a Juan José Delgado

Recojo aquí con ligeras correcciones dos breves artículos que publiqué en el suplemento Jornada Literaria en los años ochenta. El primero, «Presencia de Spengler en Canarias» apareció el 26 de febrero de 1983, cuando el suplemente estaba al cuidado de Sebastián de la Nuez y Miguel Martinón; el segundo,«Algunas reflexiones sobre el pensamiento orteguiano en Canarias», se publica el 10 de diciembre del mismo año y figuran como asesores M. Martinón y Sebastián de la Nuez, y yo como coordinador. El número correspondiente al 10 de diciembre de 1983 lo dedicamos a José Ortega y Gasset. Era el año del centenario del nacimiento del filósofo y se celebraba también el sesenta aniversario de la fundación de Revista de Occidente. No era mucho el espacio disponible, pero invité a colaborar a María Rosa Alonso, que había evocado su encuentro con Ortega en el número de Revista de Occidente, en mayo del 1983. María Rosa Alonso, siempre generosa, escribió lo mejor: «Ortega, un europeo». Además de evocar las clases y conferencias del filósofo recordaba a otros atentos lectores canarios de los años treinta: José Arozena, Domingo Cabrera Cruz, Juan Velázquez…

En los años anteriores había animado la revista LC junto a Domingo Luis y Manuel Villalba. LC se inició en 1981 con un número dedicado a Agustín Espinosa, y venía a sumarse a la vindicación del escritor vanguardista, que acababa de conocerse mejor gracias a la mediación de José Miguel Pérez Corrales. LC editó en 1982 dos números más. La segunda entrega rescataba artículos de Pedro García Cabrera, poemas poco conocidos, algunos estudios, y la última entrevista concedida por el poeta. Aquí publiqué por vez primera «El hombre en función del paisaje», aparecido en diversas entregas en las páginas de La Tarde durante 1930. Fue un ensayo escrito con motivo de la exposición de los artistas de la Escuela Luján Pérez en La Orotava y Santa Cruz de Tenerife.

El tercer número de LC estaba dedicado a Fetasianos (Rafael Arozarena, Isaac de Vega y Antonio Bermejo) y era Juan José Delgado uno de los principales animadores del número. Desde mi lejanía salmantina (y de obligado reclutamiento militar) solo pude escribir un breve texto dedicado a Antonio Bermejo. A la vuelta a la isla colaboré en Jornada Literaria y en otras aventuras. Y LC quedó atrás. Poco coincidí entonces con Juan José Delgado, que siguió insistiendo en la importancia de Rafael Arozarena y de Isaac de Vega.

Juan José Delgado publicó un valioso suplemento cultural en La Gaceta de Canarias, fundó revistas como Fetasa o Revista del Ateneo. Su esfuerzo hizo que las obras de Arozarena y de Isaac de Vega hayan adquirido tan amplio reconocimiento. Su defensa de los fetasianos fue constante. En la Orotava, donde fui destinado en 1989 en un instituto por el que había pasado J.J. Delgado, pude ver cómo Juan José Delgado había promovido que un centro de enseñanza media de nueva creación se denominase Rafael Arozarena.

Casi de forma inmediata, a partir del 89, nos convertimos en profesores de la Universidad de la Laguna. Su despacho estaba junto al mío. Siempre fue amable, aunque, acaso por su timidez, apenas hablamos durante más de un cuarto de siglo. Es raro, pero es así. Acaso pensábamos que no compartíamos mucho. Sin embargo, en los últimos años, antes de su jubilación, hablamos en los pasillos de la facultad sobre Ortega y Gasset y sobre otros temas de la época. Los dos insistíamos a nuestros alumnos en la necesidad de conocer al filósofo. No sé si el novelista Sinesio Domínguez Suria, que había decidido pasar por nuestras clases después de la jubilación, animó el encuentro. Intercambiamos algún libro. Pero solo volvimos a coincidir en un proyecto común en las reuniones de la Academia Canaria de la Lengua. Treinta años más tarde de la publicación de Fetasianos pudimos hablar de forma distendida. Si Sinesio Domínguez había formado parte de las tertulias de Rafael Arozarena e Isaac de Vega, ahora estaba también presente Cecilia Domínguez Luis, muy amiga de todos ellos. Hablamos, junto a Alberto Pizarro y Cecilia, de literatura de aquí y de allá; hablamos después de las sesiones académicas con buen sentido del humor y en medio de la amistad, hablamos de escritores, de poetas, del cielo y de la tierra. Lo recuerdo ahora, en la terraza del Mencey, con Cecilia, preocupado por el futuro de las colaboraciones de ACL Revista Literaria. La revista, creo, surgió por la determinación de Juan José Delgado.

He querido participar en este homenaje con estos dos textos de 1983. En aquellos años, con Fetasianos o con los suplementos y revistas en que participó, Juan José Delgado definía una de las maneras de comprender la realidad de este rincón atlántico, como desde otros ángulos lo hicieron aquellos escritores de vanguardia que evocaba en mis breves artículos. Un territorio cultural se constituye, como sugería Ortega, desde perspectivas diferentes.

Oswald Spengler (1880 -1936)

1. Oswald Spengler

La aparición de revistas literarias como La Rosa de los Vientos (1927-1928), Cartones (1930), Gaceta de Arte (1932-1936), la llegada de nuevas maneras de entender la identidad insular y el lugar de la aportación artística canaria en el amplio ámbito de la cultura son hechos que surgieron precisamente por la influencia de determinadas líneas de reflexión en la actividad estética. La presencia de Oswald Spengler (1880-1936) con La decadencia de Occidente marca en este sentido buena parte del pensamiento de los jóvenes intelectuales, acaso tanto como el marxismo y las derivas creadoras de las vanguardias europeas.

Nos buscamos aquí tratar con profundidad cómo Spengler encuentra cabida en las creencias y planteamientos de esta época insular; nos conformamos con anotar aquellas propuestas que nacieron bajo su impulso y seguir su presencia en algunos escritores.

Oswald Spengler había publicado La decadencia de Occidente en dos volúmenes a partir de 1918. La obra despertó enorme interés y en 1923 se ve traducida al español por Manuel García Morente, con prólogo de Ortega y Gasset. Spengler, que llega a colaborar en Revista de Occidente, se hace de este modo muy visible en las distintas áreas del mundo hispánico.

En Canarias se le presta inusitada atención desde 1924. José M. Benítez Toledo publica entonces en La Prensa un largo ensayo cuyo título es precisamente «La decadencia de Occidente». El nombre del historiador y filósofo alemán se encuentra además con cierta frecuencia en los diarios y revistas locales. La decadencia de Occidente traía, como bien indicó Benítez Toledo, «la impresión duradera e imborrable de su vigoroso dramatismo». Surgen diversas visiones de su obra y distintos acercamientos que responden a la peculiar lectura de aquellos años. La visión del desarrollo de las culturas, sujetas a una existencia orgánica que crece para luego avanzar hacia la inevitable extinción, era un pilar del libro spengleriano, una concepción que encuentra audaces intérpretes en algunos escritores que desestiman el componente oscuro y pesimista que traía aquel discurso.

María Rosa Alonso publica en 1931 en El Socialista un artículo, «Capitalismo y socialismo», en el que, pese a la conciencia del diluvio de críticas cernidas sobre La decadencia de Occidente («todo lo cual demuestra el enorme interés que su obra despertó», dice), no atiende a su visión pesimista del mundo occidental, sino que esa precisa «decadencia» la hace extensible al capitalismo para entrever una nueva cultura en crecimiento: el socialismo. También Pedro García Cabrera en «El racionalismo como función biológica actual» (1933) adopta el pensamiento cíclico de Spengler e intuye igualmente en el futuro una cultura socialista. Sin duda, buena parte de los jóvenes intelectuales asumieron determinados aspectos de aquella visión, a veces de forma indirecta. Pienso, por ejemplo, en Agustín Espinosa y su «Banquete 1932», donde el nombre de Spengler se evoca en la fiesta dedicada al Ramón Trujillo, profesor recién nombrado del instituto de Santa Cruz de Tenerife: «nuevo profesor de un liceo de Canarias, un profesor de ahora, de este año, un estudioso insulario que sabe de Newton, pero también de Spengler».

No se trata para todos de una interpretación idéntica de La decadencia del Occidente. Francisco Aguilar se encontraba lejos de la actitud socializante de sus compañeros, tal y como lo mostró su evolución ideológica posterior. Con todo, el discurso del filósofo alemán traía consigo otros componentes que, aunque inmersos en su visión cíclica, permiten el desarrollo de las indagaciones de los canarios. Es el caso de «Tres vueltas a la naturaleza al margen del Hombre y técnica, de O. Spengler», publicado en Gaceta de Arte en 1932, en el que Francisco Aguilar acierta a comprender el significado del retorno a la naturaleza, una propuesta que se mantenía como proyecto poético en el ámbito generacional y que se dirigía hacia una nueva interpretación del paisaje bajo determinadas condiciones históricas: el largo pleito interinsular, amparado en tradiciones literarias locales ajenas a la modernidad, desembocó en la división provincial de 1927. La historia dividía; la naturaleza reunificaba. Así, Aguilar escribe: «toda vuelta a la naturaleza no es en suma sino afán de crear en lo ya creado, es decir de recrear. Es retornar al criterio del hombre frente a la autoridad. Es emanciparse de una tradición que pesa y ahoga». Ciertamente, el pensamiento spengleriano no solo influye en la formación de un juicio sobre la historia y la cultura sino que señala propuestas más particulares de alguno de nuestros creadores. En «El hombre en función del paisaje» (1930), de Pedro García Cabrera, es bien visible el apartado «Origen y paisaje» de La decadencia de Occidente. Así aquella visión de la realidad por la que toda impresión ―en palabras de Spengler― «queda circunscrita y envuelta en el mundo lumínico de los ojos. He aquí el gran milagro bajo el cual se cobija la humanidad», le permite elaborar toda una propuesta interpretativa del mundo y del paisaje insular, una propuesta que era en cierta medida una elaboración colectiva del grupo de Cartones. En «El hombre en función del paisaje» el nombre de Ortega se asocia además a Spengler: «Aplicándole a este paisaje la consideración de Spengler ―de donde tal vez tomaras Ortega su meditación de la pampa―: “en el horizonte la música vence a la plástica, la visión del espacio vence a la sustancia de la extensión”, diré que la música es marina y la plástica terrena. En el isleño predomina un sentimiento musical».

Ciertamente, la presencia de diversos registros del filósofo alemán se halla en algunos de los creadores de la vanguardia y en su proyecto de identidad. Canarias, en este sentido, no pudo desprenderse de la fuerte expansión del pensamiento espengleriano, como no pudieron desprenderse en otras áreas del mundo hispánico. Pienso, por ejemplo, en la huella dejada en el ensayo histórico-cultural del puertorriqueño Antonio Sánchez Pedreira y su Insularismo (1934) o en la obra del nacionalista gallego Vicente Risco, partícipe de la importante revista Nós. El pensador que tradujo García Morente y prologó Ortega y Gasset ejerció, en efecto, una importante influencia en la reflexión sobre la cultura y en la definición de la identidades.

José Ortega y Gasset (1885 - 1995)

José Ortega y Gasset (1883 – 1955)

2. José Ortega y Gasset

Las propuestas y actitudes adoptadas por los jóvenes intelectuales que avanzan en el espacio insular al final de la dictadura de Primo de Rivera y en los años de la Segunda República no pueden menos que ofrecernos preocupaciones de distinto origen y que responden a concretas deudas intelectuales. Estas deudas, como en el modernismo brasileño, vienen a convertirse más que en una absorción epigónica en una «antropofagia» cultural. Se trata para los jóvenes intelectuales de crear desde un ámbito preciso en el dominio contemporáneo. La influencia del pensamiento de Ortega y Gasset en el Archipiélago contribuye a esta acción cultural y creadora. Ortega contribuye a la formulación de un proyecto colectivo desde las más distante perspectivas. Una agitación común se halla en el interior de este grupo tan próximo al vanguardismo: el deseo de superación del individualismo decimonónico, que es una constante del discurso orteguiano.

No todos los escritores y ensayistas de la época de Cartones y Gaceta de Arte entendieron de igual forma las propuestas del autor de El tema de nuestro tiempo. Es conocida la distancia de Pérez Minik en torno a la filosofía de Ortega. Pero en todos ellos, como aconteció en buena parte de aquel nuevo regionalismo español que desde las provincias se orientó hacia el universalismo (recuérdese Gallo, Litoral, La Rosa de los Vientos), se manifiestan de una u otra formas peculiaridades del pensamiento de Ortega.

En un artículo publicado en Revista de Occidente en mayo de 1983, María Rosa Alonso ―que en 1933 se convierte en discípula de Ortega― habla del «aire de europeísmo, de altura intelectual y humana que aquel hombre daba a la vida española; en mi isla lo leíamos un puñado de jóvenes no muy numeroso, pero lo leíamos con admiración rotunda». El mismo Pérez Minik ha escrito sobre la lectura constante de El Sol en esta época. Ortega y Gasset despierta la atención de quienes buscan un cauce expresivo que nada tuviera que ver con las limitaciones de las generaciones de fin de siglo. Escribe para un nuevo público bajo un cauce periodístico y en un lenguaje que pretende cambiar el presente y sus expectativas. El perspectivismo o raciovitalismo permite avanzar a todos aquellos que asumen el carácter minoritario del pensamiento en su exploración de la realidad. Se enfrenta al estrecho centralismo de la capital del estado. En España invertebrada o en La redención de las provincias sus propuestas se encaminan a cambiar la realidad española desde las mismas provincias a través de los intelectuales y con un objetivo: la superación del «particularismo».

Nos puede causar extrañeza que Eduardo Westerdahl hablando en 1930 desde la misma provincia, en aquellos momentos en que el vanguardismo progresa, recuerde la importante conferencia que Ortega impartió en 1913 en la fundación de la Liga de Educación Política Española, «Vieja y nueva política», y que cite textualmente: «Una generación, acaso la primera, que no ha negociado nunca con los tópicos del patriotismo». El grupo intelectual al que se siente vinculado Eduardo Westerdahl busca una equiparable superación de la realidad insular. Ernesto Pestana en otro texto de 1930, en «Momento de juventudes», mantiene posiciones similares.

Los intelectuales canarios remiten con frecuencia a las palabras de Ortega. Las numerosas direcciones del aquel ensayismo filosófico, desplegado ante la cambiante realidad, se encuentran una y otra vez en los ensayos y artículos. La crítica al siglo XIX, el alarde de intelectuales, la asunción de un «arte nuevo» como «mediodía de intelección», aparecen con frecuencia en estos años. Ernesto Pestana, Pedro García Cabrera, Westerdahl, publican ahora ensayos bien significativos. Las reflexiones de García Cabrera sobre arte y literatura, aun cuando llega la República y Ortega se ve desplazado por corrientes de pensamiento más pragmáticas, enuncian un proyecto poético que crece, cabría decir, bajo una «perspectiva» orteguiana.

La atención a las propuestas de Ortega, como sugerí, no es idéntica en el desarrollo de las preocupaciones insulares. El grupo intelectual que gravita en torno al vanguardismo posee diferencias internas. Recuérdese el enfrentamiento de Westerdahl y Juan Manuel Trujillo en 1928. Las diferencias las podemos ver también entre Las Rosas de los Vientos y Gaceta de Arte o en los compromisos políticos que los escritores adquirieron durante la Segunda República. Unos y otros se encuentran bajo el sortilegio orteguiano, pero es indudable la mayor aceptación en Westerdahl o García Cabrera, muchos más cercanos a un compromiso con la historia.

Ortega escribe desde un presente que busca la transformación de la sociedad española. Ni Juan Manuel Trujillo ni Agustín Espinosa estuvieron cerca de la realidad inmediata, aunque posiblemente conocieran con mayor profundidad la obra de Ortega. La voluntad mito-poética, la búsqueda de una tradición que dibujara una identidad insular, la ausencia de juicios sociológicos, son rasgos comunes a ambos. Ortega en los textos de Espinosa surge como una figura más de su creación y si llega a denominarlo «maestro» en «El gijonazo ferial de Ortega» es para desmitificar su papel de guía filosófico y vincularlo con el papel de un Zorrilla. Espinosa no es orteguiano, pero el conocimiento de su obra se expresa con la sutileza que caracterizó casi todo lo que hizo: «Se necesita poseer ―escribe― toda la literatura que el maestro Ortega posee para ir a reproducir horas helénicas, a socratizar en castellano, y en un casino de pueblo del Norte».

Con todo el autor de España invertebrada es para el mundo insular un motivo de acercamiento a propuestas hasta entonces ignoradas por las generaciones anteriores. Se trataba de buscar un cauce de expresión «nuevo» para el Archipiélago. El pensamiento de Ortega responde a esa voluntad que agitó los primeros pasos de los intelectuales jóvenes de Canarias. La llegada de la Segunda República supuso, sin embargo, un desplazamiento de su influencia en el ámbito español. Ante sus propuestas políticas o ante su actitud ante las masas brotan las izquierdas con nuevas inquietudes. La personalidad pública de Ortega, con la retirada de la actividad política en 1932 y con la disolución de la Agrupación al Servicio de la República, se ve gradualmente diezmada. El mismo Luis Ariquistáin ―colaborador durante algún tiempo en La Tarde― aumenta en 1934 sus diferencias con su compañero generacional. Es significativo que Índice, la revista que anima Domingo López Torres en 1935, asuma la actitud de Ariquistáin, criticando al «profeta del fracaso de las masas». En una de la secciones encontramos: «Al fin a don José Ortega y Gasset, filósofo de altura, que gustaba entretener su sabiduría aplicándola a la vida, encontró, en los amargos vericuetos que le anunciara Indalecio Prieto en cierta ocasión, alguien que le saliese al paso y le descubriese el rostro quitándole la máscara».

Las diferencias con quien ejerció su maestría sobre varias generaciones se acentúa en estos últimos años. La fortaleza de su pensamiento y su poderosa influencia constituyen, sin embargo, una «circunstancia» que, en buena medida, permitió el avance colectivo y la visión de un horizonte de modernidad.