Lluvia

Cuento de Anelio Rodríguez Concepción

Presentación de Cecilia Domínguez Luis

Anelio Rodríguez Concepción (Santa Cruz de La Palma, 1963) es, ante todo, un narrador. Y un narrador de relato corto en el que no solo importa lo que se dice sino también lo que se silencia.

Estas elipsis, muy presentes en los cuentos de este autor, propias de la narración oral de la que Anelio afirma sentirse deudor, imprimen a sus relatos de diferentes y profundas interpretaciones acerca del humano existir, de lo que significa ser habitantes de un planeta complejo, terrible y hermoso a la vez.

El autor nos cuenta sus historias en un lenguaje sencillo y directo, con el que consigue mantener el interés desde el principio hasta el final pero, al mismo tiempo y por obra de esos silencios, pretende que el lector indague, reflexione e incluso poetice sus relatos, como él lo hace al escribirlos.

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Así afirma en una entrevista: “…mis cuentos suelen desarrollarse de forma lineal, con un lenguaje claro, preciso y fluido, para atrapar a toda costa la atención del lector. Pero, ojo, al mismo tiempo se caracterizan por los cambios de ritmo, las paradas en seco y la elipsis…”.

En Lluvia, un cuento incluido en el libro El león de Mr. Sabas (Ed. Interseptem, 2004), Blasito, el niño protagonista de la historia, se pierde en un bosque del norte de La Palma. “Un bosque profundo, húmedo, poblado de tilos y viñátigos y mil alimañas…”, y allí se enfrenta con el vértigo del miedo que le provoca una tormenta con una lluvia fuerte y tenaz.

Un terror en el que se mezcla la fuerza de la naturaleza con la memoria de los cuentos, leyendas y mitos escuchados a sus mayores, y que le es casi imposible controlar. Ya a salvo, el niño es otro. Blas se convierte en una especie de niño-viejo al que de ahora en adelante se le verá “esbozar sutiles acertijos y callar obviedades.”

Lluvia, que parte de una historia cotidiana, sin aparente trascendencia, poco a poco nos va sumergiendo en un mundo donde se nos muestra con claridad- aunque es cierto que con una gran carga poética-la indefensión del ser humano.

Anelio Rodríguez Concepción ve la misma realidad que ven los otros pero también la suya propia, de tal manera que decide transformarla en una realidad imaginada, recreada.

Pero no solamente nos cuenta, también nos muestra esa realidad, y lo hace a través de la descripción de paisajes y momentos que, lejos de constituir un mero escenario, se convierten en parte de la acción, irrumpen en ella haciendo que se vuelva más impactante y, a la vez, más verosímil.

Todo esto en un lenguaje en el que abundan los canarismos, a los que se une esa sutil ironía que siempre acompaña la narrativa de Anelio.

Lluvia es el relato sobre el miedo y nuestra fragilidad. Una lluvia y un miedo que, como bien dice el autor en los versos finales de su poema titulado precisamente Lluvia:

Hoy
no existe
ya jamás
sino aquí
adentro

Anelio Rodríguez Concepción
Lluvia

A Caco León

Hace años, cuando aún no se había trazado la carretera del norte ni nada que se le pareciese, para ir desde esta loma a la ciudad salvando el abismo repetido de los barrancos no quedaba más remedio que subir y subir, monte a través, y bordear las cumbres hasta el descenso final por las Breñas. Durante dos o tres jornadas en cuestas y senderos zigzagueantes, los hombres llevaban un saco al hombro y las mujeres una cesta de mimbre a la cabeza, casi siempre cargando boniatos, ñame y trigo para trocar por almendras, café o tejidos estampados. Luego en la capital habría oportunidad de visitar a algún pariente y darse una vuelta memorable por los alrededores de la plaza de España. Poco más tarde el regreso, no menos penoso que la ida, al menos ofrecía tiempo de sobra para sopesar el valor de lo conseguido. Algo es algo.

Tampoco faltaban ocasiones en que aquella jodienda de subidas y bajadas se debiera a un corto pero inexcusable papeleo de ventanillas oficiales. Aunque no hubiese carga en esas otras excursiones rápidas, tanto para allá como para acá de igual forma descorazonaba la dureza de cada repecho y aun de cada paso, en un vía crucis sin sentido redentor. De esa clase de caminata fue la última de las hermanas Expósito, dos viejas arriscadas que, por no perder un aumento de su pensión de viudedad, debían personarse antes de fin de año en la oficina del registro civil. El ocho de diciembre les llegó la nota de citación y ya el mismo nueve, una vez resueltos sus escasos compromisos domésticos, emprendieron el viaje con premura, no fuera que la frecuente tardanza de los trámites de despacho les diese un susto innecesario.

Las acompañaba Blasito, el más pequeño de la familia, canillas flacas y ágiles, llenas de machucones. Doña Lucía le dio sobrados argumentos a su hija Charo:

– Cuanto antes firmemos, mejor. ¿Y no crees que Blasito debería ver mundo?

El niño aún tenía un par de dientes de leche y apenas trazaba las primeras letras pero, qué caramba, ya sabía ordeñar y coger pasto y cavar papas como un hombre y traducir los cambios de nubes. Por otra parte, tampoco se hubiera visto bien que una familia entera dejase solas a dos viejas monte adentro.

Justo en plena amanecida, con ese sabor a café en la boca que los meditabundos llevan de Guatemala a Guatepeor, salieron sigilosamente por el camino empinado, rente al muro de la galería. A las once ya avistaron las cumbres con su corona de codesos. A media tarde, ante los primeros tejados de La Galga, se dispusieron a merendar pan con queso duro y un peloto de gofio. Desanudando el pañuelo, doña Pancha, la otra Expósito, quiso comprobar que los papeles timbrados seguían en su sitio. Le subió a la cara el rubor de los sopetones.

– Ay, que no encuentro la cédula de identidad.
– ¿Qué? ¿Cómo va a ser eso?
– Sí, sí, pues mira, que debí dejarla en la mesilla de noche, o en el poyo de la cocina, no sé.
– Vaya gracia.

Tener que recular a aquellas alturas del día y del sendero era mucho más que un fastidio para dos señoras de tan quebradizas cinturas, así que de muy mala gana se vieron obligadas a confiar al nieto la misión de un regreso urgente.

– Sin ese documento no somos nadie- aclaró doña Lucía, mirando fijamente al niño. Quien no la conociera bien diría que casi suplicaba un imposible.

Educado bajo la vara que mide a los diligentes, Blas entendió a la primera el tono admonitorio de aquel lamento.

– Voy a buscarlo- respondió en voz baja.

Le dieron mil consejos enmarañados con dos besos sonoros: que caminara derechito y sin demora pero con cuidado de no caerse, y que fuera tranquilo, que todavía quedaba mucho para la noche cerrada e incluso hasta era posible que llegara a tiempo de cenar con sus padres, y, por favor, que no saliera de vuelta antes del amanecer, ellas lo esperarían en aquel mismo claro, tapadas con un mantujo, dispuestas a proseguir, Dios mediante, a media mañana.

– Anda, mi niño.

Las viejas sabían matar el gusanillo de las horas bobas. Pronto se enfrascaron a gusto en una de sus rehiladas chácharas nocturnas, convencidas de que la prestancia del nieto, serio y cumplidor como ninguno, lo haría volver sin mayores problemas sobre los propios pasos. Doña Pancha recordó que en cierta ocasión, allá en sus tiempos de soltería, tuvo que recorrer sin compaña una pista de tierra hasta el barrial de El Lomo para llevarle unas labores de ganchillo a la prima Carmen Nieves. Al pasar por la Cruz Chica se persignó tres veces, la primera de ellas con el dedo pulgar. Fue en verano, antes de las fiestas de la Patrona, y el olor a estiércol seco le provocó una pequeña taquicardia.

– Taquicardia, sí. Anda, anda, que es que por allí vivía Florencio- rio doña Lucía.

– El pobre. Dios lo tenga en la gloria.

Blasito vino a recalar a su casa más o menos al caer la noche. Le ardían las plantas de los pies. Según el sobrio fundamento de los suyos, dio escasas pero suficientes explicaciones de lo sucedido.

– Muy bien. Ahora come algo y acuéstate- le dijeron con la mano en el hombro. Sobre todo se sintió halagado por la mirada del padre.

Durmió en el jergón de Pedro (nunca se le había dispensado tal honor) y al cabo de unas pocas horas, aún a oscuras, la madre le susurró al oído:

– Blasito.

El niño se levantó enseguida. No tuvo paciencia sino para desayunar apenas una tazona de leche. La nata se le adhería al paladar como el residuo de un caramelo.

Charo le guardó el papel en el bolsillo del pantalón y al salir le dijo desde el postigo de la cocina:

– Queda muy poco para que amanezca.

Con esa certeza Blas inició la ruta ascendente sin candela ni fósforos, abotonándose hasta el cuello, escupiendo a un lado en actitud de machote. La luna, cada vez más baja, desaparecía en el espesor de la brisa. Lo que el chico no pudo sospechar, ni siquiera tras un kilómetro de marcha casi a tientas, es que su madre había errado en el cálculo de la inminencia del alba: ante el apuro de sus tías, o quizá sólo perturbada por un mal sueño, la mujer se desperó antes de lo habitual sin caer en la cuenta de que era demasiado temprano, avistó mal las luces del cielo y se dejó llevar por equívocas señales del estómago. El reloj de la casa llevaba años roto, arrinconado en el alpendre, porque ella siempre intuía la hora con asombroso acierto.

– No sé. Me lo dicen las tripas. Las tripas y la luz en la raya del horizonte- solía agüir.

Pero aquella madrugada tuvo su primer y más lamentable traspiés. No eran aproximadamente las siete cuando despertó al hijo. Ni siquiera eran aproximadamente las seis, ni las cinco.

Al principio Blas andaba lento y sereno, pero al recrudecerse la oscuridad se sintió dominado por una impaciencia peligrosa. Aumentaron los trompicones, las paradas en seco y los arranques sin sentido, dentro y fuera del camino, subiendo y bajando, sobre tierra y sobre pinocha resbaladiza. Así se movió y se removió no se sabe durante cuánto tiempo, preocupado por mantener el equilibrio con los brazos extendidos hacia adelante, hasta que al fin advirtió que su bamboleo nada tenía que ver con la perseverancia viril ni con el sentido de la supervivencia de los ciegos, sino con la angustia de un chiquillo perdido en el bosque. El bosque profundo, húmedo, poblado de tilos y viñátigos y mil alimañas, posible origen de uno de tantos barrancos ignotos.

Por encima de la carraspera y la respiración acelerada, Blas podía escuchar sus latidos en la vena del cuello e incluso en las orejas calientes. Como si hubiese metido la cabeza dentro de una pileta de agua. Hacía largo rato que las piernas le temblaban, sacudidas por auténticos espasmos. No lo inquietaba la posible aparición de una bestia, ni los rugidos del aire desde la maleza presentida, sino aquel negro circundante, absoluto como el vacío o la nada o el infinito.

– Ay, mamá- no se atrevió a gritar.

Si acaso intuía el jugueteo de las ramas inquietando con algún que otro runrún. A veces resonaba un silbo grave, algo así como el llamado de un alma en pena. El niño sólo conocía la historia de una auténtica alma en pena, la de la damita Van de Walle, que siglos atrás, desde su sepulcro en la capilla señorial de la iglesia, atemorizó a los habitantes de San Andrés con espantosos chillidos de socorro. Hacía poco tiempo, en unas obras de restauración, al parecer su esqueleto estirado en la escalera de la cripta, se supo que por error la debieron sepultar viva, como dormida, recordaba Blas.

Sus manos se toparon con la superficie musgosa y plana de una enorme piedra. Una caboca, desde luego. El chico se fue acurrucando poco a poco en el hueco que se cerraba en la base de la caboca, hasta casi incrustarse en los márgenes del ángulo cerrado, allí donde comparten arcilla y baba los caracoles. El niño no se explicaba la tardanza del sol. La palabra de su madre era ley. Desde el candor Blasito quiso discernir, lejos de la pura verdad, un tropel de desgracias acechantes. Jamás había presenciado el prodigio de tanta arritmia imprevista en los ciclos del cielo nubloso. Era la noche que caía encima de la noche.

– Imposible- se escuchó decir a sí mismo, como en sueños.

Lo único que le vino a la cabeza fue el anuncio del apocalipsis que don Federico había descrito en una sesión de catequesis: momento llegará, avisó, en que sobre nuestras cabezas reine la oscuridad total, la noche eterna, el agujero negro, el desagüe por donde se pierde el mundo. O algo así. Ahora la idea le iba creciendo y tomaba cuerpo en simples enunciados repetidos con cada latido en la vena del cuello: ay, mamá, el fin del mundo, Blasito, ay, mamá, el fin del mundo, Blasito, el fin, el fin, una y otra vez, como la cantinela del rosario, quizá para limar inconscientemente el rasguño de las horas muertas. Oh, las horas muertas, muertas, muertas.

Tanta sospecha hubo de verse reforzada por la aparición repentina de una lluvia tenaz fuera del hueco de la caboca, en el negro de la noche interminable.

En breve el agua caería a cántaros. No tardó en resonar por todas partes un redoble de barro y bolotes rodando, la furia del chaparrón y la sordina de las ramas, el crujir de un tronco, el desgarro de las raíces, la fronda estremecida, el corazón crepitante del niño y, a lo lejos, un trueno, pero sin relámpagos, Dios mío, pero sin relámpagos, ay, mamá, el fin del mundo, Blasito, el fin, el fin.

El niño pensó en la muerte perra, la muerte de los abuelos encamados, de los capirotes presos, de los bueyes enfermizos con la lengua envuelta en espuma. Pensó por primera vez en su vida en su propia muerte. Y se encontró de golpe con el horror. Sintió un picor de ronchas en la piel de gallina, en el cuero cabelludo, en el pecho, por fuera y por dentro del pecho. Quiso recordar el mejor rostro de su madre. Dijo:

– Mamaíta.

Y sin querer acabó enumerando las tareas pendientes de esa semana, como afilar la hoz y el machete, coger tagasaste en la relva de los Panzudos, coger tagasaste en la relva de los Abreu, limpiar el pajero, buscar agua en el pozo de La Galga, llevar la pinta canela a que montase el chivo de los Feliciano (el ciego).

Nada más remitir aquel terrible palo de agua, el bosque enmudeció. Peor aún. Y entonces el niño se acurrucó más en el hueco de la caboca. El mundo se escurría por sus pupilas dilatadas.

Limpiar la pila del bernegal, limpiar la empleita de abuela Lucía, sacarle brillo a la empleita, dejarla como una corona de rey mago, echarle de comer a las cabras por la noche, decirles palabras blandas a las cabras para que se carguen de lechita y tirarles de las tetas sin prisa.

Blas pensó: cuidado, que en una de estas viene el coco y me lleva consigo. Blas sabía que se iba a morir y se le descompuso el estómago. Se le secaron los labios.

La señora Van de Walle vagaba no muy lejos de allí con un camisón blanco fosforescente, cantando himnos.

Era como si se lo hubiera comido un lagarto gigantesco. La barriga del lagarto trasegaba un sinfín de tierras tiernas, la digestión de una cena farragosa e interminable.

Así una hora.

Hasta que, arrancado del vértigo, pareció iniciarse el espejismo de una irisación casi imperceptible sobre dos o tres arbustos chorreantes. Le faltaba un soplo de evidencia a la mañana nueva cuando los mirlos y las grajas empezaron a desperdigarse desde la altura.

Hubo de aclarar de manera ostensible antes de que Blas se decidiese a salir tímidamente, de rodillas y con la espalda hundida. A lo largo de la bóveda verde proliferaron, titilando, tenues guiños de luz. Ya de pie, dispuesto para la última palabra, Blas se puso a llorar, moqueante, ruidoso.

– Ay, mamá.

Luego arrastró los pies, sin rumbo, por el lodazal rojo de la fronda, tropezando desgarbado, exangüe, hasta alcanzar un tronco de pino bizcochado por el fuego. El hipo y las lágrimas apenas lo dejaban situarse en la penumbra. Aun así, de pronto, durante varios segundos de milagrosa lucidez, alcanzó a vislumbrar la silueta de un hombre al otro lado de la barranquera. Convencido de que al fin el coco se decidía a envolverlo en su hálito de bicho hirsuto, el niño cerró los ojos. El corazón se le disparaba más allá del simple arrebato de pánico.

Ese es el verdadero motivo por el que, cuando el desconocido se le acercó, apenas dio dos pasos hacia delante, como insomne que se entrega a la fatalidad.

Era un hombre joven y sucio, de barba negra, tocado de boina.

– ¿Estás solo?- le preguntó.

Blas se sentía acongojado y libre, muerto de miedo e ingrávido.

– Tranquilo, chiquito.

El hombre lo guió de la mano por la margen izquierda, menos limosa, hasta un claro espléndido que se abre cerca del puente de las moras. No transcurrieron ni diez minutos. Blas empezaba a comprender que realmente ya no había peligro. En el trayecto ninguno de los dos dijo esta boca es mía. Aquel extraño ángel de la guarda no necesitaba dar explicaciones.

La mano del hombre era grande y callosa. Sin embargo, no tenía presencia de labrador, ni de cabrero. Así lo describiría el chico al volver sano y salvo al caserío. Todos, alertados desde hacía rato por Charo, lo esperaban tras la tormenta, vociferando el nombre de Blas, Blas y venga Blas. Se enteraron hasta los vecinos del barrial más próximo a la playa. El padre acertó al suponer que el mocetón que lo trajo al castaño grande era uno de los alzados republicanos, fugitivos de la justicia desde la llegada del «Canalejas».

El niño regresó aletargado, con la mirada turbia de un tísico, o casi. En pocas horas se le había llenado la cabeza del fluido dulce y zumbón que invita a los ancianos a esbozar sutiles acertijos y callar las obviedades. Con su mismo cuerpo menudo, con su voz atiplada y sus piernuchas, aquel día Blasito se había convertido para siempre en un anciano, y lo cierto es que nadie, con reconocerlo en aquella apariencia de chiquillo frágil, fue ajeno al prodigio.

De que las hermanas Expósito arreglaran sus papeles muy pocos se acuerdan, eso seguro, pero el fenómeno del niño viejo sigue siendo un tema de conversación en los corrillos de este pago. Un niño que vivió a solas la noche de los tiempos y pudo sentir cómo sus entrañas de pronto se volvían sabias y prudentes. Un niño muerto pero vivo. Vivo muerto.Un niño muerto pero vivo. Vivo muerto. Cuando la gente habla de Blas, en cierto modo parece referirse a un niño al que hace años se hubiese tragado la tierra.

[Anelio Rodríguez Concepción: El león de Mr. Sabas, InterSeptem Canarias, S/C de Tenerife: 2004, pp.17-28]