Situación de la poesía en Madeira

Coordinación de Leonor Martins Coelho

La Poesía en Madeira,
por António Fournier

La actividad poética en la isla de Madeira durante el siglo XX tuvo como principal epicentro y núcleo aglutinador los cuadernos Ilha, dinamizados por el poeta y periodista José António Gonçalves (1954-2005). Sin tratarse de un verdadero movimiento literario, pues le faltaba un ideario o un simple programa estético común, y con una proyección mínima «tanto a nivel regional como a nivel de la poesía portuguesa» (Ana Margarida Falcão, «Inquérito Ilha»), el proyecto tuvo el don de incentivar la producción poética en la isla, en un contexto muy pobre en estímulos culturales, aunque receptivo en la voluntad de democratizar el acceso a la literatura y dar voz a los nuevos temas y a las nuevas sensibilidades.

Nacida de una página cultural del Jornal da Madeira, titulada Poesía 2000, animada desde 1973 por un precoz Gonçalves, entonces con 19 años, la primera antología fue publicada en marzo de 1975, reuniendo a siete jóvenes poetas en torno al topónimo Ilha, que vendría a constituir insistente leitmotiv de otras recopilaciones individuales o colectivas de ese periodo (A. J. Vieira de Freitas, Da ilha que somos, 1977; João Carlos Abreu, Da ilha & de mim, 1980; Carlos Nogueira Fino, xxiii poemas de ilhamar, 1987; Fátima Pitta Dionísio, Edifiquei-te uma ilha, 1989) y constituyó una auténtico «golpe sobre la mesa» (Francisco Freitas Abreu, «Inquérito Ilha») «contra el inmovilismo literario que existía en la época » (José Vito Barreto, «Inquérito Ilha»).

Sucesivamente, en gran medida por la voluntad y la persistencia del organizador, siguieron Ilha 2, Ilha 3 e Ilha 4, respectivamente en 1979, 1991 y 1994, todos publicados por la Câmara Municipal do Funchal, como sancionando el reconocimiento institucional de la existencia de «la poesía en la ciudad». En 2008, por iniciativa del hijo del autor, Marco António Gonçalves, salió Ilha 5, que reunió a casi todos los poetas de los números anteriores, en una especie de homenaje póstumo al organizador. Tal proyecto, por su longevidad, constituyó en palabras de Carlos Nogueira Fino, otro de los poetas participantes, «el movimiento más consistente del siglo XX en el dominio de la poesía que se hacía en Madeira, con capacidad de integración de poetas de origen y formación diversos» («Inquérito Ilha»).

Más allá de la capacidad de integrar estímulos dispersos y de contribuir a la concienciazación del fenómeno poéticos de los propios autores, mucho de los cuales se encaminarían a partir de entonces a desarrollar un recorrido personal en la poesía, el proyecto Ilha tuvo el gran mérito de funcionar como catalizador en relación a otros estímulos nacidos por adhesión o por reacción ante la fiebre luminosa de Gonçalves, el único agente cultural capaz de hacer de mediador entre dos épocas distintas. De hecho, entre las dos primeras recopilaciones, publicadas en los años 70, y las dos últimas, publicadas en los años 90, transcurre un importante hiato que corresponde a una sensible oscilación del panorama cultural madeirense, con el crecimiento y la consolidación de la capital de la isla como centro productor de cultura.

En primer lugar hay que destacar el papel de la Direcção Regional dos Assuntos Culturais, organismo público que aseguró durante los años 80 la publicación de varios volúmenes de poesía, culminando con Os dias contados (1990), el primer libro de José Tolentino Mendonça, un poeta que vendría a afirmarse en el panorama nacional. Por otro lado, en los años 80 se asistió a la formación de la comisión fundadora de la futura Associação de Escritores da Madeira, a la par de otras iniciativas como los Ciclos de Poesia Madeirense, animados por Maria Aurora Homem, y los proyectos colectivos inteartísticos Poet’arte 90 e Vers’arte 91, organizados siempre por José António Gonçalves, y que culminaram, a su vez, en la exposición colectiva Olhares Atlânticos (1991), auténtica embajada de poetas y artistas plásticos madeirenses en la Biblioteca Nacional de Lisboa.

Podemos afirmar, pues, que si los años 40-60 fueron los años de la narrativa de ficción en Madeira, con una generación de escritores tan heterogéneos como Horácio Bento de Gouveia, João França, Ricardo Jardim e Carlos Martins, capaces de dar un paisaje literario madeirense en la trama de sus novelas, los años 70-90 fueron los años da poesía, donde se afirmarían nombres como José António Gonçalves, Irene Lucília Andrade e Carlos Nogueira Fino, entre otros. Los años 90 corresponden, por otro lado, a una problematización de los estímulos culturales. En primer lugar, con el surgimiento de la Universidad de Madeira y la progresiva formación científica de un grupo de estudiosos, capaces de realizar por fin aquello que ya en 1994 era sentido como una necesidad, o sea un «trabajo de fondo que reúna todos los desahogos y acusadas voluntades separadas por las introducciones a antologías, trabajos individuales meritorios, pequeños opúsculos y ensayos» (José Laurindo Goes).

Los años 90 también se caracterizan por el nuevo impulso dado por la revista literaria Margem, que había tenido una breve y efímera existencia entre 1980 y 1982. Dinamizada ahora por Maria Aurora Homem, a quien se debe también la organización de la Feria del Libro de Funchal, al retorno de la revista, que pasa a ser el primer instrumento de divulgación de la producción literaria de –o sobre– Madeira, surge toda una serie de iniciativas entre las que la creación de un acuerdo con una editora nacional, Campo das Letras, para la creación de una colección dedicada específicamente a los autores de Madeira. En ella vendrían a publicarse algunos importantes libros de poesía, todos de gran calidad: O Deus Familiar de Carlos Nogueira Fino (2001), Água de Mel e Manacá de Irene Lucília Andrade (2002), O Templo Móvel de Laura Moniz (2002) y O Fogo e a Lágrima de José Laurindo de Góis (2003).

El momento más destacado de la colección fue la recopilación Pontos Luminosos (2006), que reunió poesía madeirense (la selección de autores de Maria Aurora Homem tenía el trabajo ya realizado por Gonçalves, a petición de aquella) y poesía azoriana (seleccionada por el crítico Urbano Bettencourt), del siglo XX. Como tuvimos ocasión de decir en otra ocasión «es la primera vez que la poesía atlántica portuguesa (ninguna otra poesía regional [portuguesa] podrá reivindicar ese rasgo distintivo tan nítido) es asumida como un todo, abarcando dos universos de referencia muy próximos que prescinden de lo específico para recuperar en mayor provecho un denominador común insular »(Fournier, «Electrolírica»).

Ahora bien, si la poesía de Madeira y la poesía de Azores nunca estuvieron tan próximas, la verdad es que se perdió una oportunidad única para un verdadero diálogo y poco quedó de ese encuentro esporádico: los dos archipiélagos que continuaron dándose la espalda. Esto prueba lo difícil que es establecer una verdadera estereofonía atlántica, con la dispersión endémica de los centros atlánticos y las dificultades logísticas y económicas para crear y prolongar momentos de verdadero intercambio de experiencias. En este sentido, podemos afirmar, con cierta seguridad, pues no es posible historiar un proceso todavía en curso, que la época de oro de la poesía en la historia madeirense se acabó con la muerte de dos figuras de referencia en el panorama cultural funchalense: José Antonio Gonçalvez, en 2005, y Maria Aurora Homem, en 2010.

No obstante esto, la poesía de autores de Madeira a nivel nacional está bien representada con Herberto Helder, nacido en 1930, el mayor poeta portugués vivo. Otros dos nombres sobradamente conocidos son los de José Agostinho Baptista, autor de uno de los momentos más sobresalientes de la poesía al final de los años 90, con Agora e na hora da nossa morte (1998), uno de los libros de raro éxito que supo captar un sentimiento latente de orfandad y de pérdida (otro fue Morreste-me, de José Luís Peixoto, ambos tratando el tema del luto por la muerte del padre), y José Tolentino Mendonça, capaz de captar, a su vez, la búsqueda difusa de una nueva espiritulidad en lo cotidiano, a partir de la lección de escritores católicos como Simone Weil y Cristina Campo.

Otros proyectos anunciados, como el número 29 de la revista Margem que en su segunda época (1995-1910) acogió varias veces contribuciones poéticas, aunque sin especial atención a la poesía (si exceptuamos el número 3, dedicado a Herberto Helder), pero que Maria Aurora Homem, también ella autora de libros de poemas, intentaba prestar atención a la nueva poesía madeirense (un proyecto frustrado por su muerte, pero que atestigua ya la necesidad de renonovación); o como los anunciados Cuadernos de Santiago, dirigido por el poeta José de Sainz-Trueva, que quiere reunir en 2015 poetas nuevos y consagrados, son todavía hijos de aquel mismo estímulo, a pesar de que anuncian ya una nueva generación de lectores, más informados y pertrechados para una recepción crítica de la poesía hecha en Madeira.

Para concluir, puede decirse que la poesía en Madeira según los caminos que intentó trazar y consolidar puede tomarse, cuando se interpreta bajo un estímulo colectivo y coral, como instrumento de emancipación poética en relación con una sociedad generalmente poco receptiva y, a nivel nacional, como iniciativa colectiva de legitimación y llamada de atención sobre la existencia de una comunidad literaria, activa y creadora, como la madeirense. El antecedente ilustre es claramente Archipiélago (1952) que reunió otro conjunto de poetas jóvenes entre los cuales sobresalía Herberto Helder que vendría a ser el mayor punto de referencia de la poesía portuguesa contemporánea, y también la presencia tutelar que planea y asombra, más de lo que ilumina, la poesía de los otros autores de Madeira.

Ahora bien, cualquier antología, género generoso y también ingrato, tiene asimismo sus artimañas. Ninguna realidad se afirma con la reunión de propietarios. Cada poeta traza su camino y, si tuviera valor, será reconocido como tal, siendo verdad que solo aquellos que salieron de la isla (aunque no todos) tuvieron posibilidad de ver su poesía reconocida en un ámbito nacional y estos, salvo raras excepciones, no consideran ningún menoscabo participar en proyectos colectivos regionales. O como hemos advertido: «la antología insular, por su rasgo específicamente geográfico, está inevitablemente obligada a situarse en la distancia entre tótem y tabú. Considerando que tótem corresponde a los poetas reconocidos en un universo de recepción mayoral del que participan, esto es, ante el que están un paso atrás, esperando traiga un aumento de esplendor al conjunto, y tabú, aquel umbral de aceptabilidad que corroe la elección consensual del seleccionador [la llamada ficción de imparcialidad] y que frustra la aspiración individual por parte de los otros, los excluidos, de participar en el álbum de familia. Todo depende, como se sabe, de la distancia a partir de la cual se observa la realidad, nunca olvidando que ese olvidar para seleccionar es fundamentalmente el mismo que lleva al canon nacional a no obliterar los nombres […] incluidos». (Fournier, «Electrolírica»).

Nacido de este equívoco estimulante, siendo la poesía hecha en Madeira, como en cualquier otra parte, un sub-producto cultural, además en un medio como el portugués donde las referencias poéticas fueron pulverizadas por otros estímulos más comerciales y los poetas ya no se reconocen o no son reconocidos como pertenecientes a grupos generacionales ni a idearios literarios, hay que consolidar antes que nada los nexos de solidaridad y reconocimiento por parte de una comunidad de lectores tan exigua y frágil, tan generalmente desinteresada por el fenómeno como continúa siendo la madeirense, en vez de intentar desesperadamente la búsqueda de reconocimiento por parte de un centro que no existe, si es que alguna vez existió.

Desgraciadamente, esa ilusión de reconocimiento alimentó, y continúa moviendo, los esfuerzos generosos de los pocos investigadores de la poesía madeirense. Reconocer un centro en Lisboa significa reconocerse de inmediato como marginal y periférico (la revista cultural Margem lleva ostensiblemente esa etiqueta). Significa sobre todo atribuirse un estado de minusvalía literaria, al tenerse por pequeños aprendices de hechicero, como hijos de un dios menor.

En realidad, no es preciso intentar a la fuerza una demostración del propio lugar en el mundo, cuando ese lugar ya existe, y está legítimamente ocupado. Y ese lugar es el tributo de Madeira para el gran proyecto, transnacional y plurilingüístico, libre y multiforme como un cardumen de peces, como el de la gran poesía atlántica. Una poesía que sepa testimoniar, retratar y problematizar la experiencia de la insularidad, la más humana de las experiencias.

Referencias bibliográficas

AA.VV, “Inquérito Ilha” en Um dia com José António Gonçalves. Margem 2 [n.°24], Câmara Municipal do Funchal, Maio 2008, pp.108-116.

FALCÃO, Ana Margarida, “O Funchal na poesia insular do séc. XV ao séc. XX” in AA.VV., Funchal (d)Escrito. Ensaios sobre representações literárias da Cidade, 7 Dias 6 Noites, Vila Nova de Gaia, 2011, pp.77-113.

FOURNIER, António, “Electrolírica”, in Tribuna da Madeira n.°377, 29 de Dezembro de 2006, pp.26-27.

GOES, José Laurindo, “Idade da poesia”, in Islenha n.°14, Drac, Funchal, Jan.-Jun. 1994, pp.72-75.

SANTOS, Thierry Proença dos, e António Fournier, “Antologias, traduções e redefinição dos mapas da cultura – o caso madeirense” in AA.VV., Letras Convida n.°6, CLEPUL, Lisboa, 2012-2013, pp.102-111.

[Traducción de Daniel Armas Núñez]

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