Ignacio de Negrín

Por Yolanda Arencibia

Sin embargo esta narración difiere esencialmente de las demás en la acentuación de algo que ya se apuntó en la anterior: el tono más que irónico, burlón y desenfadado que asoma más o menos abiertamente en diversos momentos del discurso narrativo. Ya se atisba en el título (síntoma -por cierto- de cierta misoginia burlona que algún extremo del texto permite corroborar) y en el tono humorístico de los distintos lemas de los capítulos: como el «Todo lo vence el amor; hasta a los piratas» del tercero, tras una cita de Victor Hugo («Je suis un malhereux qui vous aime d´amour»); o la evocación burlona del dicho popular en el capítulo cuarto «Cuando quise no quisiste/ Ahora que quieres no quiero, etc.»; o tras los conocidos versos -demoledores- de Byron, en el capítulo sexto, la libre traducción: «El matrimonio nace del amor, como el vinagre del vino…».

El poema parece haber sido escrito como un divertimento dirigido a un lector cómplice que recibe con agrado irónico la versión iconoclasta de temas y modos tópicos de la narrativa en verso propia del romanticismo y que reconoce en el texto el remedo de los lugares comunes de los maestros Zorrilla y Rivas. Podría situarse el texto en la línea de la aparición de las primeras burlas sobre los excesos románticos que indican el principio del fin del movimiento.

Intentaremos ejemplificar algo de lo dicho de modo sucinto.

La iconoclastía de los modos de Negrín puede apreciarse, por ejemplo, en el inicio del poema, cuando para ubicar los «tiempos remotos» de lo narrado intercala, por contraposición, la realidad socio-política del tiempo de la escritura:

Éranse tiempos remotos,
Cuando las costas surcaban
De Algeciras y Valencia
Mil galeras musulmanas.
(…)
En aquel tiempo, decimos,
No le había ocurrido a Francia
que Argel fuese una colonia.
Ni que Beaumont lo tomara,
(…)
No había entonces en los puertos
Esas tremendas escuadras,
Esos flotantes castillos
Parto de la soberana
Inteligencia del hombre
Que cuanto pretende alcanza;
Ni el vapor, ni el magnetismo
En el mundo figuraban
Ni telégrafos, ni túnel
Ni convenios de Vergara
Ni próceres, ni Estamentos,
Ni elecciones, ni jaranas,
Ni Kadetzkys, ni Mazzinis,
Ni Koksutks, ni calabazas.
Entonces había conventos
Que, por cierto, no soñaban
Que viniese Juan-sin puertas
A quitarles las campanas.

También puede apreciarse cuando avanzado el capítulo segundo y a la altura de la octava veintitrés interrumpe la narración con esta salida de tono «metaformal»:

Y aquí corto mi canto, que no quiero
Que importuno me llamen y pesado,
Continuado este metro majadero
Que es un metro además endemoniado.
Mis versos octosílabos prefiero
Con el dulce romance asonantado,
Y pidiendo perdón a los Ercillas
Me vuelvo a mis cuartetas y quintillas.
Pero, Por Dios! antes de dar remate
A las cuantas octavas que he zurcido
He de decir que el moro hecho un orate
Al ver a Doña Luz en el perdido
Barquichuelo, el solemne disparate
Hizo de enamorarse, (…)

Vuelve a repetirse el mismo efecto al final en el cierre del capítulo en que se corta de este modo la narración:

Dejarémosle que bogue
Sobre la azul y tendida
Superficie de las aguas,
Mientras mi musa respira,
Que por Dios, ya estoy cansado
De tanto asonante en ía.

Salidas de tono semejantes se repiten en diversas ocasiones: como en torno al comentario burlón del respeto por la dama que guarda el moro:

Cosa singular, sin duda,
Mucho más en un pirata
Y argelino por apéndice
Cuando en nuestro siglo se hallan
Tantos corsarios que cruzan
Sin pabellón, ni oriflama,
Y allí abordan donde encuen¬tran
El honor de cualquier dama,
Sin preguntar procedencia
Ni encomendarse a la aduana…
(…)
Viendo por fin nuestro moro.
Que llamaremos Ben Zaya,
Estrellarse sus caricias
sus riquezas y sus galas
En la roca indestructible
De aquella virtud sin tacha
Tomó el partido… Lectores,
Apuesto cuarenta octavas
De pie forzado y un dístico
Laudatorio, que es la plaga
Más grande para un poeta,
A que os andáis por las ramas
Sin encontrar el partido
De que ahora mismo os hablaba.
También apuesto un soneto
Acróstico, a que pensabais
Que el hijo de los desiertos
Cansado de almibaradas
Repulsas, adoptó el medio,
Como las tropas cosacas,
De parar el Pruth y habérselas
En descomunal batalla
Cuerpo a cuerpo con la joven;
¡Y por Dios! que en esto andara
Mas cuerdo, asaz y discreto,
Que al fin y postre no es mala
Posición la del que vive
Sobre el país que le agravia.
Pero no señor; el moro
Con la mente trastornada
El corazón hecho almíbar,
Perdido, en una palabra,
De amores, y en consecuencia,
Emborricado hasta el alma,
(…)
Torció el rumbo, punto adonde
Dijo ella que la llevaran.

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Catedrática de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Cátedra Pérez Galdós.