Una telaraña de plata en el centro de una pirámide

(Diálogo en Juan José Delgado) Por Sabas Martín

Me dices:

Ya sabes que los poemas no aceptan a nadie por dueño. Te llegan y te dicen: ¿lo coges?, ¿lo dejas? Quiero decir con esto que, como a veces los versos me vienen en correntera, no hay modo de razonar, en principio, con ellos. Después, el primero va y te dice: como sabes muy bien, no es bueno que nadie esté solo: dame un compañero. Y durante una larga temporada, todo lo que estaba en mí, sale como un meteoro. Me siento culpable o inocente de lo que escribí; pero soy el último que puede poner algo de razón en lo escrito. Si me pidieras una poética, tendría que repasar la trayectoria dada y proponer un posible marco de actuación: proponer mi actitud ante la poesía, que es mi actitud ante mí mismo, ante los demás y ante el mundo. Por esa razón agradezco y confío en quienes me aportan unas referencias que, al ser leídas, me digo: ¡Vaya! Pues tiene razón… Y esas referencias, ese trabajo que es una labor de mina, me permiten ver algo no perceptible. O como diría un escritor de nuestra mutua complacencia: me ha sido dado ver una telaraña de plata en el centro de una pirámide.

Te digo:

No olvides, amigo, que la telaraña que es la obra escrita solo es posible gracias al empeño trabajoso de quien la teje, sea de plata o de hilo la telaraña. Y que el escritor teje y teje sin saber cuándo estará terminada la tarea hasta que se queda sin hilo hasta una próxima urdimbre. La araña que es el escritor solo hace lo que sabe (¿necesita?) hacer. Cierto que la poesía acude a la mano que escribe desde ¡vete tú a saber qué hondas, presentidas, adivinadas oscuridades! Pero la mano se cumple en la escritura. Y escrito queda. Después vendrán las interpretaciones, ese trabajo de mina, cuando el paseante o el que lee descubra la telaraña en medio del paisaje o en el centro de una pirámide, y la contemple y admire su perfección. Y ya solo al que mira o lee le resta intentar descifrar y entrar en la urdimbre y seguir la disposición de los hilos. Y, así, no hará otra cosa más que ver lo que ha quedado tejido con las palabras, y sospechar, intuir, conjeturar lo que calla en las palabras.

Me dices:

Bien sabes hasta qué punto embarga la incertidumbre cuando uno se da un “salto al abismo”, ya sea en poesía y lo mismo en narrativa, sin capricho alguno, con absoluta gravedad (por cuya ley todo lo que sube tiende a caer). Y, en verdad, he de confesarte que aún estoy desconcertado con mi propia obra. (¡Habrase visto!). A fin de cuentas, como ya he dejado escrito, la escritura es un desierto, y el escritor un hombre perdido que se deja guiar por los espejismos.

Te digo:

Te recuerdo lo que tú mismo ya has dicho: todo aquel que escribe queda convertido en un fingidor. Cierto. La escritura ata al oficiante (sigo citándote), lo ata de mente y, a partir de ahí, las manos vuelan como plumas hacia los espejismos… Pero, más allá, de los espejismos y de los fingimientos a que, por su propia naturaleza, tiende el oficio de la palabra (¿quién revela y sistematiza con exactitud y precisión incuestionables los elementos que intervienen en el proceso creador?), sabemos, sabes, que la escritura no es juego o fuego fatuo, sino una actitud vital y necesaria. Una actitud desde la que interpretar o reconstruir los oscuros resquicios de la realidad por los que se diluye y se cumple el mundo. Y, en el mundo, el ser y el existir.

Juan José Delgado y Sabas Martín

Juan José Delgado y Sabas Martín

Y más te digo, a modo de parábola final:

Un hombre sabio contempló una vez la magnificencia de las pirámides. Convencido de que jamás podría hacer algo semejante, decidió retirarse a una cueva. Creía que sería incapaz de crear una obra que, como las pirámides, perdurara a través de los siglos. Allí, en la cueva, vivió y escribió sin descanso durante años y años. Al cabo del dilatado suceder de los días se dio cuenta de que todos sus escritos acumulados tenían la forma de una pirámide.

Así tu obra, tu vida, Juan José: una pirámide.

Y esa pirámide, en medio del desierto, no es sueño o espejismo, sino la viva arquitectura de los íntimos cielos que has escalado.

Ahora, a nosotros, desde la intemperie en que nos deja tu ausencia, nos es dado contemplar en el centro de la pirámide la telaraña de plata que destella contra la caducidad del tiempo.

Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico y periodista nacido en Santa Cruz de Tenerife