Ignacio de Negrín

Por Yolanda Arencibia

Para rematar la historia, la cuarta parte del Ensayo poético… anuncia en el título la superación de la veracidad de los hechos («En donde la imaginación del poeta traspasó la veracidad de la historia»). Para el lema, acude Negrín a la reflexión con que se inicia esta parte («Nuestros dolores son siglos; nuestros placeres relámpagos», Anónimo). Tras esa reflexión y la descripción serena de lo que parece va a ser desenlace feliz de la «novela» con la unión de los enamorados (octavillas agudas octosilábicas), sacude la narración un episodio de horror de marcado acento esproncediano: el espectro de Güetón (descrito en cinco unidades de cuatro pentasílabos y dos endecasílabos subrayados fónicamente con rimas agudas y esdrújulas), se alza para apostrofar a los que se han aliado con el enemigo (serventesios decasilábicos de rima aguda). Acabará lanzándose desde la cima y haciendo una aparición macabra en el lecho de los desposados (tres serventesios). Una octava italiana remata una especie de moraleja final.

Observemos algunos versos de las tres últimas unidades:

Sordos rumores
Roncos silbidos,
Fieros bramidos
Del aquilón
En el aire agitándose trémulos
Rugen fieros con lúgubre son.
(…)
Y de Tigayga
En la alta cumbre
Pálida lumbre
Lucir se vio;
Que un semblante fatal, cadavérico
Con su lívida tinta alumbró.
(…)
Hondo suspiro
Lanzó angustiado
Y el descarnado
Brazo tendió;
Y de su pecho con acento lúgubre
Este breve discurso salió.
«Necios reyes, la patria vendisteis,
No sabiendo la muerte arrostrar;
Y cual zorras cobardes os fuisteis
Vuestro cuellos con mengua a entregar.
¡Ah! Pensáis insensatos y ciegos
Vuestras leyes hacer revivir!…
Sólo esclavos seréis… pero luego…
Luego os queda tan sólo morir!…
(…)
Y tu, Dácila, bella, inhumana,
Ve tu amor insensato a gozar;
Pero tiembla no llores mañana
De tu sueño al querer despertar!
Crimen lleva tu raza maldita
Y a sus hijos el crimen darán;
Y en el crimen carrera inaudita
Por do quiera tus nietos harán.
(…)
Restos inertes, pálidos, sangrientos,
De una pasión y un crimen sucio emblema,
Que están allí cual hórrido anatema
El tálamo trocando en ataúd.
Parece estar diciendo a los amantes
En su lenguaje mudo y elocuente:
¡»Sólo en el cielo aprecian justamente,
El crimen, la traición y la virtud!».

Constituye el epílogo del Ensayo poético la recapitulación reflexiva de los hechos del poema y la expresión del dolorido sentir de la derrota. Se remata con unas estrofas dirigidas al Teide cuya presencia cierra el poema como inspiradora de los contenidos de la composición:

¡Monte excelso y gigante
Sobre que mil y mil rayos cruzaron
En huracán tonante.
Y en torbo semblante
Nunca sus huellas hórridas dejaron!
¡Yo, Teide, te saludo!
Inmensa roca triste y solitaria!
Que en tu lenguaje rudo
Está diciendo al mundo
«Aquí fueron los hijos de Nivaria».

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Catedrática de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Cátedra Pérez Galdós.