El hecho de que la mayor parte de la vida de Rafael Martín Fernández Neda transcurriese en Madrid, ha ocasionado que muchos datos de su biografía se hayan perdido y otros se basen en recuerdos, no muy precisos, aportados por sus familiares, ya en 3ª generación, y por lo tanto sujetos a posibles errores interpretativos muy difíciles de comprobar.

De todas formas hay que decir que, a pesar de lo poco que conocemos la biografía del poeta, esta empieza a ser singular desde su nacimiento. Sirva de muestra el hecho de que su partida de bautismo, que tuve la ocasión de leer gracias a la colaboración inestimable de su sobrino nieto, Jesús Hernández Acosta, que también me facilitó el acceso al libro Auroras, confunde las fechas, de tal manera que el poeta fue bautizado una semana antes de que naciera. (La fecha de nacimiento se fija el 5 de diciembre de 1833 y la de bautismo el 28 de noviembre de ese mismo año, fecha en la que realmente nació).

auroras

Otro dato curioso es el de sus apellidos. Cuando leí su libro, me llamó la atención que en la dedicatoria de uno de los poemas escritos a la memoria de su madre y titulado El día de difuntos, aparece el nombre completo de esta, Dª Andrea Hernández de la Guerra y Neda, lo que me descubrió que , realmente el 2º apellido del poeta no era el primero sino el 2º de su madre que, a su vez, y esto pude comprobarlo a través de la partida de bautismo, esta lo había tomado del segundo de su padre.

No es nada raro este baile de apellidos, ya que era muy común en aquella época. Recuérdese- por acercarme a un poeta conocido- el apellido de Gustavo Adolfo Bécquer, tomado del de su abuela paterna. Claro que esta circunstancia puede perjudicar la búsqueda de posibles documentos oficiales del autor, al desconocer cuáles son los apellidos que figuran en ellos.

Pero dejando a un lado estas anécdotas, paso a dar unos datos biográficos del poeta que hoy nos ocupa.

Rafael Martín Fernández Neda nació en La Orotava, el 28 de noviembre de 1833. Se queda huérfano de madre siendo aún muy niño, circunstancia que, pienso, influyó bastante en su carácter inestable y su tendencia a la melancolía. Desde 1852 comienza a publicar poemas en los periódicos de Santa Cruz de Tenerife, El Noticioso de Canarias y en El Eco del Comercio. Ese mismo año parece que viaja a Portugal ya que el 15 de mayo publica en El Noticioso un poema que sirve de despedida a la Isla y al valle de La Orotava y dos años más tarde aparece en El Eco un poema fechado en Portugal el 28 de diciembre del 52 (ambos poemas no están recogidos en su libro).

Se sabe que estudió Derecho en La Laguna durante el bienio progresista, es decir, entre 1854 y 1856. Durante estos años sigue publicando poemas y ensayos en los periódicos antes citados. Algunos de esos poemas figuran en el libro Auroras pero otros no, como es el caso del dedicado a la poeta Fernanda Siliuto con motivo de su muerte, ocurrida en 1859.

Ese mismo año 59 se publica en Santa Cruz el libro El Doncel de Mondragón, un poema épico-dramático en tono de comedia bufa, firmado con los seudónimos Aned-Nalif-Riugame, que no son otros que los apellidos encubiertos de Fernández Neda, Fernando Final y Agustín Guimerá. Según Mª Rosa Alonso estos tres autores y amigos se basaron en una anécdota ocurrida en las islas de Gran Canaria y Tenerife, y afirma también que la mayor contribución a esta obra fue la de Fernández Neda.

Por otro lado, D. Sebastián Padrón Acosta en su libro Poetas canarios del siglo XIX califica esta obra como “la más donosa sátira del romanticismo de las islas”. Téngase en cuenta que el romanticismo había triunfado en Canarias en 1839, con el estreno de la obra de J. Placido Sansón, Elvira, y que a estas alturas ya estaba en decadencia.

En Septiembre de ese mismo año viaja a Madrid donde permanece un sólo año, ya que en septiembre de 1861 publica en el Eco del Comercio un poema fechado en La Orotava.

No se sabe con seguridad en que año regresa de nuevo a Madrid, aunque en la Historia de la Literatura Canaria de Joaquín Artiles se fecha este 2º viaje en 1862. Lo cierto es que su libro Auroras se publica en dicha ciudad en 1865 y que su autor permanecerá en ella, con algunos paréntesis de viajes efectuados a Francia y Suiza, hasta su muerte.

Casado con la también poeta orotavense Carmen González del Castillo, al morir esta en 1905 el poeta cae en una profunda depresión que lo lleva a quitarse la vida, ese mismo año, ante la tumba de su esposa.

Aunque no tenemos demasiados datos de su biografía, a través de su obra poética podemos deducir que Fernández Neda fue un hombre de personalidad compleja, con altibajos emocionales, lo que le llevará también a esa doble personalidad poética que fluctúa entre el romanticismo y el positivismo postromántico.

Centrándonos ahora en Auroras, único libro publicado donde se recopila la mayor parte de la obra poética de Fernández Neda, lo primero que llama la atención es el “criterio”, por llamarlo de alguna manera, en el que están ordenados lo poemas y que todavía no he conseguido descifrar. Desde luego, no es un criterio cronológico, ya que las diferentes fechas de la elaboración de los poemas se mezclan arbitrariamente. Lo mismo ocurre si atendemos a los temas, pues junto a un poema de carácter amoroso hay otro lúgubre, o uno irónico al lado de otro dedicado a la naturaleza, lo que dificulta a la hora de establecer comparaciones o situarlos en determinados tiempos creativos.

Además el libro tiene la particularidad de que no sólo recoge poemas escritos por el autor, sino también las traducciones que hizo este de poetas franceses y alemanes como Goethe o Víctor Hugo y, además poemas de otros autores que le contestan a los suyos, como el de su propia esposa o el de Victoria Ventoso.

De todas formas, lo que realmente me parece interesante de Fernández Neda es su versatilidad, su facilidad para asimilar las diferentes corrientes poéticas que le tocó conocer en su época. No hay que olvidar que Neda, al igual que Nicolás Estévanez y otros muchos, fueron escritores de transición.

Auroras se abre con una dedicatoria del autor a su padre, D. Sebastián Fernández Couvín. A continuación aparece el prólogo, escrito a manera de carta por un amigo del poeta, Carlos Caro, al que el autor dedica también un poema recogido en dicho volumen.

Caro nos introduce a la obra de Neda hablándonos del cambio ideológico en que está inmersa la sociedad española y por tanto su literatura, preguntándose cómo es que su amigo ha elegido el camino de las “bellas letras” en – y reproduzco aquí sus palabras- “días como los presentes, cuando van clavando sus tiendas en los campos de batalla de la Idea los soldados del Materialismo; cuando en el horizonte de las creencias tiende anchas y negras sus alas la Duda; cuando encadena nuestros ojos a la tierra la Realidad, que es el sudario de la Belleza, y apaga en nuestra frente la corona de fuego del ideal”.

Como vemos, está clara la postura conservadora del prologuista que desaprueba y rechaza , como diríamos hoy, “esa ola de materialismo que nos invade”. Y no contento con ello se afirma en su postura romántica de defensa de la inspiración, de la expresión del sentimiento y en derramar, y vuelvo ahora a las palabras un tanto cursis del prologuista “la fúlgida luz de la inspiración en esa ola sonora transportada del mar de los seres que se llama corazón humano”.

Toda una declaración de principios que ya habían dejado de tener sentido y que, en cierta manera, contradice algunos aspectos de la obra de Fernández Neda.

Hay que tener en cuenta que por esta época ya hacía tiempo se había publicado obras como Panorama matritense de Mesonero Romanos (1835) o La Gaviota de Cecilia Bölh de Faber (1849), obras de marcado talante costumbrista y realista y que, además Campoamor con sus Doloras publicadas en 1840 se afirma ya en su postura antirromántica, producto de la filosofía positivista.

No es de extrañar, pues, la reacción de aquellos que habían tomado partido por la “religión” romántica y se resistían a cualquier cambio. Lo que, sin embargo, y a pesar de las palabras del prologuista, no ocurre con el poeta del que tratamos, sino que , al contrario, al tomar éste contacto con la generación de escritores que por esa época estaban en Madrid y, como ellos, con la poesía que en ese momento se estaba escribiendo en Europa, sobre todo la de los poetas franceses y alemanes, sigue la evolución propia de sus ideas y su literatura.

Pero en Fernández Neda encontramos, además, una gran variedad de temas y matices muy propios de su espíritu disperso y maleable.

Así, en sus poemas que yo califico de “isleños” por referirse a su patria chica, recuerda a Nicolás Estévanez y a otros poetas posteriores que conformaría la llamada “escuela regionalista”, tanto en su tono como en los temas de añoranza, evocación de la niñez y en ese recurrir a la memoria como fuente de consuelo. Sentimientos que aparecen muy claros en poemas como el titulado Recuerdos de la patria que en uno de sus fragmentos dice:

“¡La patria! Nombre bendito;/ sonoro como del agua/ el vaporoso murmullo/ entre las frágiles cañas;/ dulce cual beso primero/ que tiembla en la boca amada; /tierno como las canciones/ que arrullaron nuestra infancia;/ que ansioso el mortal pronuncia/ y escrito lleva en el alma;/ que el tiempo voraz no borra,/ ni disipa la distancia,/ ni en la ventura se pierde,/ ni se olvida en la desgracia.”

La misma idea volverá a aparecer en otros poemas como en el titulado “A mis amigos”, dedicado a Agustín Guimerá y a José D. Dugour.

Dentro de estos poemas “isleños” destaco un largo romance dedicado a La fiesta de San Isidro de La Orotava, que su autor subtitula Cuadro de costumbres de las islas Canarias, porque lleva como introducción el canto popular Jupa la japa/ lomita mía;/ jupa la japa/ que viene el día y con la que, además, divide algunas partes del romance y coloca después al final del mismo y de la que el poeta da una explicación en una nota a pie de página diciendo: “En Canarias hay aún mucha afición entre el pueblo a lo que antiguamente se llamaban cantares de gesta, y es muy común ver un rústico improvisador, rodeado por una multitud que canta un coro monótono para dar descanso al trovador y facilitar la improvisación.”

Es decir, el canto de “jupa la japa”, serviría así para entretener al público mientras el trovador trataba de crear o recordar nuevos versos.

Es natural que Fernández Neda escribiese estos poemas, no sólo porque su obra está muy ligada a su biografía, sino también porque los poetas isleños de esa época preferían una realidad vivida (la de la isla) a una realidad inventada o soñada. De ahí que los poemas exalten al suelo que les vio nacer, lo que, por otra parte, va unido a la idea romántica de la patria chica y a un incipiente nacionalismo.

Pero Neda fue, fundamentalmente un poeta romántico y postromántico. Ya en su juventud alimentó esta tendencia con diversas lecturas de los considerados grandes románticos, siendo, a su vez, muy conocedor de la obra de Zorrilla, mediocre poeta este último, aunque muy valorado en su tiempo, y del que Neda tomará el gusto por lo excesivo, los cambios de métrica y rima en un mismo poema, y los temas lúgubres y/o truculentos, como en el caso del poema La sombra de la conciencia, escrito en estrofas de ocho y de once versos que cuenta la historia de una venganza por celos, cuyo vengador ve reflejado en una fuente el rostro de su víctima: “El transparente cristal/ todo en sangre se convierte;/ tórnase el jarro en puñal,/ y surge el rostro fatal/ del hombre a quien diera muerte”, o el dedicado a la memoria de su madre El día de Difuntos, que nos remite al poema que Zorrilla leyó ante la tumba de Larra. Véase la semejanza en los primeros versos de ambos:

Dice Zorrilla:

“Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana;/ vano remedo del postrer lamento/ de un cadáver sombrío y macilento/ que en sucio polvo dormirá mañana”.

Mientras que Neda escribe:

“La voz doliente del vibrante bronce/ desgarra el viento que agitado zumba,/ y el recuerdo implacable abre su tumba/ a despecho del tiempo destructor:/ abre su tumba, y en el aire tiende/ el inmenso sudario del pasado/ que sostiene, de lágrimas bañado,/ el ángel misterioso del dolor.”

Como ven el poema de Fernández Neda es más contenido, más sutil en cuanto a expresión de lo fúnebre, por lo que yo, particularmente, lo prefiero, a pesar de que utiliza un verbo (‘zumbar’) no demasiado afortunado, por “razones” de rima.

Afortunadamente esta influencia no dura mucho, pues en su poesía, aparecen otras influencias que le permiten “marchar al unísono de su generación”(1).

Del romanticismo, va a tomar Neda el egocentrismo que lo lleva a descubrir, sin ningún tipo de pudor, sus sentimientos, incluso sin ocultar el hecho o los hechos que los inspiran. Este egocentrismo va unido sobre todo a su poesía amorosa y a la del desengaño. Románticos son también cierta melancolía y el gusto por una poesía descriptiva en la que el sentimiento humano se asocia al paisaje y a la naturaleza, con los ya sabidos tópicos de la primavera como la estación que va ligada al resurgir del sentimiento amoroso y el otoño al del desengaño.

De una manera más anecdótica toca también el tema de la reivindicación social en poemas como Pan para el niño o La caridad, pero sin que, como en el caso del Romanticismo, los revista de un matiz político.

También se ve en él el espíritu de cambio romántico en la métrica. Si en sus poemas “isleños” utiliza sobre todo los metros de la poesía tradicional, (romances, seguidillas, etc.) el poeta va a utilizar a partir de ahora, el octosílabo en toda su gama métrica, la silva y la estrofa de pie quebrado en endecasílabos, muy propia esta última de los poetas alemanes como Heine. En cuanto al soneto, estrofa apenas utilizada por los románticos, sí va a tener cierta frecuencia en Fernández Neda.

Como ya apunté anteriormente, la poesía de Neda está bastante unida a su vida, sobre todo a su vida afectiva, de ahí que tenga muchas poemas dedicados a su familia, especialmente a su madre, o a sus amigos y que, sobre todo, abunde en él la poesía amorosa, en la que se nos revela la complejidad sentimental del poeta. Aunque la mayor parte de ella está dedicada a la que fue su mujer y gran amor, Carmen González del Castillo, sin embargo aparecen poemas en los que nombra a otras mujeres, sobre todo a una mujer, Leonor, de la que no conocemos sino su nombre, pero con la que, según se desprende por lo escrito, parece que tuvo algún tipo de relación amorosa que, por otro lado, no oculta. Así, en un poema escrito en quintillas, El juramento, nombra a esta mujer a quien dice: “Eterna fe me asegura/ tu ilusión y yo no agrabio(2) /el poder de esa ternura/ que ha sellado mi ventura/ en el coral de tu labio./ Por lo demás, Leonor mía,/ no sabes tú la alegría/ que al oírte experimento…¡No sabes, no, la armonía/ que encierra tu juramento”. Amoríos de los que el poeta no siempre sale bien parado a juzgar por otro poema, escrito también a Leonor, que titula A una coqueta y parece nacido del desengaño: “Muy peligroso es el juego/ al que te entregas, Leonor; que si es un fuego el amor, es malo jugar con fuego. De tus caprichos ¿qué esperas? ¿No tiemblas por tu alegría,/ por tu paz, si al fin un día,/ las burlas se tornan veras?” Y continúa con una serie de advertencias, nacidas más bien del corazón de un burlador, burlado.

Infidelidades que, por otra parte, corrobora su esposa Carmen en un bello y dolido soneto contestación a otro, muy hermoso por cierto, del poeta y que no me resisto a leerles:

A CARMEN
Gozo tanto en mirarte que me olvido
De lo mucho que sufro con no verte,
Y vivo con tu vida de tal suerte
Que me figuro que antes no he vivido

Tu amor el rayo fulgurante ha sido
Que dio aliento vital al pecho inerte:
El ángel eres que arrancó a la muerte
La vaga sombra de mi bien perdido.

No hay un solo recuerdo en mi memoria
Que no te pertenezca: un pensamiento
Que tú no inspires, y te adoro tanto

Que no envidio la dicha de la Gloria
Mientras guarde la fe de un juramento
Que por ser de tus labios es tan santo.

CONTESTACIÓN AL ANTERIOR SONETO
Por Doña C. G. Del C.
“Gozo tanto en mirarte…” Por qué mientes?
¿Acaso ignoro yo que has olvidado
hasta el recuerdo del placer pasado
y que la dicha del amor no sientes?

¡Que no amas sino a mí!- Los Inocentes
pasaron; pero el labio desgarrado
no mentirá el amor que te ha jurado;
tú juraste también, mas te arrepientes.

¡Mi pobre corazón cuánto has sufrido!
Pero, señor, ¿qué es esto?…estoy llorando
Y del perdido amor cuentas le pido.

¡Qué niña soy! El sueño va pasando.
¡Qué triste despertar!¡Cuánto he dormido!

No obstante hay que reconocer que la mayoría de los poemas en los que aparece una auténtica pasión amorosa vuelven siempre la mirada hacia la que fue el gran amor de su vida y de su muerte, su mujer, a la que dedica poemas tan hermosos como

“Si fuese Dios, el aire y tierra entera;/ el ancho cielo que mi gloria invoca;/ el insondable caos te ofreciera/ y esos mundos que ruedan en la esfera/, por un ardiente beso de tu boca;” versos que inevitablemente nos remiten a los becquerianos: ”por un beso yo no sé que te diera por un beso”

Porque también,como a Bécquer, le llega a Fernández Neda el espíritu de los nuevos tiempos, no sólo a través de las lecturas de poetas como Heine, Goethe, Víctor Hugo o Musset, a los que traduce, -posiblemente del francés-, e imita, sino también con la influencia de Ramón de Campoamor, poeta que se llama a sí mismo, antirromántico, y cuya idea de la poesía era que esta debería ser intencional y convertir en imágenes las ideas y los sentimientos, acercándolos a la realidad. Y aunque Campoamor en su poesía busca una realidad trivial con un lenguaje cotidiano y no logra crear un nuevo lenguaje poético, con él coinciden Bécquer y Neda en el deseo de dotar a la poesía de mayor intimidad y huir de lo retórico, añadiéndole además toques de ironía de la que, no podemos negar, Campoamor fue un gran maestro.

Neda lleva la influencia del escritor de las Doloras a algunos de sus poemas donde, está claro, introduce una acción, en la que los actores no aparecen, pero el lector sí nota su presencia. Así en el poema El fruto prohibido o en La espina que comienza: – Laura ¿qué tienes? – No sé. – ¿Por qué estás triste? – Lo ignoro, recuerda al famoso poema campoamoriano que empieza con: Escribidme una carta, señor cura – Ya sé para quién es. Incluso llega a caer en el prosaísmo a pesar de que en poemas como Epístola lo rechaza.

En este poema, Epístola, se acerca a la poesía becqueriana que nos habla del desengaño ante una sociedad hipócrita, y vemos como uno de sus fragmentos, resaltado también por Joaquín Artiles en su Historia de la Literatura Canaria, se asemeja mucho a la rima XXVI del poeta sevillano. Dice Neda : Pero yo considero/ que no existe más gloria que el dinero;/ y con el ¡ya se ve! todo son flores,/ y podrá hasta un jumento/ a la cumbre subir de los honores/ y pasar por prodigio de talento, lo que nos lleva a Tú sabes y yo sé que en esta vida,/ con genio es muy contado el que la escribe,/ y con oro cualquiera hace poesía, del poeta de las Rimas.

Ironía postromántica, no exenta de ciertos toques de humor que se hace patente en muchos poemas de Fernández Neda como El concierto de los besos, Las mujeres y el vino, un poema de cierto contenido misógino, o el poema A la luna a la que se refiere en estos términos: Entre nieblas, cautelosa,/asomas, luna menguada,/ la faz verde y alterada,/ como una vieja curiosa… y que, después de una larga serie de redondillas en las que nuestro satélite no sale muy bien parado, remata con: Si inconstante la Fortuna/ a levantarme se atreve, nunca en sus alas me lleve/ a los cuernos de la luna/; pues temo la contingencia/ de un encuentro inesperad/o que me deje, mal mi grado,/ a la luna de Valencia.

No cabe duda de que Fernández Neda fue un poeta de su tiempo y que de él asimiló aquello que mejor convenía a su personalidad y a su poesía, que, por encima de todo guarda una estrecha relación con lo que fue su vida, y su visión sobre la realidad que lo rodeaba. Como afirma Pérez Galdós en la crítica que con motivo de la edición de su libro Auroras escribió en el periódico La Nación de Madrid, en su poesía “se encuentra el sentimiento junto a la sátira; la gravedad lírica del amor platónico junto a la triste hilaridad del amor desengañado…; descripciones en las que se adula a la diosa Naturaleza como hace Zorrilla, al lado de otras en la que se la insulta, a manera de Heine”.

Todo ello nos habla de un poeta que, sin sustraerse a las corrientes literarias de la época fue, fundamentalmente un poeta lírico, de lo que es buena muestra el fragmento del poema Dormida que transcribo para terminar y que dice:

¡ Qué dicha siento al verla! Su lánguida cabeza/ sucumbe de un ensueño al mágico sopor/. Delirios virginales realzan su belleza,/ pintando en sus mejillas las tintas del amor./ ¡Oh! duerme mientras pongo mi noble sentimiento/ al pie de los altares que a la pureza alcé/ ¡Oh ¡ duerme que tu hermano respirará en tu aliento./ El vaporoso incienso de inmaculada fe. /Si acaso en los delirios del sueño que te encanta/ la inquieta sombra cruza de mi amoroso afán,/ los velos de tus ojos benévola levanta…/Yo sé que tus miradas las mías buscarán.

BIBLIOGRAFÍA:
Auroras – Rafael M. Fernández Neda – Madrid 1865
Historia de la Literatura Canaria – J. Artiles y I. Quintana- Cabildo Insular de Las Palmas 1978
Poesía Canaria del S. XIX – Mª Rosa Alonso – B.B.C. 1988
Antología Poesía Canaria – Domingo Pérez Minik – Ed. Goya 1952
Museo Atlántico – Andrés Sánchez Robayna – Interinsular – 1983


NOTAS:

(1) Fragmento de una cita de Mª Rosa Alonso
(2) Aparece con “b” en el libro Auroras


ANTOLOGÍA

RECUERDOS DE LA PATRIA (Fragmento)
¡La patria! Nombre bendito:
Sonoro como el del aura
El vaporoso murmullo
Entre las frágiles cañas;
Dulce cual beso primero
Que tiembla en la boca amada;
Tierno como las canciones
Que arrullaron nuestra infancia;
Que ansioso el mortal pronuncia
Y escrito lleva en el alma;
Que el tiempo voraz no borra,
Ni disipa la distancia,
Ni en la ventura se pierde,
Ni se olvida en la desgracia.

SONETO A CARMEN
Gozo tanto en mirarte que me olvido
De lo mucho que sufro por no verte,
Y vivo con tu vida de tal suerte
Que me figuro que antes no he vivido.

Tu amor el rayo fulgurante ha sido
Que dio aliento vital al pecho inerte:
El ángel eres que arrancó a la muerte
La vaga sombra de mi bien perdido.

No hay un solo recuerdo en mi memoria
Que no te pertenezca; un pensamiento
Que tú no inspires, y te adoro tanto,

Que no envidio la dicha de la Gloria
Mientras guarde la fe de un juramento
Que por ser de tus labios es tan santo.

EN UN ÁLBUM (Seguidillas -fragmento-)
Es tu alma terso lago
En cuyo espejo
El sol resplandeciente
Busca un reflejo:
La desventura
No manche con su sombra
La linfa pura.

Tu corazón de niña
Sencillo y franco,
Cual las hojas de un álbum
Se encuentra en blanco:
¡Dichoso el hombre
Que allí, feliz y amante,
Grabe su nombre!

EPÍSTOLA (Fragmentos)
Es ya la Primavera…Estoy cansado
De leer en novelas y canciones
La pintura gentil del verde prado,
Donde siembra sus tiernas ilusiones
El vate enamorado:
El gárrulo murmullo
De la sonora fuente;
El beso que da Céfiro al capullo;
De quejumbrosa tórtola el arrullo,
Y cómo sale el sol por el Oriente.
Renuncio por lo tanto al entusiasmo
Del númen celestial, y en calma opino
Porque haciendo abstracción del pleonasmo,
Llamemos pan al pan, y al vino vino…

…¡La gloria! ¿Y qué es la gloria? Una careta
Que se ponen con torpe hipocresía
El guerrero, y el sabio, y el poeta;
Pero yo considero
Que no existe en el día
Más gloria que el dinero;
Y con el ¡ya se ve! Todo son flores,
Y podrá hasta un jumento
A la cumbre subir de los honores
Y pasar por prodigio de talento.

PODER DEL HIMENEO
(Imitación de un Lied de Goethe)
Hasta un Dios mismo que con lazo eterno
A su amada se unió
Roto el encanto de su afecto tierno,
Después se arrepintió.

En la edad, la experiencia y el cariño
Era psiquis mayor;
Su esposa envejecía y siempre es niño
El veleidoso Amor.

EL DÍA DE DIFUNTOS
(A la memoria de mi madre)
La voz doliente del vibrante bronce
Desgarra el viento que agitado zumba
Y el recuerdo implacable abre su tumba
A despecho del viento destructor:
Abre su tumba, y en el aire tiende
El inmenso sudario del pasado,
que sostiene, de lágrimas bañado,
El ángel misterioso del dolor.

¡De rodillas, mortal! Entre las sombras
Que envuelven los sepulcros el rüido
Del mundo cesa; el avariento olvido
Se esconde en la medrosa soledad;
El vacilante porvenir descorre
El negro cortinaje de la duda,
Y el hondo arcano de la muerte ruda
Se levanta a la voz de la verdad…

Vosotros, triste, que en el yermo campo
De la áspera existencia combatida,
A raudales vertéis del alma herida
El fecundo rocío del dolor;
A las tumbas llegad :la Nada inmensa
Agita allí sus apagadas olas,
Y el espíritu allí recibe a solas
El casto beso del divino amor…

Auroras de Rafaél Martín Fernández Neda Ver en Islas Perdidas