Twitting

Por Nicolás Melini

El obituario en red está deshaciendo ya nuestro modo de sentir los óbitos. Y qué tal esto: el Supremo avala que los escritores que dejen de trabajar por realizar su obra reciban una pensión por el tiempo que dejan de cotizar (qué tonto, pero si es el Día Internacional de la Mujer, ¡el titular se refiere a las mujeres que dejen de trabajar para cuidar a sus hijos!). Pinga es una palabra africana, solía recordar el profesor Ndoye. Ya no se lleva que los líderes adopten una postura intransigente, a la manera que exhibían todos aquellos dictadores del siglo pasado; ahora se lleva la intransigencia misma sin necesidad de postura (con el gesto y el verbo disimulado). Que tweeting signifique “piar” y uno sea canario anda que no tiene gracia. Leo algunas afirmaciones del filósofo Byung-Chul Han y nuevamente siento nostalgia de un tiempo en el que sabía callar; cuando callas, te atienden mejor, dices algo y se escucha; pero tal vez ya sea demasiado tarde… Suena el dentista ahí al lado pero suave –aire, placentero a pesar de todo; por qué no cerrarán la puerta—, y aquí en la sala la canción melosa de la novela, en el televisor; en silencio la niña que aguarda con el brazo vendado, que sin embargo viene por las caries. No dar puntada sin medre. Miles de personas se manifestaron; apelaban a los escritores, les señalaban las consignas de las pancartas que portaban (sus pesares y reivindicaciones por todos conocidas), y con gestos les rogaban que les ayudaran, que no les dejaran tirados –ellos no—; que escribieran, por favor, que escribieran sobre aquello, que escribieran por dios se lo pedían. Encuentro encantador cierto desencuentro con las editoriales, cuando sucede: no quieren lo que tienes, no tienes lo que dicen querer, no quieren lo que quieres…Tal vez no deba continuar escribiendo esto sin acordarme de Javier Moreno y su alma; sobre todo de su alma. Escribir sobre lo que no alcanzas a ver con claridad (escribir sobre aquello que solo intuyes) puede estar bien, no digo yo que no, pero cuidado porque, tal vez, alguien –aquello que solo intuyes— lo haya visto y mostrado ya con claridad meridiana y solo consigas, si acaso, proponer una bagatela confusa para enseñar la más triste información: que no alcanzas. Se diría que los demócratas representantes nuestros se lo estaban pasando en grande: nos insultaban; todo lo que les hemos dicho, ellos nos lo devolvían con motivo de marchas, asambleas, escraches y acampadas; ¿que los hemos tachado de fachas?, ellos nos tachaban de neonazis; la verdad es que, tal vez, solo nos estuvieran empatando. ¿Los twitteros canarios pían o ladran? Hay escritores en circulación que dan un “perfil” determinado y escritores que no lo dan o que dan otro –elemental a la hora de programas, premios, entrevistas…—, y alguna vez deberemos preguntarnos por qué tantas veces resultaría complicado, si fuésemos capaces de cierta objetividad, establecer una relación bajo criterios coherentes entre la calidad del perfil conferido y la categoría de la obra; bueno, una sucinta explicación: se trata del camino que hemos recorrido entre conferir importancia al “ser”, y, ahora, concedérsela también al “parecer”. Recuerdo cuando mi hija pintarrajeaba, como quien los firmara, los libros que yo estuviera leyendo; hoy lo ha hecho mi sobrina de 6 años, que vive con nosotros desde hace 10 meses; supongo que ha observado que le presto mucha atención a eso, así que quiere estar ahí, que los libros que estoy leyendo sean ella también; en una ocasión, tras presentar un libro propio, mi hija se interpuso entre un lector y yo y garabateó unos rayones ininteligibles en mi brazo; “es mío”, parecía querer decir; me conmovió la emoción, el sentimiento, la avidez con la que tomó mi brazo: “Él te podrá firmar su libro, pero yo lo firmo a él”, y me firmó.

Identidad…
Suma.
A lo que eres o crees que eres… más.
Nadie deja de ser algo por ser además otra cosa.

Ahora me extraña no dedicar todo mi tiempo a buscar “alimento” de letras de la mayor altura: por qué atender a lo demás –y no me refiero solo a los libros—; y sin embargo no nos permitimos no atenderlo. Tal vez la política consista en dominar las sensibilidades de la ciudadanía de modo que esas sensibilidades estén con el político y lo legitimen para ejercer el poder sobre ella; los hechos generan sensibilidad, pero no es menos cierto que hechos y sensibilidad no son la misma cosa, y ahí se encuentra un terreno amplio abonado para la gran manipulación; en sociedades mediáticas no solo se manipula ese espacio: se manipula el hecho mismo y hasta la propia sensibilidad y cualquier posible reacción; hasta el agotamiento y extenuación de los hechos y las sensibilidades y las ideas convertidas en nada por la magia del transcurso de la actualidad. Pájaros posados en la ropa tendida… Cada vez que se sentía culpable me regalaba algo, fraternal, como un niño infantil acostumbrado a deshacerse de los juguetes rotos comprando la amistad y la voluntad de sus amigos, solo que tenía 40 años y lo que me regalaba eran viejos enseres de adulto a cambio de que me dejara explotar por él. Una antología es una estrategia de otro en la que mejor no participar (a menos que te agrade la sensación de que te lleven al huerto). Qué clase de nostalgia es la lengua; a todos nos sucede cuando de pronto escuchamos una de aquellas palabras de la infancia. Operar intelectualmente desde el concepto isla a menudo es muy complicado: Isla islaislaislaisla, y después lo que se quiera pensar… —acudamos a Lacán para analizar todas esas frases en las que pronunciamos la palabra isla, o cualquiera de sus derivados, sin razón—. ¿Y si en realidad nos moviéramos solo para el desastre y no existiese otra posibilidad que sucumbir; desastre y sucumbir, desastre y sucumbir…? Demócratas que no quieren que les consulten no son demócratas. ¡Ah, estas sobras, qué maravilla estas sobras del capitalismo, cada vez me agradan más estas sobras! No eran nada el uno para el otro (solo habían follado una vez), ella lo llamaba todos los sábados por la mañana y él siempre pensaba que lo hacía únicamente para que escuchara la respiración fuerte de su hijo pequeño dormido a su lado, porque le decía que aún se encontraba en la cama, que su marido se acababa de ir, y callaba mucho y no tenía nada que decir y en realidad (una vez él le preguntó) no quería con él nada nunca más, solo aquel no decirse al otro lado del teléfono y la respiración fuerte de su hijo. Republicanos que identifican república con izquierda excluyen a tantos otros demócratas. Cual Onetti en la cama, con estos dispositivos pequeños en los que escribir, esa hora antes de dormir se me está haciendo de las productivas del día, incluso de las más productivas, a veces, porque me llevo el ordenadorcito y escribo, cual Onetti en la cama, ay si Onetti hubiese conocido estos ordenadorcitos.


Escritor