La dulce Macarena

Cuento de Alexis Ravelo

Presentación de Cecilia Domínguez Luis

Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971), es un escritor que nos tiene acostumbrados a sus éxitos en el terreno de la “novela negra”. Sin embargo, otra de sus facetas, aparte de la de guionista, es la de escritor de literatura infantil.

El cuento que hoy presentamos, La dulce Macarena, no está recogido en ninguno de sus libros publicados -por lo que supone una primicia-, pero además, posee la misma fantasía, el mismo cuidado por el lenguaje que muestra este escritor en todos sus relatos publicados.

Macarena, la protagonista del relato, es una niña especial. Tan especial que está hecha de materiales más propios de una pastelería, por lo que es una niña muy dulce, en todos los sentidos. Incluso, cuando estaba triste, «Macarena lloraba unas gotitas de zumo de piña».

Todo esto le supone un problema y hasta cierto rechazo, lo que hace que se vuelva una niña retraída y sola, hasta que conoce a Ifigenio que es todo lo contrario. Para muestra, decir que tenía ojos de cherne y cabellos de caviar.

De esta manera, los dos se dan cuenta de que se complementan y todo pronostica un final feliz.

Cuento para los más pequeños en el que el autor desborda su imaginación y en el que, sin intención de enseñar o ejemplarizar -algo que ocurre, frecuentemente, en este tipo de literatura, en detrimento de la calidad literaria- nos ofrece un relato donde apuesta por la amistad, por esas individualidades que, al complementarse, logran ser felices.

Muy descriptivo y con un ritmo narrativo muy ágil, La dulce Macarena se lee con facilidad y deja a sus lectores un feliz recuerdo.

Alexis Ravelo
La dulce Macarena

Macarena, según sus padres y los amigos de sus padres, era una niña muy dulce. Y vaya si lo era. Tenía los brazos y las piernas de mazapán. La nariz, de praliné. Las orejas, de bizcocho borracho. Sus ojos eran dos avellanas cubiertas de chocolate. Su pelo, dorado cabello de ángel. Así que sí: Macarena era muy dulce. Quizá demasiado. Ser tan dulce, tiene sus inconvenientes. No podía ir a la piscina ni a la playa, ni quedarse demasiado al sol. Y, además, se veía obligada a soportar que la gente intentara darle lametones o arrancarle una oreja o un trozo de nariz. Total, que sería muy dulce, pero, para ella, ser tan dulce era más bien amargo. Para colmo, Macarena fue creciendo y pasó curso tras curso: de infantil a primaria, de primaria a secundaria, de secundaria a bachillerato. Y cuanto más crecía, más dulce se hacía. Pero ya no tenía tanta gracia tener por amiga a una chica tan dulce. Veía que sus amigas iban teniendo novio y pasaban cada vez menos tiempo con ella. Pero a ella los chicos ni se le acercaban, quizá por miedo, aunque fuera un auténtico bombón.

Ya ni a sus padres ni a los amigos de sus padres les parecía tan bien que fuera tan dulce, porque una cosa es una niña muy dulce y otra muy distinta es una chica empalagosa. Así que Macarena se fue convirtiendo en una muchacha solitaria y algo triste, a pesar de ser cada vez más dulce.

En ocasiones, estando a solas en el parque, se le escapaba alguna lagrimita. Pero aquellas lágrimas no eran, por supuesto, normales, aunque no siempre fueran iguales. A veces, Macarena lloraba unas gotitas de zumo de piña. Otras, miel. Incluso, una tarde en que sus amigas no quisieron que las acompañara al cine, lloró un espeso líquido rojo que resultó ser sirope de fresa. Macarena lo probó con la punta de la lengua. A cualquier otra persona le hubiese sabido de maravilla. A ella, en cambio, le supo a almendras amargas.

Y así pasaba la vida de Macarena: como un largo domingo en una pastelería de barrio en la que los pasteles no se venden y se van volviendo resecos y duros.

Hasta que un día se incorporó al instituto un nuevo alumno. Se llamaba Ifigenio. Tenía los brazos y las piernas de bacalao. Las orejas de jamón serrano y la nariz de churrasco de carne. Tenía el pelo negro, crespo y brillante, porque estaba hecho de caviar. Por labios, tenía dos gambas muy anaranjadas y bigotudas. Y tenía los ojos como dos chernes.

Ilustración de María Bordón

Ilustración de María Bordón Domínguez

En cuanto se vieron, Ifigenio y Macarena se dieron cuenta de que serían el uno para el otro, y resultarían perfectamente complementarios. Se presentaron en la cafetería del instituto y se sonrieron mutuamente mientras el resto de los alumnos les miraba con atención. Fue Ifigenio quien, contemplándola con ternura, se atrevió a decir:

—Ah, Macarena, ojalá el mundo entero se llenara de tu dulzura.

A Macarena la conmovió mucho la ternura de Ifigenio. Era como si aquella fuera la primera vez que alguien la mirara de veras. Como si nunca antes nadie la hubiera visto. Y, al conmoverse, soltó una lagrimita, que rodó por su mejilla. Ifigenio tomó la lagrimita de la mejilla de la chica y se la llevó a los labios. Tras probarla, exclamó:

—¡Zumo de grosella! ¡Mi preferido! —y, después, sonriendo con aquellas dos gambas tan graciosas, añadió—: ¿Siempre lloras cosas tan ricas? Entonces, procuraré hacerte llorar mucho, pero de risa.

Macarena, sonriendo también, dijo:

—¡Qué salado eres, Ifigenio!

—No lo sabes bien —dijo Ifigenio dándole a probar un poco del caviar de su cabello.

Ifigenio hizo llorar mucho a Macarena. Pero, en efecto, siempre de risa, porque era muy ocurrente y sabía muchos chistes. Macarena se notaba dulcísima cuando estaba a su lado, pero ahora le gustaba sentirse así. En cuanto a él, se sentía muy bien junto a ella, en su propia sal. No tardó en llegar el día en que no pudieron estar el uno sin el otro y se hicieron novios. Ifigenio se declaró poniéndole en el dedo un arito de cebolla caramelizada. Hoy son ya ancianitos. Han tenido hijos e hijas, salados como su padre, dulces como su madre. Y esos hijos e hijas les han dado nietas y nietos que son como sus padres y como sus abuelos. Los domingos, toda la familia se reúne en la casa de Ifigenio y Macarena, y se dan grandes festines y se cuentan chistes y se recitan poemas y se cantan canciones. Su plato preferido es el melón con jamón.

Ilustración de portada de María Bordón