La Sirenita Mary Paz

Cuento de Isabel Medina · Aula Literaria, Literatura Infantil

Presentación
de Daniel María


Isabel Medina nació en el pueblo de Hermigua (La Gomera) en 1943, aunque a los tres años su familia se trasladó a Güímar, en el sur de la isla de Tenerife, donde transcurrió su infancia y adolescencia. Entró a trabajar como locutora de radio con apenas dieciséis años y culminó sus estudios de Magisterio, incorporándose a la enseñanza pública poco después, oficio que la llevó a fijar su residencia en Granadilla de Abona (Tenerife).

Se ha mostrado como la autora de literatura infantil y juvenil más leída y prolífica de nuestras letras desde que publicara en 1983 Cuentos canarios para niños, obra que será ampliada en las sucesivas ediciones de 1991 y 1994.

Isabel Medina

El potente conjunto de títulos dedicados a los lectores más jóvenes está compuesto por cuentos, novelas, teatro y poesía. La narrativa la constituyen Viaje fantástico por las Islas Canarias (1996, reeditado en diecisiete ocasiones), Alizulh. El mundo mágico de las leyendas canarias (1997), Piel de luna (1999), De parte de don Quijote (2000), La sirenita Mary Paz (2000), El corazón de la Montaña Roja (2003), El tesoro del pirata Cabeza Perro (2007), El guardián del Malpaís (2007) y El pirata Pata de Palo (2008). Asimismo, La Canción del Alisio (1990) y La princesa vagabunda y otros poemas (2006) completan su poesía para niños.

El teatro infantil tiene en Teatro canario para los más jóvenes (1992), El misterio de la Montaña Roja (2004), Perdidos en la Montaña Roja (2004) y Granadilla y el Caballero Tiempo (2009) sus cuatro entregas escénicas. La novela juvenil El secreto de Sofía (2010), el libro Leyendas canarias (2011), dirigidas a estudiantes de secundaria, y el manual para estudiantes Iniciación a la literatura canaria (1986, ampliada en 1989) constituyen la totalidad de su producción infantil y juvenil, un tejido literario que atraviesa más de treinta años de escritura ininterrumpida.

Paralelamente a esta producción Isabel Medina ha cultivado una literatura para adultos que comprende la poesía, y en la última etapa de su trayectoria, a la novela Gánigo de ausencia (1982) le siguieron los poemarios Chácaras de silencio (1986), Tara (1995) y Las sandalias de la luna (2009). En 1991 publicó una antología recitada por ella misma: Isabel Medina en su propia voz. En 2003 apareció su primera novela para adultos, la historia íntima y emocionante de La hija de abril, publicada en Algaida (Grupo Anaya), tras la cual aparecieron La libertad y tú (2008), basada en hechos reales acontecidos durante la represión franquista en Canarias, y Los cuadernos de Marta (2011), publicada en dos volúmenes que sobrepasan las seiscientas páginas donde Isabel Medina dibuja un retrato de la Transición en las Islas desde las anotaciones de una joven maestra.

Algunos de sus textos han sido musicalizados por artistas del Archipiélago como Taburiente, Taller Canario, Verode o Marisa, hija de la escritora. Por su parte, Isabel Medina es autora del libreto de dos óperas, ambas con música del académico Francisco González Afonso: La leyenda de Guayota y Baralides, esta última fue publicada en 2000 y está basada en la novela de la autora La libertad y tú.


La Sirenita Mary Paz de Isabel Medina

Decidió nacer en domingo. No es que estuviera cansada de acurrucarse en la barriguita de su mamá, que era un lugar calentito, sino que pensó que ya era hora de ver el mundo. Así que intentó desperezarse para llamar la atención:

– ¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!

Su mamá supo que quería salir, y ella supo inmediatamente que se llamaría Mary Paz.
No le importó que sus padres discutieran:

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– Se llamará Cecilia, como su abuela – decía papá.

– Nada de eso – decía mamá-, se llamará Mercedes, como mi madre.

– Ni lo sueñes. Le pondremos tu nombre y no se hable más.

« ¡Qué tontería!», pensó ella.

«Me llamaré Mary Paz».

Y así fue.

Se acabaron las discusiones.

Aunque la verdad era que no le importaba mucho, porque sabía que sus padres la querían desde antes, antes incluso de molestar a mamá con sus travesuras dentro de su barriguita, que era un lugar un poco estrecho.

Pero la querían, que era lo importante.

Por eso habían comprado para ella una preciosa cuna, ropita de todos los colores y hasta un muñeco maravilloso que se llamaba Asterisco. Bueno, sus padres lo llamaban Peponcete, pero ella siempre supo que sería Asterisco, el muñeco de trapo más especial que había nacido en la moderna Clínica de los Juguetes Sabios.

Asterisco y ella se enamoraron al instante.

Ella, de su cara regordeta, sus ojos saltones, sus pelos tiesos, y su sonrisa de payaso.

Él, de sus mofletes de bebé tragón, de sus ojos oscuros, de su pelo negro y de su sonrisa de gatita siamesa.

Por eso siempre estaban juntos. Hasta cuando el doctor Chaoky, que era amigo de papá, le puso unas terribles vacunas y la cara de Asterisco era un mar de lágrimas abrazada a la suya.  Le dio tanta pena que quiso tranquilizarlo y, secando sus lagrimitas, lo acurrucó fuerte junto a su corazón.

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Por entonces ella tenía un problema. Le daba un poco de vergüenza reconocerlo, pero es verdad: aún no conocía bien el idioma de Asterisco.

Y eso que se esforzaba.
Tampoco conocía el de sus padres, tíos, abuelos… todos los que no dejaban de marearla con tanto parloteo.
Menos mal que hubo un idioma que nunca le falló: el de los abrazos, las caricias, los mimos…
Se sentía feliz, y no le importó tardar un poco en entenderlos.

Así se lo contó a Asterisco.

Seguro que ya nunca más se iba a poner triste, ni siquiera cuando el doctor Chaoky, el amigo de papá, intentara mirarle la garganta, precisamente cuando más le dolía.

Pasó el tiempo, y Mary Paz crecía cada día más.

Al principio era como una pelotita con brazos y piernas que casi no se veía en su cunita.

Después aprendió a sentarse y a mirar con curiosidad todos los detalles de su habitación. Pero, sobre todo, Mary Paz miraba a su mamá, que era la que más besos le daba.

Y a sus dos hermanos también, que se reían mucho porque siempre la consideraron el nuevo juguete de la familia.

« ¡Qué horror!», se dijo, «A lo mejor me confunden con Asterisco».

Pero no. Afortunadamente, sus hermanos ya tenían edad para distinguir.

Fue una maravilla cuando Mary Paz se puso en pie y empezó a dar sus primeros pasos. Se sintió tan mayor que no se acordó del tiempo que estuvo metida en la barriguita de su mamá. Sabía, eso sí, que había sido un tiempo feliz y calentito.

Y ahora que sabía ponerse en pie, mamá no dejaba de decirle:

– Te cuidado Mary Paz; no cojas el caldero… deja ese vaso… no te subas a la mesa…

Era mamá, claro.

Por aquellos días le compraron una tarta grande y le pusieron una vela encendida: ¡Ya tenía un añito!

¡Qué susto cuando intentó apagarla con las manos!

En cambio, a Asterisco le pasaba todo lo contrario que a ella. Cada vez parecía más pequeño.

Incluso cuando Mary Paz, ya muy mayor, cumplió los dos añitos, y le compraron una tarta más grande que la primera, no lo encontró por ningún sitio. Se acabó la tarta y Asterisco no pudo probarla.

Las desapariciones de Asterisco empezaron a ser cada vez más frecuentes.

Un día, cuando se acercaba su tercer cumpleaños, Mary Paz, que ya había aprendido el idioma de los mayores, tuvo unos sueños raros, rarísimos.

Extraños, extrañísimos.

Un día soñó que se transformaba en árbol.
Se quedó quietita, como plantada en su jardín.
Luego le crecieron raíces que se fueron metiendo en la tierra.
Abajo… Abajo… Cada vez más abajo, hasta que Mary Paz notó una cosa húmeda que le hacía cosquillitas.
Empezaba a reír cuando de sus pequeños brazos fueron saliendo ramitas, muchas ramitas.

Primero pequeñas, de un verde tierno, muy tierno.

Luego las ramitas fueron haciéndose más grandes, y el verde más oscuro, hasta que de sus ramas, de sus pequeños brazos, nacieron flores, muchas flores.

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Flores rosaditas.
Flores blancas.
Flores azules…que la convirtieron en un maravilloso adorno del jardín.
Se miró y empezó a reír.
Le hizo gracia sentirse una niña-árbol.

Cuando más divertida estaba moviendo sus bracitos, oliendo el perfume nuevos de aquellas flores sin nombre, se despertó.

«¡Oh… qué pena! ¡Asterisco! ¡Asterisco! ¿Dónde estás».

Pero Asterisco no estaba nunca donde ella lo dejaba.

– Mama, ¿sabes dónde está Asterisco?- Le preguntó nada más abrir los ojos, cuando ya el sol se colaba por las rendijas de la ventana.

– Mary Paz, por favor, deja en paz al pobre muñeco, ¿no ves que ya es muy viejo?, ¿olvidas que le falta un ojo, las dos orejas y hasta la risa?

– No me importa, mamá, yo quiero a Asterisco. Ya sé que cuando era pequeña no lo trataba nada bien, pero ahora que soy mayor, te prometo no sacudirlo con fuerza, y abrazarlo flojito, como si fuese un bebé recién nacido.

– No es ningún bebé, Mary Paz, es un muñeco anciano que ya no está para soportar tus tonterías.
– Por favor, mamá, es que tengo algo importante que decirle.
– Vamos a ver, ¿qué le vas a contar al muñeco?
– Es un secreto, mamá. Si te lo digo dejará de serlo.

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– Está bien: Asterisco está en el desván con el triciclo de colores, el cochito de andar y un montón de juguetes que se te han quedado pequeños.

– Pero Asterisco no es como los demás juguetes. Él es muy especial. No me lo quites nunca, mamá.
– Está bien, jovencita: ve a buscar tu muñeco y cuéntale ese secreto tan importante.

Corrió escaleras arriba, y luego caminó caminó escaleras abajo abrazando a su debilucho Asterisco.

– ¿No te parece raro? ¿No es rarísimo mi sueño? ¿Me imaginas convertida en una niña-árbol?

Asterisco quiso reírse, pero las rayas que marcaban su boca eran tan débiles que apenas se notaban.

– Me hubiera gustado que estuvieras allí, que me vieras con tantas ramitas verdes y flores perfumadas… Pero ya sé que en los sueños estamos solos, que no nos acompañan nuestros amigos, aunque los queramos tanto como yo a ti y tú a mí. ¿Sabes una cosa Asterisco? Te voy a guardar en un sitio seguro, en un sitio que no sepa nadie, solo tú y yo.

Lo abrazó contenta.

– Verás, es que mamá cree que está muy viejo, y que debo arrinconarte con los demás juguetes de  cuando era solo un bebé regordete y chupón. Pero eso sí que no: tú estarás conmigo siempre. Te guardaré en el lugar más secreto de mi armario y mamá nunca sabrá tu escondite, y por las noches, cuando tenga esos sueños tan raros, o tenga miedo, o me asuste el viento, tú estarás conmigo. En mis sueños no, claro. Es una pena que no pueda llevarte.

Faltaba poco para su cumpleaños.

La abuelita Mercedes ya la había preguntado qué regalo le gustaría tener. Y lo mismo la abuelita Cecilia, y el tío Miguel, y su papá y su mamá, y sus hermanos, que la mimaban como si eso del cumpleaños no fuera algo normal.

Aunque lo normal debería ser cumplir años por lo menos cada dos meses, así Mary Paz sería continuamente el centro de todas las atenciones, de todos los regalos.

Y volvió a soñar.

Y esta vez el sueño fue más extraordinario que el anterior.

Soñó que estaba en la playa.

Al principio mamá, sus hermanos y sus primos estaban con ella, pero pronto, sintió que se iba alejando llevada por una corriente tibia.

Se asustó.

Su familia eran puntitos de alfiler en la superficie azul.

Poco a poco se fue tranquilizando: estaba tan bien, tan calentita en aquella corriente suave que la arrastraba mar adentro que creyó que nada malo podría pasarle.

Sin embargo, un hormigueo lento le fue subiendo por las piernas.

«Debe ser de estar tanto tiempo en el agua», pensó, y no le hizo caso.

Pero el hormigueo seguía subiendo cada vez más fuerte, más potente, hasta que notó que sus piernas se iban transformando en algo distinto, en otra cosa que no hubiera imaginado jamás.

«¡Dios mío, tengo escamas! ¡Y una cola! ¿Me habré convertido en un pez?, ¿seré un pez de verdad como esos que se ven en las películas? Pero no; no soy un pez; tengo brazos, y cara, y pelo…».

– ¡Ohhhhhhhh! ¡Soy una sirena! ¡Soy una sirena! ¡Una sirena de verdad, mitad pez, mitad niña!

Se sintió mareada. Jamás pensó que algo así le ocurriría a ella. Había escuchado el cuento de la Sirenita, y le había encantado, pero nunca pensó que llegaría a convertirse en algo tan hermoso y divertido.

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Empezó a zambullirse como una loca, a nadar veloz largos espacios marinos, a descubrir un mundo tan extraordinario que ni lo hubiera imaginado: se dejó llevar, convencida de que la felicidad era azul, que tenía la forma azul de una ola suave, de un tobogán maravilloso por el que ella, la niña Mary Paz, convertida ahora en una preciosa sirenita, se deslizaba como si fuese el bichito más feliz del planeta.

– ¿Eres nueva aquí? – le preguntó un simpático delfín que la miró sonriente.

– ¿Quién? ¿Yo…? ¿Es a mí a quien preguntas?

– Sí, claro, no hay nadie más.

– Sí, bueno… yo soy una niña; me llamo Mary Paz y, sin saber cómo, me he convertido en una sirena.

– ¡Qué extraño! Eso no suele ocurrir casi nunca. Bueno, tal vez sí, pero…

– ¿Qué quieres decir?  ¿Sabes tú, por qué me he convertido en sirena?

– No lo sé, pero cuando era un pez-bebé mi mamá me contó una historia rara, de esas que parecen mágicas. Verás… dice mi mamá que cuando se va a acabar un siglo, una extraña corriente marina recorre los Siete Mares como si fuera un maravillosos río, y que esa corriente puede convertir en sirenita a cualquier niña que se bañe en sus aguas.

– ¿Sííííí…? ¿Habré nadado yo en esa corriente?

A Mary Paz el asombro se le escurría por el pelo, negro y mojado.

– Tal vez, aunque siempre creí que eran tonterías de mamá, que es especialista en imaginar cosas. Se pasa los días inventando historias que luego cuenta a todos los animales marinos que encuentra despistados.

– A lo mejor tu mamá tiene razón y a mí me ha cogido la corriente esa.

– Ahora que te miro bien: eres una sirenita preciosa. ¡Anda, mira qué tarde es! Me voy, o no llegaré a la obra de teatro que estrenará mi mamá en el mismísimo palacio del dios Neptuno, que celebra hoy su cinquicientos mil cumpleaños.

– ¡Adiós… adiós Delfín! ¡Y gracias por haberme acompañado!

Y empezó a dar vueltas y vueltas en el agua hasta que se vio envuelta en un lío que se le metía en la cabeza, en los brazos, en las piernas…

Eran sus sábanas, su manta, su almohada, que parecían venir de la guerra.

– ¡Ohhhhhhh! ¡Todo ha sido un sueño!

– ¡Asterisco, Asterisco! ¡Otra vez he soñado! Y ha sido un sueño estupendo, maravilloso: yo, Mary Paz, solo una niña, convertida en toda una sirena… ¡Una sirena de verdad!

Los días fueron pasando.

La fiesta de cumpleaños, que parecía no llegar nunca, se fue acercando de golpe.

¡Ya solo faltaba un día!

Y Mary Paz volvió a soñar.

Que era un sueño lo supo luego porque mientras ocurría, mientras lo iba sintiendo, creyó que era lo más real y hermoso del mundo.

Esta vez estaba en la azotea.

Su mamá había recogido la ropa, y ella esperó un poquito a que el sol, que parecía un queso anaranjado, se ocultara debajo del mar.

«Debe estar cansado», pensó, «trabaja tanto que ya tendrá ganas de acurrucarse hasta mañana».

De pronto empezó a sentir algo raro en los brazos: vio como empezaban a levantarse como cuando hacía gimnasia.

Pero ella no quería hacer gimnasia, quería solamente ver el queso anaranjado del sol que se metía poco a poco por la raya del horizonte.

Los brazos, sus propios brazos, no le obedecían.

Siguieron subiendo, subiendo hasta que ya no eran los brazos de la niña Mary Paz, morena y amiga de Asterisco, eran las alas de un extraordinario pájaro que se elevaba rápido… ¡rápido! ¡Ráááááápido!

Hasta alcanzar el mismo cielo.

El cielo azul, que tocaba con sus alas, con su cuerpo, con su boca, como si fuera un bocadillo.

– ¡Ohhhhhhh! ¡Soy un pájaro! ¡Soy un pájaro! ¡Soy un pájaro!

Gritó loca de contento, feliz y llena de alegría.

Miró abajo y allí todo era cada vez más pequeño, más enanito: las casas parecían un Belén, las carreteras, cintas negras, los árboles, puntitos verdes, los coches, hormiguitas… todo era fantástico porque lo único grande era ella y sus extrañas alas de pájaro que la llevaban de un lugar a otro hasta alcanzar las mismas nubes, que parecían pompones de algodón blanco.

Dio vueltas y más vueltas: las ciudades, los árboles, los coches… todo había desaparecido: solo estaba ella sobre el Mar de Nubes disfrazada de águila, o al menos eso creía.

De pronto, notó que algo había caído sobre su espalda: en el huequito justo que dejaban sus alas.

Era un bultito pequeño que se acurrucaba en su espalda voladora.

Decidió bajar. Rápidamente al principio. Despacito después.

El bultito seguía en su espalda, se agarraba a ella como si temiera caerse.

No podía verlo, pero lo sintió tibio.

Se acercó hasta un estanque.

Su superficie brillaba al sol clara y transparente.

Y Mary Paz lo vio. Vio que el bulto de su espalda era un diminuto bebé que tenía los ojitos cerrados.

– ¡Ohhhhhh! ¡Un niño!dormidito-1

Y se despertó.

Era el día de su cumpleaños: Papá, mamá… todos le traían besos y regalos.

Papá y mamá, además, un regalo especial. Lo anunciaron por la tarde, cuando la casa estaba cubierta de tarta, de globos, de golosinas…

¡Mary Paz iba a tener un hermanito… o hermanita!

– ¡Ohhhhh! ¡Un hermanito! ¡Un hermanito!

Por la noche, cuando todos dormían, se acurrucó junto a Asterisco:

-¿Sabes? – le dijo-. Muy pronto nacerá mi hermano José María.

Y se durmió feliz.

Había sido un estupendo cumpleaños.

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Escritor, actor y guionista.