Situación de la poesía en Madeira

Coordinación de Leonor Martins Coelho

20 de febrero

Tendrías que haber visto el derrumbe del cielo. Llovió durante horas y, de repente, la sierra se desprendió y cayó sobre la ciudad. Las riberas se desbordaron, invadieron la isla en un atropello pavoroso. La tragedia desfiguro las calles, las casas, arrastró a gente indefensa, un alfombra espesa de lodo y piedras estranguló todos los salidas, el tronar de las aguas sofocó las voces, el pavor heló el alma. La catástrofe asfixió cualquier palabra. El desvarío del planeta enrabietado, despeñado sobre esta pequeña isla del Atlántico, me secó la garganta y las vísceras, y toda el agua del cuerpo me salió dolorosamente por los ojos. ¿Qué horror es este? ¿Qué le sucedió a esta tierra y a mi gente?

Quedó, por un momento, la mirada pasmada entre el espanto y el pánico. Mas la gente no paró. En un arrebato de energía espontánea y solidaria el pueblo ayudó al pueblo, hizo recular al miedo y, lentamente, la isla volvió a respirar. Es esta la fuerza del alma que necesitamos aprender.

Esta tragedia dejó marcas que nunca serán conocidas. Lo que queda adentro del sufrir, es un dolor extraordinario, único e inextinguible, que no se podrá compartir.

Imaginé que así me ahorraría
los espinos
de esta aflicción sin nombre.

mas hoy la sombra de Dios descendió
sobre los abismos y la tierra gritó
un pánico ancestral ante un dolor
nunca antes confesado
y Dios pronunció un verbo terrible
de dimensiones desconocidas

nada me es dado saber
sobre esta fuerza que desde algún lugar
desata estas colosales señales
estos ecos abundantes
de un supremo obrar
que barre el lodo

que barre el lodo y el estruendo
como quien limpia
el corazón lastimado de la montaña

[Um lugar para os dias. Lisboa, Chiado Editora, 2013, pp. 191-192]

TE confieso: esta gente anda dentro de mí, inquieta, de un lado al otro. Esta gente, todo el lugar, desde las piedras a los muros, hasta la respiración del tiempo. Andan dentro de mí como un cuerpo único, una montaña de sangre y nervios con alma y todo. Tras muchos años siento este despojo de náufragos bogando en un limbo cruel, sufriendo penas inmerecidas, olvidos desleales, a la espera de un cielo que los redima y dé la debida acogida a los que no tuvieron justicia, a los que vivieron en silencio y en silencio murieron porque nunca se les dio voz, tan insignificantes que eran sus vidas, trabajos y placeres.

Se haga ahora la justicia que el tiempo y la bondad divina guardaron para ellos. Bondad divina quiero llamar al poder de dar rostro a la memoria, o la cuchilla de Mnemosine que determina el coraje ante la temeridad de defender causas perdidas o destinos ignorados. Destinos de los que nunca habrá mención en los registros genealógicos o biografías en los archivos. Esta tierra y aquellos que lo habitaron son los hilos del tejido de una trama significativa que viste mis afectos. Si por arte de una verdad íntima los caminos pueden ser páginas donde la vida ejecuta la escritura de los pasos aquí se hacen letra para que yo descubra este rostro y despierte al espíritu de una senda antigua.

Así la cuchilla de Mnemosine se convirtió en el afecto que impresiona la película de la memoria, una luz feliz trazando a la vista del recuerdo las formas blancas que dieron relieve a un espacio y a un cuerpo que hago crecer por el don que tienen las infancias, magnífica amplificador de lo simple, inusitados placeres, serenas utopías y fértiles alucinaciones. Cosas que por ser fundamentales no tienen explicación.

[“Gente pequena”, en A Penteada ou o fim do Caminho. Lisboa, Editorial Diferença, 2004, pp. 14-15]

LAS islas son metáforas absolutas creadas por la inspiración de los pueblos. Incitan a poderosos y visionarios y forjan el dilema trágico que se manifiesta en el conflicto entre la exigüidad territorial y la fuerza de la energía telúrica. Casi siempre son consideradas extensiones del Paraíso y caen presas de la pasión de los que sobre ellas descargan la avidez de sus intensos amores. En algunos casos dejaron de ser espacios mágicos para ser poco a poco y desordenadamente descubiertos e invadidos. Ejemplos de Paraíso existen todavía en los pequeños espacios escatimados a los depredadores, donde la Naturaleza se conserva inhóspita, o en las parcelas habitadas por los hombres que no perdieron el vínculo armonioso que los liga a su origen. Estos espacios poseen una territorialidad que afecta a quien en ellos se detiene: exacerban el sentimiento, estimulan la ansiedad, quiebran las energías para favorecer la sumisión al ímpetu devorador del paisaje. Los que sorteas estas señales y no se dejan marcar por el estigma de las claustrofobias, mantienen con ellos una relación de equilibrio que una activa inteligencia consigue nutrir para la creación de un imaginario silencioso, no siempre manifestado, pero permanentemente sufrido, sin ruta y sin eco.

Los conflictos generales de los pueblos emanan de su preocupación por la riqueza. Dominados por el síndrome de la pobreza y perturbados por el fantasma de las pequeñas dimensiones los isleños sufren de una dependencia exógena que a veces los domina. Las islas son mundos paradójicos. En ellos se vive la angustia por la escasez de caminos y por la líquida asfixia del horizonte. Mas entre el vértigo con que es arrastrado hacia las grandes fortunas, disperso y diluido en la desmesura de los espacios, seducido por la multiplicidad de los convites y confundido en el atropello de la abundancia y la medida de la concha insular que protege y ampara contra esa voracidad, es difícil la elección. Subsistir en cualquiera de estos espacios es una opción personal y significa abolir una serie de condiciones y suscitar otras para una protección particular que día a día se construye con fatiga, pues no es fácil en cualquier circunstancia vencer el peso de las adversidades.

[En Porque me lembrei dos Cisnes. Leiria, Editorial Diferençaa, 2000, pp. 48-49]

[Traducción de Ernesto Suárez]

Siguiente página → 1 2 3 4 5