Ignacio de Negrín

Por Yolanda Arencibia

Diríamos que en tan temprano y juvenil poema se aprecian las notas que van a ser características de la poesía de Negrín: grandilocuencia, fácil versificación efectista, abuso de rimas muy simples, endeblez constructiva…; también superficialidad de temas y tonos, y cierta particular propensión a la ironía, una presencia realzada que tendremos ocasión de comprobar. Señalaríamos como positivo, sin embargo, la energía de los tonos, la sinceridad de su tratamiento y la expresiva lección que se extrae de la literaturización del tema: hostilidad hacia el conquistador y exaltación del héroe vencido. Y también, y como envoltura métrica eficaz, una polimetría al modo romántico fiel a los modelos y nada mal construida.

El Ensayo poético sobre la conquista de Tenerife es un poema de más de mil versos (1.042) que se estructura en cuatro unidades, precedidas de una Introducción amplia y cerradas por un epílogo breve.

En la Introducción expresan la intención del poema once octavas reales elaboradas según los tópicos retóricos clásicos; allí un canto laudatorio a la memoria reivindicativa de los «mártires de la Patria», los guerreros Bencomo y Tinguaro. Las cuatro octavas iniciales se apoyan en la concatenación de cláusulas negativas para preparar, por contraste, la afirmación del motivo del olvido de los héroes, que aparece en las octavas centrales -quinta y sexta-; se lamenta retóricamente el hecho en las siguientes, y se afirma la loa que motiva la composición en las dos últimas. Observemos en las cuatro primeras estrofas el retoricismo del poema, los ecos clásicos de endeble factura, los tópicos formales y conceptuales y el tono característico:

No las orillas de argentado río
Sierpe de plata en campo de esmeralda,
A cuyas flores húmedo rocío
Ciñe brillante con sutil guirnalda;
No el amoroso y dulce desvarío
Del extasiado amante que en la falda
De su querida, busca voluptuoso
Dulce placer y mórbido reposo.
No las astucias con que el bello sexo
(Nombre apoyado en justas convenciones,
Aunque acorde por mí no estoy en ello
Pues hallo numerosas excepciones;)
No las astucias, digo, que destello
Parece ser de fúlgidas regiones,
Ni esa debilidad tan susceptible
Que constituye su poder terrible.
Ni el amoroso y lánguido desvío
Mezcla de coquetismo y de ternura,
De las que saben esconder el frío
Desdén que al hombre baña en amargura,
Ni el verdadero y dulce desvarío
De la que amante muere en su locura;
Que es amor veleidoso en sus ardores
Y nace y muere cual las tiernas flores.
Ni belleza, ni amor, ni el dulce encanto
Que por do quiera muestra la natura,
Prestarle pueden a mi triste canto;
¡Canto de muerte y fiera desventura!
Viertan mis ojos doloroso llanto,
Que disminuya acaso mi amargura,
Al ver que nadie recordó tu gloria
¡Oh Tinguaro! y tu heroica memoria.

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Catedrática de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Cátedra Pérez Galdós.