críticos someramente enunciados con anterioridad.

Se entenderá más fácilmente, por ello, que los materiales existentes de los que podemos echar mano no sean ni numerosos ni muy clarificadores para auxiliarnos en nuestro trabajo diario; lo que viene a ser fruto –a grandes rasgos– de una cierta inercia y una no menor dejadez de la estructura histórico-social en la que estamos todos inmersos, según expusimos. Los libros de texto suelen presentar la misma dinámica que los currículos educativos: los literatos canarios se asoman como cuadros informativos en los laterales de los temas generales, cuando no como bloques aislados o cuadernillos adjuntos a los tomos centrales bajo el sello de una edición preparada en exclusiva para Canarias. Esto contribuye, además, a un enfoque excluyente y minusvalorador de los motivos afrontados en tanto que son acercados al alumnado como esferas ajenas a la literatura general, al modo de la anécdota o del nimio orgullo –más burocrático que cierto– de que tiene que ver con el lugar cercano por donde transitamos. Creo que, igualmente, una reflexión paralela y similar habría que hacer ante la presencia en estos años de la asignatura Literatura Canaria en el Bachillerato, que ha tenido siempre el membrete de optativa de obligada oferta. Y lo expreso porque si bien lo de obligada oferta suena complaciente y satisfactorio, lo que manda es su estatus de optatividad. O dicho con rotunda transparencia: que en la práctica casi nunca se imparte. La diacronía que ha seguido el asunto hoy protagonista a lo largo del tiempo ha sido vergonzosamente marcada, en alta graduación, por el paso de la clandestinidad a la optatividad; lo que se traduciría en que el autoconocimiento lógico de una cultura sobre su arte literario, para el caso de Canarias, ha estado al margen de la legalidad o, en la mejor de las salidas, es una triste opción minoritaria resultado del ambiente desolador que se vive para con nuestra comunidad humana aplicada en el arte de la palabra.

Más allá de las adversas circunstancias estructurales expuestas, el profesor de literatura del Archipiélago tiene la obligación de preguntarse a sí mismo, al menos por la propia actividad que ha de desempeñar, qué grado de trascendencia juega la Literatura Canaria en el contexto cultural desde donde ejerce su profesión y, por ende, qué nivel de presencia tendrá que disfrutar la susodicha en la práctica docente. La respuesta a tal interrogante determinará, sin duda, la silueta concreta del camino que tomará en su tarea educativa; y es más que nada en ello donde sospechamos que se dirime el lugar –más o menos importante– que le tocará a nuestra literatura en dicha acción. Sin embargo, y cojamos la senda que cojamos, hay una legalidad vigente (acertada o no, según lo crea cada uno) que no se puede ignorar y que nos exige que tales contenidos sean transmitidos. Y entonces me pregunto: ¿qué ha hecho la inspección educativa durante estas décadas para velar por que tales puntos sean materializados? Así como se ha dedicado en los últimos tiempos a fiscalizar de manera insistente y algo machacona alrededor del último capítulo de las programaciones competenciales y papeleos varios, ¿qué ha puesto de su parte para que los asuntos que hoy aquí nos convocan, y que sí creemos vertebrales e insoslayables, se estén cumpliendo? No se lea detrás de lo que digo una animación a actitudes negativamente policiales por parte de la administración, sino más bien una sugerencia que pudiera acelerar o contribuir acaso mínimamente en la consecución de lo proponemos; nunca desde una posición sometedora sino siempre desde una postura incitadora que invite a la praxis que se pretende.

Me gustaría finalizar esta encorsetada síntesis de mis concepciones sobre la enseñanza de la Literatura Canaria precisando algo más cuál es el enfoque que, visto lo visto en los planteamientos precedentes, materializo en mi cometido como enseñante de esta disciplina dentro de la meridiana asignatura de Lengua C. y Literatura. En primer lugar, y a diferencia del proceder llevado a cabo en los primeros años, me niego con relativa rotundidad a realizar actividades sobre literatos canarios que se sumen a un evento puntual como puede ser el Día de Canarias. Si la realización precisa es fruto de una dinámica normalizada durante la anualidad académica, entonces sí tendrá cabida en el marco que se precise; pero si ha de ser preparada en exclusiva para tal ocasión, mis puertas se cierran tajantemente. ¿Por qué? Porque tenemos algo más que la impresión de que con estas iniciativas circunstanciales reforzamos en los jóvenes aquel esquinamiento de lo canario, propio de las legalidades educativas, como algo anecdótico y efímero. Precisamente lo que defendemos desde aquí es que la literatura de nuestras escritoras y nuestros escritores se regularice como práctica habitual del día a día, de nuestras horas de clase, de nuestras pruebas y nuestros exámenes, de nuestros trabajos evaluados con el mismo rigor que todos los demás. Y hasta que esto no se vehicule en los límites de regularización deseados, flaco favor nos haremos injertando nuestros empeños en una corriente que impulsa –consciente o inconscientemente, insisto– nuestra literatura como algo exótico o arqueológico.

Por supuesto que en esta normalización que defiendo sigue siendo fundamental la presencia de lecturas obligatorias de autores cercanos, muertos y vivos, con los que los adolescentes puedan adentrarse de primera mano en el mundo creativo que alcanzan con sus libros. La visita continuada al centro de los mismos literatos leídos, preparada con clara voluntad y buen provecho (no para rellenar un hueco del horario), se torna esencial en esta vía descrita por múltiples razones evidentes en las que ahora no podemos profundizar, y una de las más importantes es el conocimiento directo de quienes hacen arte fundamentalmente a partir de la misma realidad cercana que los propios jóvenes viven.

La propuesta principal por la que abogo, por encima de cualquier otra iniciativa, para la enseñanza de la literatura pero también para la de la lengua, viene marcada por el signo diario de la preposición desde seguida del nombre propio Canarias, que implica un cambio radical sobre la perspectiva metodológica utilizada frecuentemente. Si bien hablamos de un gesto que ejecutamos y promovemos desde hace años, poco a poco su ejercitación ha ido adquiriendo una más clara musculatura. De lo que se trata, en pocas palabras, es de darle la vuelta a las propuestas de los convencionales enfoques legales y de la mayoría de materiales ofertados, de tal manera que expliquemos literatura desde Canarias; lo cual supondrá que, al partir de nuestra realidad próxima, la misma que a grandes rasgos constituye y conforma la personalidad de nuestro alumnado, nunca quedarán a un lado los principales autores y corrientes gestados desde la cotidianidad mutua del Archipiélago, amén de que todo lo enseñado sea comprendido con mayor carnalidad por la vinculación directa a la vida que sus inocentes ojos observan desde que nacieron. A la par que cosechamos copiosas ganancias procedimentales, infundimos en el ejercicio diario, en el intercambio habitual instructivo, aquella normalización que deseamos y que creemos se aproxima mucho más a una justa valoración de lo que se desea hacer llegar. Queremos comunicar con esto último, especialmente, que el recurso de la perspectiva canaria educativa, que presenta la Literatura Canaria como protagonista y como plataforma desde donde entender las demás literaturas, estructura todo con mayor transparencia pues nuestro arte de la palabra, así, no se explica cual si fuera una trama aislada o aparte (aquel exotismo antedicho) de los supuestos contenidos generales y principales; sino dentro del esquema donde le es históricamente coherente pertenecer: en el de los diversos movimientos hispánicos y europeos de la literatura de Occidente. A excepción del periodo medieval (al que también podríamos acercar desde aquí con determinadas cuestiones), todos los otros momentos y corrientes sucesivos pueden ser explicados, por sus evidentes vinculaciones y similitudes, a partir de nuestra literatura y nuestros literatos, lo que –se comprenderá– supondrá también poder explicar las diferencias y los matices, siempre enriquecedores, de nuestros autores con respecto a los de las otras coordenadas de la literatura en español. Quien quiera que conozca mínimamente a Cairasco de Figueroa sabrá que su silueta personal y literaria es especialmente favorecedora para comunicar no solo los quilates de su arte –que también–, sino todas las diversas características que lo emparentan al periodo renacentista que camina hacia el Barroco; o Fray Andrés Abreu y los poetas de La Palma para el periodo propiamente Barroco; o Viera y Clavijo y el Vizconde de Buen Paso, por poner dos ejemplos, para la Ilustración; y así sucesivamente hasta la literatura de la actualidad.

Si se piensa bien, si caemos en la cuenta y en las ganas de esta vuelta de tuerca metodológica (que en nada se sale de la legalidad), y si la ejercemos con esta consciencia, estoy convencido de que las cosas, al menos dentro del aula y de los centros, serían muy diferentes. Podríamos contribuir, en mayor medida, a que se sientan seres activos en su realidad conociéndola, cerciorándose de que son parte de ella y que, como tal, pueden influir en su construcción y destrucción, en su crítica, en su alabanza. Podríamos enseñarles algo tan básico pero tan olvidado: que su realidad también ha sido literaturizada, que lo sigue siendo y que podrá seguir siéndolo a través de ellos mismos. No sé si los grados de frustración descenderían, pues tanto habrá de cambiar la autopercepción de la sociedad canaria rodeante en su conjunto, que influye sobremanera en nuestros alumnos; pero lo que sí sé es que nuestra actividad docente, conscientemente desde aquí, tendría mucho mayor sentido, para nosotros mismos y para las personas a las que enseñamos.

NOTAS

[1] En nuestros días, casi una década después, vuelve a ponerse en marcha algo parecido a lo que fue aquella aludida unidad de programa, aunque somos bastante escépticos a la hora de pensar que esta otra iniciativa pueda trocar nuestra situación presente.