La voz de Elvira

Cuento de Carlos Pinto Grote

Presentación de Cecilia Domínguez Luis

De Carlos Pinto Grote conocemos, sobre todo, su obra poética. Sin embargo, su obra narrativa, aunque menor en cantidad, no lo es en calidad literaria, sobre todo en lo que a sus relatos se refiere.

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En ellos, el autor vuelca su profundo conocimiento del ser humano, con tal habilidad narrativa que hace que el lector se mantenga expectante.

La imaginación desbordada del escritor unida a un cuidado uso del lenguaje, nos traslada a espacios inéditos que descubrimos y, sin saber cómo, hacemos nuestros.

Así, en el relato La voz de Elvira, el narrador juega con la ficción y la realidad, con lo racional y lo que escapa a nuestro razonamiento lógico.

Narrado en primera persona, el protagonista decide arreglar un viejo teléfono y colocarlo en una mesa de su estudio. Una tarde, al regresar del trabajo, recibe por él una inesperada y misteriosa llamada. Es una hermosa voz de mujer que lo apremia, llena de pasión, a una cita a la que el protagonista sabe que le va a ser imposible asistir. Y es que entre esa voz que escucha y su realidad, no existe el espacio, pero si el tiempo. Porque la voz de Elvira viene de un pasado que el protagonista nunca vivió.

Carlos Pinto Grote
La Voz de Elvira

Me gusta coleccionar cosas viejas. No me refiero a las antigüedades –que también me agradan-, sino a esas otras cosas de hace setenta u ochenta años, que tienen una tierna cursilería y todo el encanto de lo usado hasta ayer. Estas cosas viejas no han perdido del todo su utilidad. A poco que se les ayude, parecerán nuevas otra vez; si se las limpia, quedan bien y son bonitas.

Un trombón de vara que termina en cabeza de dragón; el viejo fonógrafo de trompeta, al que sólo falta el perrito delante, la mesita, el costurero con lacitos, el quinqué con un pie de alabastro, una máquina de física recreativa, un viejo teléfono.

Sí, ya sé que no son antigüedades. Son cosas viejas que hace unos días nada más estaban en la casa del bisabuelo, que pasaron luego por el cuarto de los trastos y que ahora, limpias y reparadas, vuelven a ocupar un puesto en nuestra vida. En cada una de ellas alguien puso cariño, admiración, cuidado, alegría o tristeza. Y estas cosas están cerca de nosotros aún: el tiempo no ha tenido ocasión de borrar el tacto de las manos que colocaron con cuidado el diafragma del gramófono, sobre un disco de una sola cara, que tenía la voz de Pertile o Caruso. Ni tampoco se ha llevado la huella de los labios que soplaron aquel trombón.

Me gusta –por esto que digo- coleccionar cosas viejas.

Hace tiempo encontré un viejo teléfono de sobremesa encantador. Negro y con unos arabescos dorados. Tenía una horquilla para colgar el auricular y el micrófono de trompeta –todo en una pieza-. Los hilos desteñidos, y hasta el aplique para conectarlo con la red. Lo llevé a casa y me entretuve en limpiarlo, pintarlo un poco, poner brillantes sus metales. Cuando acabé el trabajo, mi teléfono era una verdadera joya. Lo coloqué sobre una mesa en el estudio.

Se me ocurrió probar si funcionaba y lo llevé a un técnico amigo, que me lo devolvió a los pocos días, diciéndome que sí, que podía conectarlo a la red como supletorio o bien colocándole un disco marcador. Preferí hacer lo primero, pues colocar el disco le haría perder encanto. Di los pasos necesarios, y un día, al llegar a casa, encontré mi teléfono dispuesto a funcionar. Mi amigo indicó que no se oiría muy bien y que al probarlo le pareció que las voces venían de muy lejos, pero este inconveniente tenía para mí un encanto más.

Fue una tarde –era sábado de carnaval- cuando sonó el teléfono por primera vez. Yo había llegado un poco cansado del trabajo, y como aún tenía cosas que hacer, dije que subieran el té al estudio, aunque siempre acostumbro a tomarlo en un rincón soleado del corredor bajo de la casa. Serían las cinco y media. Había sol y quietud.

Al oír el timbre, fino y apagado, que sonaba cerca de mí pensé que alguien de la casa, distraídamente, había pasado la palanca, conectando el teléfono. No tenía ganas de hablar con nadie a aquella hora y me dije: ¡Abajo sonará también, ya lo cogerán!

Pero algo llamó mi atención; el timbre no sonaba intermitentemente. Era como cuando se pide una conferencia de un pueblo pequeño a otro y la telefonista da vueltas a la manivela, hasta que alguien responde.

Descolgué el auricular y lo llevé al oído. Luego, una voz lejana, tan lejana, tan lejana que parecía llegar desde el recuerdo de la voz, dijo:

-Le hablan.
-Escucho – respondí.
-Perdone, señor; le pongo en comunicación – dijo la voz, que era claramente audible ahora, pero lejana, lejanísima.

Esperé unos instantes. Un ruido seco interrumpió el silencio, y entonces alguien habló:

-Soy Elvira, mi amor, ¿me oyes?
-Sí –dije-, pero…
Iba a continuar. La voz de la mujer no me dejó hacerlo y prosiguió:
-Sólo tengo un instante, amor mío. Papá ha salido y mamá se viste para ir a la iglesia. Apenas tengo tiempo, ¿me oyes?
-Sí – repetí- te oigo.

La voz era fresca y joven, rápida y temblorosa, cálida y emocionada. Venía de muy lejos. Pero no era una lejanía de espacio; era una lejanía de tiempo, de años, de muchos años atrás. Era una voz que traslucía un traje rosa con volantes, un manguito de chinchilla, un perfume de violetas o de rosas, una zapatilla de raso, una tranza larga y rubia.

-No he podido verte, mi bien –continuó la voz de Elvira-. Ya sabes que mis padres no quieren. Pero tenía que decirte que mañana voy al baile de la Ópera. Estaremos con mi tío. Él tiene un palco. No sé qué palco será, pero yo quería decirte que iré vestida de aldeana. Me conocerás porque llevaré un cestillo azul que llenaré de camelias blancas. En el centro habrá una roja. ¡Por Dios!, que no te conozcan cuando me saques a bailar. Mi libro de bailes está lleno con tu nombre, mi vida. Acércate a mí cuando lleguen al palco los Reyes. Nadie se dará cuenta entonces. Y me iré contigo. Estaremos juntos toda la noche. ¡Con qué alegría te esperaré, amor mío!

Hubo un corto silencio, y la voz dijo entonces:

-¡Adiós! Oigo a mamá que me llama. No te olvides, mi bien. Hasta mañana.

No se oyó nada más. Quedé con el teléfono en la mano y colgué despacio. Como si de pronto volviera de otro tiempo, miré a mi alrededor. Bajé la escalera y llegué ante la palanquita, que no había sido cambiada de postura. En la casa no había nadie; todos estaban en el jardín. Subí al estudio otra vez. Comprendí que la voz de Elvira había quedado para siempre allí, en el teléfono viejo que tenía ante mis ojos. Que su amor y su pasión estaban allí también. Que su enamorado ya había muerto, que Elvira misma había muerto ya. Que la voz venía desde un sábado de carnaval, tan viejo como mi teléfono, y que había oído a Elvira que me hablaba desde el pasado.

No he vuelto a coger en mis manos el teléfono. Lo miro y me pregunto qué hay en esas cosas viejas que amo tanto. La voz de Elvira, la manos de Beatriz.

No quiero volver a poner mi oído en el auricular del teléfono.

Me sería imposible volver a escuchar –sin el llanto en los ojos- la voz de Elvira diciendo:

-Amor mío, mi bien, ¿por qué no acudiste anoche a nuestra cita?

Y tendría que responderle, y no sabría.

“La voz de Elvira”, de Carlos Pinto Grote, en Cuentos, InterSeptem Canarias: S/C de Tenerife (2004), pp. 21-25.