Prólogo

Al novelista puede interesarle mostrar el relato de su mundo interior, o del propio proceso narrativo o, en ocasiones, situar en primer plano temático los problemas que afectan al individuo en una sociedad depauperada. En estos primeros años del siglo XXI se ha generado una crisis financiera que ha castigado a una buena parte de la población y la ha puesto en situación casi marginal. Tal tema adquiere protagonismo y puede ser tratado desde una perspectiva social y comprometida. Este tipo de novela está respondiendo a una nueva denominación: “novela de la crisis”.

Tres novelistas han reflexionado sobre sus respectivas obras:

Recaredo Veredas (Madrid, 1970) publica en 2014 la novela Deudas vencidas (Editorial Salto de Página). Pone en evidencia la fragilidad y ruindad material y moral de los individuos que habitan en la sociedad presente.

Elvira Navarro (Huelva, 1978) muestra en su novela La Trabajadora (Mondadori, 2014) cómo la crisis económica y social afecta negativamente la salud mental de los personajes.

Domenico Chiappe (Perú, 1970) narra en Tiempo de encierro (Lengua de Trapo, 2013) la desventura de quien va a ser desahuciada de su casa en un momento fecundo de su vida.

Novela de la crisis, por Recaredo Veredas

Cada artista, y por supuesto cada escritor, es deudor del tiempo en el que vive. El novelista incluso más, pues no puede refugiarse en lo abstracto, como sí puede hacer un poeta o un artista plástico. Solo algunas novelas experimentales pueden prescindir de la sociedad que rodea a los protagonistas y, si la sociedad que habita el escritor está hundida, es muy difícil que ello no repercuta de alguna manera en la obra. Yendo al grano: Si un país, caso de España, vive una crisis descomunal, que ha sumido a gran parte de su población en la precariedad más absoluta, la crisis aparecerá, lo quieran o no los autores, en las obras escritas durante ese tiempo. Quienes logren permanecer ajenos a tal mancha será por dos causas: por su pertenencia a un estatus privilegiado, que consigue quedar al margen del diluvio, o por la ancestral apatía española: preferimos cobrar la mitad por trabajar el doble a rebelarnos. Incluso la pertenencia a un estatus privilegiado, caso, por ejemplo, de Henry James, resulta política y reveladora ya que indica que tanto el autor como sus personajes habitan un mundo de fantasía (bello, impecable, pero de fantasía). Pero, al margen de estas consideraciones, discutibles como todas, sí puede afirmarse la existencia de una narrativa concreta de la crisis, que mira de frente a la catástrofe y ha decidido intervenir en la realidad, aunque esa intervención, como todas las causas artísticas de nuestro tiempo, esté destinada al fracaso. Nuestros tiempos son tan permeables a cualquier improperio que es posible que los constructores y los políticos que han causado esta debacle lean con agrado las novelas que voy a citar.

Tal vez el primer autor, o el primer autor notable, que abordó el problema es Rafael Chirbes. Lo hizo cuando la crisis aún no se había desatado, con la escritura de Crematorio (Anagrama). Esta novela transcurre en la costa valenciana, cuando los últimos vestigios de belleza son machacados por las grúas, el ladrillo y, sobre todo, una avaricia sin límites. Su protagonista es un arquitecto, ilustrado y cínico, llamado Rubén. Un hombre que fue idealista, amante del arte y de la honradez pero sufrió una conversión faústica, tras la que solo le importaba el dinero y el éxito. Le rodean prostitutas, amantes, una familia despechada, concejales corruptos y un hermano comunista que resiste a la llamada irresistible del dinero fácil. En Crematorio no hay crisis económica, fluyen ríos de dinero sucio, pero sí un profundo mal moral, que profetiza la cercanía del abismo. Es, desde una perspectiva técnica, una novela atrevida, que cruza diversos monólogos interiores, sobre los que prevalece la voz amarga y prepotente de Rubén. Los años pasaron y tras la borrachera vino la, conocida por todos, resaca. Chirbes no permaneció indiferente y decidió describir las ruinas que nos acompañan tras la batalla. Lo hizo en la premiada En la orilla donde con distintos personajes, aunque con un registro muy similar, recorrió los mismos parajes, ahora arruinados, logrando así un fresco histórico que pasará a la historia, no sé si pequeña o grande, de la literatura española. Con menos repercusión, aunque con una calidad cercana, podemos citar a Joan Francesc Mira, que trasladó La divina Comedia a la ciudad de Valencia en su espléndida Purgatorio (Edhasa), donde muestra a un empresario de la construcción enfermo de cáncer, metáfora clara de la patología que comenzaba a asolar España.

La narrativa joven española parece, en su mayoría, ajena a la crisis y perdida en baldías obras autorreferenciales. Su ensimismamiento puede considerarse un reflejo del profundo deterioro que sufren los valores básicos en nuestra sociedad. Una excepción notable es la narradora andaluza Elvira Navarro, cuya última novela (La trabajadora) ha conseguido un notable éxito, llegando incluso hasta la tercera edición, un logro, por desgracia, muy poco frecuente entre escritores de su exigencia literaria. En La trabajadora, Navarro describe con sorprendente empatía la caída en el infierno de la enfermedad mental que sufre su protagonista, causada por una precariedad laboral que contrasta con su más que notable currículum. Una precariedad que, además, no parece tener fecha de vencimiento. La trabajadora, gran y simple título, pasea al anochecer por su barrio, una zona de la periferia hundida en unas sombras casi expresionistas, correlato de la ruina y la degradación moral que la acompañan. Otra excepción es Isaac Rosa, autor combativo como pocos, que ha abordado la crisis en la reciente La habitación oscura, donde aborda la tragedia de la conocida como “generación más preparada de la historia”, que ha terminado siendo la generación más fracasada de el último siglo.

Este modesto articulista también ha escrito su novela de la crisis, aunque en ningún momento pretendiera hacerlo. Se titula Deudas vencidas (Editorial Salto de Página) y transcurre en el Madrid actual, otro de los mayores semilleros de corrupción de nuestro país. Es una novela narrada en primera persona, por un abogado cínico y con aspiraciones literarias, que no rechaza la contratación de un mafioso ruso para mejorar sus beneficios. Intenté que el dolor inherente a la descripción de la penuria quedara suavizado -o incrementado, depende del punto de vista que se adopte- por un humor negrísimo y por la continua crisis existencial del protagonista.
Afirmo que no pretendía hacerlo porque mis fines eran:

-Mostrar la vida cotidiana de un abogado arribista, un personaje presente en todas las épocas pasadas, presentes y futuras. Pero, como afirmaba al principio, un escritor no es impermeable a la realidad que le rodea y sí lo que contemplo es una crisis económica y moral de proporciones descomunales, parece inevitable que no tome su protagonismo.

-Evidenciar la trivialidad de nuestros protagonistas culturales, que solo buscan el enaltecimiento de su vanidad y no una auténtica mejora de nuestra precaria situación.

-Aleccionar (sí, aleccionar) a los lectores sobre su profundo desconocimiento de la realidad que les rodea. Creo, sinceramente, que los escolares deberían recibir clases de derecho y economía. Así sería menos fácil engañarles cuando crezcan.

Pero no solo en nuestros tiempos existe literatura de la crisis. La mejor literatura española surge en los momentos críticos de nuestro país. Los ejemplos son tan obvios como innumerables, desde la Generación del 98 -cuyo origen es la desastrosa guerra que nos enfrentó a los pujantes Estados Unidos de América- a nuestros clásicos realistas -¿Qué es Galdós sino un cronista de la sempiterna decadencia hispánica-, pasando por las glorias nacionales: Quevedo, incluso Cervantes, porque la ilusión frustrada del Quijote es la ilusión, siempre decapitada, de los españoles, que no dejan de apostar por una causa casi siempre -la única excepción es el fútbol- perdida.

Novela de la crisis (o no), por Elvira Navarro


Tensiones de lo real. Sobre “La trabajadora”

Cuando se afronta la cuestión de por qué unos autores eligen escribir, por ejemplo, de un modo realista en lugar de fantástico, se da por hecho que quienes escribimos hemos meditado largamente y con frialdad sobre los temas y las formas que tratamos. En mi caso, y estoy segura de que no soy la única, ese posicionamiento, más propio de un crítico o de un teórico de la literatura, jamás se da. O no se da al menos en tanto que punto de partida. Como Zadie Smith en su ensayo “Fracasar mejor”, estoy convencida (y no por simple creencia, sino porque así me lo demuestra mi propia praxis) de que las elecciones responden a la personalidad, y que el fracaso literario en términos íntimos está más relacionado con la inautenticidad experimentada personalmente que con cualquier otra cosa. “La trabajadora” es fruto de un texto escrito sin crisis (esa palabra concernía por entonces a otros contextos), de haber visto un monstruo (me sonreía en una parada de autobús en la Castellana), de descubrir la ciudad de otra ciudad y dejar deambular la escritura, y no mis pasos, para inventar otra urbe. Y de mi intención de dejar claro que el realismo no es más que un código. Una ficción que como cualquier otra recoge las tensiones de lo real.

Si una noche de invierno, un lector, por Doménico Chiappe

Una noche lluviosa en A Coruña, conversé con Javier Pintor, uno de los lectores más voraces y precisos que conozco, sobre la novela Tiempo de encierro. En la presentación de la obra, Javier dijo: “es una novela extrema, intensa, muy exigente con el lector. Con la crisis financiera española como telón de fondo, relata la vida de una pareja que vive en un chalé a las afueras de Madrid y que, cuando dejan de pagar la hipoteca, los desahucian. Ella está embarazada y decide que va a hacer resistencia quedándose en su casa. El marido intenta oponerse de una forma más activa. Pasan de la bonanza a esta situación desoladora. La trama se desarrolla en el interior de la casa, con tintes de Poe y Buñuel, terribles. El lector asiste a la peripecia de los personajes con un desasosiego creciente que no te deja hasta el final”.

Continuó Javier: “Está influenciada por tres rasgos presentes en la novela: el periodismo en la concisión y precisión; la fotografía en las imágenes expresionistas que aparecen por todo el relato; y digital porque se abren y cierran muchas ventanas, muchos caminos, y está presente en la misma trama. Es una novela de ideas, de pensamiento. En el siglo XXI parece que no se puede hablar de la novela social, pero esta tiene tesis y enfrentamiento. Es además una novela muy original porque uno de sus protagonistas es la hija que está en el vientre de Igrid, a la que ella se dirige como si le contara su futuro”.

Y me preguntó sobre el proceso creativo que desembocó en Tiempo de encierro. Tengo la certeza de que la obra surgió de varias fuentes. El monólogo de la protagonista, por ejemplo, es un ensayo que comienzo en 2005 cuando nace mi primera hija. Quería hablarle del mundo en que vivimos, pero no quería ser enfático. Quería que lo descubriera ella misma y por eso escribí en forma de preguntas. Casi todo ese soliloquio son interrogantes. La novela empieza cuando Igrid dirige la primera palabra a ese ser que crece en su barriga. Ese ensayo es lo más antiguo y está escrito muy poco a poco. El tema del desahucio me ha interesado siempre y, cuando a personas muy cercanas a mi familia les notifican que serán desahuciados, encuentro el marco de la novela. Este proceso es real, pero lo estructuro en función de los cambios corporales que suceden durante el embarazo. Es importante decir que ni ella ni él han perdido sus empleos. Pero a él le han rebajado las horas de docencia y ella tiene menos clientes. Es un bache del que ya no podrán salir. Con esta base hago una ficción. Son reales los detalles, incluyendo el nombre de la institución, los montos, las notificaciones, las respuestas del abogado y juzgado. Se hace visible un estado de indefensión total ante el que la protagonista reafirma su decisión de no poner un pie fuera de su hogar. Y afronta sus dilemas. La novela surge de ese ensamblaje de ensayo y narración de ficción basada en la realidad.

Con el calor de la charla animada, Javier Pintor resume muchas de las tramas que comprende la novela: “Además de la crítica al sistema financiero tan engañoso, que haces sin adoctrinamiento ni vulgaridad, abordas el arte de vanguardia con esos creadores originales para los que la obra está por encima de la vida de las personas, el tema de lo que supone internet hoy en día en las relaciones personales, y recreas una serie de televisión, que titulas Los Caníbales, y que llegué a creer que era real por estar tan bien contada”.

Y me obliga a pensar cómo continuó la escritura de la novela: fue una escritura que fluyó con rapidez una vez que encontré el tono. Suelo hacer muchos inicios, en distintos registros, para encontrarlo. Una vez que lo consigo, como suelo tener la novela muy pensada, escrita mentalmente, el acto mecánico de redactar puede hacerse en un año, más o menos. Sin embargo, ese no es el tiempo que demoro escribir la novela, porque hay que tomar en cuenta el pensamiento previo que comprende toda la estructura, la creación e interiorización de los personajes, la composición del ambiente, la consolidación del tema. Varios años”.

A Javier le interesa el coprotagonista: la pareja de Igrid es un profesor de matemáticas en la escuela pública, originario de Latinoamérica. “La trama de él, Maelo Lavoce, está escrita de manera muy original, telegráfica, un relato dentro del relato y recrea la experiencia vital de un emigrante”, dice Javier. Es cierto: Maelo permea toda la trama. En esos capítulos cortos se cuenta cómo llega a un país en pleno esplendor. Es parte del engranaje, el choque entre esos años y la década posterior, y el abandono de un país que se derrumba, para encontrar, cuando ya tiene raíces, que el país de acogida también está siendo derruido. Pero por qué es matemático. Quería mostrar que incluso en un hombre de números podía arraigarse la ilusión de bonanza permanente que se publicitaba desde el Estado. Ese discurso que propiciaba el endeudamiento se sobreponía a la racionalidad. “Pasaba hace pocos años”, recuerda Pintor, “aunque ahora parezca una exageración. ¿A cuánta gente cercana conocemos que aceptó estos créditos y ahora vive con esa deuda? Muchas”. Y sin exonerarles de su responsabilidad, que la tienen, creo, e intento que eso quede de manifiesto en la novela, que esa culpa no debe recaer solo en el deudor, pues las instituciones y del Estado tienen su parte de responsabilidad. Ante esta situación injusta, Igrid se rebela. Siente culpa pero también furia, y la drena de una forma que se ve en el libro: gracias a la ficción pude entrar en la intimidad de la protagonista, incluso sexual, para mostrar esa deriva psicológica.

La conversación se extiende con detalles y lecturas. El libro de Javier Pintor está señalado en varias páginas, anotado. Es un lector soñado por Cortázar o por Calvino. Finaliza queriendo saber qué otros libros, qué otros autores, tuve en mi cabeza cuando escribí Tiempo de encierro. Otra vez, cumple con la tarea del lector incisivo: confrontar al autor con la obra, pero esta pregunta es de respuesta incierta, porque siempre hay una cantidad de lecturas que se cargan en la mochila, y, cuando escribo, hago un enorme esfuerzo por evadirlas, como intento anular también la influencia directa de otras artes y formas narrativas. Hasta acabar esta novela, me impuse solo leer a Steinbeck.

Cuando nos despedimos, trastoco las posiciones y ahora le interrogo yo: Hay gente que aborrece a Igrid, ¿te pasó a ti? “A mí, por momentos”, responde. “En algunos pasajes llegué a sentir cierto rechazo, ocasiones en que dices: sal de casa, mujer, intenta hacer algo. Pero al final simpaticé mucho con ella, dentro de su desequilibrio es la más inteligente de todos los personajes, aunque puede ser egoísta. Sabe que no conseguirá nada”. Horas más tarde, Javier tuiteará: “Tiempo de encierro: novela radical, vanguardista formalmente, necesaria, actual, comprometida”. Y yo pienso que hay novelas que tienen la suerte de encontrar a su lector.

A partir de la lectura y la conversación con un lector de Tiempo de encierro, el autor Doménico Chiappe medita sobre el proceso creativo de esta novela y algunos de sus aspectos.