Ignacio de Negrín

Por Yolanda Arencibia

No faltan comentarios desenfadados al hilo de la narración; como el que se intercala a propósito del comentario de la felicidad, que «Mas como haberla completa/ Es una cosa no vista/ Desde que Adán y consorte/ Cometieron la maldita/ Torpeza de la manzana/ Que no cuento por sabida/.»

La misoginia burlona que apuntábamos asoma, esquinadamente, para anunciar un inesperado cambio de viento en el mar («¡Pero infeliz del que fía/ En el viento y en las aguas!/ Infeliz del que a las hembras/ Entrega la paz del alma/ Y a la olas su barquilla/ Y a las nubes su esperanza»). O para insistir familiarmente en la volubilidad femenina: «… ¡que así son todas/ Las que visten por arriba!/ ¡Ay, mujeres! Si los hombres/ Estudiaran la cartilla!/ Pero bah! ¿quién es el sabio/ Que al miraros no se olvida/ Como Adán del mundo entero/ Por probar?…/». O para insistir más adelante «Y que es la mujer veleta/ Que hacia todas partes gira/».
Por fin, observemos -en breve muestra- algunas ironías metaliterarias; como la que imita los finales «en suspensión» de los episodios folletinescos con el remate expectante del capítulo quinto: «Fue Abén-Zaya a la galera/ Capitana conducido…/ ¿Qué fue lo que allí el herido/ Con sorpresa llegó a ver?/». O como la que se encierra en las quintillas de la declaración amorosa, concatenación sin fin de lugares comunes perfectamente identificables e intencionadamente paródicos:

Depón el furor cristiana,
Y mírame sin enojos
Con esa faz soberana;
Que estoy muriendo sultana,
Porque me miren tus ojos.
(…)
¿Qué delito he cometido
Que te pudiera ofender?
¿No estoy a tus pies rendido
Y a obedecer decidido
Tus caprichos de mujer?
(…)
¿Porqué desde que te vi
Mi corazón te adoró?
¿Por qué al mirarte, hacia ti
Voló mi esperanza, di,
Quedando sin ella yo?…
(…)
Yo tengo joyas y fieras,
Y arabescos miradores;
Tengo bosques de palmeras
Que se columpian ligeras
Entre millares de flores.
(…)
Todo es tuyo, nazarena,
La del mirar de paloma,
Bella y cándida azucena
Que abre su cáliz serena
Sobre la alfombrada loma.
¿Lloras? Recuerdo incesante,
Viéndote en remota orilla
Quizás te agita punzante
De algún venturoso amante
Que te aguardará en Castilla.
(…)

La poesía lírica

Gran parte de los poemas de Poesía del mar se encuadran en el marco de la inspiración lírica en variados temas y tonos. El análisis de las composiciones va a confirmar que no es la musa más ajustada al temperamento poético de Negrín aquella reflexiva y lírica, la que precisa concentración y ahondamiento internos. En el intento por conseguirlo, los poemas resultan tópicos, superficiales, poco convincentes. Y puede apreciarse en ellos tonos cercanos a los de la llamada «poesía realista» que ya se dejaba oír con fuerza en España.

Poemas de inspiración amorosa en marco romántico muy cercano al más brioso Byron y al más gesticulante Espronceda es «¡Miserrimus!», una composición de exagerados tonos que se estructura en diez serventesios de catorce sílabas con rima aguda en los pares. Si todas las estrofas rinden tributo a los maestros citados, las cuatro últimas, que se inician con el recurso anafórico de «Me gusta…» siguen muy de cerca a las composiciones consideradas apócrifas del poeta extremeño. Observemos la primera estrofa de la composición y la primera de estas cuatro últimas.

¡Óyeme… yo te amo! la fiebre me devora
Un sed incesante me abraza el corazón!
Para vivir muriendo… maldita sea la hora
En que la luz del día mi cuna iluminó.
(…)
Me gusta ver un campo sin flores ni arroyuelos,
Por ásperas montañas las fieras perseguir,
Me gusta en nubarrones envueltos ver los cielos,
Y en inflamados hornos sus bóvedas abrir,
(…)

En contraposición al anterior, el poema «A una estrella» presenta tonos suaves para cantar el lugar común del ansiado acceso a una inalcanzable estrella. Todo ello en seis décimas de rima excesivamente fácil.
Más afortunados, dentro de la sencillez, son los poemas de la reflexión. Reflexión amorosa es la de «Misterios del corazón» un poema en ocho redondillas, cada una de las cuales encierra un motivo independiente, todos ellos tópicos («¿Por qué en torpe confusión,/ Verdugo de nuestra calma/ Siendo superior el alma/ Vence siempre el corazón?/ ¿Por qué amar para sufrir/ Y sufrir para olvidar,/ Y siendo el vivir penar/ Penar tanto por vivir?/»).

De simplista calificaríamos la reflexión que se contiene en «El álbum de mi amigo Claudio F. Sarmiento», tres décimas que aluden a las tres etapas vitales del hombre; la segunda dice así:

Cuando en el ardiente estío
De la edad viril, el hombre
Corre ciego tras un nombre
Que soñó su desvarío,
¡Qué tenacidad, qué brío
En su insensata pasión!
¿Con qué voraz expansión
Corre, finge, adula, aterra,
Sin otro norte en la tierra,
Sin más Dios que su ambición.

Acentos más auténticos pueden hallarse en algunos poemas de estos poemas lírico-reflexivos. Así, en las doce estrofas aliradas de «Conmemoración»(4), que tienen como asunto el recuerdo de la madre desaparecida y que deviene en recorrido vital por las posibles frustraciones del poeta: «Hay seres desgraciados/ Que para el llanto y el dolor nacieron;/ Capricho de los hados/ O castigo tal vez de los que osados/ A la Razón Eterna desoyeron/»). Así, en «Meditaciones», una reflexión poco original sobre el paso del tiempo, que acaba en poema religioso y acaba en plegaria(5).

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Catedrática de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Cátedra Pérez Galdós.