Muchacha Isla

Por José Antonio Ramos Arteaga · Aula Literaria, Preuniversitario

El poema de la Antología PAU pertenece a su libro Marzo Incompleto. Dividido en cinco partes (más un poema liminal), este poemario se puede leer casi como un torturado diario interior en el que Josefina de la Torre parte de la niñez (con una oscuridad ambiental muy distinta a la claridad preciosista de sus primeros libros) y desemboca en su propio funeral. Es un relato no de iniciación, sino del más profundo desencanto. Ya el poema liminal avanza el desasosiego de la autora:

Quisiera que en lugar
De este Abril y este Mayo
Y este sol que nace
Con el aire temprano,
Fuera otra vez, de nuevo,
Aquel Marzo incompleto.
No tenía principio
Ni fin. Era mitad,
Centro predestinado,
Eje de un solo sueño.
Y termina:
Pero este Abril lejano
Y este Mayo en silencio
Que dejaron mis voces
Encerradas dentro,
¿qué saben de este Marzo
Sin medida, incompleto?

Los poemas de la primera parte hablan con cierto tono de canción infantil que reproduce rítmicamente con formas métricas como el romance, recursos como los paralelismos y repeticiones. Sin embargo es una experiencia con tintes sombríos y oníricos:

No sé por qué voy y vengo
De la sombra a la pared,
Ni yo misma sé porqué
Se me desprende la luz
Contra mis brazos en cruz.
Me olvidan sola, en la ausencia,
Y me cierran las paredes
A oscuras, con cuatro puertas.
Nadie me ve ni me oye.
Nadie sabe de mis voces…

Este no saber, esta incertidumbre se refleja en otro de los poemas:

…Tener la duda constante
Del sí y el no entre las sienes.
¡Ay, yo quisiera probar
El sabor de las certezas!

La desazón por el deseo insatisfecho conduce a contrastar la niña de la alegría, de la espontaneidad y de las sensaciones que fue con la mujer abierta al dolor que es ahora:

Si yo pudiera, amor,
Engañarme a mí misma,
Vivir a ras de tierra,
Siempre en la superficie,
A flor de agua y de luz,
No dentro, sumergida,
Interiormente viva…
¡Engañarme, oh amor
Como el niño que ríe!

La segunda parte retoma este deseo de volver a cierta inocencia primera del no saber y la queja por la ausencia de ese tú protagonista del poemario:

Llevabas
en los pies arena blanca
de una playa desconocida.
Por eso
Cuando a mí llegaste
No sentí tus pisadas…

Poco a poco este tú va materializándose, corporeizándose en el poemario: es el hijo que nunca llegó, y al que se alude en la tercera parte.

A lo largo de mis años estériles,
¡cuánto he pensado en ti!
He apretado la frente de sueños
Y he estrujado el pobre desconsuelo
De tu cuerpo pequeño,
Tus primeras sonrisas,
Tu primera palabra.
He pensado, hijo mío,
Que serías la razón de mi vida,
Mi compañero,
El íntimo secreto de mi lucha,
El regalo de mi soledad
Y también mi inquietud…

En la cuarta parte (la más impresionante y que cierra el poema seleccionado de nuestra antología) aparece una doble tensión en la experiencia de la frustración: la auto increpación por su esterilidad (el cuerpo como casa desarbolada, como olivo seco, como “pez frío”) y la imaginería religiosa de un Cristo-Josefina (la edad, la abnegación amorosa, el sacrificio estéril):

Número igual,
Con aroma enervante de universo,
Tan infinitamente
Raíz y flor
De la tierra al espacio,
Tan equilibrio ardiente de mi amor…
-edad de Cristo,
También crucificada-.

Como dijimos antes, el último poema de esta cuarta parte es el que corresponde a este describirse como proyecto de vida frustrado. La idea de la errancia del ser (“rondo por las oscuras paredes de mí misma”) y cierto sonambulismo vital (“Y ahora voy como dormida en las tinieblas”) como destino asumido por su esterilidad, queda muy bien reflejada en los siguientes versos:

Y no pude ser tierra, ni esencia, ni armonía,
Que son fruto, sonido, creación, universo.
No este desalentado y lento desgranarse
Que convierte en preguntas todo cuanto es herida.

Hay cierto tono de serenidad trágica griega en esta asunción de la existencia abocada al vacío.

La quinta parte, y última, aborda el futuro ineludible: la muerte. Son cuatro poemas relacionados con las consecuencias de esa ausencia:

¡Qué lejos estaré,
Ciega, perdida,
Con esta vida inútil en tu busca!

Pero el último de ellos vuelve a la comparación con Cristo en clave onírica, un emocionante solapamiento entre la figura del crucificado y su propio cuerpo:

Con las manos en cruz he de morirme,
Que Él murió por amor
En el Calvario,
Y de este gran amor que voy perdida
Ya nadie más podrá juntar los brazos.


Siguiente página → 1 2 3

Doctor en Filología Hispánica y profesor de la Universidad de La Laguna