Obituario: Rafael Chirbes, de cerca

Por Yolanda Arencibia

Rafael Chirbes, el amigo. Me sorprendió la noticia de su muerte cuando reflexionaba sobre el porqué de una actitud humana de Galdós mientras, distraídamente, recorría noticias del twitter. Tras el gesto de sorpresa y la punzada en el estómago, fue espontáneo el compartir con él mi duda: «–¿Cómo interpretaría Rafael este gesto de don Benito?… Lo conocía tan bien… ». “Se sabía a Galdós casi de memoria”; “Era para él la novela la narración honda de la vida humana en su tiempo”, hemos leído estos días. Así es. Y añadimos, que era uno de los grandes convencidos de la vigencia de lo galdosiano. “Cuando sentimos que se nos acaba España, siempre podemos acudir a Galdós”, hemos leído igualmente.

Mi descubrimiento del escritor Chirbes no fue inmediato a sus primeras publicaciones. Sucedió, exactamente hace once años durante una estancia dilatada en Hamburgo. Me había pertrechado de un buen número de libros ante el temor de quedarme allí sin nada que leer (¡no existía el iPac!) y con pocas oportunidades de encontrar literatura en español. Allí pude dedicarle a La caída de Madrid el regalo de una de esas lecturas despaciosas que sólo puedo permitirme cuanto escapo del día a día profesional. Anoté entonces cosas interesantes, que conservo; sobre la concepción del arte, por ejemplo, a través de las peripecias de Ada la pintora y su mundo. Pero sobre todos los aspectos atractivos del texto, me impactó la maestría de los retratos que centran cada uno de los capítulos: individuos todos ellos con psicología, lenguaje y estilo propios; con vida. «Como los galdosianos», pensé. Más que un descubrimiento, empezó a ser Chirbes para mí un “conocimiento” profundo. Y seguí leyéndolo.

No sabía entonces que la suerte me iba a permitir conocerlo personalmente muy pronto, sólo un año después, cuando el VIII Congreso internacional Galdosiano logró traerlo a nuestra ciudad y a nuestra Casa Museo de Galdós para protagonizar el primero de los Seminarios de la convocatoria. Galdós y los escritores del siglo XX se titulaba la sección. En ella ocupó el centro de la mesa, entre el crítico acreditado y el profesor sabio que peroraban, que discurrían, que interrogaban. En el diálogo subsiguiente dejó a las claras Chirbes la rotundidad de unas opiniones expresadas sin elevar la voz, la certeza profunda de una personalidad que no necesita ni espera reconocimientos, halagos u oropeles. «–¡Qué gran personalidad!», tuve que pensar. De nuevo, hubo de venirme a la mente don Benito, ahora con una sonrisa; porque, como a Galdós, le hubieran reprochado a Chirbes no tener aspecto de escritor: “¿Con ese aspecto y llamándose Pérez…?”, habían dicho de don Benito. El apellido de Rafael era rotundo, pero le dije de broma que podría haber sido un chofer de camión. Se rió, añadiendo que no había sido yo nada original.

En ese mismo 2005 comenzaba yo el trabajo de edición del total de la obra de Galdós en la colección Arte Naturaleza y Verdad del Cabildo de Gran Canaria. Para redactar cada uno de los prólogos de los veinticuatro tomos que resultaron fueron invitados lectores, críticos, escritores… No podía faltar Rafael Chirbes, que se incorporó al proyecto ya a la altura del tomo veintiuno, correspondiente a la primera parte de los Episodios Nacionales de la serie cuarta. No podía ser de otro modo; pues no otra cosa que episodios magistrales de la España de hoy, con Galdós en el poso y en la mente, significa el desgranar sucesivo de las grandes creaciones de Chirbes.

De esa etapa –entre el 2010 y la pasada Navidad– conservo una gavilla de correos electrónicos de Rafael que ahora he reunido, intentando salvarlos para mi memoria. Y en ellos está el ser humano que logró convertir mis intuiciones sobre su personalidad en certezas, y mi admiración de lectora en orgullo de amistad compartida. Porque Chirbes, de frente serio y de pronto agrio (en ocasiones, cuando “le duele”), era un hombre de una gran ternura y un corazón inmenso. Era incómodo, cuando su integridad no le permitía otra salida. Era humilde y generoso, como casi todos los sabios.

– “Me temo lo peor: que no te ha gustado el prólogo. No tengas ningún reparo en decírmelo. Sin problemas. Nos lo guardamos y ya está. Salud, y un beso, Rafael”– me escribió cuando un duende informático cometió una duendada.

– “La verdad es que pensé que, si no recibía carta tuya, era porque la timidez te llevaba a no saber cómo decirme las pegas que le encontrabas al texto. No hubiera pasado nada. Uno no sabe nunca si lo que ha hecho está bien o está bien sólo para él mismo. Respiro hondo. (…) Te agradezco infinitamente la corrección: son esos despistes -cada vez más frecuentes en lo que escribo- los que luego me quitan el sueño durante días, y me dan ganas de meterme bajo la cama. Gracias por tu amabilidad. Seguimos en contacto”.

– “Gracias, querida Yolanda, por haberme dado otra oportunidad de homenajear al maestro”.

– “No te preocupes. La cosa es que el libro quede bien. Eso es lo tuyo y, en la parte que me toca, lo mío. No me he atrevido a decir “lo nuestro”, que es lo que tocaría porque tú llevas ahí el peso. Recibiré y releeré la cosa con mucho gusto cuando me la envíes a esa dirección que tienes. La firma puede ser la que propones, aunque para un prólogo de Galdós debería poner más bien Rafael Chirbes, aprendiz; o alumno poco aventajado”.

El prólogo de Rafael Chirbes resultó espléndido, como texto suyo; y hoy enriquece y ennoblece la colección galdosiana del Cabildo en las páginas 9-28 del tomo 21, publicado en 2011.

–“Querida Yolanda. En efecto, puedes sentirte plenamente responsable de mi relectura de la cuarta serie y de esa reflexión sobre ella. Aunque periódicamente releo libros de Galdós, desde luego no hubiera escrito ese prólogo que es uno de los textos que más quiero de cuantos he escrito. Pensar sobre él me ayudó a quererlo aún más. Gracias por tu trabajo galdosiano y por tu afecto. Te deseo lo mejor para 2014, (ya está bien de años malos) y un beso Rafael”.

– “Querida Yolanda: Hoy me ha entregado la cartera el tomo de nuestro querido don Benito en el que he tenido el honor de colaborar. Gracias por tu invitación y por tu trabajo. Me gusta mucho verme en compañía del gran maestro, un escritor que no hace más que crecer y crecer cada día que pasa y cada vez que lo vuelves a leer. Un beso. Rafael”

Cuando hubimos de pedirle un currículum breve para la contraportada del libro que llevaba su prólogo, no pudo ser más escueto. Transcribo ahora la sucinta “historia de su vida” que nos envió: “Rafael Chirbes se licenció en Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid tras estudiar en Ávila, León y Salamanca. Vivió algún tiempo en París, Barcelona, A Coruña y Extremadura. Fue profesor de español en la Universidad de Fez (Marruecos) y ha trabajado durante más de veinte años como periodista en una publicación dedicada al vino y a la gastronomía. Es autor de ocho novelas, dos libros de viajes y otros dos en los que ha recogido sus ensayos literarios. Actualmente reside en Beniarbeig (Alicante)”.

Y añado yo como epitafio: “Fue un escritor honrado. Un artista comprometido. Un hombre íntegro, grande y bueno. Un amigo cercano en la distancia”.

Catedrática de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria