Lo atlántico entre lo mediterráneo y lo caribeño

Por Juan-Manuel García Ramos · Insulario

Juan-Manuel García Ramos


Tres mentalidades y tres creatividades. Lo mediterráneo como cuna reconocida de la civilización occidental (Jerusalén, Atenas y Roma), lo atlántico como una consecuencia y como una expansión de ese modelo civilizador, y lo caribeño como el primer solar de América donde acontece la hibridez natural, el sincretismo de todas las aportaciones anteriores.

Tres libros detrás de esas tres mentalidades: Canarias y el Atlántico (1947-1950) 1, de Antonio Rumeu de Armas, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II 2, de Fernand Braudel, y La isla que se repite 3, de Antonio Benítez Rojo.

¿Y en esa triangulación qué lugar ocupa Canarias?

Por la mitología, la historia y la literatura y la cultura en general, Canarias pertenece a la comarca cultural atlántica.

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En ese sentido, los canarios se han preguntado cómo podrían definirse mejor desde el punto de vista de su ser colectivo. ¿Acaso con su mirada puesta en el interior, o viéndose proyectados en el exterior que han sido (nosotros y los otros) capaces de generar con sus sueños, con sus viajes, con su espíritu comercial o su capacidad innata de relacionarse con otros pueblos?

Según el ex rector de la Universidad de Azores, el profesor e investigador Antonio Machado Pires, los archipiélagos de Azores, de Madeira, de Cabo Verde y de Canarias son una mezcla incierta de vulnerabilidad y dependencia. Un espacio anímico donde la geografía puede tanto como la historia, nos dice Machado Pires citando a su paisano Vitorino Nemésio 4.

La geografía aísla a esos archipiélagos, pero, al mismo tiempo, les abre las puertas de infinitas conexiones y entendimientos. La inmensidad de las aguas atlánticas puede significar soledad o comunicación y esos archipiélagos optaron siempre por la comunicación. La geografía también los marca: volcanismo, oceanidad, permeabilización cultural, emigración y dependencia económica y política.


Lo atlántico entre lo mediterráneo y lo caribeño

Si pensamos en las raíces lingüísticas líbico-bereberes de la lengua hablada por los aborígenes canarios, si pensamos en las conexiones de los antiguos pobladores de la Cueva Pintada de Gáldar, en Gran Canaria, con las culturas cicládicas y de la Grecia arcaica −comprobadas a través de las venus, los esquematismos geométricos y los vasos troncocónicos con asas cuadrangulares de los restos de cerámica descubiertos, a través de los dibujos en espigas y en zig-zag, en damero o en triángulo, de los sellos de arcilla o pintaderas hallados en ese yacimiento del norte de Gran Canaria−, si pensamos, además, en nuestra disposición desde el siglo XV para incorporarnos a la cultura europea −mediante periodos como la Ilustración de Viera y Clavijo; las corrientes científicas de fines del siglo XIX defendidas por publicaciones periódicas como la Revista de Canarias, La Ilustración de Canarias o el El Museo Canario; o lo que supuso, dentro de los seísmos vanguardistas, la experiencia de Gaceta de Arte−; o seguimos pensando en nuestras vecindades sociales, económicas, culturales y políticas con el continente americano; si hacemos ese recorrido no demasiado costoso, podemos concluir fácilmente que la catalogación de la cultura canaria como una más de las culturas de encrucijada del mundo no es nada inexacto.

En ese sentido, caben múltiples reflexiones sobre esa tendencia nuestra, de nuestros antepasados remotos o cercanos, a apropiarnos, a dialogar, con la cultura del «otro».

Por ejemplo, dentro de la vocación atlántica aludida, entre Canarias y América se han dado curiosas circunstancias. Hemos hablado en otro lugar de cómo fuimos −canarios (¿macaronésicos, en general?) y americanos− confundidos por la mitología, primero, y hasta por la historia y la política, posteriormente, y luego por la literatura y la cultura en general.

Para griegos y latinos, todo lo que se encontraba al otro lado de las Columnas de Hércules era un mismo enigma. Y así soñaron con su desciframiento. La lista de estas adivinaciones es larga: Homero, Hesiodo, Platón, Séneca…

Muchos autores excavaron en esas originales fantasmagorías y espejismos y, a medida que la ciencia náutica progresó, fueron acomodando las meras palabras, los simples presagios, a las cosas de la realidad.

En esa dinámica, la precisión descriptiva acercó paulatinamente el mito a la certeza, como tenemos oportunidad de comprobar en un pasaje de las Etimologías de Isidoro de Sevilla (siglo VII d.C.) sobre las Islas Afortunadas y su relación con Canarias: «Las Islas Afortunadas nos están indicando, con sus nombres, que producen toda clase de bienes; es como si se las considerara felices y dichosas por la abundancia de sus frutos… Están situadas en el océano, en frente y a la izquierda de Mauritania, cercanas al occidente de la misma, y separadas ambas por el mar» (Etimologías, XIV, 6, 8-10).

Ocho siglos más tarde, las descripciones de Isidoro de Sevilla las retomará Colón en su Relación del Tercer Viaje (1498): «Algunos gentiles quisieron dezir por argumentos, que él (el Paraíso) era en las islas Fortunate, que son las Canarias» 5.

La historia, la literatura en general y la literatura narrativa en particular son, sobre todo, un ejercicio de la memoria. Muchas veces de la memoria personal del creador y, otras tantas veces, de la memoria colectiva de la que ese creador se siente parte. Asimismo poseemos una memoria genética que no nos deja surgir de la nada. Una memoria repleta, según Jung, de «imágenes primordiales de carácter universal». Desde que nacemos reside en nosotros un patrimonio referencial heredado.

¿Qué es un imaginario? Un «repertorio de imágenes simbólicas que pueden aparecer en una literatura», según lo definen Angelo Marchese y Joaquín Forradellas en su manejado Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria 6. La imagen reorganiza y aúna las culturas después de su extinción, mantuvo siempre José Lezama Lima.

Cuando hablamos del «imaginario atlántico», o de nuestra «atlanticidad», nos referimos a una memoria colectiva compartida con otros pueblos vinculados al océano común; a una memoria colectiva habitada de mitos, esos mitos que quizá hemos sido capaces de racionalizar, pero que no hemos podido destruirlos, como nos advirtió hace años Octavio Paz 7; de gestas, de rutas comerciales, de periodos de convivencia, de maneras de mirar al mundo y de descifrarlo. A una memoria común que ha generado modos cercanos de erguir fábulas, recreaciones de una realidad construida entre todos.

En ese sentido, el norteamericano Charles Olson (1910-1971, director del college experimental de humanismo, el «Black Mountain», en North Carolina, desde 1951 a 1955), en su obra más importante, The Maximus Poems 8, nos habla de una ciudad mítica, Gloucester, de una ciudad desmembrada en sus orígenes de África y viajera oceánica hasta las costas americanas. Olson no duda: «Sabéis, la propia Gloucester viene de las Canarias».

Según afirma el tristemente desaparecido Kevin Power, estudioso de la obra de Olson, en su libro Una poética activa 9 , para el autor de The Maximus Poems, la idea de «geografía (cuerpo como lugar/cuerpo en un lugar) se acerca mucho a su mismo concepto de Historia (His/Story:Su/Historia): el hombre en su historia».

Como ya advertimos, quizá más que de «canariedad», nosotros debamos hablar de «atlanticidad», no como parte ni como herederos del fabuloso continente de Platón, sino como pueblo en perpetua proyección, como pueblo sensible y permeable a todo lo que circula por ese océano en particular. La «atlanticidad» es nuestra renta de situación. La cultura canaria se hizo adulta cuando asumió su vocación atlántica. Y nuestro futuro está en la situación estratégica que seamos capaces de ocupar en este segundo océano mayor del planeta.

Y no puede uno referirse al concepto de «atlanticidad» sin citar de nuevo a don Antonio Rumeu de Armas, el autor de Canarias y el Atlántico, la obra juvenil pero ambiciosa de nuestro autor.

Por ese Atlántico ha circulado la cultura occidental con todas sus consecuencias −el monoteísmo judeocristiano (Jerusalén); la filosofía racionalista griega (Atenas); el derecho romano(Roma)−; ese Atlántico ha sido testigo de las reciprocidades euroamericanas y de las vinculaciones de África con el Nuevo y el Viejo Mundo.

De esa triangulación cultural y civilizadora los canarios somos hijos, lo queramos o no. Los patrones de nuestro pensamiento insular son tan vastos como plurales en sus esencias.

Hemos sido hijos de los mitos grecolatinos, de las fábulas medievales y de las ensoñaciones renacentistas.

El Atlántico ha sido un solar común y húmedo de pueblos distantes y diferenciados. El mismo Charles Olson lo describe en uno de los poemas traducidos por Manuel Brito en el estudio citado: «los portugueses/ son medio fenicios (?)/ canarios/ cromañones./ Islas,/ hacia islas,/ promontorios/ y costas/ piedras/ megalíticas/ Estaciones/ en las costas/ y Sable/ Después Inglaterra/ una tierra/ agustina».

Islas hacia islas: tráfago comercial y ajetreo de guerras y rivalidades: los personajes ruedan por escenarios que se miran entre ellos en una continuada relación especular.

Hay un atlantismo anímico poco estudiado: la remota sensación de los habitantes de un lado y otro del océano, y de los que nos encontramos en medio, primordialmente, de que fuimos soñados todos de una vez y con algún objetivo común que jamás hemos descubierto.

La novela Un camino en el mundo, editada por primera vez en 1994 10, es una obra desenvuelta de una autor veterano del género narrativo. Una obra de nuestros tiempos postmodernos que responde a una cuestión de apariencia elemental: somos lo que somos y lo que hemos sido.

En esa novela del Premio Nobel V. S. Naipaul, un autor nacido en Trinidad, de origen hindú y con pasaporte británico en la actualidad, nos habla sin mediadores una voz desde el presente de su creación, y desde esa perspectiva desenfadada nos invita a regresar a algunas excelsas biografías, todas ellas desplegadas en las distintas riberas de la comarca cultural atlántico-caribeña.

Desde la parte americana, seres como Leonard Side se preguntan de qué padres o abuelos provienen, remontándose a sus arcanos, a la memoria de los seres de los que han de descender, sin descartar que uno de los ancestros quizá resida en los grupos danzantes de Luknow (capital del estado de Uttar Pradeshen, la India), los lúbricos hombres que se pintaban el rostro e intentaban vivir como mujeres.

Junto a la trayectoria de Side, la de un gigante negro de piel suave y de hombros poderosos: Blair, trinitense, de temple oficinesco, que terminará muriendo en el África de sus antepasados en una extraña misión diplomática; el escritor británico Foster Morris, que viajó y escribió sobre Trinidad; el activista Lebrun; el viejo Walter Raleigh, que regresa anciano a descubrir imposibles, o la biografía sorprendente de nuestro Francisco de Miranda.

La vida transcurre −en palabras del narrador y ensayista cubano Antonio Benítez Rojo− en esa cópula de Europa con las costas del Caribe, de la inseminación americana de sangre africana y asiática, entre la encomienda de indios y la plantación esclavista, entre la servidumbre del ‘coolie’ y la discriminación del criollo, entre el monopolio comercial y la piratería, entre el palenque y el palacio del gobernador: el parto del Atlántico 11.

Un camino en el mundo es un fresco multicultural, al que siempre hay que volver y donde Canarias está por todas partes, junto a la Europa de todos los tiempos, África, por supuesto, y el Asia meridional.

Una vez más queda demostrado que las matrices culturales canarias no se encuentran al margen de la influencia española peninsular, pero sí van mucho más allá en su diversidad.

En nuestro trabajo, Por un imaginario atlántico. Las otras crónicas 12, trazamos hace ya bastantes años un mapa literario de interfecundaciones metafóricas que se han dado entre las Islas Canarias, entre sus creadores, y América y sus poetas, novelistas y dramaturgos. Un imaginar común, lleno de reciprocidades, dentro de las cuales se encuentran tanto los novelistas hispanoamericanos estudiados en esa primera entrega, Alejo Carpentier, Antonio Benítez Rojo, Abel Posse, Augusto Roa Bastos, como canarios de ayer, Anchieta, Silvestre de Balboa, Luis Melián de Betancurt, Graciliano Afonso, Tomás Morales, Mercedes Pinto, Francisco Izquierdo, Josefina Plá, José Antonio Rial, o canarios y asimilados de hoy como Nivaria Tejera, Antonio López Ortega, J.C. Méndez Guédez…

En ese libro citado, continuábamos, por el lado literario, lo emprendido por el ya citado Antonio Rumeu de Armas en su libro monumental sobre Canarias y el Atlántico, aparecido en los años 1947-1950, en su primera edición, con el título de Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias, una empresa semejante a la del historiador francés Fernand Braudel con respecto al Mediterráneo, con su magna obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de 1949, aunque esta publicada dos años más tarde que la de don Antonio Rumeu de Armas.

Los autores ya estudiados en el libro Para un imaginario atlántico y los pendientes de analizar, en parte aquí señalados 13, hablan de Canarias y de América como un territorio unimismado en lo físico y en lo espiritual, como antes lo hicieron la mitología grecolatina, la historia escrita por Fray Bartolomé de las Casas, la Europa del Renacimiento o las cortes de los Reyes Católicos o de Felipe II.

Los mitos clásicos de la unidad de los mundos allende las Columnas de Hércules, siguen vivos para algunos creadores; se persiste en establecer relaciones interhumanas a través del lenguaje y de las imágenes literarias. La literatura y las artes en general son sistemas simbólicos capaces de poner en relación culturas diferentes y de reinterpretarlas bajo otro punto de vista.


P.D. Nuestro proyecto con vistas al futuro consistiría en diseñar una colección literaria atlántica donde se sistematizara una literatura de frontera canario-macaronésica-americana, con obras de distintos géneros y autores influidos ya por la doble experiencia vital canaria (macaronésica) y americana, o viceversa, ya por participar de movimientos estético-literarios compartidos.

Lo atlántico como un palimpsesto donde se insertan diversas escrituras y todas ellas nos conciernen: la mitológica, la histórica, la política, la socioeconómica, la científica y, por supuesto, la literaria, la literatura tal y como la entendemos a través de Claudio Magris: como la única disciplina capaz de ordenar lo que antes nos quisieron decir la historia –al contar, bien o mal, los hechos−, la sociología –al describir los procesos−, la estadística –al proporcionar las cifras−, o la política –al conjugar todas esas informaciones en su propio beneficio−.

La literatura como sistema de conocimiento, como fecunda aleación de realidad y ficción, de historia y de fantasía, vehículo para facilitarnos el descubrimiento profundo de las identidades de los pueblos y de las colectividades: «La literatura es por sí misma una frontera y una expedición a la búsqueda de nuevas fronteras, un desplazamiento y una definición de las mismas» 14

Catedrático de Filología Española de la Universidad de La Laguna y escritor