Zebenzui y su baifita

Cuento infantil de Félix Díaz

Presentación

Félix Díaz nació en Caracas y, desde hace tiempo, reside en La Laguna (Tenerife). Ha desempeñado varias profesiones, pero sus preferencias se centran en su labor de Profesor de Secundaria en la especialidad de Formación Profesional de Imagen Personal. Actualmente está jubilado y se dedica a escribir.

Ha sido finalista del Certamen de Cuentos infantiles escritos por adultos, convocado por CajaCanarias y ganador del V Premio Incontinente de Narrativa Erótica.

Ha publicado varias novelas, algunas de ciencia-ficción, y varios libros de cuentos infantiles como Historia de Draco y otros cuentos, Uzoné el pequeño astronauta, o Jimmy Cara de Caballo. También ha participado en diversas antologías de relatos.

Con Zebenzui y su baifita, Félix Díaz trata de acercar al lector infantil, al origen legendario de las Islas Canarias, a través de un legionario romano, Nemesius, capitán de una trirreme que, llevada por el azar o por Neptuno, llega a las Isla de Nivaria, habitada, según se decía por los atlantes.

Escaso de provisión, Nemesius decide desembarcar con sus legionarios, siendo observado por Zebenzui, un niño que estaba apacentando a su baifa en las cumbres de Anaga.

El muchacho fue enseguida a avisar a su pueblo y el Mencey decide una estrategia que consistía en permanecer ocultos hasta el momento oportuno en que, a una señal suya (un balido) atacasen a los romanos detrás de sus cabras.

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Zebenzui, como todos los niños, tuvo que quedarse en su cueva, pero, como se aburría, se asomó y pudo comprobar como Claudius, el piloto de la trirreme, estaba explorando el lugar y se había dado cuenta de los planes de los suyos, así que decidió seguirlo y empezó a lanzarle piedras, ocultándose con rapidez para no ser descubierto. En un momento dado, la baifita también atacó al legionario, que salió corriendo en busca de los suyos.

En ese momento, el Mencey dio su señal y los “atlantes”, precedidos por cientos de cabras, atacaron a los invasores.

Los romanos huyeron en desbandada y el Mencey felicita a Zebenzui y a su baifa.

La tirreme de Nemesius consigue llegar a Hispania, y tanto él como los marinos contaron con exageraciones varias su aventura, aumentado así el mito de los pobladores de Canarias.

La historia está contada con gran agilidad, a lo que contribuyen unas descripciones cortas pero precisas, así como la abundancia de diálogos.

Por otro lado, incluye un léxico en el que aparecen palabras de origen prehispánico como banote, Achamán, baifa, Echeide, mencey, etc., incluidas sin forzar, aprovechando los diálogos de los personajes.

Las situaciones están narradas con una gran plasticidad y con un gran sentido del humor, lo que junto a su final abierto, lo hacen más atractivo y estimulan la curiosidad de los lectores.

Zebenzui y su baifita

–¡Oh Neptuno, dios y señor de este mar tormentoso! ¡Deja ya de vacilar, tío, y relájate caramba! ¡Que 38 días de tempestad no hay trirreme que los aguante y éste, tú lo ves, está ya pa’l arrastre!

El capitán Nemesius Pocuscapitis salió al puente por tercera vez en el día; y por tercera vez sintió el frío viento en las piernas desnudas, apenas cubiertas por la faldilla de legionario (pteriges). Porque Nemesius, capitán de la trirreme Junae Vermiformes, era un legionario romano a las órdenes del Emperador Gumersindus Augustus, dueño y señor de toda la tierra civilizada, desde las Columnas de Hércules hasta la frontera persa, y desde el gran desierto de África hasta la Germania hostil.

Era el año 315 de la Era Cristiana (1080 de la Era Romana) y el trirreme había sido lle-vado de un lado al otro por la mayor tormenta que recordaba aún el más veterano de los marinos romanos. Desde Lusitania, 38 días de mar embravecido y vientos huracanados habían arrancado todas las velas y roto la mitad de los remos. Y ahora estaban en algún lugar desconocido del Mar Océano, lejos, muy lejos del Imperio y de la civilización.

Está claro que Nemesius le caía antipático a Neptuno; porque sólo acabó la tormenta cuando el dios del mar se aburrió de jugar a lo mismo.

Por fin se despejó el cielo, cesó el viento, las olas desaparecieron y salió el sol, brillante y luminoso. Fue aclamado por todos los hombres, libres y esclavos. Y en el horizonte se alzaba grandioso e imponente, un gigantesco monte nevado.

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Nemesius no tenía ni idea de dónde podían estar. Llamó a Claudius Secundus, el piloto, quien nada más echar un vistazo a la tierra dijo:

–Capitán, es la isla Nivaria, la mayor de las Fortunatae. Se dice que está poblada por descendientes de los atlantes, gente muy brava y aguerrida, aunque bárbaros.

–Pues no tenemos otro lugar al que ir –replicó el capitán –No hay comida y si son tan fuertes como dices esos atlantes, pues cogeremos unos cuantos esclavos para los remos, que buena falta hacen. Avisa a la centuria de desembarco y dirige la nave hacia la costa. Busca un buen lugar para desembarcar.

El piloto obedeció, aunque lleno de miedo tan sólo de pensar en los habitantes de aquellas islas, de los que tantas cosas se decían.

Desde las cumbres de Anaga, Zebenzui vio llegar al gran pájaro marino. O eso le pareció porque al verlo más cerca pudo comprobar que no volaba sino que flotaba sobre el agua, y que llevaba gente dentro.

–¡Por el Padre Echeide! –exclamó –¡Dentro de esa cosa vienen unos desconocidos!

El pico Echeide se apreciaba a lo lejos, cubierto de nieve. Dos nubes despistadas que había delante se fueron corriendo. El Echeide quería ver cómo se las arreglaban los guanches con aquellos extraños.

–¡Beeeee! –baló su baifita.

–¡Vaya, casi me olvido de ti! Perdona.

Como tenía prisa, se la echó al hombro con muy poco esfuerzo. Así cargado con ella se echó a correr barranco abajo.

Llegó sofocado a la cueva de sus padres. Allí estaba su madre, moliendo el grano tostado para hacer gofio.

–Tu padre ya vino con las cabras. Está con los demás, arreglando un banote nuevo –le dijo.

El padre de Zebenzui y otros hombres estaban más abajo, alrededor del fuego, contando chistes mientras se endurecían los banotes entre las cenizas.

–¡Zebenzui! ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está la baifa?

–Padre, he bajado corriendo para avisarles. La baifa está con su madre, donde las tabaibas.

–Avisarnos, ¿de qué?

–Llegan unos extranjeros por el mar. En una especie de pájaro de madera que flota en el agua.

–¿Extranjeros? ¿Por el mar? –preguntó asustado el tío Araigame.

–¡Haz hecho muy bien, hijo! Dile a tu madre que se esconda y tú vete con ella. ¡Araigame, vete corriendo y avisa al Mencey! Yo tocaré la caracola.

Araigame se fue ladera arriba, hacia la cueva del Mencey. Apenas había dado un par de zancadas cuando se oyó el ronco rugido de la caracola, tocada por el padre de Zebenzui.

Todos los hombres salieron armados con banotes, mazos y piedras. Y todos hablaban a la vez…

–¿Qué pasa?

–¿Quién nos llama?

–¡Es Bentiago, el padre de Zebenzui!

–¡Mis xercos! ¡No encuentro mis xercos!

–¡Si los tienes en los pies, Ramoram!

–Pero, ¿qué ocurre?

–¿Dónde está mi maza? ¡Mi as de bastos! ¿Dónde está?

Todos ellos rodearon a Bentiago.

–¿Por qué has tocado la caracola, Bentiago?

–¡Vienen gentes por el mar! ¡Tenemos que esconder el ganado, poner a salvo mujeres y niños y mantenernos a cubierto en un lugar desde el que podamos sorprenderlos!

–¡Miren! ¡Allí en el mar! ¡Ya casi están en la playa!

–Pues hay que darse prisa, ¡y que Achamán nos proteja!

50 legionarios romanos desembarcaron, al mando del centurión Julius Recius y con el capitán Nemesius al frente. También iba con ellos el piloto Claudius.

–No veo señales de tus atlantes, Claudius «cagatus» –dijo el capitán con cierto retintín.

–No, señor. Pero han de estar en alguna parte, escondidos.

–Esto me huele mal, capitán –dijo Julius, el centurión.

–No me extraña; entre Claudius «cagatus» y tú, que nunca has sabido lo que es un baño decente…

–No lo digo por eso, señor. Me refiero a que esto parece una trampa. En estas cuevas vive gente, pero han de estar todos escondidos.

–¡Hum!, ¡Por Mercurio! Parece que por una vez han dicho algo decente ustedes dos. Quizás estemos de suerte y la diosa Atenea oyó mis plegarias poniendo algo de seso en ese par de cabezas huecas que tienen bajo los cascos.
Los guanches, bien escondidos en lo alto del valle, contemplaban a los extraños. Observaron cómo conversaban entre ellos, sospechando una trampa.

Bentiago estaba junto al Mencey Talaycomo.

–Bentiago, hay que hacer algo– dijo el Mencey, en voz baja.

–Así parece –respondió el padre de Zebenzui de la misma forma –Se acercan a donde escondimos las cabras.

–¿Es la cueva de los tres dragos?

–La misma. ¡Eh, tengo una idea!

–¿De qué se trata?

Bentiago se lo explicó. Al Mencey le pareció un buen plan y llamó a Araigame, quien era el más rápido de ellos.

–Araigame, coge el bastón de salto y baja lo más deprisa que puedas a la cueva de los tres dragos; en cuanto oigas la señal, sueltas a las cabras. La señal será un balido igual que éste: «¡Beeeeeeee!».

El Mencey Talaycomo era muy bueno imitando a los animales.

Araigame tomó el enorme palo y saltó sin hacer ruido barranco abajo.

Zebenzui se aburría de lo lindo en la cueva. El Mencey había prohibido a los niños que hicieran el menor ruido, para que los extranjeros no los descubrieran. Él obedecía, pues no era tonto, pero se le hacía muy difícil estar quieto y callado tanto rato. Afuera pudie-ron oírse las voces de los extranjeros en su lengua que no se entendía. Pasaron frente a la cueva y siguieron de largo.

Zebenzui se asomó, con mucho cuidado, a curiosear.

Claudius temía a los atlantes. Eran muy listos y aquel valle repleto de cuevas era muy apropiado para una trampa. Nemesius no tenía un pelo de tonto, pero tampoco de listo (era calvo) y eso lo sabía muy bien su piloto. Por eso se apartó y fue a explorar por su cuenta.

Vio caer una sombra desde lo alto, y pensó que era un fantasma. Armándose de valor, la siguió en silencio, buscándola entre los matorrales por donde había desaparecido.

Al rato pudo verla de nuevo, a la entrada de una cueva tapada por tres árboles de lo más extraño. Comprobó que la sombra no era un fantasma, sino un hombre muy corpulento vestido con una piel. Un verdadero atlante. Desde el interior de la cueva llegaban balidos de cabras.

Claudius comprendió entonces cuál era el plan de los atlantes; aquel hombre pretendía soltar las cabras para que salieran de repente y se cruzaran con los legionarios. Probablemente eso produciría el desconcierto y aprovecharían para atacarles.

Tenía que avisar a Nemesius y a Julius.

Zebenzui vio al extranjero que iba solo, siguiendo a su tío Araigame. El niño se hallaba bien escondido entre las tabaibas, ¡cuando sintió que le soplaban en la nuca! Asustado, miró atrás, ¡y allí estaba su baifita, que también se había escapado!

–¡Hola, mi niña! –dijo Zebenzui –¡Estate calladita!

La baifita no dijo nada.

El extraño regresaba para avisar a su gente. Zebenzui le tiró una piedra, que dio en toda la coraza del pecho. Hizo un sonido que Zebenzui nunca había escuchado, algo así como «Ping».

Claudius se detuvo, asustado. Otra piedra le golpeó, esta vez en las piernas desnudas.

–¡Ay! –exclamó –¡Por el dios Marte! ¿Qué pasa aquí?

Por más que miró a su alrededor, no vio el origen de las piedras.

Se puso en camino de nuevo, mirando nervioso a ambos lados.

La baifita se le acercó despacio por detrás, y le mordió la pteriges (faldilla).

–¡Ahhh! ¡Socorro! ¡Me atacan los demonios! ¡Auxilio!

Ahora, Claudius se echó a correr gritando despavorido. Zebenzui y su baifita fueron corriendo tras él, el niño tirando piedras y la baifita dando cabezazos contra las piernas del romano. Este no lograba ver nada pues cada vez que miraba hacia atrás, Zebenzui se escondía y la baifita hacía lo mismo.

Nemesius vio llegar a Claudius corriendo y gritando, asustado sin que nadie lo siguiera.

–¿Qué ocurre? ¿Qué gritos son esos?

Zebenzui y su baifita se quedaron bien atrás, pues se habían dado cuenta de a donde iba el extraño.

En ese preciso momento se oyó un balido de cabra (la imitación del Mencey Talaycomo) y poco después eran cientos de cabras de verdad las que salían corriendo contra los romanos.

De inmediato, Bentiago tocó la caracola y salieron ahora los guanches corriendo y gritando, armados con piedras y palos. Bentiago fue el primero en arrojar su banote, que dio contra la espalda del capitán Nemesius.

Todos los romanos huyeron a la desbandada. En el suelo dejaron un montón de cascos y escudos. Subieron a bordo del trirreme y salieron remando a tal velocidad que parecían haber inventado el motor de vapor.

Zebenzui les vio alejarse desde la cumbre. Su padre estaba con él.

–Araigame me contó que saliste de la cueva –le dijo.

–¡Lo siento, padre! ¡Me aburría allí dentro!

–Debería castigarte por tu desobediencia, pero te perdono. En realidad, me alegro de que fuera así, porque si aquel extranjero nos descubre el plan, habría sido más difícil la lucha. Los habríamos rechazado también, pero a fuerza de sangre. Y no fue así gracias a mi niño.

–¡Sólo tuve suerte! Pero padre, te olvidas de alguien que me ayudó bastante.

–¿Quién sino tú es el héroe de esta historia?

–No es un héroe sino una heroína, y aquí está, comiendo hierba tan tranquila.

–¡Beeeeee! –dijo la baifita pues sabía bien que hablaban de ella. Por si acaso hay algún lector al que le interese, lo que estaba diciendo era: «¡qué mal sabía la ropa de aquel extranjero!».

Nemesius logró llegar a las costas de Hispania, con la ayuda de Neptuno que por fin decidió echarle una mano. Allí, en la ciudad de Gades, todos ellos contaron lo que les había pasado en la isla de Nivaria, con tantas exageraciones que durante muchos siglos nadie se atrevió a acercarse por aquellas islas. Se decía que en ellas habitaban unas gentes con cuerpo de cabra y tamaño de gigantes, de voz de trueno y tan fuertes que podían hundir un barco lanzando una roca de gran tamaño desde la costa. Aquellos gigantes, se decía también, devoraban a todo marinero que osara desembarcar en la costa.

Sólo pasados mil años un navegante castellano se aventuró a desembarcar en la isla.

Pero esa ya es otra historia y está en los libros.