Situación de la narrativa en Madeira

Coordinación de Leonor Martins Coelho Madeira: La Narrativa de Ficción en los siglos XX y XXI, por Thierry Proença dos Santos Horácio Bento de Gouveia: la Madeira del siglo XX, entre la memoria, la realidad y la ficción, por Thierry Proença dos Santos Horácio Bento de Gouveia, Tres fragmentos escogidos

Horácio Bento de Gouveia: la Madeira del siglo XX, entre la memoria, la realidad y la ficción

por Thierry Proença dos Santos

Además de profesor de enseñanza secundaria, Horácio Bento de Gouveia (1901-1983) fue un peculiar cronista, orador y novelista. Produjo cientos de crónicas, inspiradas en los más variados temas (desde la literatura y la lengua portuguesa hasta memorias y homenajes, pasando por la geografía, la etnografía, la historia y la economía, la filosofía y los viajes…), algunos cuentos y seis novelas, obras en las que indaga en la condición del hombre insular y en su relación con el mundo.

Los escenarios descriptivos o situacionales proyectados en sus textos sugieren al lector que conoce Madeira imágenes reconocibles todavía hoy: allí está la ensenada natural del poblado de Ponta Delgada, tierra natal del escritor, con el mar en frente y el acantilado vertiginoso de la Muranha detrás. Del otro lado de la Isla, se perfilan las arterias de Funchal y el puerto de la ciudad. En otro plano, se focalizan otros detalles del paisaje insular, como la espuma del mar en los callados, el serpentear de las veredas en la sierra, la fragancia de las plantas en las mesetas, los asombrosos cultivos con viñedos, judías u otras hortalizas, las nubes rozando las crestas de la sierra y la suave orografía de Puerto Santo con su extensa playa de arena dorada.

Las ocupaciones cotidianas y las costumbres ocupan un lugar destacable a través de escenas de la vida rural, dando cuenta del habla castiza de los lugareños y de los sonidos de la realidad campesina, de las creencias y de las romerías, de las comidas y de las bebidas. Hay, además de eso, iconos que identifican la ciudad de Funchal, tales como el más que centenario Diário de Notícias, de Madeira, el Hotel Reid’s, el típico “carro de bueyes”, el café Golden Gate, la Rua da Carreira, la burguesía funchalense o el Sport Club Marítimo. Estos registros de color local no funcionan como mero inventario sino como engranaje capaz de accionar la poesía del lugar, o sea, la memoria afectiva que el lector madeirense pueda tener de esos mismos lugares, poniendo en valor lo que Madeira tiene de duradero, de original y de auténtico, en vez de proyectar momentos etnográficos de pacotilla.
Su discurso literario suele ensayar una poética fundada en la interacción entre una semántica específica del tema social tratado (principalmente los colonos, la pequeña industria del bordado o la del aguardiente de caña, la emigración, el cambio de régimen político y el boom del turismo, la peripecia vital de una muchacha del campo que se muda a la ciudad, evolucionando de empleada doméstica a directora escolar) y un lirismo popular, de profundo sentimiento telúrico y de sensibilidad católica. La escritura bentiana está orientada hacia la reflexión sobre las relaciones humanas en su articulación con el poder, el trabajo y el medio, fragmentos yuxtapuestos, apelando a la pluralidad de los sentidos, de corte impresionista, y donde a veces se aprecia la influencia de Camilo Castelo Branco, Fialho de Almeida y Aquilino Ribeiro.

En verdad, la superación del regionalismo fácil, mezcla de pintoresquismo y de exotismo artificial, se da, en la escritura de Bento de Gouveia, no solo por la vía de la contemplación y el descenso a las esencias naturales del paisaje madeirense, sino también a través de la focalización de las tensiones entre el hombre y lo social, el hombre y la naturaleza, el hombre y su semejante, bien de otras esferas, bien de otros hemisferios. A menudo, las tramas descritas llegan a constituirse en verdaderas rutas de viaje dentro del Archipiélago e invitan al lector, de donde quiera que venga, tanto a visitar los puntos obligados de la ciudad cosmopolita de Funchal, como a conocer los lugares más singulares y recónditos de la Isla, ya sea para respirar el aire puro de las cumbres de la sierra y lavarse los ojos con las vistas panorámicas de escenarios telúricos deslumbrantes, ya sea para apreciar la hercúlea empresa de su poblamiento y de su humanización.

En resumen, la dialéctica que su escritura muestra no se procesa apenas mediante el análisis de las fracturas psíquicas, ni de los conflictos de intereses, ni siquiera por la mímesis de escenarios y tipologías locales. Se hace por la interacción asidua del personaje con un todo natural-cultural omnipresente: la isla de Madeira. Más que describir las gentes y sus costumbres, el medio físico y social, Horácio Bento eleva a símbolos de existencia y emblemas de nostalgia las singularidades del ser madeirense en el tiempo que le cupo, efectivamente, vivir.

Para más información:
Web sobre Horácio Bento de Gouveia

Traducción del portugués de Víctor Álamo de la Rosa


Horácio Bento de Gouveia, Tres fragmentos escogidos


1.

Cuando Manuel entró en el pueblo, el otoño mostraba los primeros tintes en el aspecto del paisaje. Días grises, crestas de montañas encapuchadas de espesa niebla.

Habían pasado diez años y la aldea parecía no haber cambiado. Pero él sabía bien que era pura ilusión porque había aprendido de Heráclito la doctrina del “devenir”: no podemos bañarnos dos veces en la misma agua del mismo río.

En sus ojos nostálgicos se desdoblaban las mismas perspectivas; aunque las rocas en semicírculo manchadas de oscuro y tachadas de sangre pisada y los islotes de la costa, el rojo y los negros, fuesen perdiendo nitidez segundo a segundo. Pero la realidad era la ilusión de los aspectos sensibles, era el conjunto, el paisaje físico. Visitó, como un peregrino de la nostalgia, la hacienda de sus antepasados. Allí permanecían casi todos los árboles frutales como fantasmas: aquellos con los que él había convivido tenían otra existencia. Pero allí se encontraban las higueras, los perales, los castaños, los nísperos y las viñas que se desperezaban sobre el enrejado. Las moreras aún mostraban la oscuridad de los frutos con los que él tantas veces disfrazaba la pechera de su camisa blanca. Y las hojas amarillentas de las vides le sugerían recuerdos cuya realidad el tiempo había amortajado. Allí, al fondo del terreno, junto a un arazá, sus ojos volvieron a ver la misma pared rústica cubierta de hiedras y de cabriñas, donde su abuela, ya octogenaria, se sentaba las tardes tranquilas de agosto, mientras la cachorrita blanca corría bajo las higueras a la caza de lagartijas. Y veía delante de él la figura esmirriada de la abuela, una viejita muy curvada por los años, facciones surcadas de arrugas, ojos casi sin color, pero que deberían de haber sido castaños y vivos. El brasero aún vivo de los recuerdos de quienes habían partido hacia la eternidad, de los hijos de su sangre, hacía de ella una sombra viva, agarrada a la nostalgia de un tiempo que se había desvanecido como una columna de humo que en el aire se esparce y desaparece.

Aquella hacienda formaba parte de su primer mundo de sensaciones. En los extremos, el hinojo, la ajedrea y el orégano alfombraban las laderas. Todos los años la hierba dañina crecía y moría en los barrancos pedregosos que así fueron siempre desde la génesis de la isla. Y los pobladores habían conservado la poesía rústica de las rocas primitivas en los límites de la hacienda, que toma la forma de colina suave al limitar con las casitas de paja de la Oliveira ventosa. Y su memoria afectiva fue retrocediendo en el tiempo. Se inclinó hacia dentro como si clavara los codos en la boca de una cisterna y mirara para el fondo. El tiempo estaba dentro de él. La memoria era una aglomeración de imágenes que habían sido sensaciones vividas antaño. Y Manuel miraba hacia los árboles de hojas verdes, a quienes una brisa perfumada transmitía vida. Y el contraste, la oposición de las formas de las que resulta la vida, nacía en sus ojos sumergidos en el diorama que el tiempo había apesadumbrado en su memoria repleta de evocaciones. En vez de llenos de hojas, él recordaba los árboles a finales del invierno, aún con su aspecto cadavérico, y a ellos asociaba la presencia de la abuela. Después veía las higueras esqueléticas, ya con unos ojitos verdes, las moreras a reventar. El comienzo de un nuevo ciclo de vida transformaba las vallas, las cuevas, los caballones de las represas, los terrenos incultos. Las piedras seguían vestidas de musgo y se exhibían en abundancia las flores amoratadas del estramonio, mezcladas con violetas de olor penetrante.

Aquel ambiente le traía la melancolía. Veía de nuevo la calma de una vida pastoril que se había acabado tan deprisa como las buenas ilusiones que los años aniquilan. La abuela había muerto hacía mucho tiempo y había dejado con pena la hacienda que tantos cuidados le exigía. De su afecto mucho se había gastado en el cariño que brotaba de sus ojos y envolvía las cosas más simples, que para ella tenían alma. Y las hojas amarillas y tristes de las viñas le traían a la mente la presencia de la abuela, sentada en la pared cubierta de hiedras y cabriñas.

Deambuló hasta los confines de la hacienda por el lado del mar. El griterío de la marea tenía la misma resonancia que antaño. Y las olas se rompían y lamían los riscos del litoral, deshaciéndose en flores blanquísimas de espuma. Se acordó de Cristina, de aquel idilio romántico tejido de fortuna y sueño que lo había fascinado por su contenido de inocencia, virginidad y pureza. El escenario que él había vivido no había sufrido mutaciones. El grito del mar producía el efecto de una luz fuerte que ilumina un salón con muchas acuarelas que representan varias fases de la vida. Al campo de su conciencia afluían, en imágenes evocadoras, las escenas vividas con pasión, a la orilla del mar.

Cristina había sido su amor platónico. Tardes hermosas de otoño, luminosas y serenas, de mar azul cobalto, de olor a mosto, ¡de árboles que se desnudan! Las hojas amarillentas decían adiós a los frescos plátanos y caían inertes en la calzada empedrada de callaos del Largo do Açougue. Una brisa friolera levantaba del suelo las hojas más ligeras que, dando tumbos, piruetas y volteretas, se posaban en el agua de la represa del molino y, en el desliz suave de la corriente, se topaban con los pies de las berrazas para desaparecer enseguida tragadas por el abismo del cubo del molino. Las azucenas acechaban en el borde de los muros con gesto humano.

Los caminos solitarios eran las únicas arterias del pequeño mundo en el que Manuel había conocido a Cristina. Retuvo mejor el otoño porque fue la época de sus más dulces emociones. Orgulloso, había paseado con ella por los atajos más lejanos del pueblo y la gente de la aldea permanecía en los portales para verlos. En la orilla del mar, las familias de los pescadores no perdían de vista los barcos cuando los veían llegar. En esas tardes lentas, de mar tranquilo, Cristina le hablaba de los poetas latinos y la literatura la absorbía de tal manera que Manuel veía en ella más intelectualidad que afecto.

El pasado, a pesar de ser rico en poesía y vida, solo contiene ilusiones. Sin embargo nos otorga las realidades evidentes en que se recrea la imaginación. Y el pasado se había adueñado del alma de Manuel. Él vivía de los recuerdos que le dejaba buen sabor imaginar, a pesar de la amargura de no experimentar de nuevo las mismas emociones en presencia de todo lo que palpitaba de vida, que le había transmitido alguna sensación. Los delirios amorosos que había vivido en su encuentro con aquellos caminos solitarios del pueblo no fueron más que alboradas de sueño.

Cristina se había casado con un ingeniero. Marta, la hija del Dr. Januário, proseguía con su vida mundanal, ahora desordenada. Las gentes más cercanas la acribillaban a censuras. Y, como en una película de cine, pasaban las otras… Silvia María, Julia, María Fernanda y más Marías se fueron quedando atrás en la carretera casi anochecida de sus tiernas relaciones. Sentía nostalgia por aquella época de vida venturosa, pero no ajena al egoísmo de muchos hombres de su tierra. El sueño se había extinguido, y sus ojos entraban en contacto con los dramas profundos que tenían como teatro la aldea que lo había visto nacer. No estaba aún en el instituto cuando empezó a interesarse por las vidas humildes y prisioneras de los Garipos y las Miserias, para quienes el destino no pasa de servidumbre, vida de eterna opresión, de sumisión a la naturaleza y de resignada pasividad a los hombres, sus señores.

Había regresado de la capital del Imperio y traía consigo la idea de una futura liberación del oscuro destino de todos los que vegetaban recorriendo a pie la misma vida dolorosa de los Garipos y las Miserias. Sería una manera de reaccionar ante el sentimentalismo que lo dominaba, ocultándolo en el pasado, un espejismo que su mente anhelaba como un navegante visionario que alzara las velas día y noche con el fin de arribar al país donde el sol reposa.

Fragmento de la novela Canga, cap. XXXVI, 2008 (4ª ed.) [1ª ed., 1949, bajo el título Ilhéus], pp.197-199.

Traducción del portugués de Daniel Armas Núñez


2.

Avisaron a Germano de la llegada de los fiscales de Lisboa al ingenio de la Pedra Funda. Al recibir la noticia, él estaba colocando un tonel en la peana de la tienda. Se quedó atontado. Metió las manos en los bolsillos y, perplejo, se apoyó, sin darse cuenta, en una viga envuelta en telas de araña que apuntalaba el techo. No quiso creérselo. ¿El aguardiente no era suyo? ¡Quién compraba las cañas, quién las pagaba sino él! Sin duda era una patraña de los socios de la nueva fábrica. Pero, por si acaso, llamó a Aníbal del alambique y le encargó que observara lo que pasaba en el ingenio de la Pedra Funda. Mientras tanto se puso a pensar y cayó en la conclusión de que sería mejor prevenir que curar. Cerró la puerta del almacén y se dirigió a los toneleros que trabajaban en el patio junto al barbusano:

– ¡Dejen todo! Necesito que me presten ayuda. El tiempo es oro.

Se miraron unos a otros, petrificados. Lo siguieron. Germano abrió la puerta del almacén. Apurado, apareció Aníbal. Indiscretamente dijo lo que sabía:

– Señor Germano, allá encima hay unos señores fiscales de los ingenios. Estuvieron anillando los toneles y escribiendo en un libro. Van a venir aquí y al ingenio a vapor.
– ¿Pero viste anillar los toneles?
– No vi, pero estaban diciendo…

Germano se rascó la cabeza y profirió con vehemencia:

– ¡No hay tiempo que perder! Ayúdenme. Lleven estos dos toneles pa mi casa. José y Crispín que los coloquen al pie de los barriles de vino, en la parte de atrás del telar viejo. Y ustedes, Leonel y Jacinto, van llenando estos con el aguardiente de hace dos años y vacíenlos en los toneles que están ahora en la peana y en los dos con arcos pintados de verde.
– Sí, señor.

Y, camino abajo, camino arriba, se transportaron cuatro mil litros de aguardiente.

Germano se frotaba las manos de satisfacción. Había tocado la campana, hacía mucho, para el avemaría. Canturreando pasaban hombres cargados de cañas. El carro del Brujo entró en la Fuente colmándose con muchos haces atados con alambre. Precediéndolo venía la muchachada en un griterío amistoso.

– Deme una cañita… Deme una cañita…

Pero el Brujo, malo como una víbora, a pinchazo limpio dispersaba a los más atrevidos que se acercaban al carro tratando de robar una caña.

Por fin las vacas paraban en el vasto embarcadero donde, en montones, se iban apilando los haces de caña.

– Buenas noches, Señor Germano. Que sepa su señoría que debajo de Pedra Funda unos señores me preguntaron pa dónde eran estas cañas.
– ¿Qué respondiste?
– Que era pal ingenio de la Fuente.
– Tenías que haber dicho que ibas pa la fábrica de vapor…
– ¡Quién adivina lo que hay dentro de la cabeza de su señoría!
– ¿Entonces no oíste decir que vinieron unos fiscales de fuera para anillar los toneles de aguardiente y tomar nota del que va a ser destilado?
– Sí, señor, oí nombrar… y la verdad, aquellos señores tenían un hablar diferente…
– Son los fiscales; y, por lo visto, no van a quedarse ahí.
– No, señor. Los oí decir que iban comer.
– Bien. Ven más tarde.

Y Germano corre hacia el alambique.

– ¿Cuántos galones hay en el tonel?
– El patrón que vea cuántas rayas de tiza hay marcadas en cada tabla.
– Leonel, vete a buscar un barril al almacén.

Y substrajeron cincuenta litros más a la fiscalización.

Sentado en una silla de mimbre, el dueño del ingenio de la Fuente observaba la prisa con que se pesaban las cañas.

En ese instante, uno de los hijos del tonelero del Lanço se acerca a Germano, saca una carta del bolsillo de la chaqueta y se la entrega.

– Aníbal, dale un vaso de aguardiente al chico.

Abrió el sobre y leyó la media hoja de papel que había dentro:

“Cariño:
Esta noche estoy viuda… El ingeniero tuvo que ir a la ciudad. Ven, no te olvides”.

La amante del Ingeniero, la madre de Isabel, tenía un lío amoroso con Germano que, durante la ausencia de aquel, la visitaba en casa de la Señora Justina, en el Camino Grande. Era una noche de festejos y filtros de amor. Pero, esta vez, no pidió al maestre Francisco los pargos para la calderada. Repentinamente, y ya de noche, recibió la nota.

Me acuerdo de la tarde de un sábado en la que, para que el tiempo corriera más deprisa y el momento de hablar con Constança se hiciera más corto, salí de casa en dirección a la fábrica. Al acercarme al despacho, brotaban voces femeninas. Yo quería ver sin ser visto. Me metí por un pasillo escondido que separaba dos filas de toneles. Eché una ojeada: uno de los hijos de Belo quitaba las pelusas de un poncho. Al ser avistado rechacé toda timidez y, de forma natural, pasé enfrente del despacho. Con Isabel, de pie, se me ocurrió discrepar con respecto a algo reprochable por parte de su madre.

En esta circunstancia conocí a la ingeniera: mujer espigada, tez pálida, pómulos salientes. Cuando me vio, me preguntó muy atrevida:

– ¿Es usted Pedro, el niño? Es su vivo retrato. Si no fuera porque ya es un hombre, no resistiría el deseo de besarlo por lo mucho que aprecio a su padre.
– Sí, lo soy.
– Es muy parecido a su padre.

No escondí a Constança el episodio con la ingeniera. Se escandalizó y, sin disimulo, me dijo que tenía que ser mala mujer. Me hice el ignorante y le pedí que me explicara la expresión – mala mujer – porque no la entendía lo suficiente, a lo que me contestó que era una mujer desvergonzada. En esa ocasión Constança me exigió un juramento: que la evitara donde fuera que la viese.

Prometí cumplir su voluntad, pues no tenía nada de ingenua. Sin embargo, lo que me apetecía era que la ingeniera me besase, a solas, incluso en el despacho, o si no que me invitara a ir a su casa por la noche, como hacía el Señor Germano.

Fragmento de la novela Águas Mansas, parte del cap. XII, 1963, pp.116-120.

Traducción del portugués de Daniel Armas Núñez


3.

Vasco empezó a ir todos los meses a Santa Cruz de Tenerife a visitar a la amada. En el primer viaje, la aparición inesperada de Vasco fue una sorpresa para Carmen. Ni en sueños hubiera imaginado que su novio fuese a verla. Se quedó fascinada al tenerlo a su lado. Que la echaba mucho de menos, le confesó tiernamente. Que su vida obedecía a una nueva brújula. De ahí que viniera a la isla de Tenerife. No era solo por la nostalgia que lo amargaba y lo deprimía, sino que había otro motivo: pedirle la mano a su padre. Y de hecho, ese mismo día, habló con el Señor Pérez de la recíproca simpatía que existía entre Carmen y él.

Para acordar la fecha que haría oficial las relaciones familiares, íntimas, de Vasco con la familia de Carmen, los novios fueron de paseo a Gran Canaria. Raras las manchas verdes. Y Vasco se preguntaba: ¿cómo vivirían los guanches en una tierra que debían cultivar con tanta escasez de agua? Pero el amor supera las condiciones climáticas con el poblamiento, como lo demuestra el Museo antropológico y arqueológico.

– Nuestros antepasados pertenecían a una raza fuerte. Si no fuera así, Vasco, no habrías visto el tamaño de las momias, algunas de inusitada longitud.
– Tienes razón, Carmen. Tu isla tiene un pasado humano de subsuelo. La mía, Madeira, cuando fue descubierta estaba virgen de seres racionales. Al desembarcar los portugueses en la isla, la vegetación enmarañada se resistió a ser tomada. La naturaleza tiene también sus derechos. Tu isla de Tenerife aún posee algunos bosquecitos, pero esta Gran Canarias es árida.
– Dices, Vasco, que la naturaleza tiene sus derechos y yo creo en eso que afirmas. Mi profesor de filosofía no se cansaba de asegurar que todo lo que tiene vida es dueño de un alma. Los árboles también tienen alma, y fue su alma la que se opuso a la toma de Madeira.
– ¿Por qué no han de tener razón los sabios antiguos cuando afirman que el mundo está lleno de dioses?
– Eso no. Solo hay un Dios que es el que nos va a unir.

Vasco, sujetando las manos de Carmen, se detenía en sus ojos vivos y brillantes. Pararon en el escondrijo de una colina. De allí se avistaba el mar infinito. Los envolvía la quietud del día. ¿Todo lo que captaba la retina era real o un espejismo? Él solo tenía una certeza: que sus manos sentían las de Carmen, o el sentido del tacto no era más que una ilusión.

– ¿Ves aquella casita de allí, casi aislada?

Ella miró, miró y respondió:

– Sí, la veo. De color blanco, solo en la planta baja.
– Sería una felicidad absoluta vivir apartado del mundo en aquel eremitorio.
– ¿Pero dónde existe lo absoluto? ¿Dónde hay una felicidad completa, Vasco?
– Ya lo decían los antiguos: mente sana en cuerpo sano.
– Es verdad. La pureza del espíritu es necesaria para una vida feliz.

Y sujetándole las manos volvió a mirar aquellos ojos vivos y brillantes.

El señor Pérez pregunta:

– ¿Doctor, le gusta Gran Canaria?
– Es una isla con una morfología diferente a la de Tenerife. Pero, señor Pérez, Tenerife tiene rincones verdes que me recuerdan a Madeira. Por eso es que me gusta más su tierra.

Y el automóvil va rodando, rodando, baja que baja hacia un estrecho valle. Se ve un pequeño conjunto de casas. En la entrada del terreno juegan unos niños, entre los cuales una con babero, de carita rechoncha, empuja un carrito tosco.

– ¡Que niña tan graciosa, Vasco! – exclama Carmen.

Antes de que la novia llamara la atención, dado que el “Mercedes” seguía lentamente por la calle algo inclinada, ya Vasco se había ensimismado, por momentos, al verla. La niñita le reveló la placa fotográfica, una y otra vez, de recuerdos insepultos: Coimbra, la República de la Calle de las Matemáticas, Vasquinho. En esos brevísimos instantes de introspección, una verdad lo agobiaba: tenía un hijo y estaba adoptado. Y aunque no lo hubiese registrado con su nombre era su hijo. Innegable. Pero Carmen nunca lo sabría. Los años pasaban y Coimbra quedaba lejos.

El paisaje se liberaba, aunque se sintiera cierta monotonía inherente a las formas del relieve, al color de la tierra, a la calvicie del suelo.

Llegaron a la ciudad. Temperatura abrasadora. Entraron en una dulcería. Vieron los refrescos de horchata. Y mientras calmaban la sed fueron conversando.

– ¿Por qué no monta una consulta en Santa Cruz, Doctor? Un buen médico está siempre en condiciones de hacer fortuna. Conozco varios que sin ser de Tenerife encontraron en la isla el árbol de las pesetas – dijo el señor Pérez.
– Sería para mí doblemente agradable seguir su consejo, pero, señor Pérez, mi padre es gerente de una importante agencia de navegación en Funchal. Solo estamos mi hermana y yo. Mi madre no quiere separarse de mí. Vivimos en una quinta pintoresca y, en Funchal, con la profesión de médico, cuando se tiene una especialidad, uno gana todo el dinero que quiere. Sabe, señor Pérez, se impone un motivo sentimental. Esto no significa que mañana no venga para Santa Cruz. Sería, como dije antes, muy agradable: Carmen se quedaría con la familia y yo con la especialidad de pediatría, tal vez acabaría siendo muy conocido en la hermosa ciudad de Santa Cruz.
– Eso depende de usted. Yo solo le hice una sugerencia. Lo entiendo perfectamente. La mujer tiene que acompañar al marido. Es un deber. Los hijos se separan de los padres. Siempre sucedió así en la vida del mundo.

Fragmento de la novela Margareta, última parte del cap. VI, 1980, pp.98-102.

Traducción del portugués de Daniel Armas Núñez


Horácio Bento de Gouveia: a Madeira do séc. XX, entre memória, facto e ficção

por Thierry Proença dos Santos

Além de professor do ensino secundário, Horácio Bento de Gouveia (1901-1983) foi um distinto cronista, conferencista e romancista. Produziu centenas de crónicas, motivadas pelos mais variados temas (desde a literatura e a língua portuguesa até às memórias e homenagens, passando pela geografia, etnografia, história e economia, filosofia e viagens…), alguns contos e seis romances, em que problematiza a condição do homem insular, bem como a sua relação com o mundo.

horacio bento de gouveia_1949

Os cenários descritivos ou situacionais projetados nos seus textos sugerem ao leitor que experimentou viver (n)a Madeira imagens reconhecíveis ainda hoje: ali está a moldura natural da freguesia da Ponta Delgada, terra natal do escritor, com o mar à frente e o paredão vertiginoso da Muranha atrás. Do outro lado da Ilha, perfilam-se as artérias do Funchal e o cais da Cidade. Em novo plano, focam-se outros pormenores da paisagem insular, como a espuma do mar nos calhaus, o serpentear das veredas na serra, a fragrância das matas nos planaltos, os assombrosos socalcos com vinhedos, feijoeiros ou outras hortaliças, as nuvens a galgar as arestas da serrania e a suave orografia do Porto Santo com a sua extensa praia de areia dourada.

As lides quotidianas e os costumes ocupam um lugar assinalável através de quadros da vida rural, dando conta do falar castiço de populares e dos sons da realidade campesina, das crenças e dos arraiais, das comidas e bebidas. Há, além disso, ícones que identificam a cidade do Funchal, tais como o mais que centenário Diário de Notícias, da Madeira, o Hotel Reid’s, o típico “carro de bois”, o café Golden Gate, a Rua da Carreira, a burguesia funchalense ou o Sport Club Marítimo. Estas marcas da cor local funcionam não como mera inventariação, mas como mola capaz de accionar a poesia do lugar, ou seja, a memória afetiva que o leitor madeirense possa ter desses mesmos lugares, valorizando o que a Madeira tem de duradouro, de original e de autêntico em vez de projetar momentos etnográficos de pacotilha.

O seu discurso literário costuma ensaiar uma poética fundada na interação entre uma semântica específica do tema social tratado (designadamente a colonia, a pequena indústria do bordado ou da aguardente de cana, a emigração, a mudança de regime político e o boom do turismo, o percurso de vida de uma rapariga do campo que se muda para a cidade, evoluindo de empregada doméstica para regente escolar) e um lirismo popular, de profundo sentimento telúrico e de sensibilidade católica. A escrita bentiana é orientada pela reflexão sobre as relações inter-humanas na sua articulação com o poder, o trabalho e o meio, fragmentos justapostos, apelando à pluralidade dos sentidos, de recorte impressionista, onde perpassa por vezes o rumor de Camilo Castelo Branco, Fialho de Almeida e Aquilino Ribeiro.

Na verdade, a superação do regionalismo fácil, misto de pitoresco e de exotismo artificial, opera-se, na escrita de Bento de Gouveia, não só por via da contemplação e da descida às matrizes naturais da paisagem madeirense, como também por via da focalização das tensões entre o homem e o social, o homem e a natureza, o homem e o seu semelhante, quer de outras esferas, quer de outros hemisférios. Não raro, os percursos descritos chegam a constituir verdadeiros roteiros de viagem dentro do Arquipélago e convidam o leitor, donde quer que venha, tanto a visitar os pontos obrigatórios da cidade cosmopolita do Funchal, como a conhecer os lugares mais singelos e recônditos da Ilha, ora para respirar o ar puro dos cumes da serra e lavar os olhos com vista panorâmica de cenários telúricos deslumbrantes, ora para apreciar a hercúlea empresa do seu povoamento e da sua humanização.

Em suma, a dialética que a sua escrita encena não se processa apenas mediante a análise das fraturas psíquicas, nem dos conflitos de interesse, nem tão-só pela mimese de cenários e tipos locais. Faz-se pela interação assídua da personagem com um todo natural-cultural omnipresente: a ilha da Madeira. Mais do que descrever as gentes e seus costumes, o meio físico e social, Horácio Bento eleva a símbolos de existência e emblemas de saudade as marcas do ser-se madeirense no tempo que lhe coube, efetivamente, viver.

Para mais informação:
Web sobre Horácio Bento de Gouveia

EXCERTOS ESCOLHIDOS

1. Excerto do romance Canga, cap. XXXVI, 2008 (4.ª ed.) [1.ª ed., 1949, sob o título Ilhéus], pp. 197-199.

Manuel ao entrar na freguesia o Outono ensaiava as primeiras tinturas nos aspetos da paisagem. Dias cinzentos, cristas das montanhas embiocadas de espesso nevoeiro.

Haviam transcorrido dez anos e a aldeia parecia não ter mudado. Mas ele bem sabia que isso era pura ilusão porque aprendera em Heraclito a doutrina do «devir»: não nos podemos banhar duas vezes na mesma água do mesmo rio.

Aos seus olhos nostálgicos as mesmas perspetivas se desdobravam, posto que as rochas em semicírculo com a sua cor manchada de escuro e riscada de laivos de sangue pisado e os ilhéus da costa, o vermelho e os negros, segundo a segundo, fossem perdendo átomos. Mas a realidade era a ilusão dos aspetos sensíveis, era o conjunto, a paisagem física. Visitou em peregrinação de saudade a fazenda de seus antepassados. Lá estavam quase todas as árvores de fruto como fantasmas: as com que ele convivera tinham outra existência. Mas ali se encontravam as figueiras, as pereiras, os castanheiros, as nespereiras e as vinhas que se espreguiçavam sobre as latadas. As amoreiras ainda mostravam a pretidão dos frutos com que ele tantas vezes mascarava o peitilho da camisa branca. E as folhas amareladas das vides sugeriam-lhe lembranças cuja realidade o tempo amortalhara. Ali, no fundo da cerca, junto a um araçá, seus olhos reviram a mesma parede rústica coberta de heras e de cabrinhas, onde sua avó, já octogenária, se sentava nas tardes calmosas de agosto, enquanto a cadelinha branca corria sob as figueiras à caça das lagartixas. E via, diante de si, a figura mirrada da avó, uma velhinha muito curvada pelos anos, faces engelhadas de rugas, olhos quase sem cor, mas que deveriam ter sido castanhos e vivos. O braseiro inextinto das recordações dos que haviam partido para a eternidade, dos filhos do seu sangue, fazia dela uma sombra viva, agarrada à saudade de um tempo que se evanescera como rolo de fumo que no ar se espalha e desaparece.

Aquela fazenda participava do seu primeiro mundo de sensações. Para os cabos, o funcho, a segurelha e o orégão atapetavam as ladeiras. A erva daninha todos os anos crescia e morria nos barrancos pedrosos que assim foram sempre desde a génese da ilha. E os povoadores conservaram a poesia rústica das rochas primitivas nos cabos da fazenda, que toma a configuração de colina suave ao entestar com os casalejos de palha da Oliveira ventosa. E a sua memória afetiva foi recuando no tempo. Debruçou-se para dentro de si, como se fincasse os cotovelos à boca de uma cisterna e olhasse para o fundo. O tempo estava dentro dele. A memória era uma aglomeração de imagens que tinham sido sensações vividas outrora. E Manuel olhava para as árvores de folhas verdes, às quais uma brisa perfumosa transmitia vida. E o contraste, a oposição das formas de que resulta a vida, surgia aos seus olhos mergulhados no diorama que o tempo apenumbrara em sua memória repleta de evocações. Em vez de árvores cheias de folhas ele recordava-as em fins de Inverno ainda em seus aspetos cadaverosos e a elas associava a presença da avó. Depois via as figueiras esqueletizadas, já com uns olhitos verdes, as amoreiras a rebentarem. O início de um novo ciclo de vida transformava as cercas, as covas, os camalhões das levadas, os terrenos incultos. As pedras continuavam vestidas de musgo e ostentavam-se em profusão flores arroxeadas de erva-diaba, de mistura com violetas de cheiro penetrante.

Aquele ambiente melancolizava-o. Ele revia a calma de uma vida pastoril que fenecera tão depressa como as boas ilusões que os anos aniquilam. A avó morrera havia muito tempo e deixara com mágoa a fazenda que tantos cuidados lhe tomavam. Do seu afeto, muito se gastara no carinho que brotava de seus olhos, e envolvia as coisas mais simples que para ela possuíam alma. E as folhas amarelas e tristes das vinhas chamavam ao seu espírito a presença da avó que se sentava na parede coberta de heras e de cabrinhas.

Deambulou até os confins da fazenda para os lados do mar. A chiadeira das ondas tinha a mesma ressonância que outrora. E as vagas quebravam-se e lambiam os rochedos do litoral, desfazendo-se em flores branquíssimas de espuma. Lembrou-se de Cristina, desse idílio romântico tecido de ventura e sonho que o fascinara pelo que continha de inocência, de virgindade, de pureza. O cenário que ele vivera não tinha sofrido mutações dentro de si. A chiada do mar produzia o efeito de uma luz forte que iluminasse um salão com muitas aguarelas que representassem várias fases da vida. Ao campo da sua consciência afluíam, em imagens evocadoras, as cenas vividas com transporte, na riba da beira-mar. Cristina fora a sua paixão platónica. Tardes formosas de outono, luminosas e serenas, de mar azul-cobalto, de cheiro a mosto, de árvores que se desnudam! As folhas amarelo-desbotadas diziam adeus aos frescos plátanos e caíam inertes na calçada de pedra do calhau do Largo do Açougue. Uma brisa friorenta levantava do chão as folhas mais leves que, aos tombos, às cambalhotas, reviravolteando, poisavam na água da levada do moinho e, no deslizar brando da corrente, topavam nos pés das rabaças, para, em seguida, desaparecerem engolidas no sorvedoiro do cubo do moinho. As açucenas espreitavam à borda das paredes em gesto humano.

Os caminhos solitários eram as únicas artérias do pequeno mundo onde Manuel conhecera Cristina. Fixou melhor o Outono porque foi a época das suas mais doces emoções. Envaidecido, passeara com ela pelos mais distantes atalhos da freguesia e a gente da aldeia parava nos portais para os ver. À beira-mar, quando chegavam os barcos, as famílias dos pescadores não a desfitavam. Por essas tardes lentas, de tranquilo mar, Cristina falava-lhe dos poetas latinos e de tal modo a literatura a absorvia que Manuel via nela mais a intelectual do que a afetiva.

O passado, posto que rico de poesia e vida, só contém ilusões. Todavia, dá-nos as realidades evidentes de que se recreia a imaginação. E o passado assenhoreara-se da alma de Manuel. Ele vivia de recordações que lhe traziam bom gosto ao imaginar, em despeito da amargura que sentia de não experimentar de novo as mesmas emoções em presença de tudo que palpitava de vida, que lhe transmitira sensação. Os entusiasmos amorosos que vivera no convívio daqueles caminhos solitários da freguesia não foram mais que alvoradas de sonho.

Cristina casara com um engenheiro. Marta, a filha do Dr. Januário, prosseguia com a sua vida de mundanismo, agora desregrada. A gente da sua intimidade crivava-a de censuras. E, como em fita de cinema, passavam as outras… Sílvia Maria, Júlia, Maria Fernanda e mais Marias foram ficando para trás na estrada quase anoitecida das suas ternas afeições. Vinham-lhe saudades dessa época de vida venturosa, mas não alheia ao egoísmo de muitos homens da sua terra. Extinguira-se o sonho, e seus olhos entravam em contacto com os dramas profundos de que era teatro a aldeia que o vira nascer. Ainda não cursava o liceu, quando começou de interessar-se pelas vidas humildes e prisioneiras dos Garipos e dos Misérias, para quem o destino não passa de servidão, vida de eternas algemas, de subjugamento à natureza e de resignada passividade aos homens, senhores delas.

Regressara da capital do Império e trazia consigo a ideia de uma futura libertação do negro destino de todos que vegetavam calcorreando a mesma via dolorosa dos Garipos e dos Misérias. Seria uma maneira de reagir contra o sentimentalismo que o dominava, emboscando-o no passado, miragem que o seu espírito preferentemente procurava como navegador visionário que velejasse dia e noite a fim de aportar ao país onde o sol repoisa.

2. Excerto do romance Águas Mansas, parte do cap. XII, 1963, pp. 116-120.

Avisaram o Germano da chegada dos fiscais de Lisboa ao engenho da Pedra Funda. Estava ele, ao receber a notícia por um filho do tanoeiro, assentando uma pipa no canteiro da loja. Ficou emparvecido. Meteu as mãos nas algibeiras e, perplexo, apoiou-se, sem dar por isso, a uma trave envolta em teias de aranha que escorava o teto. Não quis acreditar. A aguardente não era sua? Quem comprava as canas, quem as pagava senão ele! Decerto que era patranha dos sócios da fábrica nova. Mas, pelo sim pelo não, chamou o Aníbal do alambique e encarregou-o de ver o que se passava no engenho da Pedra Funda. Entretanto pôs-se a cogitar e concluiu que seria melhor prevenir que remediar. Ferrolhou a porta do armazém e dirigiu-se aos tanoeiros que trabalhavam no pátio junto do barbuzano:

– Deixem tudo! Preciso que todos me deem auxílio. O tempo é dinheiro.

Olharam uns para os outros, petrificados. Seguiram-no. Desferrolhou Germano a porta do armazém. Esbaforido, o Aníbal apareceu. Indiscretamente disse o que sabia:

– Sr. Germano, tão lá em cima ui senhores fiscales dos engenhos. Andaro a lacrar ei pipas e a escrever num livro. Eles vão vir aqui e ao engenho a vapor.
– Mas tu vistes lacrar as pipas?
– Eu nã vi, mas tavo a dizer…

Germano coçou a cabeça e proferiu com veemência:

– Não há tempo a perder! Ajudem-me. Levem estas duas pipas p’ra minha casa. O José e o Crispim que as assentem ao pé dos toneis de vinho, na parte de trás do tear velho. E vocês, Leonel e Jacinto, vão enchendo estes barris com a aguardente de há dois anos e despejem-nos nas pipas agora arrumadas no canteiro e nas duas de arcos pintados de verde.
– Sim senhor.

E, caminho abaixo, caminho acima, transportaram-se quatro mil litros de aguardente.

Esfregava Germano as mãos de satisfeito. Tangera o sino, havia muito, as ave-marias. Cantarolando passavam homens carregados de canas. A corça do Feiticeiro entrou na Fonte abarrotando de muitos molhos em atos de arame. Precedendo-a vinha o rapazio em algazarra pegada.

– Dê-me ũa caninha… Dê-me ũa caninha…

Mas o Feiticeiro, mau como as cobras, de aguilhada em riste dispersava os mais atrevidos que se aproximavam da corça tentando puxar uma cana.

Por fim as vacas paravam no largo desembarcadoiro onde, aos montes, molhos de cana se iam empilhando.

– Boa noite, Sr. Germano. Saiba vossa senhoria que abaixo da Pedra Funda ũi senhores perguntaro-me p’ra onde ero estas canas.
– Que respondeste?
– Qu’ero p’ra o engenho da Fonte.
– Devias ter dito que ias prá fábrica de vapor…
– Quem adivinha o que tá dentro da cabeça de vossenhoria!
– Então não ouviste dizer que vieram fiscais de fora para lacrar as pipas de aguardente e tomar conta da que vai ser destilada?
– Sim, senhor, uvi alumiar… e na verdade aqueli senhores tinho ũa fala diferente…
– São os fiscais; e, pelos vistos, não tardam aí.
– Nã, senhor. Uvi-os dezer qu’io jantar.
– Bem. Vêm mais tarde.

E Germano corre ao alambique.

– Quantos galões estão na pipa?
– O patrão que veja quanti riscos de giz tão marcados numa aduela.
– Leonel, vai buscar um barril ao armazém.

E mais cinquenta litros se subtraíram à fiscalização.

Sentado em cadeira de vime, o dono do engenho da Fonte assistia ao afogo com que as canas se pesavam.

Neste comenos, um filho do tanoeiro do Lanço acerca-se de Germano, tira da algibeira do casaco uma carta e entrega-lha.

– Aníbal, dá um canudo de aguardente ao rapaz.

Abriu o sobrescrito e leu a meia folha de papel que ele continha:

«Amiguinho:
Esta noite estou viúva… O engenheiro teve de ir à cidade. Vem, não te esqueças».

A amante do Engenheiro, a mãe de Isabel, meteu-se de amores com o Germano que, na ausência daquele, a visitava em casa da Sr.ª Justina, ao Caminho Grande. Era noite de funçanata e de amavios. Mas, desta vez, não encomendou ao arrais Francisco os pargos para a caldeirada. Inopinadamente, e já de noite, recebera o bilhete.

Lembro-me de que, na tarde de um sábado, para que o tempo corresse mais veloz e a hora de falar a Constança se abreviasse, abalei de casa em direitura da fábrica. Ao aproximar-me do escritório, vozes femininas promanavam dele. Eu queria ver sem ser visto. Meti-me por um escuso corredor que separava dois canteiros de pipas. Circunvaguei a vista: um filho do Belo esvaziava a borra de um poncho. Ao ser pressentido repulsei de mim a timidez e, naturalmente, passo defronte do escritório. A Isabel, de pé, afigurou-se-me discordar de alguma coisa censurável da parte da mãe.

Nesta conjuntura conheci a engenheira: mulher esgrouviada, tez pálida, maçãs de rosto salientes. Quando me viu, afoitamente me perguntou:

– É o menino Pedro? É mesmo o retrato dele. Se não fosse que é já um homem, eu não resistia ao desejo de o beijar pelo muito que estimo o seu pai.
– Sou, sim.
– É muito parecido com o pai.

Não escondi a Constança o episódio com a engenheira. Escandalizou-se toda e, sem rebuço, disse-me que devia ser má mulher. Fiz-me ignorante e pedi-lhe que explicasse a expressão – má mulher – porque não a compreendia bastantemente, ao que me retorquiu que era mulher desavergonhada. Nessa ocasião Constança exigiu de mim um juramento: que me desviasse dela onde quer que a visse. Prometi cumprir a sua vontade, que nada expressava de ingénuo. Porém o que me apetecia era que a engenheira me beijasse, a sós, mesmo no escritório, ou então me convidasse a ir a casa dela por noite, como fazia ao Sr. Germano.

3. Excerto do romance Margareta, última parte do cap. VI, 1980, pp. 98-102.

Começou Vasco de todos os meses ir a Santa Cruz de Tenerife visitar a amada. Na primeira viagem foi uma surpresa para Carmen a aparição inesperada de Vasco. Nem por sonhos contava que o seu namorado a fosse ver. Ficou deslumbrada com o haver junto de si. Que tinha muitas saudades dela, confessou-lhe meigamente. Que a sua vida obedecia a uma nova bússola. Daí a vinda à ilha de Tenerife. Não eram apenas as saudades que o amarguravam e amarfanhavam, mas havia outra intenção: pedi-la ao pai em casamento. E de facto, nesse mesmo dia, falou ao Sr. Pérez na recíproca simpatia existente entre ele e a Carmen.

Para estabelecer a data que oficializava as relações familiares, íntimas, de Vasco com a família de Carmen, os noivos foram de passeio a Grã Canária. Raras as manchas verdes. E Vasco interrogava-se: como viveriam os guanches numa terra que ao tempo devia de ser cultivada com a ausência de água? Mas o amor superava as condições climáticas com o povoamento como o demonstra o Museu antropológico e arqueológico.

– Os nossos antepassados pertenciam a uma raça forte. Se assim não fora, Vasco, não terias visto as dimensões das múmias, algumas de inusitado cumprimento.
– Tens razão, Carmen. A tua ilha tem um passado humano de subsolo. A minha, a Madeira, quando foi descoberta estava virgem de seres racionais. Os portugueses ao desembarcarem na Ilha, a vegetação emaranhada resistiu à sua posse. A natureza tem também seus direitos. A tua ilha de Tenerife ainda possui uns bosquezinhos, mas esta Grã Canária é árida.
– Dizes, Vasco, que a natureza tem seus direitos e eu creio na tua afirmação. O meu professor de filosofia não se cansava de asseverar que tudo que tem vida é senhor de uma alma. As árvores também têm uma alma, e foi a alma delas que se opôs à posse da Madeira.
– Por que não hão de ter razão os sábios antigos em afirmar que o mundo está cheio de deuses?
– Isso não. Há só um Deus que é o que nos vai unir.

Vasco, segurando as mãos de Carmen, fitava os seus olhos vivos e brilhantes. Pararam no esconso de uma colina. Dali avistava-se o mar sem fim. Envolvia-os o remansoso do dia. Tudo quanto a retina fixava era real ou miragem? Uma certeza tinha ele: as suas mãos sentiam as de Carmen, ou o sentido do tato não passava de ilusão.

– Vês aquela casita acolá, quase isolada?

Ela olhou, olhou e respondeu:

– Sim, vejo. De cor branca, só rés-do-chão.
– Seria uma felicidade absoluta viver relegado do mundo naquele eremitério.
– Mas onde existe o absoluto? Onde há uma felicidade completa, Vasco?
– Já diziam os antigos: espírito são em corpo são.
– É verdade. A pureza de espírito é necessária para uma vida feliz.

E segurando-lhe as mãos ele voltou a fitá-la nos olhos vivos e brilhantes.

Pergunta o senhor Pérez:

– O Dr. gosta da Grã Canária?
– É uma ilha com morfologia diferente de Tenerife. Mas, senhor Pérez, Tenerife tem recantos verdes que me fazem lembrar a Madeira. É por isso que gosto mais da sua terra.

E o automóvel vai rodando, rodando, desce que desce para um estreito vale. Vê-se pequeno aglomerado de casas. No portelo de quintalório brincam crianças, das quais, uma de bibe, carita gorducha empurra um carrinho grosseiro.

– Que criança engraçada, Vasco! – exclama Carmen.

Antes de a noiva chamar a atenção, como o «Mercedes» seguia lentamente em estrada pouco declivosa, já Vasco se ensimesmara, por momentos, ao vê-la. A criancita revelou-lhe a chapa fotográfica, e mais uma e mais uma, de recordações insepultas: Coimbra, a República da Rua das Matemáticas, o Vasquinho. Nesses brevíssimos instantes de introspeção, uma certeza o acabrunhava: tinha um filho e estava perfilhado. E mesmo que o não houvesse registado com o seu nome era filho dele. Inegável. Mas Carmen nunca o saberia. Os anos passavam e Coimbra ficava longe.

A paisagem desfraldava-se, bem que certa monotonia se sentisse, monotonia inerente às formas do relevo, à cor da terra, à calvície do solo.

Chegaram à cidade. Temperatura esbraseante. Entraram numa confeitaria. Vieram refrescos de orchata. E enquanto se dessedentavam foram palestrando.

– Por que não estabelece o Dr. Vasco consultório em Santa Cruz? Um bom médico tem sempre condições de fazer fortuna. Conheço vários que não sendo de Tenerife encontraram na Ilha a árvore das pesetas – disse o senhor Pérez.
– Ser-me-ia duplamente agradável aproveitar o seu conselho, mas senhor Pérez, meu pai é gerente de uma importante agência de navegação no Funchal. Sou eu só e minha irmã. Minha mãe não se quer separar de mim. Vive-se numa quinta pinturesca e, no Funchal, com a profissão de médico, quando se possui especialidade, ganha-se o dinheiro que se quer. Sabe, senhor Pérez, uma razão sentimental impõe-se. Isto não significa que amanhã eu não venha para Santa Cruz. Seria, como já disse, muito agradável: Carmen ficava junto da família e eu com a especialidade de pediatria, talvez me tornasse afamado na linda cidade de Santa Cruz.
– É com o senhor. Apenas alvitrei uma ideia. Compreendo perfeitamente. A mulher tem de acompanhar o marido. É um dever. Os filhos separaram-se dos pais. Sempre foi assim na vida do mundo.

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